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La pieza angular del ciclo expansivo

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La subida en escala de los servicios no turísticos es una de las principales sorpresas que ha vivido la economía española en estos últimos años, tanto por la intensidad del fenómeno como por su carácter no intencionado. Estos servicios engloban una amalgama de actividades profesionales, de consultoría, tecnología, investigación, logística, finanzas y diversas tareas administrativas. Se trata, por tanto, de un conjunto bastante heterogéneo de ramas, pero que tienen en común dirigirse principalmente a empresas. A diferencia de la construcción, la agricultura, el turismo y parte de la industria, destinados principalmente a los hogares, mientras que los servicios públicos tienen como misión aportar valor a la sociedad en general.       


La política económica ha priorizado el desarrollo industrial, joya de la corona de los fondos europeos, y, más recientemente, la construcción. Sin embargo, son los servicios no turísticos los que más han contribuido al buen momento que vive la economía. La riqueza, o valor añadido, generada por estos servicios se ha incrementado un apabullante 21%, en total en el último lustro, más del doble que el conjunto de sectores productivos (con datos de los tres primeros trimestres de 2025 en comparación con el mismo periodo de 2019). Estos servicios explican más de la mitad del avance del PIB registrado en este periodo.

Su expansión es reveladora de un cambio estructural iniciado tras el estallido de la crisis inmobiliaria y que se acelerado tras la pandemia. En 2007, la construcción representaba el 12% del PIB, y hoy está en la mitad. El terreno perdido lo han ocupado (casi por completo) los servicios no turísticos, cuya contribución a la balanza de pagos es también notable: hoy por hoy el saldo entre las exportaciones y las importaciones, irrisorio dos décadas atrás, ronda el 2,5% del PIB, acercándose al sacrosanto superávit del turismo.

Los excedentes cosechados por los servicios no turísticos
han resistido a todas las crisis que se han sucedido en los últimos tiempos, en
contraposición con el turismo, penalizado por la pandemia, y la industria, el
sector más vulnerable ante la subida de los aranceles y las tensiones
geopolíticas que atraviesan el planeta.

Todo ello afianza el actual ciclo expansivo, y también entraña
enseñanzas para la política económica. En primer lugar, el auge de los
servicios no turísticos no se ha trasladado al modelo productivo. Es decir,
estos sectores siguen el mismo patrón de crecimiento que la economía española
en su conjunto, muy dependiente de la incorporación de fuerza laboral como
soporte de la actividad, mientras que la productividad se caracteriza por su
debilidad.  

En el caso de los servicios, esta pauta de crecimiento se
enfrenta a un problema de sostenibilidad más severo que sectores como la
construcción o el turismo, que pueden seguir expandiéndose recurriendo a la
inmigración. Las actividades profesionales o tecnológicas, por su parte, tienen
que competir por un talento que escasea a nivel global y retener los jóvenes
que se sienten atraídos por otros destinos que ofrecen mejores condiciones
laborales.    

Por otra parte, los servicios no turísticos son
relativamente intensivos en inversión en “intangibles”, o activos inmateriales tales
como la conectividad a la plataforma digital, el capital tecnológico y las
aplicaciones informáticas. La dificultad de reconocer este tipo de activos como
colateral para obtener nueva financiación constituye un freno, que afecta
también el crecimiento de las empresas y, por tanto, la productividad. Estas
enseñanzas deberían inspirar el despliegue del remanente de fondos Next
Generation
a efectos de medidas horizontales que afronten las barreras a
inversión y desinhiben la expansión de proyectos prometedores.

En suma, la economía se ha diversificado gracias a la
consolidación de un sector potente de servicios no turísticos, aportando robustez
al ciclo expansivo. Pero su transformación en un modelo capaz de sostener cotas
altas de productividad y de remuneraciones, sigue siendo una tarea
pendiente.         

SALDO EXTERIOR | La balanza de pagos apenas se resiente de las incertidumbres en torno al devenir del comercio internacional. La balanza por cuenta corriente arrojó hasta septiembre un superávit de 37,9 miles de millones de euros, un 8,5% menos que el mismo periodo del año pasado. El fuerte deterioro del desequilibrio de los intercambios de bienes –consecuencia del estancamiento del mercado europeo y, en menor medida, de la elevación de los aranceles– ha sido compensado por el excedente de la balanza de servicios, tanto turísticos como no turísticos. De manera similar, la inversión extranjera directa ha descendido menos de la anticipado.

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Milagro español o recalentamiento

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La economía española sigue capeando el vendaval internacional, así como la parálisis reformista que se deriva del sudoku político español, y la sensación de inercia que se ha apoderado de la Unión Europea ante los lamentos de Mario Draghi. Pese a la entrada en vigor de los aranceles impuestos por la Administración de Trump, el PIB español avanzó un 2,8% en el tercer trimestre, frente al 1,3% en el conjunto de la eurozona, según las informaciones dadas a conocer esta semana.       

El crecimiento, eso sí, es menos equilibrado, prefigurando un cambio de patrón con implicaciones relevantes para la política económica. De los dos motores de la economía, el interno y el externo, solo tira el primero, mientras que el segundo acumula señales preocupantes de agotamiento. 

Durante el anterior trienio, las exportaciones se incrementaron más rápido que las importaciones, tanto en precios corrientes como en volumen, de modo que el sector exterior tuvo un papel destacado en el ciclo expansivo, redundando también en importantes superávits de los intercambios con el exterior. La tendencia se ha invertido claramente en los últimos trimestres ya que, si bien las exportaciones resisten, las importaciones se han acelerado de manera sorprendente. En lo que va de año, las ventas en el exterior suben un 3,6%, un valor próximo al mismo periodo del pasado ejercicio, mientras que las importaciones escalan un 5,8%, el doble que el año pasado (con cifras en precios constantes). 


En suma, el sector exterior ya no aporta actividad, sino que la detrae. Y los datos más recientes apuntan a que esta situación debería perdurar. Por una parte, se detecta una caída de las exportaciones, particularmente hacia EE UU, consecuencia lógica de la guerra arancelaria; y una moderación de la entrada de turistas extranjeros, en un contexto de saturación de algunos destinos y de estancamiento del poder adquisitivo de los visitantes. Las importaciones, por otra parte, siguen creciendo a un ritmo elevado, particularmente las que provienen de EE.UU. y China.     

El impulso, por tanto, ya solo procederá de nuestras propias fuerzas, entre las que destaca el consumo de las familias, variable que más ha contribuido al avance del PIB registrado en lo que va de año, seguido de la inversión. Lo que está detrás de este resultado es, en primer lugar, la creación de empleo, alentada por la incorporación de inmigrantes, y por otra parte la ejecución acelerada de los fondos europeos, cuando el programa entra en su recta final. Los indicadores de coyuntura también consolidan la recuperación de la inversión residencial, factor con más potencial de persistencia que los recursos del Next Generation

El repunte de la inflación, un desafío para la competitividad

Nos asomamos, en todo caso, a un patrón de crecimiento basado en la bonanza del gasto interno, cuyo reflejo se lee ya en el IPC. La inflación se sitúa en el entorno del 3%, frente al 2% de la eurozona, por la presión del gasto en consumo sobre los precios de los sectores de servicios que operan al abrigo de la competencia internacional. La brecha con Europa en términos de inflación subyacente, es decir descontando la energía y los alimentos frescos, es también constatable. De prolongarse, el diferencial se filtrará a los costes de producción, mermando el plus de competitividad que, todavía hoy, aporta solidez a la economía española. 

En otros tiempos, el actual repunte inflacionario en un contexto de auge del gasto interno hubiera propiciado una ligera subida de tipos de interés. El BCE, sin embargo, no dará ese paso ya que debe tener en cuenta la situación de conjunto, mucho menos boyante que la nuestra. El manejo macroeconómico, por tanto, debe fundamentarse en la política fiscal, y más concretamente en la contención del gasto corriente de las administraciones. El dilema está en cómo conseguirlo, y al tiempo atender las demandas sociales derivadas del fuerte crecimiento poblacional.  

EMPLEO | El número de personas ocupadas creció en el tercer trimestre un 0,7%, según Las cifras de contabilidad nacional, mientras que el total de horas trabajadas lo hizo en un 1%, de modo que se produjo una ligera recuperación en el número de horas trabajadas por ocupado. La productividad por hora registró un descenso del 0,4% en el trimestre, pese a lo cual, en el acumulado del año muestra un avance del 0,9%. En comparación con el periodo prepandemia, la productividad por hora trabajada ha crecido a un ritmo medio anual del 0,6%.  

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El PIB creció en el tercer trimestre un 0,6%, en línea con lo previsto por Funcas

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El crecimiento del PIB se desaceleró en el tercer trimestre del año hasta un 0,6% intertrimestral –tal como recogían las últimas previsiones de Funcas–, desde el 0,8% del trimestre anterior. La desaceleración procedió de una aportación al crecimiento más negativa del sector exterior, que detrajo 0,6 puntos porcentuales, más que compensando la contribución más elevada de la demanda nacional (gráfico 1).


Tanto el consumo privado como el público aceleraron su crecimiento intertrimestral hasta tasas superiores al 1% en ambos casos. La inversión (FBCF) también se aceleró en la mayoría de sus componentes, que siguen presentando tasas positivas de crecimiento salvo el correspondiente a material de transporte.

Con respecto al sector exterior, destaca el mantenimiento de tasas elevadas de crecimiento en todos los componentes de las importaciones. A la inversa, se registra una caída de las exportaciones, como consecuencia del desplome de las ventas de bienes en el exterior. El turismo, por su parte, mantuvo un ritmo de crecimiento similar al del trimestre previo, un 0,7%, muy por debajo de las tasas registradas en 2023 y 2024. Las ventas al exterior de servicios no turismo han seguido creciendo a buen ritmo.

En consecuencia, en líneas generales, se confirma el cambio de patrón de crecimiento en relación a años anteriores.  Así, el consumo público y las exportaciones de turismo, que fueron los grandes impulsores del PIB en 2023 y 2024, crecen a un ritmo más débil –pese a la aceleración del consumo público del tercer trimestre–, mientras que la inversión mantiene un tono más dinámico, tanto en vivienda como en bienes de equipo, al tiempo que las importaciones crecen con más fuerza. Por otra parte, el consumo privado y las exportaciones de servicios no turísticos conservan un gran vigor, en el caso del primero impulsado en gran medida por el crecimiento demográfico.

En cuanto al empleo, el número de personas ocupadas creció en el tercer trimestre un 0,7%, mientras que el total de horas trabajadas lo hizo en un 1%, de modo que se produjo una ligera recuperación en el número de horas trabajadas por ocupado, pese a lo cual en el acumulado del año siguen descendiendo en comparación con el año anterior. 

La productividad por hora registró un descenso del 0,4%, pese a lo cual, en el acumulado del año sigue mostrando un avance del 0,9% sobre el año anterior. Los Costes Laborales Unitarios han seguido aumentando, con un crecimiento acumulado del 3,6% sobre el año anterior. Por su parte, el Excedente Bruto de Explotación (EBE) por unidad de producto registró un leve descenso intertrimestral, creciendo en el acumulado del año un 0,8% (gráfico 2).

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Evolución del número de empresas inscritas en la Seguridad Social: comparación interregional

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En una entrada anterior se analizó la evolución del número de empresas inscritas en la Seguridad Social según el tamaño de la empresa. Lo que se observó es que desde 2019 hasta 2025, el número total de empresas ha registrado un crecimiento modesto, ya que la fuerte caída en el número de empresas de 1 a 2 trabajadores, junto al estancamiento las de 3 a 5 trabajadores –entre ambas representaban en 2019 el 75% de número total de empresas– apenas ha sido compensado por el crecimiento –muy intenso en términos porcentuales, pero moderado en valores absolutos– en el número de empresas de mayor tamaño. 

En esta entrada se va a comparar la evolución del número de empresas en las comunidades autónomas. Con datos hasta septiembre de 2025, el crecimiento registrado en comparación con 2019[1] en el número total de empresas en España ha sido del 0,2%, o 2.137 en valores absolutos. Dicho crecimiento procede básicamente de cinco comunidades autónomas: Madrid, Andalucía, Comunidad Valenciana, Baleares y Cataluña (por orden de crecimiento nominal, ver cuadro 1) [ordene el cuadro según variación en porcentaje o variación absoluta –o bien alfabéticamente– haciendo clic en el lado derecho de la cabecera de cada columna»] . El resto de las regiones registraron caídas o leves ascensos. Entre las que sufren mayores caídas nominales destacan Galicia, Castilla y León, País Vasco y Aragón. En términos porcentuales, el descenso más acusado fue en Ceuta y Melilla (las cifras de las dos ciudades autónomas se ofrecen en conjunto).


Otro rasgo importante son las diferencias en la tendencia reciente que describe cada región. Desde 2013 hasta 2022 prácticamente todas se comportaron conforme a un mismo patrón: crecimiento continuado hasta 2019, fuerte caída en 2020 a consecuencia de la pandemia, y recuperación (“rebote”) en 2021 y 2022 en casi todas, en mayor o menor grado, exceptuando País Vasco, La Rioja y Ceuta-Melilla, que prácticamente no se recuperaron de la caída anterior. A partir de ese momento, el comportamiento diverge, de modo que nos encontramos con tres grupos de regiones.


El primer grupo [escoja «a. CC. AA. más dinámicas» en el menú desplegable del gráfico 1] es el de las comunidades cuyo número de empresas continuó creciendo de forma intensa en los años posteriores al “rebote”, superando en 2025 significativamente el número de empresas de 2019. Este grupo estaría constituido por –de mayor a menor dinamismo– Baleares, Madrid, Andalucía y Comunidad Valenciana. En todas ellas, el crecimiento para el conjunto del periodo se sitúa entre el 2,3% y el 5%

Dentro del segundo grupo [escoja «b. CC. AA. menos dinámicas» en el menú desplegable del gráfico 1] encuadraríamos a las regiones que han registrado el peor desempeño. Son las que, tras un leve o inexistente rebote, mantuvieron estable su número de empresas en un nivel muy inferior al de 2019, o incluso iniciaron una tendencia de continuo declive: Aragón, Asturias, País Vasco, La Rioja, Castilla y León, Galicia, y, especialmente, Ceuta-Melilla. Mención especial merece el País Vasco, que fue la región española que sufrió una menor caída en su número de empresas en 2020, pese a lo cual se sitúa entre las de peor desempeño, debido a que en 2021-2022 no registró prácticamente rebote alguno, y en los años siguientes se instaló en una continua trayectoria decreciente, finalizando un 2,8% por debajo del nivel de 2019. En todas ellas, la caída en el número de empresas con respecto a 2019 se sitúa entre el 2,7% y el 4,2%, salvo para el caso de Ceuta y Melilla, con un hundimiento del 9%

El resto de comunidades constituirían un tercer grupo [escoja «c. CC. AA. intermedias» en el menú desplegable del gráfico 1]. Son aquellas que, tras el rebote inmediatamente posterior a 2020, mantuvieron estable su número de empresas, con pequeños altibajos, en un nivel en algunos casos algo superior y en otros algo inferior al de 2019. Algunas de ellas, como Cataluña, han registrado un crecimiento casi continuado año tras año, al igual que las del primer grupo, pero este ha sido muy pequeño, de modo que su nivel supera por muy poco al de 2019.  La mejor situada, Murcia, apenas lo supera en un 0,7%.

Finalmente, hay que señalar que no existe una correspondencia completa entre el desempeño de las comunidades autónomas en cuanto a la evolución de su número de empresas y su desempeño en cuanto a PIB. Hay algunas regiones que se encuentran entre las mejores o peores clasificadas en ambas mediciones, pero en muchas otras la relación entre estas variables es divergente. Cabe la posibilidad de que en algunas regiones más dinámicas en cuanto a crecimiento del PIB, el tamaño empresarial esté aumentando, lo que podría explicar, al menos en algún caso, la mencionada divergencia, aunque los datos publicados por el Ministerio de Trabajo y Economía Social no permiten profundizar en la cuestión.


[1] Como cifra de 2025 se toma el promedio de los últimos doce meses (desde octubre de 2024 hasta septiembre de 2025) y como cifras anuales de los años anteriores, el promedio de los doce meses de cada año, al objeto de evitar las distorsiones en las comparaciones derivadas de la diferente estacionalidad de cada región.

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Claves del ciclo expansivo

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La revisión del INE confirma el tirón de la economía española, con un PIB que se sitúa ya un 9,3% por encima de los registros anteriores a la pandemia, ampliando la ventaja en relación a las otras grandes economías de nuestro entorno. El PIB de la eurozona ha crecido 3,3 puntos menos que el español, y los indicadores más recientes apuntan a una atonía persistente tanto en Alemania como en Francia.  

Frente a una cierta continuidad de las grandes magnitudes, también aparecen dos importantes puntos de inflexión, así como alguna sorpresa del lado de la inversión. En primer lugar, el sector exterior ya no juega el papel prominente que tuvo en el inicio del ciclo expansivo. Su aportación al crecimiento está siendo negativa en lo que va de año, y el contexto de guerra comercial, caracterizado por continuos vaivenes de la Administración Trump, no despeja el horizonte. Pese a todo, la situación de nuestro comercio exterior no difiere mucho de la del resto de Europa, lo cual no está mal habida cuenta del diferencial de crecimiento: habitualmente un ciclo expansivo como el que vive la economía española se acompaña de un deterioro de la balanza comercial en relación a las economías más estancadas, una circunstancia que no se está constatando en esta ocasión. 


En segundo lugar, la demanda interna ha tomado el relevo del sector exterior, si bien con cambios relevantes en su composición. El consumo de las administraciones pierde tracción, lastrado por las sucesivas prórrogas presupuestarias, y todo apunta a que esta situación persistirá en el corto plazo, con la posible salvedad del gasto en defensa. En contraposición, se afianza el ciclo de consumo privado y de inversión en construcción, en consonancia con la creación de empleo, la revitalización de la oferta de vivienda y, probablemente, el desembolso de fondos europeos, evidenciado por el auge de la inversión no residencial, es decir en infraestructuras y otras edificaciones.   

Destaca el repunte, a un ritmo sorprendente, de la inversión en bienes de equipo y en “intangibles”, que incorpora el capital inmaterial, software y demás productos de la propiedad intelectual. Ésta, que había sido la variable más rezagada en la fase de recuperación, emerge como una de las claves de la coyuntura. Conviene, sin embargo, tener en cuenta que los fondos europeos, particularmente el kit digital, han podido aportar un estímulo puntual a la inversión en intangibles, con efectos inciertos en el crecimiento futuro. La inversión en maquinaria y equipamiento físico, por su parte, ha crecido solo un 4,5% en los últimos cinco años, evidenciando una escasa filtración de fondos europeos en este segmento. 

Finalmente, tras la revisión del INE, sigue siendo el caso que la economía española ha crecido sobre todo sumando fuerza laboral. Las horas trabajadas habrían crecido incluso más de lo anticipado, lo que ha tenido como resultado un menor avance de la productividad por hora efectivamente trabajada: esta variable, que aproxima la velocidad de transformación de la economía, habría crecido un 2,9% desde 2019, en vez del 3,6% conforme a las estimaciones anteriores. Eso sí, se mantiene el diferencial favorable de crecimiento de la productividad respecto al resto de Europa, y la tendencia es positiva en el periodo más reciente.  

En definitiva, los ajustes estadísticos dejan entrever una economía española con más tracción de lo anticipado para afrontar los desafíos globales. Queda, no obstante, por esclarecer la sostenibilidad de las fuerzas que sustentan el ciclo. Algunos factores, como los fondos europeos, no han generado el efecto transformador que se esperaba, a tenor del moderado comportamiento de la productividad. Los recursos que quedan por ejecutar ascenderían a más de 25.000 millones de euros: a poco más de un año de la conclusión del programa, habrá que esforzarse por mejorar su vinculación con las necesidades del tejido productivo.      

CONSUMO | Las revisiones del INE no disipan la dicotomía entre la macroeconomía y su percepción social. Desde 2019, el consumo de las familias se ha incrementado un 6,2% a nivel agregado, descontando la inflación (un punto más que la anterior estimación). Ahora bien, ajustando por el crecimiento poblacional, la mejora es solo del 2,9% en términos medios por habitante. El menor impulso demográfico de la eurozona en su conjunto ha provocado que el consumo haya crecido más que en España en términos per capita (2,5%), pese al peor comportamiento a nivel agregado (3,9%).     

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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Tipos de interés, mercado de trabajo y narrativas financieras en Jackson Hole

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El Simposio Anual de Jack­son Hole, organizado por la Reserva Federal de Kansas City, y que se celebró la pasada semana, se ha convertido en la última década en el escenario veraniego central para medir la temperatura de la economía y las finanzas mundiales. No obstante, este año, bajo el título Mercados de trabajo en transición: demografía, productividad y política macroeconómica, pone el énfasis en la creciente relevancia del mercado laboral frente a los grandes desafíos y permite explorar cómo el envejecimiento de la población, la caída en la productividad y los cambios demográficos están remodelando el empleo, la inflación y la capacidad de reacción de las políticas públicas. Asimismo, las políticas monetarias no pueden desligarse de tendencias estructurales como la automatización, digitalización e inteligencia artificial, los desplazamientos poblacionales y la evolución de la participación laboral. 

Más allá del contenido académico de las ponencias, se trata de una plataforma para que los banqueros centrales y otros líderes económicos comuniquen su visión de corto y largo plazo. En estos días, la atención se ha centrado en si la Fed confirmará o no un cambio de rumbo hacia una política más laxa, con rebajas de tipos de interés. Asimismo, ante la renovación de la presidencia de la Reserva Federal en 2026, este será el último Jackson Hole de Je­rome Powell, en plena polémica con Trump.

Los datos más recientes de Estados Unidos manifiestan un crecimiento algo más débil de lo esperado, moderación en el consumo y algunas señales de enfriamiento en el mercado laboral. Por su lado, la inflación sigue relativamente contenida –aunque por encima del objetivo del 2%– y los salarios mantienen hasta ahora un ritmo de avance compatible con los objetivos de la Reserva Federal.

Algunos analistas interpretan estas cifras como un signo de fragilidad. Sin embargo, otros sostienen que reflejan un ajuste saludable después del repunte extraordinario posterior a la pandemia y a los conflictos geopolíticos. La Fed se enfrenta, por tanto, a un dilema: si mantiene los tipos de interés durante demasiado tiempo, corre el riesgo de frenar en exceso la actividad; si los reduce prematuramente, podría reavivar las presiones inflacionarias. Esta disyuntiva se traduce en la prudencia de los discursos recientes de Jerome Powell.

Los datos económicos por sí solos, de cara al simposio de Jackson Hole de este año, aportan menos claridad para fundamentar la necesidad de un recorte. A pesar de ello, la valoración actual del mercado muestra un consenso mucho mayor respecto a la decisión que tomará la Fed en septiembre. El mercado sigue descontando una probabilidad cercana al 90% de un recorte de 25 puntos básicos. Hace un año ahora, la expectativa para la reu­nión de septiembre de 2024 reflejaba mucha más ambigüedad sobre si la Fed optaría por un movimiento de 25 puntos o de 50.

La casi certeza con la que hoy los mercados esperan un recorte de 25 puntos en la próxima reunión de septiembre parece estar impulsada por tres factores: las dos disidencias en la votación del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC, por sus siglas en inglés) de la Fed de julio, un mayor deterioro en los datos de empleo y, por último, pero no menos importante, la retórica persistente y muy agresiva de la Administración Trump a favor de recortes de tipos de mayor alcance. El foro llega en un momento particularmente sensible, ya que desde la última reunión del FOMC hasta la próxima reunión hay un vacío comunicativo de casi siete semanas. Por ello, el discurso de Powell del viernes dio claves sobre el rumbo económico para lo que queda de 2025 y más allá, anticipando un posible calendario de decisiones y la posible evolución de los tipos de interés.

Mientras en Estados Unidos se habla de un aterrizaje suave, en Europa la narrativa parece menos optimista, con una economía alemana debilitada que arrastra al conjunto de la zona euro. Factores como la elevada dependencia energética, la ralentización del comercio global tras la imposición de aranceles y la falta de dinamismo en la inversión privada han lastrado el crecimiento.

Las proyecciones para el PIB de la eurozona se han revisado a la baja, mientras que las expectativas de inflación, aunque en descenso, siguen por encima del objetivo del BCE. El enfoque reunión a reunión sin comprometerse excesivamente continuará seguramente siendo el orden del día del discurso de Lagarde en el Simposio. El BCE podría estar atrapado en una trampa de bajo crecimiento y una inflación moderada, pero por encima del objetivo; una situación difícil de revertir, como se está observando.

En este contexto monetario y económico, los inversores se encuentran atrapados entre dos narrativas. La primera, de carácter optimista, que confía en que la Fed logre un aterrizaje suave y que la inflación siga cediendo sin necesidad de un endurecimiento mayor. La segunda, la pesimista, que teme que la combinación de tipos relativamente elevados y un contexto global frágil pueda precipitar una recesión o un notablemente menor crecimiento.

Hasta ahora, los índices bursátiles han mostrado cierta resiliencia, pero los movimientos en los mercados de bonos y divisas reflejan una elevada sensibilidad a cualquier declaración de los bancos centrales. En estos meses seguirá la incertidumbre –aranceles, déficit público de EE UU–, y lo que decidan los bancos centrales será, como siempre, importante, pero seguramente los banqueros centrales no harán nada muy tajante. Preferencia por el mal menor que por apuestas arriesgadas.

Una versión de este artículo se publicó originalmente en el diario Cinco Días

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Sorpresa positiva en las cifras de PIB del II trimestre de 2025

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CNTR IIT 2025

El PIB creció un 0,7% intertrimestral en el segundo trimestre de 2025, según cifras provisionales, una décima más que en el trimestre anterior, e igual tasa a las registradas en los últimos trimestres de 2024. El resultado ha superado las previsiones, que se situaban en torno al 0,5% (gráfico 1).


La aceleración con respecto al primer trimestre procedió del consumo privado, de la inversión en construcción de viviendas y de la inversión en bienes de equipo. El consumo público registró una leve contracción –por segundo trimestre consecutivo, siempre en tasas intertrimestrales– mientras que la aportación del sector exterior fue negativa, como consecuencia de un crecimiento de las importaciones mayor que las exportaciones. Dentro de estas últimas, la aportación al crecimiento procedente del turismo ha sido mucho más moderada que a lo largo del pasado año.

Puede decirse, por tanto, que el patrón de crecimiento en los dos primeros trimestres de 2025 ha sido diferente al predominante en los años anteriores, con una menor aportación del consumo público –que había ejercido un papel excesivamente protagonista–, y una mayor aportación de la inversión, tanto en vivienda como en bienes de equipo –tras el preocupante estancamiento exhibido durante todo el periodo pospandemia–. 

El mantenimiento de la fortaleza del consumo privado, la revitalización de la inversión en vivienda, la ralentización del turismo y la aportación negativa del sector exterior, son todos ellos rasgos esperados, que evolucionan en línea con lo previsto. El freno del consumo público y la reactivación de la inversión en equipo, sin embargo, son elementos más inesperados, o, al menos, sobre los que había una mayor incertidumbre en cuanto a su posible evolución. La recuperación de la inversión en equipo, por otra parte, pone de manifiesto que la incertidumbre internacional derivada de la subida de aranceles y de las negociaciones comerciales no ha tenido gran impacto sobre la economía nacional.

Como elemento negativo, cabe señalar la profundización en la caída de las horas trabajadas por ocupado. Así, el número de personas ocupadas creció un 0,7% en el segundo trimestre, pero el número de horas trabajadas solo lo hizo en un 0,3%. El promedio de horas trabajadas por persona se sitúa ya, de este modo, un 4,1% por debajo del promedio de 2019, lo que mantiene estancada la productividad por ocupado. Este fenómeno, unido al elevado ritmo de crecimiento del salario medio –en la primera mitad de este año creció un 4,3% con respecto al mismo periodo del año pasado–, supone una continuación de la trayectoria alcista de los costes laborales unitarios, que se sitúan un 27% por encima del nivel de 2019 (gráfico 2).

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El núcleo duro del crecimiento español

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Por lo general una economía crece cuando coinciden dos circunstancias. La primera, un incremento de la demanda, ya sea interna o exterior. Y la segunda, que las empresas sean capaces de responder a dicho impulso de la demanda, porque son competitivas y disponen de capacidad productiva. Por diferentes razones, los datos de PIB de EE. UU. y España divulgados esta semana aportan informaciones relevantes acerca de las fuerzas y debilidades de ambos factores del actual ciclo expansivo.

El comportamiento de la economía norteamericana, con un descenso de una décima, evidencia un deterioro súbito de la confianza y una inquietante pérdida de competitividad como consecuencia de la guerra comercial. El consumo privado se ha desacelerado netamente y si todavía crece es en cierta medida por las compras anticipadas de los hogares norteamericanos ante la perspectiva de un aumento de los precios; cabe esperar, por tanto, que el consumo se frene en los próximos meses. Por su parte, las empresas, anticipando fuertes aranceles, han hecho acopio de productos importados, algunos destinados a la venta (elevando las existencias) y otros a la inversión en bienes de equipo. Todo ello traduce los primeros efectos des doble shock, de demanda y de competitividad.

En España el escenario es más favorable, pero también emergen nuevos riesgos. El avance del PIB (0,6% en el primer trimestre, el doble que la Unión Europea) se sustenta en un bucle de demanda de consumo privado, inversión en construcción y aumento del empleo, conformando el núcleo duro del crecimiento de la economía española. El consumo público, sin embargo, se desacelera. Y la inversión empresarial evidencia una cierta volatilidad, al tiempo que sus perspectivas se ven afectadas por la incertidumbre global.


También surge una nueva amenaza en el frente de la competitividad. Nuestras empresas mantienen una posición competitiva positiva en términos de costes laborales y energéticos. Destaca el tirón de las exportaciones de servicios no turísticos (4,6% en el primer trimestre). Pero la guerra comercial también provoca un efecto de desvío de las ventas de productos asiáticos hacia los mercados europeos, por las restricciones impuestas por Trump. Es un hecho que las importaciones han empezado a repuntar: las compras en el exterior crecen ya a un ritmo tendencialmente superior a la demanda (con una elasticidad de 1,2), cuando hasta hace poco lo hacían muy por debajo de dicha demanda (elasticidad inferior a 1). Los envíos de productos españoles a los mercados europeos también podrían verse perjudicados por la mayor competencia de productos asiáticos a precios artificialmente bajos. En suma, la demanda interna resiste, pero aparecen nubarrones en el panorama externo y en la competitividad.

De cara al futuro, es probable que perdure el ciclo expansivo de la demanda de consumo, inversión residencial y creación de empleo. Desaparecen los fenómenos de recuperación de poder adquisitivo, pero un mayor recurso al ahorro por parte de los hogares podría actuar como contrapeso. No obstante, el golpe arancelario se propagará a través del comercio mundial, entorpeciendo las exportaciones y exacerbando la competencia internacional. Las dos principales potencias mundiales han entrado en zona de turbulencias, y salvo un improbable acuerdo comercial la situación no parece que vaya a cambiar en el corto plazo.

España goza de un núcleo duro de crecimiento autosostenido que nos diferencia de los socios comunitarios. Todo apunta a que el PIB todavía avanzará netamente por encima del 2% este año. Sin embargo, sería temerario pensar que nos podemos desacoplar de los desvaríos del resto del mundo, de modo que una desaceleración es previsible a partir de la segunda mitad del año. Ante la guerra comercial y las tensiones geopolíticas, lo deseable sería sustentar la confianza para nutrir las fortalezas internas y profundizar en el descenso del paro. De lo contrario el ciclo expansivo perderá rápidamente vigor.

PRODUCTIVIDAD | El número de ocupados aumentó un 0,8%, pero el número de horas trabajadas se redujo, de modo que se mantiene la tendencia a la reducción de las horas trabajadas por persona que se observa desde 2023, con un descenso de la productividad por ocupado y un incremento de la productividad por hora. El perfil que se desprende de la EPA es similar: el número de ocupados se incrementó un 0,7% en el primer trimestre, entrañando un ligero descenso de la productividad por persona ocupada, y a la inversa cae el número de horas trabajadas, impulsando la productividad horaria.  

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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el-pib-en-el-primer-trimestre-de-2025:-continua-el-ciclo-expansivo,-aunque-con-una-moderacion-del-consumo

El PIB en el primer trimestre de 2025: continúa el ciclo expansivo, aunque con una moderación del consumo

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CNTR IT 2025

El PIB registró un crecimiento intertrimestral del 0,6% en el primer trimestre de 2025, una décima menos de lo anticipado por Funcas. Además, se ha revisado ligeramente a la baja el PIB del trimestre anterior, lo que reduce el efecto de arrastre sobre el crecimiento en 2025.

La demanda nacional en su conjunto aportó cuatro décimas al crecimiento, la cifra más baja en nueve trimestres. El consumo privado experimentó una notable desaceleración, hasta el 0,4%, sensiblemente por debajo de los crecimientos observados a lo largo de 2024, quizás influido por las malas condiciones climatológicas. El consumo público creció un 0,2% por segundo trimestre consecutivo, apuntando a una desaceleración tras un periodo fuertemente expansivo.  La inversión en construcción presentó un ritmo de crecimiento semejante al del trimestre anterior, mientras que la inversión en bienes de equipo ha logrado mantener el nivel alcanzado tras el intenso repunte registrado en el cuarto trimestre de 2024 (gráfico 1). Esto constituye una buena noticia, ya que la debilidad de esta variable sigue siendo uno de los elementos preocupantes de la evolución reciente de la economía española. No obstante, la inversión en bienes de equipo sigue sin superar claramente los niveles alcanzados en 2019, y la incertidumbre derivada de la guerra comercial podría frenar esta incipiente –y tardía– recuperación. 


El sector exterior aportó 0,2 décimas al crecimiento del PIB, como resultado de un crecimiento de las exportaciones superior al de las importaciones, siendo fundamentalmente las exportaciones de servicios no turísticos las que explican el positivo comportamiento de la variable total. El gasto de los turistas también avanzó a un buen ritmo, aunque más moderado que las tasas medias observadas en 2024. Ambos componentes siguen siendo los elementos más brillantes de la evolución económica pospandemia, mientras que las exportaciones de bienes mantienen la tónica de estancamiento que ha predominado durante todo este periodo (gráfico 2).


El número de ocupados aumentó un 0,8%, pero el número de horas trabajadas se redujo, de modo que se mantiene la tendencia a la reducción de las horas trabajadas por persona que se observa desde 2023, con un descenso de la productividad por ocupado y un incremento de la productividad por hora. El crecimiento del salario medio se moderó, aunque sigue siendo relativamente intenso: un 4,4% interanual. Como resultado, el coste laboral unitario continúa creciendo por encima del deflactor, y por encima del excedente bruto unitario.

En suma, el crecimiento del PIB en el primer trimestre de 2025 mantiene, básicamente, el mismo patrón de los últimos años, aunque con una cierta moderación del consumo privado y público.

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La demanda interna, motor del ciclo

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La economía española cosecha buenos resultados, y lo hace en un contexto internacional plagado de incertidumbres. El avance del PIB, un robusto 0,8% en el cierre del año, contrasta con el parón europeo. El diferencial guarda cierta relación con el plus de competitividad aportado por los precios energéticos —anclados por debajo de la media comunitaria—, la menor exposición a las turbulencias comerciales globales —los intercambios de bienes con los países no comunitarios ocupan el 36% total, frente a casi la mitad en Alemania— y el impulso de la inmigración. 

No todo son buenas noticias: también se aprecia una inflexión en la pauta de crecimiento, menos equilibrado que en años anteriores. Y es que la atonía de los mercados europeos hace mella en las exportaciones. A la caída de los envíos de bienes hacia el exterior, que ya venían flaqueando, se une desde mediados del año pasado la moderación de las exportaciones de servicios no turísticos, quebrando la senda de fuerte crecimiento. Eso sí, el turismo sigue tirando, pero sin compensar el frenazo del resto. Como por otra parte las importaciones se recuperan, la aportación al crecimiento del PIB del conjunto del sector exterior se ha vuelto negativa en la segunda parte del pasado ejercicio. 


La demanda interna toma el relevo al calor del consumo tanto público, que sigue desbocado, como privado. Las familias gastan a un ritmo vigoroso, explicando el 77% del avance del PIB registrado en el segundo semestre del año pasado. La inversión toma aire, especialmente en el segmento de bienes de equipo. Pero es pronto para determinar si se trata de una mejora estructural, los indicadores apuntando en direcciones contradictorias. Por una parte, el incremento de la inversión obedece a factores transitorios, ya que está muy concentrado en el material de transporte, pudiendo reflejar cambios anticipados de fiscalidad. Por otra parte, la demanda de crédito y las importaciones de bienes de equipo serían consistentes con una tendencia alcista. En todo caso, la inversión en vivienda apenas reacciona a la sucesión de anuncios oficiales, perpetuando el grave problema de escasez. 

De cara al futuro, el sector exterior seguirá probablemente restando actividad, por la persistente debilidad de la economía europea como por las incertidumbres crecientes que se ciernen sobre el comercio internacional. Además, las importaciones están normalizándose (su elasticidad con respecto a la demanda se acerca a la media histórica), algo que en un contexto de fuerte empuje del mercado interno tiende a detraer actividad. 

Si el motor externo del crecimiento flaquea, el interno no falla. El consumo privado mantendrá previsiblemente una fuerte inercia expansiva, sostenido por la creación de empleo, la recuperación de poder adquisitivo de los salarios y la liberación de una parte del ahorro embalsado. Sin embargo, la situación de prórroga presupuestaria junto con factores técnicos (menores ajustes de las entregas a cuenta de las comunidades autónomas) apuntan a un consumo público algo más encauzado. 

La clave estará en la inversión. Los estímulos provienen de la relajación de la política monetaria y de la necesidad de ejecutar en muy poco tiempo el abundante remanente de fondos europeos todavía disponibles. 

El factor limitativo procede del clima de incertidumbre, exacerbado, al menos en el caso de las grandes corporaciones, por la política transaccional del Presidente Trump: el problema no es tanto la amenaza arancelaria como el cuestionamiento de las reglas multilaterales que rigen las relaciones internacionales desde la segunda guerra mundial. La inseguridad acerca del futuro de estas reglas que deja planear la principal potencia económica global es perjudicial para la inversión. Tampoco ayuda, en el plano interno, la congelación de la política presupuestaria, o la falta de consenso para acometer reformas en el mercado de vivienda. En suma, el ciclo expansivo prosigue, sin despejar las dudas sobre su sostenibilidad. 

INMIGRACIÓN | La incorporación de trabajadores extranjeros sigue siendo uno de los factores distintivos de la economía española. En 2024, la población activa nacional descendió en 87.000 personas, mientras que el número de activos extranjeros o con doble nacionalidad se incrementó en 391.000, según la EPA. Por otra parte, el 79% de los nuevos empleos creados en el pasado ejercicio fueron ocupados por mano de obra foránea, un porcentaje al alza en relación al año anterior (63%). Destaca el peso de la inmigración en los sectores ligados al turismo y en la construcción.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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