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La prima salarial de la FP Superior sobre la FP Media: depende de qué se estudie

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En otra entrada ya hemos visto que la prima salarial de la FP Superior frente a la FP Media es de solo un 10,7 % en términos de bases de cotización al cuarto año tras la graduación (cohorte 2020-2021). Sin embargo, este dato agregado podría estar ocultando diferencias muy significativas entre familias profesionales. Para ser coherente con el análisis agregado, se han utilizado también los datos al cuarto año tras la finalización de los estudios por familias profesionales.

¿Un problema de composición?

Una posible explicación de la baja prima salarial agregada es que se trate de un efecto de composición. Si las familias profesionales con más graduados en FP Superior son precisamente aquellas con menor diferencial salarial respecto a la FP Media, el dato agregado podría enmascarar diferencias importantes. Los datos de la Estadística de Inserción del Ministerio permiten examinar esta hipótesis a través de las bases medias de cotización a la Seguridad Social por familia profesional, al cuarto año tras la graduación (cohorte 2020-2021, afiliados por cuenta ajena a jornada completa). La heterogeneidad es enorme:


Tres grupos de familias profesionales

  • Por encima de la media (prima superior al 10,7 %). Once familias ofrecen una prima salarial superior a la media agregada. La que mayor diferencial presenta es Informática y Comunicaciones, donde los graduados de Grado Superior perciben una base de cotización de 27.952 euros frente a los 21.964 de Grado Medio, una diferencia del 27,3 %. Le siguen Química (19,3 %), Instalación y Mantenimiento (18,7 %), Marítimo-Pesquera (18,2 %) y varias familias del ámbito industrial y tecnológico con primas entre el 15 % y el 18 %. En todas estas familias, la FP Superior ofrece un salto salarial muy significativo.
  • Cerca de la media (prima entre el 7 % y el 10,7 %). Tres familias se sitúan en una posición intermedia: Artes Gráficas (10,2 %), Servicios Socioculturales y a la Comunidad (9,3 %) y Administración y Gestión (7,0 %).
  • Por debajo de la media (prima inferior al 7 %). Cuatro familias presentan primas muy reducidas: Hostelería y Turismo (5,7 %), Actividades Físicas y Deportivas (5,5 %), Imagen y Sonido (4,3 %) y Sanidad (3,9 %). Precisamente estas familias, junto con Administración y Gestión, se encuentran entre las que concentran un mayor volumen de graduados en el sistema.

Conclusión: sí hay un efecto de composición

El resultado es claro: sí hay un efecto de composición. La prima salarial de la FP Superior varía entre un 3,9 % y un 27,3 % según la familia profesional. Las familias con mayor volumen de graduados (Administración y Gestión, Servicios Socioculturales, Hostelería y Turismo, Sanidad) no son las que ofrecen mayor rentabilidad, lo que arrastra a la baja el dato agregado del 10,7 %.

Estos resultados invitan a reflexionar sobre la estructura de la oferta formativa en FP Superior, la orientación del alumnado hacia las familias con mayor retorno salarial y la necesidad de reforzar la conexión entre la formación y las necesidades del mercado laboral, especialmente en aquellos sectores donde la prima de la FP Superior es más evidente y donde la demanda de profesionales cualificados sigue sin cubrirse.

Más información en el Informe sobre el abandono educativo temprano en España, de Ismael Sanz, publicado por Funcas.

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Indicadores sociales en recuperación, con alguna asignatura pendiente

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El INE publicó la semana pasada los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) de 2025, cuyos datos de renta se refieren al año 2024. En sus cifras y tendencias se centra el documento de “Análisis social” de Funcas, publicado hoy. Sus cifras confirman una trayectoria favorable y sostenida en los principales indicadores de bienestar material y desigualdad en España. El índice de Gini desciende a 30,8, la tasa de riesgo de pobreza cae al 19,5% (y al 16,3% si tenemos en cuenta el umbral fijo de 2007), las dificultades para llegar a fin de mes se reducen al 20,6% y la carencia material severa, al 7,6%. En varios de estos indicadores se alcanzan los niveles más bajos desde 2007, lo que sugiere que España ha recuperado el terreno perdido durante la Gran Recesión. Es decir, todos los indicadores de bienestar material y de desigualdad han mejorado en el último bienio (gráfico 1), en consonancia con el crecimiento económico.


Sin embargo, esta lectura optimista admite matices relevantes. Por una parte, persisten brechas sustantivas según la edad de los miembros del hogar, con mayores dificultades en hogares con niños, adolescentes y jóvenes. Los hogares con menores de 16 años presentan una tasa de riesgo de pobreza (28,5%) que casi duplica la de los hogares con mayores de 65 años (16,4%). Más revelador aún, mientras en 2013 los hogares con menores multiplicaban la tasa de riesgo de pobreza con umbral fijo por 1,3, en 2024 la multiplican por 1,5, lo que sugiere que el proceso de polarización etaria de los últimos lustros no ha finalizado del todo, apuntando a cambios sustanciales en la estructura de riesgos sociales. Los mayores están protegidos por un sistema de pensiones generoso y estable, y sus rentas no han perdido poder adquisitivo. Sin embargo, las familias con niños dependen, sobre todo, de ingresos laborales que no han crecido al mismo ritmo, al tiempo que soportan una estructura de gasto con mayor peso de los gastos fijos, por lo que han sufrido más intensamente la presión inflacionaria de los últimos años.

Por otra parte, habría que
diferenciar entre los indicadores monetarios y los de capacidad de consumo o
gasto. La evolución positiva resulta especialmente notable en los monetarios,
es decir, los de desigualdad de ingresos y de riesgo de pobreza, que están basados
en los ingresos familiares, que llevan años aumentando, en compás con las tasas
de ocupación. Sin embargo, los indicadores basados en el consumo o el gasto,
los de carencia material, presentan una trayectoria menos favorable. Esta
divergencia responde a dinámicas temporales diferentes: los ingresos corrientes
pueden volver a crecer y recuperarse relativamente pronto con la nueva fase
expansiva del ciclo económico, pero la capacidad de los hogares para
restablecerse tras las crisis u otros momentos de dificultad económica requiere
más tiempo. Necesitan varios años de ingresos estables para recobrar sus
niveles previos de ahorro, saldar deudas o reponer bienes duraderos.

Así, la carencia material severa (7,6%) se sitúa aún por encima del 7,1% de 2014, y su nivel es muy superior a los previos a la Gran Recesión, lo que evidencia que los efectos de la crisis, aún en 2025, no están plenamente superados. A la prolongación de las consecuencias de la crisis se le ha añadido el impacto del shock inflacionario de los últimos años, que ha dañado especialmente la capacidad de bastantes hogares para cubrir necesidades básicas y que explicaría que entre 2020 y 2023 la carencia material aumentase a pesar del crecimiento económico. Particularmente preocupante resulta que más de un tercio de la población (36,4%) declare no poder afrontar gastos imprevistos, indicador que incluso ha empeorado en 2025, revelando la carencia de colchón económico de muchos hogares y su vulnerabilidad ante la irrupción de cualquier shock económico. Por su parte, aunque la incapacidad para mantener la vivienda a temperatura adecuada ha descendido del máximo histórico del 20,7% (2023) al 15,9% (2025), este último dato sigue siendo muy elevado si lo vemos con una perspectiva temporal amplia.

En resumen, el análisis de la ECV
de 2025 confirma que España ha transitado de una fase de deterioro a una de
recuperación gradual en términos de bienestar material. No obstante, esta
recuperación es asimétrica en cuanto a la edad e insuficiente, a la vista de
algunos indicadores, para revertir plenamente los efectos acumulados de las dos
últimas crisis. Para que la mejora estadística se traduzca en una mejora
sustantiva y sostenible de las condiciones de vida de los hogares resulta
imprescindible atajar la persistente pobreza infantil y reducir la fragilidad
financiera de amplios sectores de la población.

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La tasa de abandono educativo en España cae al 12,8% en 2025, pero persisten los retos para alcanzar el objetivo europeo de 2030

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El Ministerio de Educación acaba de actualizar el dato de la tasa de abandono escolar temprano en España, que se sitúa en el 12,8% en 2025.


Esta tasa mide el porcentaje de jóvenes de 18 a 24 años que no han completado la educación secundaria superior y no siguen ningún tipo de formación. El Ministerio destaca en su nota «el distinto comportamiento que ha tenido este indicador en año 2025 para los hombres, aumentando ligeramente, 0,2 p.p., mientras que para las mujeres ha continuado su descenso, -0,5 p.p». La evolución media para ambos sexos confirma la tendencia descendente –aunque a un ritmo cada vez más moderado en los últimos años– iniciada tras el máximo histórico del 32,2% en 2004. Aún así, España sigue situándose entre los países con mayor abandono escolar de la Unión Europea, solo por detrás de Rumanía, y aún lejos del objetivo europeo del 9% fijado para 2030.

El abandono escolar continúa siendo un fenómeno profundamente desigual desde el punto de vista social. La probabilidad de abandono es mucho mayor cuando la madre solo ha completado la educación primaria frente a aquellos jóvenes cuyas madres cuentan con estudios superiores. Asimismo, los varones y los jóvenes de origen inmigrante presentan tasas de abandono significativamente más elevadas, lo que refleja la persistencia de brechas educativas asociadas al origen socioeconómico y al género.

Las consecuencias del abandono escolar trascienden el ámbito educativo y tienen un impacto económico y social relevante. Los jóvenes que no completan la educación secundaria superior presentan mayores tasas de desempleo, menor estabilidad laboral, menores ingresos a lo largo de su vida y un mayor riesgo de exclusión social. A nivel agregado, el abandono educativo temprano se asocia con menor crecimiento económico, menor recaudación fiscal y mayor gasto social, además de peores resultados en salud y participación social.

La dificultad para reducir la tasa de abandono por debajo del umbral del 12% sugiere que las políticas aplicadas hasta ahora, aunque efectivas, resultan insuficientes para abordar los factores más persistentes del fenómeno. Por ello, Funcas subraya la necesidad de una estrategia integral, que combine medidas educativas, sociales y laborales. El esfuerzo coordinado entre centros educativos, familias y administraciones públicas será clave para consolidar la tendencia descendente observada en los últimos años y acercar a España al objetivo europeo.

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Retraso del horario en los institutos: una mejora educativa efectiva y de bajo coste

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La combinación de los cambios en los patrones de sueño durante la adolescencia y los horarios tempranos de entrada hace que muchos estudiantes de secundaria lleguen a clase privados de sueño, lo que afecta a su rendimiento y bienestar. Diversos estudios muestran que permitir que comiencen más tarde es una intervención con costes relativamente reducidos, sencilla de implementar y con efectos apreciables sobre el aprendizaje.

Retrasar el reloj mejora los resultados, más entre los alumnos con más dificultades…

La evidencia más directa proviene de investigaciones cuasi-experimentales en institutos estadounidenses. Así, los trabajos de Edwards (2012) y Shapiro (2015) encuentran que retrasar una hora la entrada en los centros se asocia con una mejora notable en los resultados de las pruebas estandarizadas. Los gráficos que acompañan estos estudios ilustran dos patrones clave: primero, que el retraso horario se correlaciona con mejores calificaciones medias; segundo, que los estudiantes con peor rendimiento inicial son quienes más se benefician, ganando varios puntos percentiles adicionales. El efecto es general —todos mejoran— pero especialmente intenso entre quienes parten de posiciones más retrasadas, lo que sugiere un potencial para reducir desigualdades.

Otro estudio, este más reciente, de Jagnani (2024) muestra, con datos de India y aprovechando variaciones naturales en la hora de la puesta de sol, que incluso pequeñas reducciones en la duración del sueño afectan al rendimiento académico. Cuando los niños se acuestan más tarde, pero se levantan a la misma hora, duermen menos y rinden peor: retrasos mínimos en la puesta de sol reducen los resultados de matemáticas y, acumulados a lo largo del tiempo, se traducen en menos años de escolarización y menor probabilidad de completar etapas educativas básicas. El mensaje es claro: el déficit crónico de sueño deja huellas duraderas en el capital humano.

…con distintos efectos por sexo

La literatura también matiza que los efectos no son idénticos para todos los grupos. Groen y Pabilonia (2019) encuentran que las alumnas que asisten a institutos con horarios más tardíos duermen más y mejoran sus resultados de lectura, mientras que los chicos no modifican sustancialmente sus patrones de sueño y apenas muestran cambios en su rendimiento, lo que apuntaría a diferencias en la respuesta al cambio horario que conviene considerar al evaluar y diseñar políticas.

En conjunto, estos y otros estudios cuasi-experimentales sobre la hora de inicio coinciden en que retrasar una hora la entrada produce ganancias medias en las calificaciones en torno a 0,1 desviaciones estándar, un efecto comparable al de reducir significativamente el tamaño del grupo o al de pasar de un docente medio a uno muy eficaz.

La importancia del horario no se limita al inicio de la jornada. También influye cuándo se llevan a cabo las tareas cognitivas más exigentes. Gaggero y Tommasi (2023) analizan exámenes universitarios programados casi aleatoriamente en distintas horas del día y encuentran un patrón claro: el rendimiento es máximo alrededor del mediodía. Realizar un examen a media mañana o mediodía mejora las calificaciones respecto a hacerlo a primera hora, especialmente en materias STEM. Este patrón no se explica por fatiga ni por variaciones en el estudio, sino por fluctuaciones naturales en la capacidad cognitiva a lo largo del día.

Impactos de largo recorrido

La evidencia más reciente muestra que los efectos negativos de los horarios tempranos también se extienden al ámbito universitario. Yim (2024), estudiando un experimento natural en una gran universidad pública estadounidense, revela que asignar a los estudiantes a clases a las 7:30 de la mañana afecta de manera persistente a su desempeño y sus decisiones académicas posteriores. Quienes toman asignaturas introductorias a esa hora obtienen peores calificaciones, se matriculan menos en cursos STEM, casi no declaran carreras en esos campos y acaban graduándose en titulaciones con menores retornos salariales. Además, una encuesta complementaria indica menor asistencia, participación y motivación en los cursos tempranos, lo que sugiere una pérdida tanto en aprendizaje efectivo como en la calidad de la experiencia educativa.

Tras presentar las evidencias, adquiere sentido explicar el mecanismo subyacente: los ritmos circadianos. Durante la adolescencia, el reloj biológico se desplaza hacia fases más tardías, de modo que una entrada a las 7:30 equivale fisiológicamente a una hora mucho más temprana para un adulto. Este desajuste explica por qué tantos estudiantes llegan con somnolencia acumulada y rinden por debajo de su potencial.

Implicaciones para la política educativa

Todos los trabajos citados llegan a un mensaje común: aunque los horarios actuales suelen responder a restricciones logísticas (autobuses, extraescolares, conciliación…), la evidencia sugiere que retrasar la entrada en secundaria y bachillerato, programar las materias más exigentes en las horas centrales del día y evitar déficits de sueño persistentes puede mejorar el rendimiento y el bienestar estudiantil, especialmente entre quienes parten con peores resultados. Naturalmente, estas medidas tienen costes organizativos —transporte, actividades extraescolares, conciliación—, pero los beneficios estimados superan ampliamente dichos costes en promedio. Una estrategia razonable para los responsables educativos es introducir pilotos evaluables, ajustar progresivamente los horarios y medir de forma sistemática sus efectos en sueño, rendimiento y asistencia, avanzando así hacia una organización escolar coherente con la evidencia científica sobre ritmos circadianos y productividad cognitiva.

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Continúa el escepticismo sobre la evolución de la economía española

El debate público sobre la economía española se mueve, en este último ciclo, en un terreno de grises. El país figura entre los que más crecen en Europa, pero ese aparente dinamismo convive con un limitado crecimiento de la renta real per cápita y unos indicadores de pobreza que siguen siendo muy mejorables. La distancia entre las cifras agregadas y la experiencia cotidiana se ha convertido en un tema central del debate social, tal y como han reflejado distintas encuestas de Funcas, como la de Navidad del año pasado o la Encuesta sobre Economía y Finanzas de este mismo mes de mayo. En esta última, la inflación y el insuficiente crecimiento de los salarios para compensarla, así como la ideología, aparecían como elementos clave de la percepción pública de la evolución económica.  

Para 2025, el Panel de Funcas prevé un crecimiento del PIB del 2,9%, ligeramente por debajo del dato de 2024 (3,5%) pero que, unido al crecimiento de los años anteriores, supone que España habrá crecido desde 2019 más que el promedio de la Eurozona. Este escenario de crecimiento sostenido contrasta con una opinión pública cuya percepción de la economía española en 2025, poco optimista, empeora levemente respecto a la de 2024 (gráfico 1). Según la IV Encuesta Funcas de Navidad (2025), en diciembre de 2025 solo un 20% consideraba que había sido un buen año para España en términos económicos (misma cifra que en 2024), frente a un 34% que lo valoró como malo (30% el año anterior). Un 46% lo calificó como regular (50% en 2024) [Véase la ficha técnica de la encuesta al final de esta anotación].


La valoración mejora con la edad, especialmente a partir de los 55 años (gráfico 2b). Resulta más negativa entre quienes viven con menores de 10 años y mejora claramente con el nivel de ingresos. El factor más determinante es la autoubicación ideológica del entrevistado (gráfico 2e), como ya se comprobó en las encuestas de Funcas ya citadas. En las posiciones de izquierda abundan quienes juzgan 2025 como un buen año, mientras que en la derecha ocurre lo contrario. El 43% de quienes se sitúan en las posiciones 1–2 y el 36% de quienes se sitúan en el segmento 3–4 (en la escala de izquierda a derecha, del 1 al 10) creen que 2025 ha sido un buen año. A partir del centro (5–6), esta proporción se mantiene siempre por debajo del 9%, al tiempo que aumenta la de quienes lo juzgan como un mal año, mayoritaria desde las posiciones 7–8.


Las perspectivas para 2026 son, también, similaresa las de 2025, pero ligeramente más negativas (gráfico 1), con un 21% que cree que será un buen año, un 48% que se lo imagina regular y un 31% que piensa que será malo; y reproducen el mismo patrón por edades, tipo de hogar, ingresos y autoubicación ideológica que la valoración sobre 2025 (gráfico 3).


En todo caso, y como es habitual, el juicio sobre 2025 mejora cuando la pregunta se refiere a la situación personal y del hogar. Un 37% lo describe como un buen año, frente a un 14% que lo considera malo, mientras que el 49% lo califica como regular, cifras también próximas a las de 2024, aunque ligeramente peores (gráfico 4). Curiosamente, en este aspecto, la relación con la edad (gráfico 4b) cambia: la valoración positiva de su año económico supera ampliamente el 40% entre los menores de 35 años, pero la proporción desciende a partir de los 35 y vuelve a aumentar con cierta fuerza desde los 65. También son reseñables las diferencias según la presencia de menores (gráfico 4d), con un 31% de quienes conviven con niños menores de 10 años que cree que fue un buen año, frente al 38% de quienes no conviven con menores. Como cabía esperar, el nivel de ingresos (gráfico 4c) mantiene una asociación clara y positiva con la valoración de la economía personal y del hogar en 2025.

La autoubicación ideológica (gráfico 4e) sigue siendo relevante, aunque con menor intensidad que en la valoración de la economía nacional. Algo menos de la mitad de quienes se sitúan a la izquierda afirman que 2025 fue un buen año para ellos en lo económico, una proporción que cae por debajo del tercio en el centro y la derecha.

Por otra parte, en la encuesta planteamos directamente a los entrevistados la aparente contradicción entre el crecimiento económico español y la sensación extendida de que la economía no acaba de ir bien. Se les pide a los entrevistados ponerse en el lugar de quienes no perciben esa mejora y explicar la razón de que estos alberguen esa opinión. De los razonamientos propuestos destaca, muy por encima de los demás, el que aduce que “los precios suben más que los salarios”, que eligen más de tres cuartas partes de los entrevistados, un 76% (gráfico 5). Muy pocos ven la causa de esa paradoja en que el empleo sea de baja calidad (7%) y aún menos (3%) creen que el razonamiento principal sea el de que es verdad que la economía no ha mejorado.


Por otra parte, llaman también la atención las pocas menciones a un razonamiento habitual en la discusión pública sobre el tema, el que contrapone el crecimiento económico total con el crecimiento per cápita: solo un 2% elige el enunciado “crece la economía, pero crece casi lo mismo la población”. Sorprende, asimismo, que otro razonamiento frecuente en el debate público presente también un porcentaje muy bajo: apenas un 9% cree que quienes piensan que la situación no mejora “se dejan llevar por la opinión del partido político al que votan”.

Un consenso tan amplio sobre el papel de la evolución conjunta de salarios y precios haría pensar que el peso de esta respuesta apenas variará según las categorías de análisis. En efecto, las diferencias según distintas variables sociodemográficas son limitadas, aunque reveladoras. Por una parte, el porcentaje que cita ese razonamiento es ligeramente inferior entre los mayores de 65 años, cuyos ingresos principales no son salarios, sino pensiones, que vienen actualizándose según la inflación. Por otra, la referencia al seguidismo de las opiniones del partido más afín es mayor entre los entrevistados situados en la izquierda del espectro político que entre los situados en el centro o a la derecha, y lo contrario ocurre con la mención a que la economía, en realidad, no ha mejorado. Con todo, las diferencias son menores y en todas las categorías de ideología es muy mayoritaria la referencia al crecimiento de los precios.

En coherencia con el protagonismo que los encuestados otorgan a la inflación como determinante de la opinión pública sobre la economía, la gran mayoría, un 85%, piensa que la subida de los precios está afectando mucho (31%) o bastante (54%) a la economía de su hogar (gráfico 6a). De nuevo, no cabe imaginar mucha variación en un consenso tan amplio, aunque ese porcentaje es algo menor en los mayores (72%) (gráfico 6b) y, como también cabía esperar, cae algo a medida que crecen los ingresos del hogar (gráfico 6c), pero no mucho (del 94% en el tramo inferior al 70% en el tramo superior). Lo más interesante es que una opinión sobre los determinantes de la situación económica del hogar también varíe, aunque levemente, según la adscripción ideológica del entrevistado (gráfico 6e), de tal modo que el porcentaje que cree que le está afectando mucho o bastante la inflación es algo menor en la izquierda (alrededor del 75%) y mayor en el centro y la derecha (alrededor del 90%).


Quienes se sienten muy o bastante afectados por la inflación señalan, sobre todo, dos categorías de gasto en las que se ven más afectados. Se trata de los gastos en alimentación, que menciona un 93% (79% en primer lugar), y los gastos en los varios suministros energéticos (luz, gas, gasolina…), que cita un 74% (14% en primer lugar) (gráfico 7). Las demás categorías propuestas apenas son citadas: un 12% menciona el ocio y la cultura; un 9%, la ropa y el calzado; y un 7%, el transporte.


Estos resultados vuelven a presentar una opinión pública reticente a adoptar un discurso triunfalista sobre el crecimiento de la economía española, tal como revela un clima de opinión similar al del año pasado o, si cabe, ligeramente más pesimista. Las perspectivas para el futuro inmediato siguen siendo poco halagüeñas y la valoración de la situación económica del hogar también reproduce este patrón ligeramente más sombrío. En la base de esta percepción ciudadana está, de forma muy mayoritaria, la inflación, cuya incidencia sobre los bienes esenciales, alimentación y energía, al menos a juicio de los entrevistados, continúa erosionando la capacidad adquisitiva y alimentando la sensación de distancia entre las buenas cifras macroeconómicas y la experiencia cotidiana de los hogares.

Ficha técnica de la IV Encuesta Funcas de Navidad

UNIVERSO: residentes en territorio nacional peninsular e insular (18-75 años) • TAMAÑO MUESTRAL: 1.201 entrevistas • TÉCNICA DE ENTREVISTA: entrevista online a través de Emop (panel online de Imop) • SELECCIÓN DE LA MUESTRA: selección aleatoria entre los panelistas de Emop que cumplan las características definidas para la investigación • TRABAJO DE CAMPO: del 27 de noviembre al 10 de diciembre de 2025 • MARGEN DE ERROR DE MUESTREO: ±2,9 puntos porcentuales para p=q=50 % y un nivel de significación del 95% para el conjunto de la muestra en el supuesto de muestreo aletorio simple • MÉTODO DE PONDERACIÓN: los datos se ponderaron por las variables “sexo x edad” (2 x 6 grupos), comunidad autónoma (7 grupos), nivel de estudios (5 grupos) y religiosidad (7 opciones, barómetros del CIS) • INSTITUTO RESPONSABLE DEL TRABAJO DE CAMPO: IMOP Insights, S.A.

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Persistencia de las tradiciones navideñas

Por cuarto año
consecutivo, Funcas ha realizado su Encuesta de Navidad, un estudio llevado a
cabo online entre el 27 de noviembre y el 10 de diciembre con una
muestra de 1.201 residentes en España de 18 a 75 años[1].
Esta edición ofrece un panorama de cómo la sociedad se aproxima hoy en día a
las celebraciones navideñas, qué sentido les atribuye y qué prácticas mantiene,
así como sobre el papel que desempeñan factores como la familia y la
religiosidad en la configuración de esa vivencia.

La palabra
ágape, en su origen griego (άγάπη), designaba el amor fraterno y desinteresado.
En el cristianismo primitivo pasó a nombrar las comidas comunitarias que
fomentaban la cohesión del grupo, de donde proviene el significado posterior de
ágape como banquete o comida festiva, con connotaciones de fraternidad o
celebración. No sorprende, por tanto, que las fiestas navideñas sigan
articulándose en torno a comidas, cenas y encuentros festivos, concebidos,
fundamentalmente, como momentos para reunirse en familia, y que sea la
situación familiar la que condicione, en gran medida, cómo se vive y se
“practica” la Navidad.

Los residentes en España pasan en familia los dos principales ágapes tradicionales navideños, la cena de Nochebuena y la comida del día de Navidad. En el caso de la Nochebuena, un 44% la pasará con familiares con los que convive normalmente y un 59%, alternativa o complementariamente, con familiares con quienes no convive habitualmente. Muy pocos mencionan a amigos (4%) u otras personas (1%). Y muy pocos, también, van a cenar solos (2%) o solos con su pareja (6%) (gráfico 1). Supone este un patrón muy consolidado, casi sin variaciones en los últimos cuatro años. En la comida de Navidad, la distribución de los entrevistados según la compañía que tendrán es casi idéntica a la correspondiente a la cena de Nochebuena, y tampoco ha cambiado apreciablemente en los últimos años (gráfico 1).


El papel fundamental de la familia en las celebraciones navideñas lo explicitan los encuestados cuando, en una muy amplia mayoría, entienden las navidades, ante todo, como unas celebraciones de carácter familiar. El 80% así lo declara en primer o en segundo lugar, con un 56% que las ve así en primer lugar. A continuación las ven como unas fiestas de carácter comercial (53%), como un periodo de vacaciones (32%) o como unas fiestas con significado religioso (30%) (gráfico 2). De la comparación de estos datos con los procedentes de una pregunta con la misma formulación de una encuesta del CIS de diciembre de 2017 se deduce una considerable estabilidad en la vivencia de la Navidad[2]. Entonces, un 83% afirmaba vivir estas celebraciones como unas fiestas de carácter familiar.


Los entrevistados que conviven con niños menores de 10 años resaltan más el carácter familiar de las navidades (92%), y lo hacen menos quienes viven solos (68%) (gráfico 3). Que la disponibilidad de redes sociales condiciona en gran medida la vivencia de las navidades se plasma también en que declaran un menor carácter familiar quienes prevén pasar la Nochebuena o la Navidad en soledad (el 38% y el 54% respectivamente). La mención al carácter familiar de las navidades es asimismo algo más frecuente entre los católicos.


Por su parte, el significado religioso destaca, sobre todo, entre quienes se identifican como católicos, especialmente en los practicantes (el 76% lo menciona como primera o segunda opción). En cambio, la referencia al carácter comercial de las navidades crece marcadamente con la edad, y acaba superando el 60% en los mayores de 55 años.

Esta imagen de unas fiestas esencialmente familiares coincide con la percepción que tienen los encuestados sobre cómo se celebra hoy la Navidad en España: el 51% cree que predomina su carácter familiar y el 39%, que son fiestas fundamentalmente comerciales (gráfico 4). Muy por detrás se sitúa la idea de que se viven como un periodo vacacional (9%). El componente religioso parece notablemente infraestimado, pues solo un 2% de los encuestados lo menciona en referencia a cómo se viven estas fiestas en España, mientras que un 12% lo menciona en primer lugar al referirse a su propia vivencia.

La influencia del entorno familiar y la religiosidad en la experiencia navideña se refleja también en la ilusión que despierta entre los encuestados. El 49% afirma que las próximas fiestas le ilusionan mucho o bastante, un porcentaje que parece interrumpir, al alza, la tendencia decreciente observada en las encuestas navideñas que Funcas ha llevado a cabo desde 2022 (gráfico 5).


La presencia de niños en el hogar parece un factor determinante de la ilusión, puesto que el 61% de quienes viven con menores de 10 años declara estar muy o bastante ilusionado con la celebración de las próximas navidades, frente al 46% en los hogares sin niños (gráfico 6). La expresión de ilusión disminuye de forma notable entre quienes viven solos y entre quienes pasarán solos la Navidad o la Nochebuena[3] y también, muy claramente, al igual que se observaba en las encuestas de los años precedentes, con la edad.


Los ingresos del hogar también guardan cierta relación con la ilusión por las navidades, aunque las diferencias se marcan solo en los extremos. Es menor en hogares con ingresos hasta 1.500 euros (37%), se estabiliza en torno al 50% en los tramos intermedios y vuelve a aumentar en los hogares con más de 4.000 euros (63%)[3]. La religiosidad, como cabía esperar, también marca diferencias. Entre los católicos practicantes, el 73% se declara muy o bastante ilusionado, frente al 40% de los agnósticos y el 37% de los ateos (gráfico 6).

La forma en que los encuestados describen sus celebraciones navideñas encuentra un claro correlato en las costumbres que mantienen en sus hogares. A la luz de los datos de la encuesta de Funcas de 2025, un 74% de los entrevistados afirma que en su hogar se mantiene la tradición de poner el árbol de Navidad (gráfico 7). Esta cifra se aproxima mucho a la procedente de la encuesta del CIS ya citada, de diciembre de 2017, en la que un 71% de los entrevistados declaraba que solía poner el árbol u otros adornos navideños, lo que apunta a la continuidad en esta tradición.


Las tradiciones más asociadas a la religiosidad son menos frecuentes que la de poner el árbol de Navidad. En 2025, un 46% afirma que en su hogar se sigue la tradición de poner el belén, pero solo un 24% cita la de cantar villancicos en familia, y aún menos las de colocar símbolos religiosos (15%), asistir a la misa del gallo o a otras misas o celebraciones religiosas (11%) o rezar en familia (4%) (gráfico 7). Son pocos, aunque no en una proporción insignificante (17%), quienes declaran no mantener ninguna de las tradiciones anteriores.

En comparación con los datos de 2017, se mantiene, ligeramente a la baja, la tradición de poner el belén, pues entonces lo hacía el 50%, pero cae con relativa claridad la de asistir a celebraciones religiosas, habitual en un 22% de los entrevistados en 2017 y solo en el 11% en 2025, en correspondencia con la tendencia generalizada a la caída en las prácticas religiosas.

En la actualidad, el seguimiento de
esas tradiciones tiene que ver, en buena medida, con que haya niños pequeños en
el hogar y con la religiosidad. Todas las tradiciones consideradas son más
frecuentes si los entrevistados conviven con niños menores de 10 años (gráfico
7). De estos, pone el belén el 60%, frente al 40% del resto. Incluso, aunque la
tradición del árbol de Navidad está tan extendida, es aún más frecuente entre
quienes conviven con niños pequeños (95%) que en el resto (70%). Lo mismo
ocurre con las costumbres de cantar villancicos, con porcentajes respectivos de
47 y 20%, y de decorar la casa con símbolos religiosos (26 y 13%,
respectivamente). Lo más llamativo es que la presencia de menores también marca
diferencias en la tradición de asistencia a celebraciones religiosas (18 y 9%)
y, de manera algo menos llamativa, en la de rezar en familia (7 y 3%).

Por otra parte, todas las tradiciones
consideradas son más frecuentes en los entrevistados católicos, especialmente
entre quienes se ven como católicos practicantes (gráfico 7). La divisoria
practicantes y no practicantes es muy notable, sobre todo, en la asistencia a
celebraciones religiosas (54% frente a 5%), rezar en familia (19% frente a 1%)
y en la decoración religiosa (54% frente a 15%).

Con todo, la frecuencia de cualquiera
de las tradiciones consideradas siempre es mayor en los católicos no
practicantes que entre quienes no se identifican con ninguna religión o se
identifican con una no católica. La única que refleja diferencias menores es la
de poner el árbol de Navidad, que es claramente mayoritaria también entre
indiferentes, agnósticos y ateos (alrededor de dos tercios de cada grupo), e
incluso entre creyentes de otras religiones (56%), entre los que también hay
cristianos (gráfico 7).

Una última tradición, en este caso claramente secular, es la de tratar que las comidas y las cenas navideñas transcurran en paz, en la medida de lo posible. Así lo sugiere el que más o menos la mitad de los entrevistados, un 48%, considere conveniente evitar algún tema de conversación en esas comidas y cenas, una cifra que apenas ha cambiado desde 2022 (gráfico 8). Casi podría calificarse también de tradicional que los temas que con más frecuencia se quieren evitar sean los mismos: política, temas familiares delicados o religión. En 2025, entre quienes creen conveniente evitar algún tema de conversación, hasta un 87% se refiere a la política, cifra muy similar a las registradas en 2023 (84%) y 2022 (80%), si bien alguien podría imaginar una tendencia al alza (gráfico 8).


Las menciones a la religión, sin embargo, aun moviéndose en niveles similares a los del pasado, parecerían a la baja: 24% en 2025, 32% en 2023, 27% en 2022. El porcentaje de referencia a temas familiares delicados, un 41%, también sería algo inferior a los registrados en 2023 (50%) y 2022 (51%). Otros temas parecen evitarse poco. Es del caso de los estudios (3% de menciones en 2025), el trabajo (7%) y el fútbol, aunque, en este caso, el porcentaje que lo menciona, un 15%, vuelve a ser, como el de 2023 (14%), superior al obtenido en 2022 (7%) (gráfico 8).

En definitiva, la IV Encuesta Funcas de Navidad retrata unas celebraciones que mantienen una notable continuidad en sus significados y prácticas. Para una parte menor, pero significativa, la religiosidad continúa marcando la manera de vivir la Navidad. Para una amplia mayoría, la familia sigue siendo el eje sobre el que se configuran las fiestas, la referencia para organizar las celebraciones, repetir tradiciones y dotar de sentido a estas fechas.

Ficha técnica de la IV Encuesta Funcas de Navidad

UNIVERSO: residentes en territorio nacional peninsular e insular (18-75 años) • TAMAÑO MUESTRAL: 1.201 entrevistas • TÉCNICA DE ENTREVISTA: entrevista online a través de Emop (panel online de Imop) • SELECCIÓN DE LA MUESTRA: selección aleatoria entre los panelistas de Emop que cumplan las características definidas para la investigación • TRABAJO DE CAMPO: del 27 de noviembre al 10 de diciembre de 2025 • MARGEN DE ERROR DE MUESTREO: ±2,9 puntos porcentuales para p=q=50 % y un nivel de significación del 95% para el conjunto de la muestra en el supuesto de muestreo aletorio simple • MÉTODO DE PONDERACIÓN: los datos se ponderaron por las variables “sexo x edad” (2 x 6 grupos), comunidad autónoma (7 grupos), nivel de estudios (5 grupos) y religiosidad (7 opciones, barómetros del CIS) • INSTITUTO RESPONSABLE DEL TRABAJO DE CAMPO: IMOP Insights, S.A.


[1] Véase la ficha
técnica de la encuesta al final de esta entrada. La información sobre las
encuestas previas puede encontrarse en los siguientes enlaces: I
Encuesta Funcas de Navidad (2022)
; II
Encuesta Funcas de Navidad (2023)
; III
Encuesta Funcas de Navidad (2024)
.

[2] Estudio 3.199 del CIS.
Elaboración propia con el fichero de microdatos, seleccionando la muestra de 18
a 75 años.

[3] Datos disponibles, aunque no
presentados.

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La recuperación de la religiosidad católica en los jóvenes: sí, pero solo en los varones

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En mayo publicamos en Funcas una Nota de Coyuntura Social sobre la evolución de la religiosidad en la población española. Ese trabajo constituyó la base para un artículo, revisado y actualizado, en el último número de Panorama Social, publicado en septiembre. En paralelo y a lo largo de los últimos meses, en la discusión pública ha empezado a cundir la idea de una especie de reverdecimiento de la religiosidad, también en España, y especialmente entre los más jóvenes, que quebraría las tendencias secularizadoras de las últimas décadas. Los medios se han hecho eco de ese posible fenómeno, sobre todo, a partir del éxito en taquilla de películas de contenido religioso como Los domingos y de los notables componentes espirituales o religiosos del último disco, Lux, de una cantante de gran éxito, Rosalía. En ambos casos, la religiosidad está ligada a figuras femeninas jóvenes.

Para comprobar la medida en que esas proclamas de
recuperación reciente de la religiosidad en España tienen visos de realidad, se
han vuelto a analizar todos los barómetros del CIS que contienen las dos
preguntas básicas al respecto, las de autoidentificación y práctica religiosa,
diferenciando el sexo y la edad de los entrevistados. El análisis confirma las
tendencias secularizadoras generales reflejadas en el artículo de Panorama
Social
, pero apunta, en los últimos años, a una evolución interesante en
los jóvenes.  

La tendencia a la caída en la identificación como católicos (y en el porcentaje de católicos de práctica más frecuente) se mantiene en los últimos años en todos los grupos de edad, con dos excepciones: una algo más dudosa, en el tramo de 25 a 34 años; otra, más clara, en el de 18 a 24. En el segmento de 25 a 34, si acaso, se insinúa una estabilización ligeramente al alza del porcentaje de católicos. La diferenciación por sexos aclara que esta estabilización al alza en la religiosidad del segmento de 25 a 34 años, oculta, en realidad, una tendencia ascendente relativamente clara en los varones en contraposición con una descendente en las mujeres.

El incremento de los últimos años en la identificación católica es bastante más nítido entre los más jóvenes, si bien, de nuevo, está protagonizado por los varones, mientras que en las jóvenes prosigue la caída, aunque con menos fuerza que en el pasado. Así se puede comprobar en el gráfico 1. Entre las mujeres de 18 a 24, las que se ven como católicas han pasado, grosso modo, del 36% en 2020 al 34% en 2025. Por el contrario, entre sus coetáneos varones, las cifras correspondientes se sitúan en el 33% en 2020 y en el 41% en 2025. Este aumento tendencial de 8 puntos porcentuales es muy llamativo, no solo por quebrar la caída del último medio siglo o por situar la identificación católica de ellos por encima de la de ellas por primera vez, sino por el intenso ritmo del cambio hasta hoy[1].


La recuperación de la religiosidad de los jóvenes no se limita solo a su identificación como católicos. También está creciendo el porcentaje de católicos de práctica frecuente, esto es, quienes asisten a oficios religiosos, al menos, alguna vez cada mes. En 2020 eran, aproximadamente, el 4% de los varones de 18 a 24 años; en 2025 vienen a ser casi el 12%, lo cual implica, de nuevo, un ritmo de cambio bastante rápido (gráfico 2).


Es decir, por ahora, la evidencia sí apunta a una cierta recuperación de la religiosidad católica entre los jóvenes españoles, tanto en su dimensión identitaria (de pertenencia a una confesión religiosa), como en la práctica (asistencia a oficios), a través de la cual contribuyen a la conformación de una comunidad tal. Pero todo esto, por ahora, solo se aplica a los varones, no a las mujeres, en contra del imaginario cultural transmitido los últimos meses. Este es el hallazgo más llamativo de esta primera exploración. Quede para otra ocasión indagar en las posibles causas del cambio de tendencia en los varones y de la consiguiente divergencia entre ambos sexos.


[1] Una estimación lineal sencilla de los datos basados en CATI (abril de 2020 en adelante) sugiere una ganancia de casi 1,8 puntos porcentuales por año, lo que contrasta con la pérdida de 1,4 puntos anuales desde marzo de 2000 a marzo de 2020.

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La importancia de las finanzas personales

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El 12 de noviembre de 2025, The Economist publicó el artículo “In defence of personal finance”, donde defendía la relevancia de la educación financiera a través de ejemplos cotidianos. El artículo comienza con una escena tan ilustrativa como poco común: un ciudadano que espera con entusiasmo el sábado posterior al día de cobro para actualizar sus hojas de cálculo sobre cuentas, pensiones, hipoteca y rentabilidad de la cartera. The Economist subraya que esta dedicación no es habitual y que, para la mayoría, ocuparse de sus finanzas es una tarea pesada, cargada de incertidumbre y en ocasiones explotada por entidades financieras.

Cuando
escuchamos hablar de finanzas personales, solemos pensar en personas ricas,
inversiones sofisticadas o grandes patrimonios. Sin embargo, no comprendemos
que la verdadera importancia de las finanzas personales está en algo mucho más
cercano como saber elegir una hipoteca, usar la tarjeta de crédito
correctamente, ahorrar para la jubilación o financiar un gasto imprevisto. Cada
una de estas decisiones tiene un impacto directo en nuestra economía y en el
bienestar de nuestro hogar y desafortunadamente, cuando millones de personas
carecen de estos conocimientos, el resultado es una mayor desigualdad social.

Las
finanzas personales combinan tres elementos poco atractivos para la mayoría de
las personas: matemáticas, gestión del riesgo y planificación del futuro. En
una sociedad acostumbrada a la rapidez, rara vez nos detenemos a pensar en la
importancia de gestionarlas adecuadamente. Para miles de hogares, estas
decisiones se viven más como una fuente de molestia y pesadez que como una
oportunidad de mejora. En ese contexto, la complejidad del sistema financiero y
la asimetría de información tienden a favorecer a quienes cuentan con más
formación y un mejor asesoramiento.

John Campbell y Tarun Ramadorai, profesores de Economía en la Universidad de Harvard y en el Imperial College de Londres, respectivamente, sostienen en su libro Fixed que el sistema de finanzas personales necesita una profunda revisión, debido a que genera malos resultados para muchos y, en especial, para las personas con menos recursos. Su trabajo demuestra cómo el sistema amplifica la desigualdad patrimonial, es decir, los hogares más ricos obtienen rentabilidades superiores sobre sus activos y pagan unos tipos de interés más bajos por sus deudas, mientras que los hogares más pobres logran unos retornos cercanos al tipo libre de riesgo y soportan unos diferenciales mucho más elevados.

En esta misma línea, un estudio reciente de Funcas (2025) sobre los modelos de bancarización de la población con menos ingresos confirma que el 94% de estos hogares está bancarizado, pero solo accede a productos básicos y presenta niveles muy bajos de competencia financiera. El informe muestra que un 37% de estas personas se sitúa en los niveles más bajos de conocimientos financieros, lo que a menudo conduce a la autoexclusión y a un mayor riesgo de tomar decisiones poco favorables. Además, muchos afrontan costes más elevados y barreras de acceso que refuerzan su vulnerabilidad económica.

En España, la realidad confirma que existe un amplio margen de mejora en los conocimientos financieros. El Banco de España señala que solo el 19% de la población entre 18 y 79 años responde correctamente a tres preguntas sencillas sobre economía financiera, relacionadas con la inflación, los tipos de interés y la diversificación del riesgo. Para una economía avanzada como la española, es un dato preocupante, ya que, sin entender estos conceptos básicos, resulta muy difícil valorar correctamente ofertas financieras, entender el impacto de la inflación o comparar alternativas de inversión cuando tu banco te las propone.

La situación entre los jóvenes tampoco es mucho mejor. En un artículo para Cuadernos de Información Económica, Ismael Sanz analiza los datos de PISA 2022, y muestra que España obtiene 486 puntos en competencia financiera, por debajo de la media de la OCDE (498). Además, un 17,1% de los estudiantes de 15 años no alcanza el nivel básico y solo un 5% se sitúa entre los que presentan conocimientos más elevados. La brecha entre los estudiantes de entornos favorecidos y desfavorecidos ronda los 73 puntos, lo que evidencia que el origen familiar sigue influyendo de forma decisiva en la capacidad de entender y gestionar cuestiones financieras.

El análisis de Sanz destaca también el papel de las familias, los estudiantes que hablan con sus padres sobre aspectos cotidianos cómo gestionar el dinero para compras, decidir cuánto ahorrar o realizar compras online obtienen mejores resultados en la competencia financiera. En cambio, conversaciones sobre temas que los jóvenes perciben como lejanos, ya sea sobre el presupuesto familiar, las noticias económicas o las decisiones de ahorro, no se asocian con mejoras en los resultados.

Siguiendo las recomendaciones de la OCDE, el Banco de España y la CNMV han elaborado la estrategia nacional de educación financiera, materializada en el Plan de Educación Financiera bajo la marca “Finanzas para Todos”, al que se ha sumado el Ministerio de Asuntos Económicos. Este plan tiene como objetivo mejorar la cultura financiera de la ciudadanía, dotándola de conocimientos básicos y de herramientas para manejar sus finanzas de forma responsable e informada.

Un
componente clave en este plan es la atención a los colectivos vulnerables:
personas con rentas bajas, bajo nivel educativo, migrantes, residentes en zonas
rurales con escaso acceso a servicios financieros presenciales o con
competencias digitales limitadas. Para estos grupos, la educación financiera es
una herramienta de inclusión que puede ayudar a reducir la exposición a
productos inadecuados, evitar el sobreendeudamiento y aprovechar con más
seguridad las oportunidades de la digitalización.

La
meta a alcanzar con un mayor conocimiento financiero no es convertir a toda la
población en experta inversora, sino evitar que alguien quede rezagado por no
comprender las reglas básicas. Iniciar esta formación en edades tempranas,
reforzarla en la adolescencia y actualizarla en la vida adulta es una de las
vías más eficaces para reducir la brecha de oportunidades y, en última
instancia, la desigualdad de la riqueza.

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Pensiones, de nuevo sobre el tapete

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El reciente informe de la OCDE sobre las pensiones ha vuelto a encender todas las alarmas. El sistema público español figura entre los menos sostenibles financieramente del conjunto de economías avanzadas. No se trata de una sorpresa, pero sí de una constatación contundente de que las reformas aplicadas en los últimos años, aunque han mitigado tensiones inmediatas, no han corregido los factores estructurales que erosionan la viabilidad a largo plazo del modelo. Y este laberinto apunta a que el sistema público afronta su mayor encrucijada en décadas. El diagnóstico es claro: la combinación de envejecimiento acelerado, baja natalidad, precariedad laboral y elevada dependencia del presupuesto estatal conforma un cóctel difícil de sostener. En el 2025, por cada 100 trabajadores cotizantes ya hay más de 60 pensionistas; en dos décadas, si la tendencia no cambia, esta ratio podría superar el umbral crítico del 80%. España, señala la OCDE, se ha convertido en un caso paradigmático de “presión demográfica extrema”.

El estudio no se limita a la aritmética poblacional. Nos recuerda otras muchas dificultades. Hace hincapié en que el sistema español destaca por su elevada “generosidad” relativa, fruto de décadas de vinculación de las pensiones al salario previo y de actualizaciones orientadas a preservar el poder adquisitivo. Esa fortaleza social –indiscutible desde el punto de vista del bienestar– choca con una base de ingresos cada vez más dependiente de transferencias de los presupuestos generales del Estado. En otras palabras, el sistema ya no se financia mayoritariamente con cotizaciones, sino con impuestos presentes y futuros. Lo verdaderamente innovador del análisis de la OCDE es su propuesta de mirar más allá del clásico debate entre recortes y subidas de cotizaciones. El organismo plantea tres líneas de actuación que requieren un consenso político poco habitual. Por un lado, propone integrar tecnología y automatización para aumentar productividad y, con ello, la masa salarial sobre la que se financia el sistema. En segundo lugar, recomienda rediseñar la trayectoria laboral permitiendo carreras más flexibles, combinadas y prolongadas, que incentiven la cotización más allá de los 67 años sin penalizar a los trabajadores de mayor edad. Y por último, apoya reformular el pacto intergeneracional con mecanismos que ajusten parámetros de forma automática y gradual ante cambios demográficos, evitando reformas bruscas cada década.

En definitiva, el problema de las pensiones no es solo financiero, sino cultural e institucional. Requiere repensar el contrato social en un país que envejece más rápido que su economía. Nuestro país aún está a tiempo de construir un sistema robusto para el 2050. Pero cada año perdido aumenta la pendiente. Reforzar cuanto antes la sostenibilidad ya no es solo una opción técnica. Nos estamos jugando el núcleo del futuro del Estado de bienestar.

Este artículo se publicó originalmente en el diario La Vanguardia.

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El crecimiento de la población en España en las últimas décadas: una nota con las tendencias básicas

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El crecimiento de la población y el peso relativo de sus distintos componentes es, hoy día, un elemento central e imprescindible en cualquier debate sobre el bienestar económico y social de España. Más allá de sus consecuencias sobre el envejecimiento, las dinámicas derivadas del crecimiento de la población intervienen directamente en cuestiones tan relevantes como el mercado de la vivienda, el crecimiento económico y la productividad. En las últimas décadas, el crecimiento de la población en España refleja una combinación de persistente baja natalidad, envejecimiento sostenido y auge de la inmigración, que continúa siendo el principal motor del aumento de residentes. Analizar estas tendencias con una perspectiva temporal amplia permite comprender mejor su alcance real y su impacto en la sociedad y la economía españolas.

Ya en diciembre, es posible adelantar una previsión del crecimiento poblacional en España para 2025. Si la pauta de nacimientos, fallecimientos y migraciones de los nueve primeros meses del año se cumple para el conjunto de 2025, la población residente habrá crecido en casi 420.000 habitantes, resultado de un crecimiento vegetativo (nacimientos – fallecimientos) de -124.000 y de un saldo migratorio estimado de 543.000 (gráfico 1A).

La cifra de crecimiento
vegetativo, en descenso casi interrumpido desde 2008, sería la tercera más baja
desde 1975. El saldo migratorio, aunque se situaría por debajo del máximo
reciente alcanzado en 2022 ( 733.800), seguiría siendo superior al registrado
en 2019 ( 457.185). En cuanto al crecimiento total de la población, también
sería el más reducido desde 2022 ( 598.634), pero en este caso la persistencia
del crecimiento vegetativo negativo lo situaría apenas por encima del nivel
observado en 2019 ( 399.099).

En términos relativos, como tanto por mil de la población a 1 de enero de 2025, la proyección para 2025 implica un crecimiento total del 8,5 por mil, un crecimiento vegetativo del -2,5 por mil, y un crecimiento debido a las migraciones del 11,1 por mil (gráfico 1B).


Vistas las cosas con la perspectiva de los años transcurridos desde el año 2000, el crecimiento total de la población residente en España superaría los 9 millones de habitantes (9,08 millones), con una aportación marginal del crecimiento vegetativo ( 216.000 habitantes) y fundamental de las migraciones ( 8,86 millones) (gráfico 2A). La aportación del crecimiento vegetativo rondó el millón anual de habitantes en la década de 2010, pero desde 2015, cuando se convirtió en negativo, su contribución se ha revertido. La aportación de las migraciones se redujo en 2012, justo cuando empezábamos a salir de la crisis económica, pero se recuperó con intensidad a partir de 2016.

En términos relativos, la población residente en España habrá crecido al acabar 2025 un 18,5% desde el año 2000, lo que se reparte entre un 18% debido a las migraciones y un 0,4% debido al crecimiento vegetativo (gráfico 2B).

En conjunto, las cifras recientes confirman la continuidad de un patrón demográfico en el que la inmigración sostiene el crecimiento poblacional, en contraposición a un crecimiento vegetativo negativo desde 2015 y que se ha consolidado a lo largo de las dos últimas décadas. Aunque el saldo migratorio parece estar creciendo menos en los últimos años –a la vista de un crecimiento vegetativo que no levanta cabeza, ni parece ir a hacerlo a corto plazo, tal como indican los bajísimos índices de fecundidad recientes– todo apunta a que esa dinámica demográfica se intensificará.

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