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Mejora en la valoración de Moody’s sobre la solvencia de los depósitos de Banco Sabadell


Perspectiva de los depósitos en Banco Sabadell

La agencia de calificación Moody’s Ratings ha dado un espaldarazo a la estrategia financiera de Banco Sabadell al decidir elevar la perspectiva de sus depósitos a largo plazo, pasando de una calificación previa de estable a una netamente positiva. Este movimiento no es una cuestión menor, ya que refleja la confianza de los analistas en que la entidad vallesana mantendrá una trayectoria de saneamiento y solidez en sus balances durante los próximos periodos de revisión, lo que supone un alivio para los inversores y clientes que siguen de cerca la salud del banco.

Esta actualización ha sido comunicada de forma oficial a la Comisión Nacional del Mercado de Valores, confirmando que, más allá del cambio en la perspectiva, se mantienen estables otras notas importantes como la calificación de la deuda sénior no garantizada. Lo que realmente ha llamado la atención de los expertos es que esta mejora responde a una evolución favorable en la calidad de los activos, una tendencia que parece haber echado raíces en el negocio doméstico de la entidad tras un periodo de ajustes significativos en su exposición al riesgo.

Factores clave en la mejora de la calidad de los activos

Evolución financiera Banco Sabadell

Uno de los puntos que más ha pesado en la decisión de Moody’s es el proceso continuado de reducción de riesgos que el banco ha llevado a cabo en su balance. La agencia subraya que la entidad ha sabido manejar la desconsolidación de su filial británica TSB, la cual, aunque presentaba una ratio baja de préstamos dudosos, su salida del perímetro ha permitido poner el foco en la mejora del negocio en España. Gracias a este enfoque, se prevé que la ratio de activos problemáticos, conocidos en el argot financiero como NPA, consiga situarse por debajo del 3% en el corto plazo, una cifra que marca una línea de seguridad muy valorada por los mercados internacionales.

Además, la agencia no ha pasado por alto que el banco parece haber encontrado un punto de equilibrio en su rentabilidad. Aunque el entorno económico europeo presenta sus desafíos, se estima que la entidad logrará mantener unos beneficios estables, apoyados por un margen de intereses que, según las previsiones actuales, retomará una senda de crecimiento trimestral a partir de mediados del próximo ejercicio. Esta capacidad para generar ingresos recurrentes es lo que permite que el perfil crediticio básico del banco se vea reforzado frente a posibles turbulencias externas.

Perspectivas de futuro y condiciones para el rating

De cara a lo que está por venir, Moody’s ha dejado la puerta abierta a nuevas subidas en las calificaciones si el Sabadell es capaz de consolidar su buena racha en la gestión de activos y mantiene unos niveles de capital y liquidez robustos. No obstante, también se muestran cautos al señalar que la mejora de la deuda sénior no garantizada es un camino algo más complejo, ya que este tipo de notas suele estar muy ligado a la calificación soberana del Reino de España y a la estructura de pasivos que el banco decida mantener para absorber posibles pérdidas en escenarios de resolución.

Por el lado de las advertencias, que nunca faltan en estos análisis, se menciona que cualquier incremento notable de los préstamos dudosos o una merma en la solvencia por un consumo excesivo de capital podría dar al traste con esta tendencia positiva. Es un recordatorio de que, aunque las cosas pintan bien ahora, la vigilancia sobre la morosidad y la capacidad de absorción de pérdidas sigue siendo fundamental para no ver presionadas a la baja las notas de los depósitos y de la deuda en circulación.

La situación actual de la entidad refleja un balance mucho más saneado donde la gestión del riesgo doméstico ha tomado el protagonismo para compensar cambios estructurales previos. Con la mirada puesta en un margen de intereses al alza y una ratio de activos problemáticos bajo control, el banco encara los próximos meses con una posición de mayor fortaleza en el mercado europeo, siempre condicionado a que la estabilidad macroeconómica y la calificación crediticia del país sigan remando a favor de los intereses del sector bancario nacional.


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Amazon pisa el acelerador en IA con un préstamo multimillonario de 17.500 millones de dólares


Amazon invierte en infraestructura de inteligencia artificial

La gigante del comercio electrónico y los servicios en la nube no se anda con chiquitas cuando se trata de liderar la próxima revolución tecnológica. Amazon ha formalizado recientemente un acuerdo de préstamo por valor de 17.500 millones de dólares, una cifra que marea a cualquiera pero que resulta vital para sostener su ritmo de crecimiento. Este movimiento financiero se ha cerrado con un sindicato de bancos de primer nivel, entre los que destaca Citibank como agente administrativo, junto a otros nombres pesados como JPMorgan Chase, Wells Fargo, HSBC y BofA Securities.

Lo curioso de esta operación es que no es el típico préstamo al uso donde te dan todo el fajo de billetes de golpe. Se ha estructurado como una facilidad de crédito con desembolso diferido, lo que en lenguaje de calle significa que Amazon puede ir tirando del dinero según le convenga hasta septiembre de 2026. Esta flexibilidad es una jugada maestra para no tener capital ocioso y optimizar los costes financieros, especialmente en un momento donde los tipos de interés obligan a mirar con lupa cada movimiento en el balance.

La ingeniería financiera detrás del gigante de la nube


Detalle del préstamo financiero de Amazon

El mercado ha recibido la noticia con una mezcla de asombro y cautela. Y es que, aunque Amazon tiene la caja a rebosar, la magnitud de su plan de inversiones es tal que necesita recurrir a los mercados de deuda para no comprometer su operativa diaria. La empresa tiene previsto destinar unos 200.000 millones de dólares a gastos de capital en 2026, una cantidad que supera con creces lo que facturan muchos países europeos y que se centrará casi exclusivamente en centros de datos y chips diseñados a medida.

Para los inversores en España y el resto de Europa, este tipo de noticias confirman que el sector tecnológico ha cambiado de fase. Ya no basta con tener una buena idea; ahora hace falta un músculo financiero descomunal para construir las infraestructuras de centros de datos que requiere la inteligencia artificial. En operaciones previas de bonos, hemos visto a entidades como el BBVA o el Santander metidas en el ajo, lo que demuestra que la banca española también tiene un ojo puesto en cómo los grandes de Silicon Valley están repartiendo el juego del capital.

Andy Jassy, el consejero delegado de la firma, ha salido al paso de los que critican este gasto tan agresivo. Según el directivo, cuando se produce un cambio de paradigma tan bestia como el de la IA, lo peor que puedes hacer es quedarte corto. Jassy asegura que su división de inteligencia artificial ya genera ingresos a un ritmo superior a los 15.000 millones de dólares anuales, lo que justificaría de sobra el hecho de acelerar su inversión en IA de esta manera tan contundente.

Un mercado de deuda en ebullición por la IA


Infraestructura tecnológica de Amazon

Amazon no es la única que está pidiendo paso en las ventanillas de los bancos. Otros colosos como Meta o Alphabet también están acudiendo a los mercados de deuda con una frecuencia inusual, rompiendo esa vieja tradición de las Big Tech de financiarse solo con sus propios beneficios, similar a la estrategia de CAPEX de Alphabet. Esta nueva tendencia está provocando que los grandes proveedores de la nube se conviertan en los mayores prestatarios del mundo, transformando por completo el ecosistema financiero global y las prioridades de inversión en infraestructura física.

El préstamo de 17.500 millones tiene un plazo de vencimiento de tres años desde el momento en que se disponga del dinero, y no incluye esas cláusulas financieras tan pesadas que suelen limitar la libertad de movimientos de las empresas. Esto le da a Amazon vía libre para seguir maniobrando sin tener a los auditores respirándole en el cuello a cada minuto, algo fundamental cuando estás construyendo el futuro digital a una velocidad de vértigo.

Toda esta lluvia de millones busca asegurar que la compañía no pierda ni un milímetro de terreno frente a sus competidores directos. Al final, lo que está en juego es quién dominará la infraestructura sobre la que correrán todas las aplicaciones y servicios del mañana. La estrategia de Amazon de usar deuda en lugar de diluir el valor de sus acciones parece ser el camino elegido para navegar estas aguas turbulentas, demostrando que en el mundo de la alta tecnología, tener una buena línea de crédito es tan importante como tener los mejores ingenieros.

Esta apuesta decidida por el endeudamiento estratégico refleja una confianza total en que los retornos de la inteligencia artificial acabarán compensando el riesgo asumido. La empresa está priorizando la capacidad de cómputo por encima del flujo de caja inmediato, una decisión que marcará el devenir del sector tecnológico en los próximos años y que posiciona a Amazon como uno de los jugadores con mayor pulmón para aguantar este pulso multimillonario.


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La Fed de Warsh: entre las expectativas del mercado y las limitaciones institucionales

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Con el nombramiento de Kevin Warsh como 17º presidente de la Reserva Federal se empieza a definir lo que se podría denominar «Doctrina Warsh», que, explicada de manera sencilla, supondría una mayor disposición de la institución a bajar los tipos de interés, combinada con el objetivo de reducir su balance y su presencia en los mercados financieros. El objetivo sería configurar lo que Warsh considera un marco monetario más claro y disciplinado. Se trata de un discurso atractivo, porque ofrece algo a casi todo el mundo: la Casa Blanca ve la perspectiva de unos tipos más bajos, los mercados esperan unas condiciones financieras más favorables, los conservadores en materia fiscal aplauden la idea de un banco central más pequeño y los críticos del activismo monetario posterior a la crisis ven una oportunidad para redefinir el papel de la Fed.

Sin embargo, el contexto en el que llega Warsh es delicado por las presiones de Trump en favor de una rebaja de tipos. Aunque el nuevo presidente de la Fed presente su visión como pragmatismo político más que como sumisión ideológica, la gran pregunta es si, bajo esa presión, será capaz de preservar el gran activo de la institución: su credibilidad. En este contexto el escenario más probable no es una ruptura radical con la era Powell, sino una versión más moderada de la «Doctrina Warsh» de lo que descuentan los mercados.

En primer lugar, en la reunión del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) de la próxima semana se espera continuidad, ya que lograr un consenso a favor de rebajas rápidas será difícil en un consejo que sigue siendo “halcón”. Pero la falta de acuerdo se refleja también en otras cuestiones, como el impacto de la inteligencia artificial o la medición de la inflación. Respecto de la primera, aunque Warsh considera que las mejoras de la productividad que acarrea la IA podrían justificar tipos más bajos, buena parte de la Fed sigue sin estar convencida, por las presiones inflacionistas derivadas de las inversiones. Sobre la segunda, el consejo también muestra resistencia a la propuesta de otorgar mayor peso a la llamada trimmed mean inflation —inflación media recortada, que actualmente ofrece una visión más benigna de los precios que la inflación subyacente—, por considerarla un intento de adaptación de los datos para respaldar una política monetaria más flexible.

Así las cosas, la reforma más importante de la presidencia de Warsh podría ser la institucional. Entre sus prioridades destaca la reducción del balance de la Fed, probablemente la propuesta que cuenta con mayor respaldo dentro del FOMC. Desde la crisis financiera de 2008, la institución aumentó su tamaño en términos de activos y su intervención en los mercados financieros (gráfico). La expansión cuantitativa, las líneas de crédito de emergencia y una comunicación cada vez más orientada a guiar las expectativas transformaron el banco central en un participante mucho más activo en el funcionamiento cotidiano del mercado. Warsh ha cuestionado este modelo y ha defendido en repetidas ocasiones que la política monetaria debería basarse más en los tipos de interés y menos en la compra de activos para inyectar liquidez —una dirección en la que el FOMC ya está, por otro lado, embarcado.


Al mismo tiempo, Warsh sostiene que la Reserva Federal ha ido más allá de su mandato original de controlar la inflación y apoyar el crecimiento. Los mercados dependen cada vez más de su intervención y la vuelta a una misión más acotada podría afectar desde la gestión de las crisis hasta las comunicaciones con el mercado. Esta interpretación más conservadora de sus funciones podría traducirse en una Fed con menor disposición a intervenir durante episodios de tensión, mediante herramientas como líneas de liquidez de emergencia, líneas de swap en dólares con bancos centrales extranjeros o el apoyo a instituciones no bancarias, pese a la utilidad de estos mecanismos en la prevención de contagios financieros globales.

Para Europa, las implicaciones son considerables. Unos tipos de interés más bajos en EE UU tenderían a debilitar el dólar, aliviar las condiciones de financiación a nivel mundial y dar al BCE mayor margen para bajar los tipos si la situación económica lo justifica. Sin embargo, una Fed menos dispuesta a recurrir a mecanismos extraordinarios de liquidez en momentos de tensión podría aumentar la volatilidad y reducir un importante respaldo financiero internacional. Bancos, gobiernos y empresas europeos siguen muy expuestos a las condiciones financieras de EE UU, lo que significa que los cambios en la filosofía operativa de la Fed pueden acabar siendo tan importantes como las decisiones sobre los tipos de interés.

El próximo número de Funcas Intelligence, que se publicará el 16 de julio, tratará este asunto en profundidad.

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¿Equidad o excelencia en el sistema educativo? Podemos tenerlo todo

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La OCDE documentó en un reciente informe la relación entre el rendimiento académico a los 15 años –usando los resultados de PISA como indicador anticipado– y el abandono educativo. En concreto, el estudio analizaba una cohorte artificial de población por países y cruzaba los datos sobre el porcentaje de estudiantes con un pobre desempeño en lectura en 2009 con la proporción de jóvenes entre 25 y 34 años sin secundaria superior en 2024.

La correlación que muestra el documento de la OCDE entre ambos datos (R2=0,55) es alta, lo que da una idea de la elevada capacidad predictiva del indicador empleado. Los países con una mayor proporción de estudiantes con capacidad limitada de lectura resultan ser, con el tiempo, los que menos estudiantes titulan en secundaria, y viceversa. Pero el estudio de la misma también permite detectar que hay países en los que el número de titulados es superior al esperado por el desempeño en lectura a los 15 años, y otros en los que sucede lo opuesto. Y, en lo que concierne a España, nuestro país aparece en una posición desfavorable: muestra más jóvenes sin titular de los que su rendimiento escolar habría llevado a esperar. El sistema, en otras palabras, no está consiguiendo recuperar a una parte del alumnado con dificultades.

A partir de este informe de OCDE, hemos replicado el análisis aplicando la misma lógica a las comunidades autónomas españolas, para las tres competencias evaluadas en PISA –matemáticas, lectura y ciencias– y con dos cruces temporales distintos –2012 y 2015–. Pero, además, en el estudio hemos querido comparar la capacidad predictiva de la cantidad de estudiantes con bajo nivel de competencias con otro indicador, la puntuación media en PISA. La idea es confirmar si la media también predice el abandono educativo posterior, lo que implicaría que tirar del nivel medio hacia arriba (“excelencia”) no penaliza al alumnado rezagado (“equidad”).

Lo que dicen los datos por comunidades

El primer cruce relaciona los resultados de PISA 2012 en 14 comunidades con datos disponibles con el porcentaje de jóvenes de 25 a 34 años sin secundaria en 2025. El patrón se repite con consistencia en las tres materias: allí donde los alumnos de 15 años rendían peor, hay hoy más adultos jóvenes sin titular. Lo más revelador, en todo caso, es el hecho de que la diferencia estadística entre los indicadores adelantados escogidos (recordemos: alumnos con bajas competencias y puntuación media en PISA) son mínimas, y su capacidad predictiva equivalente, como muestra el gráfico.


Como sucede en el análisis internacional de OCDE, en el plano territorial nacional lo interesante no es tanto la tendencia general como las excepciones. Por debajo de lo que cabría esperar —es decir, con menos abandono del que su punto de partida escolar auguraba— se sitúan País Vasco, Cantabria, Asturias, Galicia y Extremadura. El caso vasco es especialmente llamativo: allí se titulan más jóvenes de los previstos y registra la tasa más baja de toda España –solo un 12,3%– de adultos jóvenes sin secundaria. En el extremo contrario, Castilla y León llama la atención por el motivo inverso: sus resultados PISA son de los mejores del país, pero su tasa de abandono es más alta de lo que ese buen rendimiento haría prever.

El segundo cruce, con datos de PISA 2015 frente a la tasa de abandono temprano en 2025, amplía el análisis a las 17 comunidades, con un resultado que refuerza el anterior: País Vasco, Cantabria y Navarra aparecen como los sistemas más eficaces a la hora de reconducir a sus estudiantes hacia la titulación, con tasas de abandono entre 2 y 10 puntos por debajo de lo esperado.

Una falsa dicotomía y una lección de política educativa

Más allá de las diferencias territoriales y casos que merecen estudios específicos, el análisis deja claro, por un lado, que el rendimiento temprano puede darnos una medida nítida del nivel general del sistema educativo y permite, por otro, abordar un debate recurrente: ¿hay que elegir entre elevar el nivel medio del sistema o reducir el porcentaje de alumnado rezagado? Los datos sugieren que no. Tanto la proporción de alumnos con bajo desempeño como la puntuación media en PISA predicen el abandono futuro con la misma fuerza.

La conclusión que extraemos apunta, en definitiva, en una dirección clara para la política educativa: la mejora del nivel medio del sistema y las medidas de apoyo específico al alumnado con más dificultades no son, por tanto, estrategias rivales, sino dos aproximaciones al mismo objetivo. No hay que elegir.

Acceda al informe en el que se basa esta entrada aquí.

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El desafío de los planes de pensiones en las empresas españolas ante el horizonte de jubilación


Planes de pensiones corporativos

A día de hoy, la jubilación es un tema que quita el sueño a más de uno. A pesar de que se habla mucho del ahorro para el futuro, lo cierto es que en España los sistemas de ahorro colectivo que impulsan las empresas apenas llegan a una cuarta parte del tejido productivo. Esta situación, que parece haberse quedado congelada en el tiempo desde hace casi una década, pone de manifiesto una realidad incómoda: dependemos demasiado de la hucha pública y nos falta ese colchón extra que en otros países vecinos es lo más normal del mundo.

No es solo una cuestión de falta de ganas por parte de los trabajadores, sino que hay todo un entramado de barreras económicas y culturales que frenan el desarrollo de estos planes. Mientras que en el resto de Europa la cobertura es mucho más amplia, aquí nos encontramos con que solo un pequeño porcentaje de la población activa cuenta con el apoyo de su empresa para ir guardando algo de dinero de cara al retiro, lo que a la larga podría traducirse en una pérdida de calidad de vida importante cuando llegue el momento de dejar de trabajar.


Ahorro para la jubilación en el trabajo

Si echamos un vistazo a los datos más recientes, vemos que el panorama es bastante desigual según a qué se dedique la empresa. El sector financiero, por ejemplo, es el que más se pone las pilas, con más de un 60% de sus compañías ofreciendo estos beneficios. En el otro lado de la balanza tenemos al transporte y la logística, donde apenas un 17% de las entidades facilita este tipo de ahorro a su plantilla. Esta disparidad deja claro que no todos los trabajadores tienen las mismas facilidades para complementar su futura pensión pública.

Lo curioso es que, aunque el interés por estos productos ha crecido tras la pandemia, la realidad práctica sigue estancada en ese 27% de empresas. Es llamativo que, dentro del grupo que sí ofrece planes, una de cada tres compañías dispone de varios tipos de planes de pensiones, adaptándose a los diferentes perfiles de sus empleados. Sin embargo, para la gran mayoría de los asalariados españoles, el concepto de plan de empleo sigue siendo algo que suena bien pero que no ven reflejado en sus condiciones laborales.

La comparativa con Europa y el peso de la demografía

Cuando nos comparamos con nuestros vecinos europeos, la diferencia es más que evidente. En España, solo el 15% de la gente que trabaja tiene un plan de este tipo, mientras que la media europea se sitúa en el 28%. Esta distancia nos pone en una situación de vulnerabilidad, ya que dependemos casi exclusivamente de la pensión del Estado. Los expertos advierten que, con el envejecimiento de la población, el sistema público va a estar cada vez más tensionado y la tasa de reemplazo en la jubilación podría sufrir recortes en el futuro.

Futuro de las pensiones en las empresas

Las proyecciones para el año 2050 no son precisamente para tirar cohetes. Se espera que el gasto público en pensiones ronde el 17% del PIB, una cifra altísima que obligará a hacer ajustes. Por eso, fomentar el ahorro desde la empresa no es solo una buena idea, sino una necesidad para evitar que la brecha entre el último sueldo y la pensión sea un abismo. Actualmente, las empresas que sí aportan suelen destinar, de media, un 3,6% del salario del trabajador a estos fondos, una cantidad que se considera un buen punto de partida pero insuficiente si se empieza tarde.

Obstáculos y posibles soluciones para las empresas

Muchos directivos señalan que no es que no quieran ayudar a sus empleados, sino que se topan con muros difíciles de saltar. El principal problema es el compromiso financiero a largo plazo, que en un contexto de costes laborales al alza, asusta a muchas pymes. Además, casi la mitad de los responsables empresariales piden a gritos mejores incentivos fiscales para que les salga a cuenta conformar un plan de pensiones a la medida. Sin una ayuda clara por parte de la administración, es difícil que el número de empresas participantes crezca de forma notable.

Otro punto clave es la educación financiera. Existe todavía mucho desconocimiento sobre cómo funcionan estos productos y las ventajas que tienen tanto para la empresa como para el trabajador. A menudo, se ven como algo complejo o solo para altos directivos, cuando la realidad es que más del 60% de estos planes se dirigen a toda la plantilla. Mejorar la transparencia y explicar bien los beneficios de la retribución flexible o las aportaciones mixtas podría ser el empujón definitivo que necesita el sector para despegar de una vez por todas.

La sostenibilidad de nuestro modelo de bienestar a largo plazo depende de que seamos capaces de integrar estos sistemas de ahorro de forma natural en nuestra cultura laboral. Con un horizonte demográfico donde habrá más jubilados que nunca, reforzar el ahorro complementario desde el puesto de trabajo se convierte en una herramienta fundamental para que el retiro no suponga un bache económico, asegurando que las generaciones venideras tengan un respaldo sólido más allá de la hucha común del Estado.


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El IPRI apunta al aumento de las presiones inflacionistas tras el inicio del conflicto en Oriente Próximo

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Evolución histórica desde 2000 a 2025

El índice de precios industriales (IPRI) informa de la evolución de los precios de los bienes industriales a la salida de fábrica, a lo largo de toda la cadena de producción, es decir, tanto de bienes destinados a consumo final como de bienes intermedios, productos semielaborados o bienes de capital, por lo que es un indicador de las presiones inflacionistas por el lado de la oferta o de los costes.

En la evolución histórica de este indicador se aprecian tres etapas (gráfico de la izquierda). En la primera, desde el año 2000 hasta 2012, tuvo lugar un crecimiento intenso, del 45,4%, superior al registrado por la media de la eurozona, lo que apunta a una pérdida de competitividad. En una segunda etapa, desde 2012 hasta 2019, el índice mantuvo una notable estabilidad, tanto en España como en general en el conjunto de la eurozona. Finalmente, en el último periodo, desde 2019, los precios industriales crecieron con vigor hasta 2022, para después bajar levemente en 2023 y 2024, y mantenerse relativamente estables en 2025, patrón muy similar al del resto de la eurozona, con un crecimiento acumulado al final del periodo con respecto a 2019 del 41,3%, por encima de la media europea.


No obstante, en esta última etapa, a diferencia de lo sucedido en la primera, el peor desempeño del IPRI en España procedió de tan solo cinco de las 24 ramas que integran las manufacturas –productos derivados del petróleo, otros equipos de transporte, papel, bebidas y alimentación–, lo que matiza la conclusión en cuanto a pérdida de competitividad que podría extraerse en una primera lectura.

Evolución desde el inicio del conflicto en Oriente Próximo

La tendencia ligeramente descendente que venía registrando el índice desde 2022 se ha visto truncada por el estallido del conflicto en Oriente Próximo. Desde ese momento, los precios industriales han iniciado una trayectoria fuertemente alcista, debido al encarecimiento de los productos energéticos, de las materias primas y de otros bienes intermedios como consecuencia de la interrupción de las cadenas de suministro por el bloqueo del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz.

Así, en el caso de España, este índice ha pasado de registrar una tasa de crecimiento de -7,1% en febrero al 3,1% en marzo, intensificándose, hasta el 8,4% en abril, por encima de la media de la eurozona (gráfico de la derecha). El repunte se observa en prácticamente todos los componentes del índice, siendo además el diferencial con respecto a la media europea desfavorable para España en la mayoría de ellos.

Cabe destacar el fuerte crecimiento de los precios en el sector de derivados de petróleo, cuya tasa interanual en abril se situó en el 70,1%. También la rama de electricidad y gas, que alcanzó una tasa del 5,8%, desde un -28,1% en febrero. En cuanto a la industria de la alimentación, su tasa ascendió desde un -0,2% hasta un 0,5%.

Esta evolución reciente pone de manifiesto la existencia de presiones inflacionistas generalizadas por el lado de la oferta, derivadas del aumento de costes. Además, estas son mayores en España que en la media de la eurozona, lo que, de mantenerse, como sucedió en etapas anteriores, podría implicar una pérdida de competitividad. También es interesante mencionar la evolución de este indicador concretamente en la industria de la alimentación, por su potencial impacto en la cesta de la compra de los consumidores: aunque su subida es más contenida, también apunta a un aumento de las presiones inflacionistas en el sector, que en algún momento pueden acabar trasladándose a los precios finales al consumo.

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