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La Fed de Warsh: entre las expectativas del mercado y las limitaciones institucionales

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Con el nombramiento de Kevin Warsh como 17º presidente de la Reserva Federal se empieza a definir lo que se podría denominar «Doctrina Warsh», que, explicada de manera sencilla, supondría una mayor disposición de la institución a bajar los tipos de interés, combinada con el objetivo de reducir su balance y su presencia en los mercados financieros. El objetivo sería configurar lo que Warsh considera un marco monetario más claro y disciplinado. Se trata de un discurso atractivo, porque ofrece algo a casi todo el mundo: la Casa Blanca ve la perspectiva de unos tipos más bajos, los mercados esperan unas condiciones financieras más favorables, los conservadores en materia fiscal aplauden la idea de un banco central más pequeño y los críticos del activismo monetario posterior a la crisis ven una oportunidad para redefinir el papel de la Fed.

Sin embargo, el contexto en el que llega Warsh es delicado por las presiones de Trump en favor de una rebaja de tipos. Aunque el nuevo presidente de la Fed presente su visión como pragmatismo político más que como sumisión ideológica, la gran pregunta es si, bajo esa presión, será capaz de preservar el gran activo de la institución: su credibilidad. En este contexto el escenario más probable no es una ruptura radical con la era Powell, sino una versión más moderada de la «Doctrina Warsh» de lo que descuentan los mercados.

En primer lugar, en la reunión del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) de la próxima semana se espera continuidad, ya que lograr un consenso a favor de rebajas rápidas será difícil en un consejo que sigue siendo “halcón”. Pero la falta de acuerdo se refleja también en otras cuestiones, como el impacto de la inteligencia artificial o la medición de la inflación. Respecto de la primera, aunque Warsh considera que las mejoras de la productividad que acarrea la IA podrían justificar tipos más bajos, buena parte de la Fed sigue sin estar convencida, por las presiones inflacionistas derivadas de las inversiones. Sobre la segunda, el consejo también muestra resistencia a la propuesta de otorgar mayor peso a la llamada trimmed mean inflation —inflación media recortada, que actualmente ofrece una visión más benigna de los precios que la inflación subyacente—, por considerarla un intento de adaptación de los datos para respaldar una política monetaria más flexible.

Así las cosas, la reforma más importante de la presidencia de Warsh podría ser la institucional. Entre sus prioridades destaca la reducción del balance de la Fed, probablemente la propuesta que cuenta con mayor respaldo dentro del FOMC. Desde la crisis financiera de 2008, la institución aumentó su tamaño en términos de activos y su intervención en los mercados financieros (gráfico). La expansión cuantitativa, las líneas de crédito de emergencia y una comunicación cada vez más orientada a guiar las expectativas transformaron el banco central en un participante mucho más activo en el funcionamiento cotidiano del mercado. Warsh ha cuestionado este modelo y ha defendido en repetidas ocasiones que la política monetaria debería basarse más en los tipos de interés y menos en la compra de activos para inyectar liquidez —una dirección en la que el FOMC ya está, por otro lado, embarcado.


Al mismo tiempo, Warsh sostiene que la Reserva Federal ha ido más allá de su mandato original de controlar la inflación y apoyar el crecimiento. Los mercados dependen cada vez más de su intervención y la vuelta a una misión más acotada podría afectar desde la gestión de las crisis hasta las comunicaciones con el mercado. Esta interpretación más conservadora de sus funciones podría traducirse en una Fed con menor disposición a intervenir durante episodios de tensión, mediante herramientas como líneas de liquidez de emergencia, líneas de swap en dólares con bancos centrales extranjeros o el apoyo a instituciones no bancarias, pese a la utilidad de estos mecanismos en la prevención de contagios financieros globales.

Para Europa, las implicaciones son considerables. Unos tipos de interés más bajos en EE UU tenderían a debilitar el dólar, aliviar las condiciones de financiación a nivel mundial y dar al BCE mayor margen para bajar los tipos si la situación económica lo justifica. Sin embargo, una Fed menos dispuesta a recurrir a mecanismos extraordinarios de liquidez en momentos de tensión podría aumentar la volatilidad y reducir un importante respaldo financiero internacional. Bancos, gobiernos y empresas europeos siguen muy expuestos a las condiciones financieras de EE UU, lo que significa que los cambios en la filosofía operativa de la Fed pueden acabar siendo tan importantes como las decisiones sobre los tipos de interés.

El próximo número de Funcas Intelligence, que se publicará el 16 de julio, tratará este asunto en profundidad.

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Señales de tensión en el mercado de crédito privado

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El mercado de crédito privado, en el que fondos de inversión y otros vehículos no bancarios proporcionan financiación principalmente a empresas medianas (middle market), ha adquirido en los últimos años una enorme dimensión. Distintas estimaciones sitúan su volumen global entre 1,75 y más de tres billones de dólares. Su papel es clave para compañías que, por ejemplo, no alcanzan umbrales de tamaño o no disponen de rating, o que buscan acceso a capital con criterios de concesión más relajados. 

Tras la crisis de 2008, en un contexto de tipos bajos y abundante liquidez –y al tiempo que los bancos reducían su apetito por este segmento–, la creciente competencia entre prestamistas fuera del circuito bancario propició el surgimiento de estructuras de financiación más agresivas, que admitían mayores niveles de apalancamiento, protecciones contractuales más débiles o mecanismos como pagos en especie (PIK, payment-in-kind), que permiten a los prestatarios diferir el servicio de la deuda.

El endurecimiento de la política monetaria a partir de 2022 cambió el panorama e hizo aflorar las primeras vulnerabilidades en este mercado. A ello se sumaron otros factores, como la disrupción tecnológica: la aparición de la IA amenaza especialmente a empresas de software, que representan casi una cuarta parte de las carteras de crédito privado. Los préstamos originados entre 2020 y 2022, bajo condiciones especialmente laxas, son ahora los más expuestos al riesgo de refinanciación.

Las señales de tensión se están haciendo visibles. Las solicitudes de reembolso de inversores alcanzan o superan, en algunos casos, los límites habituales de liquidez. El uso creciente de las denominadas ‘estructuras PIK’ sugiere que algunos prestatarios no pueden hacer frente a sus obligaciones de caja. En los mercados se habla ya de ‘cucarachas’: impagos aislados en un mercado opaco, cuya aparición sugiere que hay muchos más ocultos.

¿Qué riesgos supone este proceso y qué alcance tienen? En primer lugar, crece la preocupación por una hipotética transmisión a la economía real a través del canal de crédito: las mayores restricciones a la concesión de nuevas operaciones implicarían menos vías o mayores costes en el acceso a capital, lo que, a su vez, conllevaría menor inversión, ajustes en el empleo y reducción de la actividad. Y más allá de este canal, desde la perspectiva de riesgo sistémico, intranquilizan la eventual exposición, directa o indirecta, del sector bancario —oculta por la propia opacidad del private credit— o posibles deterioros de activos difíciles de medir o mapear.

Geográficamente, el impacto, de producirse, llegaría a ambos lados del Atlántico, aunque con grandes diferencias en cuanto a la magnitud del problema y las opciones para afrontarlo. El mercado estadounidense, que gestiona entre 1,3 y 1,4 billones de dólares, supera ampliamente en tamaño al europeo, situado en torno a los 400.000 millones de euros. Su enorme dimensión es, por tanto, su mayor vulnerabilidad, aunque, al mismo tiempo, EE. UU. cuenta con un marco legal y concursal unificado, procedimientos de reestructuración consolidados y mercados de capitales suficientemente profundos para ofrecer financiación alternativa. Con un mercado mucho menor, Europa, en cambio, debería preocuparse por su fragmentación regulatoria, con marcos de insolvencia que varían entre países, reestructuraciones transfronterizas lentas y costosas y menos alternativas con las que las empresas medianas puedan sustituir la financiación perdida.

La envergadura de la amenaza depende, en gran medida y en todo caso, de cuántas ‘cucarachas’ permanecen aún ocultas.

Más información en el artículo ‘Crédito privado‘, publicado en último número de Funcas Intelligence.

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Cierre del año para la banca y perspectivas futuras

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2025 será recordado como un buen año para la banca española, en un contexto económico europeo que, pese a su modesto crecimiento, ha permitido resultados sólidos en el sector financiero. Las grandes entidades españolas están cerrando el ejercicio con beneficios sólidos apoyados en control de costes y el incremento de volúmenes de negocio que ha compensado el entorno de bajos tipos de interés y la presión sobre los márgenes. Desde comienzos de año, la reducción general de los tipos ha tenido un impacto atenuador en los ingresos financieros, pero los bancos han logrado reconducir sus resultados gracias al aumento del crédito, mayor eficiencia operativa y una diversificación creciente de ingresos por comisiones. La rentabilidad del sector se ha situado en niveles que refuerzan la confianza de analistas e inversores en el sector. 

Este escenario ha coincidido con una economía española que ha mostrado un significativamente mayor dinamismo relativo que la europea, impulsada por el consumo interno y el mercado laboral, que ha registrado una fuerte entrada de inmigrantes desde 2021. Los bancos españoles han aprovechado la estabilidad macroeconómica para expandir su actividad crediticia tanto a hogares como a empresas, con niveles de morosidad contenidos y balances fortalecidos tras años de ajustes. 

Como contraste, 2025 ha sido también un año marcado por el peso de la regulación en Europa. A diferencia de Estados Unidos y Reino Unido –donde las autoridades ya han movido ficha para aliviar algunas exigencias de capital y supervisión– la Unión Europea aún mantiene un entramado normativo complejo, con miles de páginas de legislación y numerosos requisitos de cumplimiento normativo. Este exceso de regulación es un freno al crédito y a la competitividad internacional. Los informes Draghi y Letta ya apuntaban en ese sentido. Como respuesta a la presión, ya se habla de simplificación regulatoria en Bruselas y hay propuestas políticas encima de la mesa para simplificar marcos regulatorios, aunque sin reducir significativamente exigencias de capital en el corto plazo. Por ahora parece una tibia respuesta,

De cara a 2026, las perspectivas para la banca española siguen siendo razonablemente optimistas, aunque están condicionadas por varios factores. La consolidación de la recuperación económica en la eurozona –si llega a producirse– aportaría un impulso adicional al crédito y a la confianza empresarial. La adopción de tecnologías como la IA promete mejorar la eficiencia operativa y generar nuevas fuentes de ingresos, algo que los mercados ya están valorando positivamente en la cotización de los bancos europeos. No obstante, la necesidad de avanzar en una regulación más competitiva será clave para que los bancos españoles no solo mantengan su buena marcha en 2026, sino que también puedan competir a escala global con entidades americanas y de otros mercados menos regulados.

Este artículo se publicó originalmente en el diario La Vanguardia.

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Los bancos centrales vuelven al centro del escenario tras la resaca de la IA

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Durante buena parte de 2025, la narrativa de los mercados parecía escrita por un modelo generativo: todo giraba en torno a la inteligencia artificial, a sus promesas de productividad infinita y a los beneficios sin techo de las grandes tecnológicas. Pero las últimas semanas han sido un recordatorio brusco de que incluso la “historia del siglo” depende de un detalle muy terrenal: el precio del dinero. Las dudas sobre la capacidad real de las empresas para monetizar la IA golpearon a la mayoría de los gigantes tecnológicos y a los fabricantes de chips, encadenando 20 sesiones de fuerte volatilidad en noviembre. El Nasdaq llegó a ceder cerca del 8% con respecto a octubre. Aun así, el mercado no se ha dado la vuelta y se ha vuelto a recuperar. En los primeros días de diciembre las bolsas han vivido un rebote que muchos ya describen como el preludio de un nuevo rally de Santa Claus. Los analistas ven más probable un cierre de año positivo que una corrección profunda, pese a la montaña rusa previa.

Es en este contexto donde los bancos centrales vuelven a la palestra. Tras semanas en las que los titulares los relegaban a un segundo plano frente al ruido de la IA, la Reserva Federal y el Banco Central Europeo se disponen a recordar a los inversores que la valoración de cualquier promesa tecnológica sigue descontándose a un tipo de interés determinado. La Reserva Federal se ha reunido esta semana con una tarea ingrata: tomar decisiones de política monetaria en un entorno de datos macro incompletos, tras el parón estadístico provocado por el cierre parcial del gobierno estadounidense. Lo decidido con los tipos de interés siempre importa, eso sí en un arrastrar los pies en las bajadas del coste del dinero, cuyo abaratamiento es que, al fin y al cabo, beneficiaría a toda la economía, sobre todo familia y pymes.

Parecen más relevantes las decisiones sobre el aumento del balance, con compras de activos, que van exclusivamente dirigidas a aquellos agentes ricos en activos, que es lo que ha estado alimentando el efecto riqueza, impulsando el gasto y ayuda a mantener a flote la economía. Para las grandes empresas de IA, esta combinación –tipos aún altos pero flujo de liquidez más amable– es casi tan importante como un recorte formal. El ciclo de la IA es intensivo en capital, exige enormes inversiones en centros de datos, chips de última generación y redes eléctricas reforzadas. Un coste de financiación algo más bajo, y la sensación de que la Fed no va a asfixiar la expansión crediticia, son cruciales para sostener las valoraciones actuales, sobre todo después de un noviembre de sustos.

Al otro lado del Atlántico, el Banco Central Europeo celebrará su reunión de política monetaria la semana que viene. El banco emisor ha pausado sus bajadas de tipos tras llegar al 2%. La inflación de la zona euro ha convergido de nuevo hacia el entorno del 2%.

Lo interesante ahora es el tono. Hace unos días, algunos miembros del Consejo de Gobierno, como Olli Rehn, empezaban a hablar explícitamente de riesgos a la baja para la inflación en el medio plazo, sugiriendo que esta podría mantenerse ligeramente por debajo del objetivo durante un tiempo, sin un deterioro evidente del mercado laboral. Europa no vive una burbuja de IA comparable a la estadounidense, pero tampoco es inmune al ciclo tecnológico global. Buena parte del rebote reciente del EuroStoxx se concentra precisamente en semiconductores, empresas vinculadas a la demanda energética de los centros de datos y algunos bancos que se benefician de la pendiente de la curva de tipos. Si el BCE se muestra demasiado conservador, el riesgo es mantener las condiciones reales excesivamente restrictivas para un tejido empresarial menos dinámico que el estadounidense. Si, por el contrario, acelera las bajadas, podría alimentar nuevas tensiones en activos de riesgo justo cuando la narrativa de la IA trata de encontrar un anclaje más realista.

En el fondo, la cuestión parece sencilla: la IA promete un salto de productividad que, en teoría, permitiría crecer más sin generar inflación. Pero ese futuro aún no está aquí. Hoy, las valoraciones de muchas empresas se apoyan en flujos de caja que llegarán –si llegan– dentro de una década. Pequeños cambios en el tipo de descuento que aplican los mercados, guiados por la Fed y el BCE, pueden comprimir o inflar esas valoraciones de forma dramática. Por eso, en esta recta final de 2025, los bancos centrales vuelven a ser el termómetro que separa la ilusión de la realidad. Si la Fed confirma un giro paciente, combinando recortes graduales con una gestión del balance orientada a la estabilidad, y el BCE acompaña con una senda de tipos creíble para una Europa de bajo crecimiento, la corrección de noviembre podría quedar como un simple ajuste en un ciclo de largo plazo dominado por la IA. Si, en cambio, el mensaje es que el margen para aflojar condiciones financieras es muy limitado –porque la inflación subyacente sigue siendo incómoda o porque preocupa la toma de riesgos excesivos–, la próxima ola de volatilidad podría no venir de un titular sobre modelos generativos, sino de la frase de un banquero central en una rueda de prensa. La IA seguirá siendo la gran historia industrial de esta década. Pero, al menos por ahora, la última palabra la sigue teniendo quien fija el precio del tiempo.

Una versión de este artículo se publicó originalmente en el diario Cinco Días

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La importancia de las finanzas personales

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El 12 de noviembre de 2025, The Economist publicó el artículo “In defence of personal finance”, donde defendía la relevancia de la educación financiera a través de ejemplos cotidianos. El artículo comienza con una escena tan ilustrativa como poco común: un ciudadano que espera con entusiasmo el sábado posterior al día de cobro para actualizar sus hojas de cálculo sobre cuentas, pensiones, hipoteca y rentabilidad de la cartera. The Economist subraya que esta dedicación no es habitual y que, para la mayoría, ocuparse de sus finanzas es una tarea pesada, cargada de incertidumbre y en ocasiones explotada por entidades financieras.

Cuando
escuchamos hablar de finanzas personales, solemos pensar en personas ricas,
inversiones sofisticadas o grandes patrimonios. Sin embargo, no comprendemos
que la verdadera importancia de las finanzas personales está en algo mucho más
cercano como saber elegir una hipoteca, usar la tarjeta de crédito
correctamente, ahorrar para la jubilación o financiar un gasto imprevisto. Cada
una de estas decisiones tiene un impacto directo en nuestra economía y en el
bienestar de nuestro hogar y desafortunadamente, cuando millones de personas
carecen de estos conocimientos, el resultado es una mayor desigualdad social.

Las
finanzas personales combinan tres elementos poco atractivos para la mayoría de
las personas: matemáticas, gestión del riesgo y planificación del futuro. En
una sociedad acostumbrada a la rapidez, rara vez nos detenemos a pensar en la
importancia de gestionarlas adecuadamente. Para miles de hogares, estas
decisiones se viven más como una fuente de molestia y pesadez que como una
oportunidad de mejora. En ese contexto, la complejidad del sistema financiero y
la asimetría de información tienden a favorecer a quienes cuentan con más
formación y un mejor asesoramiento.

John Campbell y Tarun Ramadorai, profesores de Economía en la Universidad de Harvard y en el Imperial College de Londres, respectivamente, sostienen en su libro Fixed que el sistema de finanzas personales necesita una profunda revisión, debido a que genera malos resultados para muchos y, en especial, para las personas con menos recursos. Su trabajo demuestra cómo el sistema amplifica la desigualdad patrimonial, es decir, los hogares más ricos obtienen rentabilidades superiores sobre sus activos y pagan unos tipos de interés más bajos por sus deudas, mientras que los hogares más pobres logran unos retornos cercanos al tipo libre de riesgo y soportan unos diferenciales mucho más elevados.

En esta misma línea, un estudio reciente de Funcas (2025) sobre los modelos de bancarización de la población con menos ingresos confirma que el 94% de estos hogares está bancarizado, pero solo accede a productos básicos y presenta niveles muy bajos de competencia financiera. El informe muestra que un 37% de estas personas se sitúa en los niveles más bajos de conocimientos financieros, lo que a menudo conduce a la autoexclusión y a un mayor riesgo de tomar decisiones poco favorables. Además, muchos afrontan costes más elevados y barreras de acceso que refuerzan su vulnerabilidad económica.

En España, la realidad confirma que existe un amplio margen de mejora en los conocimientos financieros. El Banco de España señala que solo el 19% de la población entre 18 y 79 años responde correctamente a tres preguntas sencillas sobre economía financiera, relacionadas con la inflación, los tipos de interés y la diversificación del riesgo. Para una economía avanzada como la española, es un dato preocupante, ya que, sin entender estos conceptos básicos, resulta muy difícil valorar correctamente ofertas financieras, entender el impacto de la inflación o comparar alternativas de inversión cuando tu banco te las propone.

La situación entre los jóvenes tampoco es mucho mejor. En un artículo para Cuadernos de Información Económica, Ismael Sanz analiza los datos de PISA 2022, y muestra que España obtiene 486 puntos en competencia financiera, por debajo de la media de la OCDE (498). Además, un 17,1% de los estudiantes de 15 años no alcanza el nivel básico y solo un 5% se sitúa entre los que presentan conocimientos más elevados. La brecha entre los estudiantes de entornos favorecidos y desfavorecidos ronda los 73 puntos, lo que evidencia que el origen familiar sigue influyendo de forma decisiva en la capacidad de entender y gestionar cuestiones financieras.

El análisis de Sanz destaca también el papel de las familias, los estudiantes que hablan con sus padres sobre aspectos cotidianos cómo gestionar el dinero para compras, decidir cuánto ahorrar o realizar compras online obtienen mejores resultados en la competencia financiera. En cambio, conversaciones sobre temas que los jóvenes perciben como lejanos, ya sea sobre el presupuesto familiar, las noticias económicas o las decisiones de ahorro, no se asocian con mejoras en los resultados.

Siguiendo las recomendaciones de la OCDE, el Banco de España y la CNMV han elaborado la estrategia nacional de educación financiera, materializada en el Plan de Educación Financiera bajo la marca “Finanzas para Todos”, al que se ha sumado el Ministerio de Asuntos Económicos. Este plan tiene como objetivo mejorar la cultura financiera de la ciudadanía, dotándola de conocimientos básicos y de herramientas para manejar sus finanzas de forma responsable e informada.

Un
componente clave en este plan es la atención a los colectivos vulnerables:
personas con rentas bajas, bajo nivel educativo, migrantes, residentes en zonas
rurales con escaso acceso a servicios financieros presenciales o con
competencias digitales limitadas. Para estos grupos, la educación financiera es
una herramienta de inclusión que puede ayudar a reducir la exposición a
productos inadecuados, evitar el sobreendeudamiento y aprovechar con más
seguridad las oportunidades de la digitalización.

La
meta a alcanzar con un mayor conocimiento financiero no es convertir a toda la
población en experta inversora, sino evitar que alguien quede rezagado por no
comprender las reglas básicas. Iniciar esta formación en edades tempranas,
reforzarla en la adolescencia y actualizarla en la vida adulta es una de las
vías más eficaces para reducir la brecha de oportunidades y, en última
instancia, la desigualdad de la riqueza.

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Pensiones, de nuevo sobre el tapete

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El reciente informe de la OCDE sobre las pensiones ha vuelto a encender todas las alarmas. El sistema público español figura entre los menos sostenibles financieramente del conjunto de economías avanzadas. No se trata de una sorpresa, pero sí de una constatación contundente de que las reformas aplicadas en los últimos años, aunque han mitigado tensiones inmediatas, no han corregido los factores estructurales que erosionan la viabilidad a largo plazo del modelo. Y este laberinto apunta a que el sistema público afronta su mayor encrucijada en décadas. El diagnóstico es claro: la combinación de envejecimiento acelerado, baja natalidad, precariedad laboral y elevada dependencia del presupuesto estatal conforma un cóctel difícil de sostener. En el 2025, por cada 100 trabajadores cotizantes ya hay más de 60 pensionistas; en dos décadas, si la tendencia no cambia, esta ratio podría superar el umbral crítico del 80%. España, señala la OCDE, se ha convertido en un caso paradigmático de “presión demográfica extrema”.

El estudio no se limita a la aritmética poblacional. Nos recuerda otras muchas dificultades. Hace hincapié en que el sistema español destaca por su elevada “generosidad” relativa, fruto de décadas de vinculación de las pensiones al salario previo y de actualizaciones orientadas a preservar el poder adquisitivo. Esa fortaleza social –indiscutible desde el punto de vista del bienestar– choca con una base de ingresos cada vez más dependiente de transferencias de los presupuestos generales del Estado. En otras palabras, el sistema ya no se financia mayoritariamente con cotizaciones, sino con impuestos presentes y futuros. Lo verdaderamente innovador del análisis de la OCDE es su propuesta de mirar más allá del clásico debate entre recortes y subidas de cotizaciones. El organismo plantea tres líneas de actuación que requieren un consenso político poco habitual. Por un lado, propone integrar tecnología y automatización para aumentar productividad y, con ello, la masa salarial sobre la que se financia el sistema. En segundo lugar, recomienda rediseñar la trayectoria laboral permitiendo carreras más flexibles, combinadas y prolongadas, que incentiven la cotización más allá de los 67 años sin penalizar a los trabajadores de mayor edad. Y por último, apoya reformular el pacto intergeneracional con mecanismos que ajusten parámetros de forma automática y gradual ante cambios demográficos, evitando reformas bruscas cada década.

En definitiva, el problema de las pensiones no es solo financiero, sino cultural e institucional. Requiere repensar el contrato social en un país que envejece más rápido que su economía. Nuestro país aún está a tiempo de construir un sistema robusto para el 2050. Pero cada año perdido aumenta la pendiente. Reforzar cuanto antes la sostenibilidad ya no es solo una opción técnica. Nos estamos jugando el núcleo del futuro del Estado de bienestar.

Este artículo se publicó originalmente en el diario La Vanguardia.

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El bajón de las cripto

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Desde hace unas semanas, el mercado de criptoactivos ha atravesado una fase de notable corrección de su valor que ha afectado tanto a los activos de referencia –Bitcoin y Ethereum– como a plataformas emergentes de alto rendimiento como Solana. De hecho ha borrado de un plumazo la mayor parte de las sustanciosas ganancias que llevaban en lo que iba de año. Aquí vendría muy bien el socorrido “ya te lo advertí” que se emplea cuando una situación tiene muchos riesgos o supone un peligro. Sin embargo, la popularización de estas inversiones –de elevado riesgo, sin duda– requiere una reflexión más fría. Son activos que despiertan mucho interés inversor y financiero, se diga lo que se diga y a pesar los peligros que encierra no entender cómo funciona su fijación de precios. Asimismo, este episodio ha reactivado el debate académico sobre la sensibilidad de los criptoactivos a factores macroeconómicos y a las características de la estructura de su mercado que amplifican movimientos de precios.

Bitcoin continúa ejerciendo su papel como indicador sistémico del mercado. La caída desde niveles cercanos a 125.000 dólares a inicios de octubre hasta valores notablemente inferiores (por debajo de 100.000) responde a una combinación de shocks externos y factores internos del propio mercado. En el plano macroeconómico, la incertidumbre generada por la falta de visibilidad de algunos indicadores –como la inflación– en las últimas semanas, por el cierre del gobierno estadounidense, y que son determinantes sobre la estrategia de tipos de la Reserva Federal, disminuyó el apetito por activos de elevada volatilidad en ese periodo. Por otro lado, en términos del funcionamiento microestructural de ese mercado, la elevada presencia de posiciones apalancadas derivó en liquidaciones automáticas cuando el precio atravesó determinados umbrales. Fue un amplificador de la volatilidad y contribuyó a generar caídas abruptas en cortos periodos, fenómeno frecuente en mercados con infraestructura descentralizada y liquidez fragmentada. En todo caso, no se aprecia, por el momento, un deterioro fundamental en las redes subyacentes del mercado, lo que respalda la hipótesis de una corrección técnica más que de un cambio duradero de largo plazo. 

Más que al inicio claro de un mercado bajista, la evidencia apunta a una corrección causada por la combinación de tres fuerzas: un shock macroeconómico que reduce el apetito por activos de riesgo, un exceso de apalancamiento acumulado durante meses de euforia y una toma de beneficios natural tras máximos históricos. Si los factores macro se estabilizan y vuelve la liquidez, la caída podría convertirse en una oportunidad para reposicionar carteras. Pero si las tensiones geopolíticas y monetarias se profundizan, la corrección podría alargarse. Sin duda, un recordatorio de que es un mercado de alto riesgo pero que cuenta con el interés y apetito del inversor.

Este artículo se publicó originalmente en el diario La Vanguardia.

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Estrés en la banca americana

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En el tramo final del 2025, el sector bancario internacional está cerrando un ejercicio de resultados económicos benignos, pero también se ha visto sacudido por eventos críticos que refuerzan la incertidumbre. En EE. UU., dos bancos regionales –Zions Bancorp y Western Alliance– estuvieron contra las cuerdas tras declarar pérdidas asociadas a fraudes en préstamos inmobiliarios, lo que detonó una oleada de nerviosismo que arrastró al índice bancario KBW del Nasdaq. Estas dificultades se suman a la fragilidad heredada de las quiebras de Silicon Valley Bank y Signature Bank, bancos regionales también, en el 2023, que evidenciaron brechas regulatorias y vulnerabilidades estructurales en el segmento medio del sistema bancario. Este último shock para los bancos regionales surge en un contexto de estrés crediticio al alza y creciente morosidad en segmentos específicos, por ejemplo, de automóviles y piezas, que quedó en evidencia tras el colapso de la deuda de First Brands, una empresa del sector con numerosos impagos.

Existen temores de contagio debido a las prácticas crediticias opacas que a menudo involucran financiación fuera del balance. Aunque la Reserva Federal ha mantenido siempre una postura muy prudente, el incremento de tipos de interés de los últimos años –y aunque ahora estén bajando– y la retirada de liquidez han incrementado el riesgo sistémico mientras los bancos pequeños luchan por sobrevivir en un entorno de financiación cada vez más exigente. Como ya ocurrió en la crisis financiera global del 2008, el mayor ruido en el sector bancario internacional está viniendo de nuevo de Estados Unidos. Así fue en la primavera del 2023 y recientemente de nuevo. Los principales afectados, los bancos medianos (regionales), con un menor grado de exigencias normativas, y los intermediarios financieros en la sombra, fuera del perímetro regulador, y que además pesan más en ese lado del Atlántico. Es paradójico que mientras en Europa se necesita con urgencia una notable simplificación regulatoria en la banca para potenciar la innovación y el crecimiento, en Estados Unidos existan lagunas supervisoras.

Los competidores tecnológicos como las fintech han crecido enormemente en EE. UU. desde el 2008 y generan otro tipo de estrés, que se nota más que en otras partes del mundo. Esa presión no solamente tensiona la captación de negocio financiero y crédito –lo que aumenta los riesgos– sino que también obliga a los bancos tradicionales a acelerar su transformación tecnológica. La inteligencia artificial revoluciona la detección de fraude, la calificación crediticia y la experiencia de usuario y exige inversiones cuantiosas. Los bancos tienen que responder más rápidamente a los cambios regulatorios y las expectativas de los clientes. Quien no se digitalice quedará rezagado, pues el cliente, ahora más informado y exigente, prioriza la rapidez, seguridad y personalización de los servicios.

Este artículo se publicó originalmente en el diario La Vanguardia.

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Entre la pausa y el giro: la economía global ante el espejo de la política monetaria

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La economía global vive una pausa tensa. Los principales bancos centrales llegan a la última recta del año con la inflación moderada pero aún superior al objetivo del 2%, un crecimiento desigual, pero que resiste, y unos mercados financieros que se debaten entre la complacencia y el vértigo. La Reserva Federal y el Banco Central Europeo se han reunido esta semana con una aparente estabilidad macroeconómica, pero con dudas crecientes sobre la sostenibilidad de ese equilibrio. Y en sus reuniones del miércoles y de ayer han tomado decisiones diferentes de nuevo. La Fed bajó los tipos otro 0,25% y el BCE continúa, como se esperaba, con su pausa, y no tocó el precio oficial del dinero.

La Reserva Federal encaró su reunión con el viento de estadísticas positivas a favor, pero también con un oído fino para captar los matices de la economía. En un contexto que tuvo menos datos macroeconómicos debido al cierre del Gobierno estadounidense, que aún dura, y que acarrea más incertidumbre a futuro. Algunos analistas dicen que la Fed está tomando decisiones a cappella, una metáfora que resume la idea de un banco central que canta en solitario, sin acompañamiento fiscal ni comercial (aranceles) que armonice sus decisiones.

El crecimiento estadounidense sigue siendo sólido, impulsado por el gasto en servicios y la fortaleza del mercado laboral, aunque ya se perciben algunas señales de enfriamiento. La inflación subyacente de septiembre fue mejor de lo esperado y se quedó en el 3%. Este alivio ayudó a la decisión del miércoles de la Fed de bajar los tipos.

Sin embargo, la gran cuestión es si este nuevo recorte marcará o no el inicio de un ciclo de relajación sostenido. Jerome Powell y su equipo han insistido en que la política seguirá “dependiendo de los datos”, lo que sugiere prudencia ante cualquier giro drástico. El empleo, aunque todavía robusto, muestra signos de fatiga, y la inversión empresarial se modera. La economía estadounidense, acostumbrada a crecer sobre estímulos fiscales y monetarios sincronizados, se encuentra ahora ante un experimento de ajuste: una desaceleración controlada sin el acompañamiento del gasto público expansivo que caracterizó los últimos años.

El BCE, por su parte, llegó a su reunión con una narrativa muy distinta, defendiendo la necesidad de mantener los tipos “en un buen lugar” durante un tiempo prolongado. Los últimos registros confirman que la inflación de la eurozona está cerca del objetivo del 2% (2,2% la general y 2,4% la subyacente). Los indicadores de actividad ofrecen señales de recuperación en el sector servicios y de cierta estabilización industrial, sobre todo en Alemania. El PIB de la zona euro ganó impulso en el tercer trimestre, aunque hay diferencias significativas entre países. 

Tanto la Fed como el BCE comparten un diagnóstico común. La inflación ya no es la amenaza dominante, pero la economía global sigue frágil. Los factores estructurales que impulsaron el auge de después de la pandemia –demanda reprimida, estímulos fiscales masivos, exceso de ahorro y desajustes de oferta– se han desvanecido. En su lugar, emergen nuevas fuentes de incertidumbre: tensiones geopolíticas, cambios tecnológicos acelerados y un comercio internacional en fase de reconfiguración. Todo ello parece estar dando forma a un escenario global de soft landing (aterrizaje suave) imperfecto. Una desaceleración sin recesión, pero sin impulso suficiente para sostener indefinidamente el dinamismo de los mercados. Los activos financieros, tras meses de subidas, reflejan una mezcla de esperanza y ansiedad. Los múltiplos de valoración en la renta variable estadounidense se sitúan muy por encima de la media histórica, mientras el crédito corporativo muestra señales de sobresaturación.

Cada vez más parece que la política monetaria, más que una herramienta técnica, se ha convertido en un ejercicio de psicología colectiva. Tanto Powell como Lagarde son conscientes de que su principal función ahora no es mover los tipos, sino gestionar expectativas. Un mensaje mal calibrado puede provocar reacciones de mercado desproporcionadas, con implicaciones para la financiación, el tipo de cambio y el precio de los activos. Ambos bancos afrontan un desafío común: restaurar la normalidad en la política monetaria sin desestabilizar unos mercados acostumbrados a vivir con estímulos. La gran incógnita es si el aterrizaje suave que hoy parece posible resistirá los sobresaltos geopolíticos y financieros que se avecinan en lo que queda de 2025 y 2026.

En este panorama, la economía española ilustra bien la paradoja de este ciclo: un crecimiento por encima de la media de la eurozona, apoyado en el turismo, la inversión pública vinculada a los fondos europeos y un mercado laboral con bastante dinamismo, sobre todo por la inmigración –que además está sosteniendo el crecimiento del consumo y su contribución al PIB–, pero que depende cada vez más del contexto global y de la estabilidad financiera. Asimismo, parecen llegar algunas señales tempranas de desaceleración: las exportaciones sufren el enfriamiento global. Y la inflación, con un 3,1% en octubre, continúa por encima de la media europea.

En suma, la coyuntura actual podría definirse como una pausa entre dos mundos. La era de los tipos altos ha tocado a su fin, pero hay incertidumbre sobre el nuevo ciclo de relajación monetaria. Entre el vértigo y la prudencia, tanto la Fed como el BCE parecen dispuestos a seguir actuando en solitario un poco más, sin el apoyo de medidas fiscales o arancelarias. Veremos si los agentes económicos y los mercados no empiezan a impacientarse.

Una versión de este artículo se publicó originalmente en el diario Cinco Días

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Tras el fin de la OPA: un proceso tortuoso que deja lecciones pendientes

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La tentativa de adquisición del Banco Sabadell por parte del BBVA ha concluido sin consumarse, tras un proceso que se ha extendido de forma excesiva, tanto en el tiempo, como en su grado de complejidad. Sin duda, los accionistas del Sabadell (tanto mayoristas como minoristas) son lo que han decidido que no salga adelante. Como debe ser. Decisión respetable y que debería entenderse desde la normalidad de los mercados. La vida económica y financiera debe continuar. En este caso, con el mismo número de bancos que teníamos hasta ayer, en un contexto de fortaleza general del sector.

Unos reflexionarán sobre las condiciones de la oferta, si se podían haber mejorado, o sobre qué ha impedido llegar a buen puerto. Otros reactivarán sus estrategias para el camino en solitario. Algunos podrán alegrarse porque sus acciones subieron el viernes un 5,98% (BBVA) y otros lamentar que las suyas bajaron un 6,78% (Sabadell) al conocerse el resultado de la OPA.

Habrá que ver la evolución de los próximos días o semanas, pero algunos habrán sentido vértigo con el veredicto (provisional) del jueves. Es importante recordar que los sectores bancarios español y europeo, por su carácter trasversal y estratégico en el conjunto de la economía, están llamado a numerosos desafíos en los próximos años, que pueden requerir operaciones de concentración a escala doméstica o transnacional. Estas últimas son las que apoyan los conocidos informes de Letta y Draghi, para poder contar con operadores realmente panaeuropeos, prácticamente inexistentes. Se trata de una carencia que pesa mucho en el futuro económico del Viejo Continente.

El proceso de la OPA también ha puesto en evidencia importantes carencias. Esta operación ha terminado envuelta en resistencias, interferencias políticas y falta de claridad institucional. Desde su anuncio, la propuesta del BBVA fue recibida con lógicas reservas tanto dentro como fuera del Sabadell. Críticas relativas al valor ofrecido, advertencias regulatorias y un rechazo público creciente marcaron los primeros esbozos del rechazo, pero lo que realmente enturbió el proceso fue la dimensión política que rápidamente adquirió. El debate dejó de centrarse en los elementos técnicos –solidez financiera, competencia, impacto en clientes y empleados– para convertirse en una pugna de posiciones ideológicas y territoriales, con pocos argumentos objetivos.

Había que tomar partido por un lado u otro, como si se tratara de un partido de fútbol. Todo ello ha contribuido a generar un clima de desconfianza en el mercado. Como lección para el futuro, cabría exigir un funcionamiento institucional que preserve la separación entre las decisiones estrictamente empresariales y las actuaciones políticas, salvo cuando la regulación lo exprese claramente como necesario. No se está afirmando que dichas operaciones deban dirimirse en un vacío regulatorio ni sin controles. Al contrario, es esencial que existan las salvaguardas de las autoridades reguladoras independientes. 

Nuestro país necesita acostumbrarse a contemplar estos procesos como parte integrante de la vida financiera. Operaciones de compra, fusiones, OPAs hostiles o amistosas forman parte del dinamismo que impulsa las economías modernas si se gestionan con cautela, con normas claras y previsibles, y con un enfoque centrado en las consecuencias reales para los distintos agentes afectados –clientes, accionistas, empleados, sociedad–. Pareciera como que en España aún no se hubieran interiorizado totalmente la naturaleza de estas operaciones corporativas, que pueden generar avances considerables como una mayor eficiencia, competitividad e innovación y una optimización de recursos. En la OPA fallida ha prevalecido la sospecha con demasiada frecuencia, el recelo de que se pierde algo nuestro, o que hay subordinación a intereses externos, lo que convierte lo empresarial en terreno de disputa política.

En definitiva, la lección a futuro que se extrae es clara. Los escenarios de concentración empresarial deben asumirse con normalidad y con reglas conocidas. Solo así se asegurará que la economía española avance con instituciones fuertes, con un marco de previsibilidad jurídica, y con la capacidad de adaptarse a los retos globales sin paralizarse cada vez que surge una oferta de OPA de gran calibre.

Una versión de este artículo se publicó originalmente en el diario Cinco Días

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