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Reacciones financieras a la inflación

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La inflación continúa su escalada en las principales economías. Estuvo tanto tiempo perdida que este retorno ha sido tan vigoroso como polémico en cuanto a su continuidad ¿Fantasma pasajero o pesadilla recurrente? El dato definitivo del IPC en España de diciembre ha alcanzado el 6,5%, su nivel más alto en décadas. Esta misma semana conocimos también que la inflación en EE UU llegó al 7%. Como consecuencia del reconocimiento explícito —el mismo Jerome Powell lo ha hecho esta semana en el Senado estadounidense— de esa mayor persistencia de la inflación por parte de la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra Comprar Reseñas google, y en menor medida, del Banco Central Europeo, los agentes financieros están comenzando a reaccionar.

En la primera semana de 2022 se produjo algo llamativo, una emisión masiva de bonos —más de cien mil millones de dólares— por parte de las grandes empresas en los mercados globales de deuda. Una forma de anticiparse y beneficiarse aún de unos tipos más bajos, antes de que suban. Los de deuda son casi siempre los mercados que reaccionan primero a un cambio de expectativas, como el actual, de una gran magnitud. Ya aparecen varios aumentos de tipos de interés en el horizonte en EE UU.

Esto tiene importantes implicaciones, incluso para la eurozona. Que se “levante” esa cantidad de deuda en tan corto plazo de tiempo es un movimiento de mucha trascendencia sobre lo que va a acontecer con las expectativas y los mercados. Es algo de lo que no se podrá “desacoplar” el BCE, aunque siga teniendo una visión de mayor cautela ante el crecimiento de los precios. Tarde o temprano, si la inflación se mantiene, el BCE no podrá desentenderse de lo que están haciendo otros bancos centrales relevantes.

Por el lado del ahorro, cabe esperar también reacciones. La liquidez que no busca rentabilidades y no se mueve, apenas sufre cuando no hay inflación o ésta es muy baja. Sin embargo, en entornos de inflación del 6-7%, cabe esperar movimientos en la colocación del ahorro. La evolución de algunos productos bancarios de nuestro país es curiosa. En octubre de 2021 (último dato disponible) los depósitos a la vista eran 1,21 billones de euros, casi el doble que en 2015. Los depósitos a plazo han seguido la tendencia contraria: en 2015 eran 508.000 millones de euros y el pasado octubre habían bajado a 124.000 millones.

Esa elevada cantidad en cuentas corrientes —un instrumento fundamentalmente transaccional y que puede moverse rápidamente—, puede ir a parar, en el actual contexto de inflación, a instrumentos que generen un mayor rendimiento que otras alternativas estrictamente bancarias. Los fondos de inversión, por ejemplo, pueden ser grandes recipientes de ese ahorro que ahora sí buscará rentabilidades nominales significativas. No serán los únicos instrumentos de mercados financieros que recibirán ahorro, incluidos destinos más heterodoxos y arriesgados como los criptoactivos. Eso sí, con algo más de incertidumbre porque no está claro hasta qué punto estas inversiones tan volátiles protegen contra la inflación.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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Turquía eligió tanques en vez de mantequilla, ahora su inflación está disparada

Hace unos años Turquía era la promesa económica de Europa. Un país relativamente joven, de camino a ser parte de la UE con una unión aduanera desde 1995, miembro de la OTAN, involucrado en asuntos internacionales y con la población equivalente a la de Alemania. Un país que estaba en las 20 economías más grandes del mundo, con marcas reconocibles fuera de sus fronteras por los consumidores como Beko, que produce más coches que Reino Unido o Italia, con PIB mayor al de Polonia y un PIB per cápita mayor que el de México.

Si había un lugar con un potencial equivalente a un país del sudeste asiático en el viejo continente, este era Turquía. Pero ya no, una inflación del 38% en 2021 no es una buena carta de presentación ante inversores internacionales.

En noviembre de 2021 Apple decidió dejar de vender en Turquía a través de su tienda oficial. En las Apple Store turcas, todas en Estambul, se dejó de vender todo lo que no fueran auriculares o proporcionar servicio postventa al cliente mientras que los turcos trataban de acumular iPhones como inversión alternativa que no se viera afectada por la inflación. La lira turca no para de bailotear frente al resto de divisas y las empresas multinacionales tienen problemas para operar en este mercado.

El banco español BBVA hizo una oferta por el 50% de un banco turco (Garanti) que no controlaba al 100%, esto está suponiendo una incertidumbre al banco tremenda, ya que debido a la irregular evolución de la lira turca, no sabe si le va a costar 2.500 millones de euros (presupuestado inicialmente) 1.400 millones de euros el 17 de diciembre de 2021 o 1.800 millones el 21 de diciembre de 2021. Además, dado que el banco turco opera en liras turcas, una depreciación de la misma supone una disminución del beneficio para el banco español, con lo cual la depreciación no es que suponga un beneficio inmediato para los inversores extranjeros.

El clásico dilema entre mantequilla y tanques

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En primero de la carrera de economía suele presentarse a los estudiantes el dilema de un país de fabricar mantequilla (comida) o tanques (defensa). Esto se hace para expresar la intercambiabilidad de los bienes y el concepto de la Frontera de Posibilidades de Producción.

Este dilema viene de un dilema que tuvo durante la Primera Guerra Mundial EEUU. Con los suministros de nitratos proporcionados por Chile, EEUU los podía convertir en abono (que nos llevaría a obtener mantequilla y comida para la población) o usarlos para fabricar pólvora. Al final el gobierno lanzó una tremenda campaña diciendo que habría “guns and butter”. En cambio los líderes nazis Goebbles y Göring dijeron que preferían las pistolas a la mantequilla y el concepto también fue referenciado por el presidente Lyndon B Johnson y por la primera ministra Margaret Thatcher.

Turquía en los últimos años parece que es de la misma escuela de Putin, dándoles más importancia y siendo más efectiva en su vertiente militar que en su vertiente económica. Desde que en 2014 el antiguo alcalde de Estambul y primer ministro Recep Tayyip Erdoğan ganara las elecciones presidenciales, ha ido poniendo una política exterior de uso de poder duro que ha sido calificada por los críticos como “neo-otomanísta”, interviniendo cada vez más militarmente en el mediterráneo oriental y alrededores.

El profesor asociado de la Universidad de Qatar Ali Bakir, hace un listado de los lugares en los que Turquía tiene presencia temporal y permanente como el norte de Siria o Qatar, los países en los que Turquía ha firmado acuerdos militares entre 2017 y 2021, tan diversos como Níger, Túnez, Montenegro, Kazajastán o Azerbaiyán, y los momentos en los que se ha ido definiendo la situación geopolítica turca.

Pero mientras que el poder militar turco ha crecido, el poder económico está cada vez más tambaleante. En el dilema de mantequilla y tanques, Turquía ha elegido. No es el único, en cierto modo es lo que sucede con Rusia y la doctrina de Putin en el Kremlin.

Es cierto que las fronteras turcas con países como Siria o Irak, hacen que la necesidad de Turquía de tener un ejército bien armado, pero uno diría que las ambiciones de poder no han casado con las necesidades de la economía turca.

¿Por qué ha caído la economía turca?

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En 2021 Turquía cerró su año con una inflación del 38%, la peor en diecinueve años. Para parar la caída de la divisa que durante 2021 perdió el 44% de su valor frente al dólar, el banco central ha tenido que subir los tipos del 14 al 19%. El presidente Erdogan ha culpado a los altos tipos de interés de ser el padre y la madre de todos los males, y afirma que la economía turca ascenderá de división en este 2022.

Es difícil de creer sus teorías heterodoxas. Desde que Erdogan ascendió a la presidencia ha ido aumentando el déficit público cada año del estado turco, además de pretender intervenir en los tipos de interés del Banco Central Turco. Es cierto que ha aumentado el gasto en I D y educación, pero este no está teniendo el efecto esperado.

Según el Financial Times, las ventajas de Turquía de bancos fuertes, una cultura emprendedora pro negocios y buena demografía, se han desperdiciado por los años de mala gestión macroeconómica. La depreciación de la lira turca frente al euro muestra esto, en 2021 ha caído aproximadamente un 50%, pero es que entre 2017 y 2022 casi ha caído a la quinta parte.

El incremento del autoritarismo en Turquía no está ayudando a la economía turca, los inversores principales sienten que tienen menos garantías y que la rentabilidad y seguridad de sus inversiones dependerá más de las decisiones de Ankara que de otra cosa. Durante 2020 Turquía fue uno de los países que más oro vendió de sus reservas nacionales, al igual que España lo hizo en 2007, justo antes de la tormenta financiera.

Además se ha ido desligando de países que eran sus principales inversores, como Alemania, Francia y Holanda, que se han ido queriendo ir del país. En agosto de 2017 los inversores extranjeros tenía 92.000 millones de dólares en acciones, bonos y deuda corporativa turca, en julio de 2018 las cantidades se habían reducido a 53.000 millones. No es buena noticia que los inversores internacionales se vayan de un país.

El problema de la confianza en la economía de un país es que es como la cerámica que se vende en el Gran Bazar de Estambul, se rompe fácilmente y no es fácil de arreglar. Ankara tendrá que tomar una senda larga y difícil si quiere recuperar la confianza económica en los próximos años.

Pregunta a los lectores ¿mantequilla o tanques?

En El Blog Salmón | De Peugeot a Apple: así está cambiando de arriba a abajo la producción de coches, electrónica de consumo y prácticamente todo

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La competencia es más eficaz que regular los precios de los test de antígenos

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Si no les gusta el gris no sigan leyendo. La regulación de precios de productos sanitarios en tiempos de pandemia no se presta a un debate maniqueo. No hay verdades absolutas, sino pros y cons, un mundo lleno de grises. Ya discutimos en el blog la decisión de imponer un precio máximo a las mascarillas y concluíamos aquella entrada con una enigmática frase: los controles de precios en general no funcionan, pero las mascarillas pueden ser la excepción que confirma la regla. El caso de las pruebas de antígenos y, sobre todo, la situación de la pandemia, son diferentes, pero gran parte de los argumentos de entonces son válidos ahora.

El primer principio general es que los controles de precios no suelen funcionar bien en mercados competitivos. El precio de equilibro de mercado —el punto de intersección de la famosa X de oferta y demanda— maximiza los intercambios y el bienestar. Si imponemos un precio inferior al de equilibrio, la oferta se reducirá y la demanda aumentará, lo que conllevará que existan más consumidores que quieran comprar el bien que unidades disponibles. Este exceso de demanda se traduce en colas, desabastecimientos y, en definitiva, en pérdida de bienestar. Además, se reducen los incentivos a invertir en aumentar la oferta o en innovar.

Sin embargo, es dudoso que estos argumentos se puedan aplicar directamente al mercado de los test. Primero, por un problema de equidad. Sus altos precios hacen que sean los grupos de mayor renta los que proporcionalmente más los utilizan. Si reducimos el precio y la suerte (o las colas) deciden quién obtiene el test, este efecto renta se reducirá sustancialmente. Este es un argumento redistributivo en favor del control de precios defendido por muchos economistas, entre los que se encuentra el premio nobel Paul Krugman, que encuentra inadmisible que la protección ante la pandemia esté condicionada por el nivel de renta.

Amihai Glazer, autor de uno de los mejores manuales de microeconomía y teoría de precios, proporciona otro argumento en favor del control de precios en mercados sanitarios que mezcla efectos redistributivos y de eficiencia. La idea central es que, correlacionado con la renta, está el tipo de ocupación. Por ello, con precios altos, los denominados white collar —trabajadores de oficina, de mayor renta y con más posibilidades de teletrabajar— acapararían las mascarillas y los test, frente a los trabajadores de la construcción o de las fábricas (blue collar) que tienen más riesgo por no poder teletrabajar y por depender en numerosas ocasiones del transporte público. Por ello, incluso con riesgo de desabastecimiento y racionamiento, puede ser preferible un precio máximo.

Pero seguramente el argumento más poderoso es que el mercado de distribución farmacéutica no se corresponde con un mercado perfectamente competitivo. Las farmacias y los distribuidores farmacéuticos tienen poder de mercado y su comportamiento no casa bien con la pasiva y dócil oferta de los mercados competitivos. Cuando existe poder de mercado, un precio máximo puede aumentar la demanda y mejorar el bienestar porque, en este caso, la ineficiencia proviene de que transacciones eficientes no se realizan puesto que las empresas prefieren mantener precios altos antes que aumentar las ventas.

Pero cuando uno evalúa políticas públicas, no solo debe centrarse en análisis de los costes y beneficios de una medida, sino también en las posibles alternativas. Por todo lo dicho, la decisión del gobierno de fijar un precio máximo de los test de antígenos en 2,94 euros puede justificarse, aunque supone algunos riesgos que el gobierno intenta mitigar con la compra masiva de test. Pero existe una medida que podría alcanzar los mismos objetivos y, al mismo tiempo, disiparía el fantasma del posible desabastecimiento: el aumento de competencia en la distribución de los test.

Tal como recomendó ya en 2015 la CNMC, la venta en general de productos farmacéuticos que no requieren prescripción médica (como es el caso de los test) en supermercados y otros medios de distribución aumentaría la competencia, reduciría los precios, y el aumento de oferta reduciría el riesgo de desabastecimiento. Además, las grandes cadenas de distribución tendrían un gran poder de compra (en este caso el poder de mercado es viento de popa) y podrían conseguir más unidades con menores costes. Esto no es solo teoría: es lo que observamos en otros países que han tomado esta medida (ver gráfico 1 y mapa 1), y lo que observamos también con las mascarillas: que bajaron de precio radicalmente cuando aumentaron los canales de distribución y tienen ahora un precio mucho menor que el fijado inicialmente por el gobierno.

Nota: El gobierno británico subvenciona la adquisición de paquetes de 7 test en farmacias.

Es importante, finalmente, reflexionar sobre el impacto de las medidas en el medio y largo plazo. El aumento de precio de los test se ha dado en España y en todos los países de Europa. La razón es que la sexta ola ha incrementado la demanda exponencialmente, y los suministradores de test deben estar al límite de su capacidad. Cuando tenemos restricciones de capacidad, la teoría económica nos dice que los precios suben, porque los incentivos a bajar los precios y captar nuevos consumidores se reducen. Pero esta situación tendrá un reverso: por la misma lógica, previsiblemente la sexta ola habrá terminado en febrero; la demanda caerá, las restricciones de capacidad desaparecerán, y los precios bajarán. Comprar Reseñas googleSi aumentamos la competencia en los canales de distribución, esa bajada se trasladará a los consumidores, y con ello se ayudara a controlar más la pandemia. Sin embargo, si no aumentamos la competencia, la mera existencia de un precio máximo no solo no ayuda a bajar los precios, sino que puede ralentizar la bajada de los mismos al actuar como un precio de referencia.

Terminemos con la capacidad de síntesis de las redes sociales. Tenemos dos problemas: los altos precios de las pruebas y su escasez. Fijar un precio máximo ataca el primero de los problemas con el riesgo de agravar el segundo. Aumentar la competencia, permitiendo la venta de los test en supermercados, no solo mata los dos pájaros de un tiro, sino que nos garantiza que cuando se produzcan las previsibles bajadas de los costes, estas se trasladarán a los consumidores, aumentando con ello su uso y la salud de todos.

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La importancia de las competencias digitales a la hora del emprendimiento entre los empleados

En este post te contamos por qué son tan importantes en la actualidad las competencias digitales y cómo pueden ayudar al emprendedor.

  • La tecnología conecta a personas y a máquinas para ofrecer una completa experiencia de usuario.
  • Las competencias digitales permiten evaluar y compartir contenidos utilizando la tecnología.

Miles de personas buscan una oportunidad laboral en el emprendimiento. La crisis provocada por la COVID-19 ha llevado a muchos a replantearse su futuro y a considerar el emprendimiento como una opción. Sin embargo, hoy en día ya no es suficiente con tener una buena idea de negocio. Ahora, es necesario tener ciertas habilidades y estar formado en competencias digitales para conseguir el éxito del negocio.

Las competencias digitales, más necesarias que nunca

Las competencias digitales son todas aquellas que permiten encontrar, evaluar, utilizar, compartir y crear contenidos utilizando la tecnología.

Internet ha afectado a todos los aspectos de nuestra vida y el espíritu empresarial no se ha librado. La tecnología conecta a las personas y a las máquinas entre sí para ofrecer una experiencia que hace décadas estaba fuera del alcance de muchos. Se trata de un activo a tener en cuenta tanto si se emprende un nuevo negocio como si se quiere desarrollar una nueva idea empresarial en una empresa.

1. La comunicación en la era de la digitalización

La comunicación es posiblemente la habilidad más importante que se debe dominar si uno quiere convertirse en un empresario de éxito. Los desempleados que aspiran a convertirse en emprendedores de éxito tendrán que explicar su idea en repetidas ocasiones. Ya sea para presentarla a un inversor, a un posible cofundador o al cliente. Ser capaz de comunicarse a nivel personal y profesional ahorrará sin duda mucho tiempo y estrés.

Las habilidades digitales pueden ayudar al emprendedor en este sentido. Gran parte de la comunicación que se realiza hoy en día se hace en línea y, como empresario, se tendrá que ser capaz de comunicarse profesionalmente a través de canales como el correo electrónico y Skype. Sin habilidades digitales, se puede fracasar en la presentación a un inversor potencial en el otro extremo del mundo porque no se haya podido configurar el ordenador para hacer una llamada por Skype.

2. Fomentar el branding

Todas las empresas tienen un rostro. Cuando se piensa en marcas como Apple y Facebook, vienen a la mente personas como Steve Jobs y Mark Zuckerberg. Estas empresas no solo son mundialmente famosas e influyentes, sino que también tenían una marca fuerte influenciada por sus fundadores.

Todo el mundo tiene una marca, y todo el mundo es una marca. La forma de hablar, de responder a los correos electrónicos, de presentarse y de escribir es la marca del emprendedor. Si no se tienen habilidades digitales, se limita la marca y se reducen las posibilidades de tener éxito como empresario.

3. Automatización de la empresa

Cuando se empieza como emprendedor, lo más probable es que no se tengan los fondos ni la tracción para contratar a mucha gente que ayude a poner en marcha la empresa.

Las habilidades digitales pueden ayudar, a través de la automatización de algunas tareas, dando al emprendedor la oportunidad de ser más productivo. Se pueden automatizar tareas como las secuencias de correo electrónico y las publicaciones en las redes sociales. Esto permitirá ahorrar costes y tiempo y dará mayores posibilidades de tener éxito como empresario.

4. Uso de software en la nube

Los programas informáticos ahorran mucho tiempo al emprendedor. Por ejemplo, digitalizar ciertos procesos como la facturación puede suponer un plus para el empresario.

A través de programas de facturación en la Nube como el de Sage Contabilidad y Facturación se dispone de toda la información en un mismo lugar. Esto permite crear facturas en cuestión de segundos y contabilizar más fácilmente los pagos.

5. Aprendizaje

Un buen empresario debe mejorar continuamente. En este sentido, las habilidades digitales también resultan útiles. Internet está lleno de material de aprendizaje que cubre cualquier tema de interés para los empresarios, desde la contabilidad hasta el liderazgo y el desarrollo personal.

A través de las habilidades digitales, uno puede investigar y encontrar el material de aprendizaje adecuado para su negocio.

Programas de facturación en la nube ayudan a los emprendedores a ahorrar tiempo y a ser más efectivos en la gestión del negocio.

Las competencias digitales reducirán en gran medida sus costes de explotación del negocio, lo que mejorará las posibilidades de éxito como empresario.

Las competencias digitales permiten, además, competir con empresas más grandes y mejorar la eficiencia de cualquier empresa. No basta con contratar a expertos digitales. Los empresarios tienen que entender cómo la economía digital afecta a todos los aspectos de su negocio. Las competencias digitales son claves para conseguir impulsar cualquier empresa.

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Si los bancos centrales reaccionan fuerte contra la inflación ya sabemos lo que viene: una recesión

Llevamos unos meses con unos datos de inflación preocupantes. En España hemos superado el 6%, en EEUU casi roza el 7% y eso sí, en la zona euro está en el 5%, por debajo de estos extremos pero muy por encima del universal 2% que contemplan como objetivo los bancos centrales.

Ahora los Bancos Centrales se hayan en una disyuntiva. Su mandato les obliga a actuar evitando que la inflación se dispare. Pero sobre-reaccionar podría tener unas consecuencias nefastas para la recuperación económica todavía incipiente.

Los tipos de interés y la posible recesión

Para aplastar la inflación los Bancos Centrales tienen una herramienta muy potente: elevar los tipos de interés. Si lo hacen de forma decidida y con fuerza claramente el flujo monetario se desviaría y la espiral inflacionista podría detenerse. Sin embargo esto lastraría nuestro crecimiento incluso llevándonos a la recesión.

Y una recesión justo cuando acabamos de salir de una, muy profunda además, no es una buena noticia. Los Bancos Centrales deben evaluar muy bien cuál es el riesgo real de una inflación elevada y prolongada porque las armas que tienen para combatirla van a dejar muchos daños colaterales en el camino.

Recesión implica desempleo y pobreza. Recesión implica sufrimiento. Pero también es cierto que la inflación también implica esas cosas y por eso están ahí los Bancos Centrales separados de los políticos, porque estos últimos priman mucho el corto plazo y no quieren ver sufrimiento a costa de futuros beneficios.

Pero, ¿no era eso lo que estábamos buscando?

Estamos ante una paradoja interesante. La última crisis que tuvimos fue financiera por un sobre endeudamiento importante de las manos privadas, que acabó impactando a las cuentas públicas. Una de las posibles salidas a esta crisis es una inflación algo más alta de lo habitual, que reduce las deudas en términos reales.

Pues bien, ya tenemos aquí la tan deseada inflación para reducir las deudas públicas. Sin embargo ahora no nos gusta. Sinceramente, creo que la inflación puede ser preocupante pero todavía estamos contemplando un cierto efecto base (la inflación el año pasado estaba en negativo) y no se acaban de ver efectos de indexación o expectativas elevadas.

Por tanto los Bancos Centrales deberían contenerse un poco antes de actuar. Llevarnos a una recesión puede ser un impacto peor que lo que se intenta solucionar. Todavía recuerdo a Jean-Claude Trichet elevando los tipos de interés de la zona euro en 2011 por miedo a la inflación, agravando la crisis de la que no lográbamos salir en Europa.

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Si el mercado de bolsas de todo el mundo se vuelve bajista estas son las medias en descenso históricas

Los mercados bajistas son propios de todo mercado. El más reciente en la renta variable global fue el resultado de la crisis sanitaria por la pandemia del Covid-19 que, en lo económico desembocó en cierres forzosos para las empresas y, en el marco financiero, se desató la volatilidad en los mercados.

Pero ¿cómo son los mercados bajistas? ¿el último se ha alejado mucho del promedio histórico? Debido a que la renta variable estadounidense representa el 60% de la global y que está altamente correlacionada con el resto de entornos bursátiles, nos fijaremos en ésta principalmente.

¿Cómo son los mercados bajistas?

Antes de nada, debemos definir qué es un mercado bajista. Se trata de un período de mercado prolongado en el que una inversión tiene precios que caen. Se caracteriza normalmente por un mercado de valores que ha caído al menos un 20% desde su máximo anterior.

Históricamente, los mercados bajistas se han ido repitiendo a lo largo de los años, pues las expectativas de los inversores de van descontando a través de las cotizaciones. Nos fijamos en su estructura y sus principales características.

Teniendo como referencia la renta variable estadounidense representada por el S&P500, las pérdidas de un mercado bajista son un 35,62% -los mercados alcistas suman una revalorización promedia del 114%-. Comparativamente, el último mercado bajista que experimentó el S&P500, el índice cayó un 33,92% por lo que estuvimos muy cerca del promedio histórico

Son más frecuentes de lo que muchos se pueden creer fruto del espejismo de los últimos años. Hemos presenciado 26 mercados bajistas desde 1928.

También hay que matizar que mercado bajista no siempre va de la mano con una recesión económica. La prueba más evidente es que he esos 26 mercados bajistas desde 1929, pero solo 15 recesiones durante ese tiempo. Los mercados bajistas suelen ir de la mano de una economía en desaceleración, pero un mercado en declive no significa necesariamente que se avecine una recesión.

Se dice que cuando el mercado sube lo hace por las escaleras y cuando baja lo hace por el ascensor, y la estadística lo respalda. Los mercados bajistas tienden a ser de corta duración. La duración promedio de un mercado bajista es de 289 días, o alrededor de 9,6 meses. Eso es significativamente más corto que la duración promedio de un mercado alcista, que es de 991 días
o 2,7 años.

El último mercado bajista fue excepcionalmente corto, 33 días hasta firmar los mínimos, el más corto en el último siglo.

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En promedio, **cada 3,6 años veríamos un mercado bajista*. Por su parte, aunque muchos consideran que el mercado alcista que finalizó en 2020 es el más largo registrado, el mayor fue el que duró desde diciembre de 1987 hasta la caída de las punto.com en marzo de 2000 es técnicamente el más largo -una caída del 19,9% en 1990 casi lo hace saltar-.

A pesar de los múltiples mercados bajistas, han sido menos frecuentes desde la Segunda Guerra Mundial. Entre 1928 y 1945 hubo 12 mercados bajistas, es decir, uno cada 1,4 años aproximadamente. Desde 1945, ha habido 14, uno cada 5,4 años aproximadamente.

Los cuatro peores mercados bajistas

Los mercados bajistas pueden ser muy intensos, los siguientes cuatro mercados bajistas han sido los peores en el último siglo:

  • El crack de 1929 que abrió las puertas a la Gran
  • La crisis del petróleo del 1973, que fue seguido por un período de estanflación.
  • Tras el mayor mercado alcista de la historia, la crisis punto.com.
  • La crisis de las hipotecas subprime que ha marcado la era de los bajos tipos de interés.

Bearchart

De ellos, el mercado bajista de septiembre de 1929 a junio de 1932 resultó en una pérdida del 86,2% para el S&P. Los otros ni siquiera están cerca, con pérdidas del 56,8% en 2007-09, 49,1% en 2000-02 y 48,2% en 1973-74. Después de la caída de 1929-32, las acciones no recuperaron su máximo anterior hasta 1954.

Como dato interesante, tres de los cuatro peores mercados bajistas fueron precedidos por una alta valoración. Entre los cuatro peores mercados bajistas con más del 40% de pérdidas, comenzaron con una valoración de mercado algo extrema. La única excepción es el mercado bajista de 1973 causado por el embargo petrolero árabe y la recesión subsiguiente, pero al principio también tuvo un PER por encima del promedio.

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Intenso repunte del IPI en noviembre

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Indicador de producción industrial | NOVIEMBRE 2021


El IPI registró un fuerte ascenso en noviembre de 2021 del 4,5% sobre el mes anterior, el mejor resultado desde julio de 2020. Desde mayo había mantenido una tendencia descendente, que se ha interrumpido en noviembre, aunque aún es pronto para saber si esto supone un cambio de tendencia. 

En el caso del índice de solo manufacturas (que excluye los sectores extractivos y energéticos) el ascenso fue más modesto, un 1,6%, aunque también es un buen resultado que rompe con la trayectoria ligeramente descendente anterior. Tras este resultado, el índice se encuentra tan solo un 0,2% por debajo de los niveles prepandemia.

Se han registrado crecimientos en la gran mayoría de secciones que componen el índice, pero destaca especialmente el fuerte ascenso observado en fabricación de productos farmacéuticos y en maquinaria y equipo. La fabricación de automóviles se mantuvo estable en noviembre tras haber experimentado una recuperación el mes anterior. 

Cabe destacar que en el débil comportamiento del índice a lo largo de 2021 ha pesado mucho la negativa evolución del sector del automóvil. Este es el que más lejos se encuentra de los niveles previos al Covid-19, un 23,7% por debajo, y un 32% por debajo del máximo alcanzado en octubre de 2020, durante la recuperación posterior a la reapertura de la economía. Si excluimos el sector del automóvil, el resto de las manufacturas se situaba en noviembre un 3% por encima de los niveles precovid.

Consulta otros indicadores de actividad e industria.

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¿Ya no nos gusta conducir?… O sí

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Existe una idea generalizada de que cada vez hay menos conductores con carné tipo B, que permite conducir un automóvil cuya masa máxima autorizada no excede de 3.500 kg y está diseñado para el transporte de no más de ocho pasajeros, además del conductor. Y la razón fundamental que se esgrime es la presencia de nuevos modelos de movilidad compartida que explicaría una menor preferencia por el vehículo privado y, por tanto, una menor necesidad de tener la licencia que permite conducir un coche.

En los países donde se cuenta con estadísticas oficiales sobre las características sociodemográficas de quienes poseen el carné de conducir se ha analizado esta cuestión y la conclusión principal es que el censo de conductores no disminuye en todos los países y donde está disminuyendo lo está haciendo de forma lenta. En España la falta de este tipo de encuestas oficiales justifica que sean muy pocos los estudios sobre esta cuestión y los que se encuentran se limitan a comparar dos momentos en el tiempo o bien hacen referencia a encuestas con una representatividad escasa sobre la población.

Delbosc y Currie (2013), por ejemplo, realizaron una revisión sobre las tendencias encontradas en otros trabajos en cuanto a la posesión del carné de conducir en 14 países desarrollados.  El rango temporal que abarcan discurría entre 1983 y 2010, y era diferente entre países, si bien los resultados eran bastante concluyentes en cuanto a que existió una reducción del 1% anual en 9 países (Australia, Estados Unidos, Canadá, Japón, Noruega, Suecia, Gran Bretaña, Alemania y Francia), pero en el resto (España, Finlandia, Israel, Holanda y Suiza) se produjo un aumento. En concreto, en España se muestra que en 2009 el 50% de los jóvenes entre 18 y 24 años tenían el carné de conducir, mientras que en 1999 esta cifra era tan solo del 37%. En la población con edades entre los 25 y los 29 años el incremento fue muy reducido, pues en esa década se pasó del 74% al 75%.

Recientemente, se pudo leer la afirmación “En cuestión de cinco años, España ha perdido más dos millones de conductores con carné de conducir B” en una revista especializada de automoción. Esta afirmación era sorprendente tanto por la magnitud de la caída como por tratarse de un período tan breve de tiempo. Además, este cambio de comportamiento era distinto al observado en otros países donde, a nivel agregado, no se observaban grandes diferencias en el censo total de conductores, aunque sí un retraso en la edad a la que se obtiene el carné de conducir. Es decir, cuando existe evidencia de que está disminuyendo el censo de conductores es muy leve porque se debe a que el porcentaje de jóvenes que tienen el carné de conducir ya está disminuyendo, pero cuando esto se traslada a la población de más de 30 años el efecto se diluye. Por ello la reducción identificada en España era extraordinaria, más aún porque se citaba como fuente oficial a la DGT (Dirección General de Tráfico).

Efectivamente, según la DGT, en 2015 había en España un total de 18,45 millones de personas con el carné de conducir tipo B; y en 2020 esta cifra solo ascendía a 16,37 millones. Sin embargo, esta variación tan notable (una reducción del 2,4% anual) era difícil que hubiera pasado tan desapercibido por quienes investigan en este campo. Un análisis de los datos de la DGT con un poco más de atención permitió identificar dónde estaba el matiz que, por otra parte, es crucial. Los 16,37 millones de personas a que se refieren en 2020, solo tienen el carné tipo B. Es decir, no poseen ningún otro carné de conducir ya sea de moto, camión o autobús. Lo que ha ocurrido es que esos dos millones de personas han pasado de tener solo el carné tipo B a tener también otros permisos, sobre todo de moto. Es preciso recordar que con una antigüedad de 3 años en el carné tipo B se pueden llevar motos de hasta 125 cc de cilindrada (siendo esta capacitación solo válida en España). Además, existen tres razones que pueden explicar el aumento de censo de conductores con permiso de coche y de moto. La primera, que esté aumentando la preferencia por las motos de más potencia de manera que, aunque se posea ya un permiso de coche con más de 3 años de antigüedad, será preciso sacarse el carné A2. La segunda que, debido al aumento del servicio de motosharing, que solo tiene motos con menos de 125 cc de cilindrada, los jóvenes quieran utilizar este servicio y obtengan el permiso de conducir estas motos (el tipo A1 se puede sacar a partir de los 16 años) y después saquen el carné de conducir de coches. Finalmente, es posible que los conductores tengan el permiso de coche con menos de 3 años antigüedad quieran sacarse el permiso tipo A1 para utilizar el servicio de motosharing. Comprar Reseñas google

En efecto, cuando se suman todas las combinaciones posibles que incluyen el carné tipo B más otros tipos de carnés, el censo total de personas que poseen el carné tipo B no solo no ha bajado, sino que ha subido: en 2020 hay 27,7 millones frente a 25,5 en 2015. El Gráfico 1 muestra claramente la situación. ¡Misterio resuelto!

Pero, en realidad, la variable que interesa analizar es qué parte de la población (en el rango de edad que puede acceder al carné) posee, al menos, el carné tipo B. El Gráfico 2 muestra el porcentaje de población con carné para conducir turismos y pone de manifiesto que entre 2010 y 2019 esta variable ha estado creciendo, siendo este crecimiento menos intenso durante la crisis de 2010 a 2013. Solo en el año 2020 se ha observado un ligero retroceso, pasando del 69,9% en 2019 al 69,1%. No obstante, este resultado no permite afirmar que se esté produciendo un cambio de tendencia, ya que el confinamiento provocado por la pandemia redujo sensiblemente la posibilidad de obtener nuevas licencias en todos los tipos de carné de conducir.

En definitiva, el análisis expuesto pone de manifiesto que el censo total de conductores de turismos no está disminuyendo. Trasladando esta conclusión al contexto de la movilidad permite afirmar que los nuevos modelos de movilidad que no requieren un permiso de conducir como las bicicletas, los patinetes o los coches de alquiler con conductor no están teniendo todavía efectos significativos en la población total (mayor de 18 años) en relación con la necesidad de tener el carné de conducir. Por tanto, es preciso seguir profundizando en el estudio del uso del vehículo privado.

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Un año de menos a más

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Todos los astros parecían haberse alineado para impulsar la recuperación total de la economía española en un horizonte próximo. Al cierre del año, el sentimiento empresarial se mantenía en cotas positivas (en diciembre superó en 8,5 puntos porcentuales la media de la serie que arranca en 2000), mientras que las carteras de pedidos auguraban una buena añada. Y la pujanza del mercado laboral ha superado las expectativas, quebrando la espiral de destrucción de puestos de trabajo de las anteriores recesiones.

Pero el escenario se ha complicado con la aparición de la versión ómicron de la crisis sanitaria, y sus reverberaciones en la actividad y en los precios. No solo porque la multiplicación de bajas laborales causadas por las infecciones ralentiza la actividad en los sectores del comercio presencial, de la agricultura o de la industria que no pueden recurrir al teletrabajo. El principal escollo radica en la nueva oleada de retrasos en los suministros, que sin duda provocará nuevos cuellos de botella en sectores como el automotriz, que veían la luz al final del túnel. Por tanto, todo apunta a que los motores de la recuperación de la actividad no funcionarán a pleno rendimiento, al menos hasta que la situación sanitaria se despeje y posteriormente se relaje la presión sobre los canales de abastecimiento.

Fuentes: Eurostat y BdE.

Las perspectivas de inflación también desmienten la visión de transitoriedad del BCE. Lejos de amainar, el IPC acelera su escalada hasta el 6,7% en diciembre, propulsado por el encarecimiento de la energía y sus efectos colaterales en los productos más intensivos en electricidad o expuestos a la crisis de suministros —descontando la energía y los elementos más volátiles, el IPC subyacente se acelera hasta el 2,1%—. El fenómeno atraviesa toda la eurozona, pero con especial ahínco en algunos de los países más alérgicos a la inflación: en Alemania el IPC alcanza el 5,7% y todavía el 3,9% en términos subyacentes, y algo parecido ocurre en Holanda y otros autodenominados “frugales” (la inflación supera el 10% en algunos bálticos). Sin duda, el precio del gas y de la electricidad debería relajarse tras el invierno por la menor demanda. Comprar Reseñas googlePero el retorno al objetivo del 2% antes de finales de año se complica y, por tanto, no es descartable que los halcones redoblen la presión sobre el BCE para dar una vuelta de tuerca adicional a la política monetaria.

En cualquier caso, los mercados ya empiezan a reflejar el giro que desde EE. UU. se extiende a Europa, en consonancia con la correlación histórica entre las dos zonas monetarias. Así pues, el alza del rendimiento de los bonos del Tesoro americano a 10 años se está contagiando a la deuda europea: la referencia alemana roza valores positivos por primera vez en tres años, arrastrando el resto de tipos de interés de la eurozona. Es decir, si bien el BCE promete condiciones más acomodaticias que la Reserva Federal, un desacoplamiento completo no es verosímil en un mundo financiero de vasos comunicantes donde el dólar mantiene su liderazgo por su condición de principal moneda de reserva.

Todo ello podría redundar en un nuevo año económico que iría de menos a más, de manera similar a lo acontecido en el anterior ejercicio: la doble crisis energética y de suministros frenará la capacidad productiva en los próximos meses, antes de suavizarse y dar paso a una recuperación más robusta en la segunda parte del año, liderada por el efecto demanda embalsada, todavía muy abundante, un previsible rebote del turismo extranjero y un mayor despliegue del plan de recuperación. Para el conjunto del año, el crecimiento podría sorprender al alza, gracias a la mayor adaptabilidad de la economía ante las diferentes olas de virus. Tendremos por tanto una oportunidad única de aplicar políticas expansivas que sirvan para potenciar la sostenibilidad de nuestra economía. Algo todavía posible en 2022, en un entorno fiscal y monetario irrepetible.

EUROZONA | Los principales indicadores de coyuntura apuntan a una incipiente ralentización de la actividad en la eurozona, pero también a una leve moderación del brote inflacionario. Tanto el índice PMI de gestores de compra como el de sentimiento económico estimado por la Comisión Europea se redujeron en diciembre. Pero en ambos casos los valores se mantienen en terreno expansivo (PMI superior a 50, y sentimiento económico un 15,3% por encima de la media desde 2000). El IPC de la eurozona se incrementó un 5% en términos interanuales, una décima más que en noviembre.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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De Peugeot a Apple: así está cambiando de arriba a abajo la producción de coches, electrónica de consumo y prácticamente todo

Una crisis de escasez de microchips suena más a un alocado argumento de Futurama que a un evento real, lo cierto es que es un problema serio que afecta a los fabricantes de casi cualquier cosa que se nos ocurra. Pocas cosas hoy en día no tienen un componente electrónico que aumenta lo que puede hacer.

Pero la escasez es un problema real que va a afectar a casi todos los bienes de consumo duradero, pero también a los bienes de inversión y la maquinaria necesaria para fabricar todo. Algunos expertos no esperan que finalicen hasta 2023, y es posible que para entonces cambien como se fabrica todo.

La producción hasta ahora de automóviles

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La técnica de producción de automóviles se había destacado por dos factores una vez se había adoptado masivamente la fabricación en cadena por Henry Ford y la robotización. El primero es la externalización de la fabricación de componentes y el segundo la producción Just In Time.

La externalización no es difícil de ver y de entender, un automóvil es un producto complejo que incluye desde derivados del caucho en los neumáticos a microchips del sistema de “infotainment” pasando por la industria textil para los asientos o por aluminio para el bloque del motor. Grandes empresas han surgido para fabricar componentes de automóviles como la francesa Valeo o la española Gestamp, algunos asociando su marca a productos de mayor nivel, como por ejemplo los frenos Brembo.

Han pasado cuatro años del video de

Por otro lado tenemos la producción "Just In Time", un invento de los ingenieros de producción de Toyota con el objetivo de reducir el desperdicio, lo ideal es que cada pieza llegase a la fábrica poco antes de ser necesaria en la línea de producción, eliminando la necesidad de desperdiciar espacio para almacenes.

Ambas tendencias han provocado una reducción de costes del producto final, al conseguirse sistemas de producción muy eficientes, que aprovechaban al máximo las economías de escala y la especialidad de cada empresa, pero dependía de unas cadenas de logística cada vez más sofisticadas y de productores cada vez más flexibles. Eso fue bien hasta la crisis de la Covid 19 en 2020 que sigue dando coletazos en 2022.

No hay más que ver que si por un lado los fabricantes de coches tienen una demanda desbocada, tienen un fuerte problema para aprovisionarse de las piezas que necesitan, para muestra un botón, la planta de Ford en Almussafes, va a tener que parar durante quince días debido a la escasez de chips. Esta no ha sido la primera fábrica en necesitarlo y seguramente tampoco será la última. A Volkswagen le ha bloqueado la producción de su eléctrico estrella, el ID.3 con el que pretenden conquistar le mercado del automóvil eléctrico asequible. Desde el fabricante Stellantis (resultante de la fusión de Fiat Chrysler y PSA) se estima que no han podido fabricar y vender 1,4 millones de vehículos en 2021 por la escasez de microchips. Y se trata sólo de un fabricante que ocupa el cuarto o quinto puesto mundial.

Los fabricantes de coches y Europa quieren dejar de depender de terceros para sus chips

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Hace poco salió la noticia de que Intel tiene planeada abrir una fábrica en Alemania. Este movimiento va en contra de lo que estábamos viendo, si en 1998 Europa fabricaba el 22% de los chips que usaba, en 2019 esta cantidad se había reducido al 8%.

La Unión Europea y en general los países europeos han visto el fuerte problema que supone para la industria Europea depender de chips fabricados fuera de las fronteras, por lo que están fomentando que las empresas produzcan más chips en el viejo continente y dependan menos de la producción de Asia. Se prevé que desde Bruselas este año saquen una nueva regulación que permita a los estados dar ayudas a los fabricantes de microchips. Se afirma que no se puede depender de recibir un pedido cada dos semanas, va contra el JIT que hemos mencionado antes.

España ha perdido 3.800 millones de euros por una decisión de Solbes de 2007

Bosch también se ha lanzado a producir chips en Europa, en su fábrica de Dresde espera fabricar chips de carburo de silicio, que afirma que al gastar un 6% menos de energía son mejores para los coches eléctricos al extenderles la duración de la batería.

Stellantis además quiere crear cuatro familias de chips que supongan el 80% de sus necesidades, en colaboración con el Taiwanés Foxconn (que a su vez está presentando prototipos de coches) y no depender de proveedores. Pero esto podría ser un movimiento “normie” o poco atrevido comparado con General Motors o Tesla que se plantean extraer el litio para sus baterías ellos mismos.

Apple, Google y otras “Big Tech” quieren sus propios microchips

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Afirman algunos analistas que para 2023 Apple quiere ser responsable del diseño de los principales procesadores que tiene el iPhone, siendo responsable del diseño del 80% de los chips de su producto estrella (junto con TSMC), dejando el resto a otro proveedor. También Google quiere para 2023 ser responsable del diseño de los microchips de su producto Chromebook. En 2020 anunció su intención de tener sus propios chips para sus teléfonos Pixel.

Esta noticia se une dentro de una tendencia de la industria. Apple empezó a presentar su primer diseño para el iPhone en 2010, Tesla en 2017, Amazon en 2018, Facebook en 2019 y Tencent (la empresa detrás de Fortnite) en 2021. Es decir, la tendencia es bastante anterior a la crisis de semiconductores pero parece que se está acelerando.

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Además los productos van a pasar a ser menos comparables entre sí y más diferenciados, ya que habrá menos tecnologías compartidas entre los distintos fabricantes. En ese sentido Apple lleva la delantera desde hace tiempo. Los fabricantes de coches se han unido a la misma con la crisis.

Por supuesto esto está en contra de que lo que explican en muchas escuelas de negocios, según la cual las empresas deben centrarse sólo en aquella parte de la cadena en la que tienen más ventajas. No obstante si sería aceptable si se considera que puede ser mejor para la empresa tener un mayor control sobre la cadena de producción.

Pregunta a los lectores ¿les ha afectado la producción de microchips en algo?

En El Blog Salmón | Renault quiere vender el mismo coche varias veces y por qué es tan importante para Sevilla que les salga bien y Los fabricantes de coches están dejando de hacer coches pequeños y baratos, el mercado de segunda mano no va a ser una solución

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