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La paradoja financiera de Ramón (y de su suegra)

Una vez le conté a los suscriptores de mi newsletter la historia de Ramón, un colega de la infancia al que la vida no estaba tratando demasiado bien. En lo que a dinero se refería, le iba de pena.

Y eso a pesar de que su posición de partida no era mala: ingeniero y, tanto él como su mujer, con buenos sueldos.

Creo que la historia es buena e ilustra perfectamente la situación financiera de muchos españoles, por lo que me he decidido a compartirla aquí, con mis amigos de El Blog Salmón.

Te cuento rápidamente su aventura.

The safest car, el origen financiero del mal

Todo arrancó con el nacimiento de su hija.

Cualquier padre (o madre) conocerá la montaña rusa emocional que se experimenta al tener un hijo por primera vez: todo para tu hijo, tiene que ser lo mejor, no le puede faltar de nada...

Bajo estas premisas, Ramón y su señora decidieron comprar un coche. Pero no uno cualquiera. Tenía que ser un coche muy seguro, el más seguro. Su pequeña así lo merecía.

Se pillaron un Volvo XC60 que, según decían, era “el coche más seguro del mercado”.

volvo

Él, supongo que parafraseando al comercial que se lo vendió (y entre risas orgullosas), lo llamaba “the safest car”.

Por lo visto ese modelo había ganado no sé qué premio de seguridad que garantizaba que su niña viajaría segura. (No juzgo, yo a mi niña le compraría el Falcon que tanto gusta a nuestro presidente)

El Volvo costó unos 50k y lo pagaron a crédito, como debe ser.

Pues bien, durante los meses de baja maternal/paternal todo marchaba, iban al pediatra en the safest car y en Instagram todo eran corazones.

Pero el tiempo pasó, y como este no es un país nórdico en el que se fomente la natalidad, tocó volver al trabajo. Había que pagar facturas y letras, entre ellas la del coche más seguro del mercado.

No podían permitirse una excedencia.

Entonces surgió la gran pregunta que la mayoría de los padres nos hacemos en algún momento de nuestras vidas:

"¿Qué hacemos ahora con la niña?"

Por no deber favores no quisieron colocársela a los abuelos (ya sabes cómo es esto), pero contratar a alguien que la cuidara también era demasiado caro, así que no les quedó más remedio que aparcarla en la guardería.

Y aquí viene la paradoja de Ramón, atento.

La paradoja de Ramón, su coche y su hija

Los problemas llegaron enseguida:

  • El primer día de guarde la niña volvió con fiebre.
  • Luego un niño le metió un mordisco que casi se lleva una oreja.
  • Encima la guardería le quedaba lejos y la cuidadora les pareció “un poco estúpida”.

A las dos semanas les llamó esa misma cuidadora, la niña no paraba de vomitar. Ramón tuvo que ir a buscarla y llevarla a urgencias. La llevó en the safest car, por supuesto.

Con apenas seis meses tuvo que aparcar a su bebé con un montón de desconocidos, lejos de sus padres y rodeada de rotavirus porque no podía permitirse ni una niñera ni una excedencia.

Pero sí the safest car. Supongo que se capta la ironía.

Mira, yo no sé si tienes hijos ni qué haces con ellos. Ni lo sé ni lo juzgo. Cada uno puede hacer con sus hijos y con su vida lo que crea oportuno.

Sin embargo, ¿sabes lo que sí es importante? Controlar el dinero que entra y que sale de tu cartera.

Si Ramón no hubiese cometido innumerables cagadas financieras (el Volvo de paquete solo fue una de ellas), al nacer su hija habría tenido opciones:

  • Él o su mujer se podrían haber pedido una excedencia.
  • Podría haber cambiado a una empresa más cercana a casa.
  • Pedir una reducción de jornada.
  • Contratar a alguien que se hiciera cargo de la niña.

No sé, podría haber tenido opciones y decidir qué era lo mejor para la cría y para la familia.

Pero no tenía opciones. El Volvo, entre otras cosas, se las había comido.

Así que se tuvo que tragar la guardería y, lo peor, el run run en la cabeza de que la niña pasara más horas con la cuidadora estúpida que con sus padres.

¿Pero sabes lo que sí tenían Ramón y su mujer? Tenían the safest car.

La suegra de Ramón, la nueva invitada a la fiesta

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Los meses pasaron y algo llamado pandemia llegó a nuestras vidas. Con guarderías, colegios y empresas cerrados, tocaba trabajar desde casa. En familia. Confinados.

Ramón y su mujer vivían en un pequeño piso en el centro de Sevilla, no creo que tenga más de 70 metros, así que te podrás imaginar el infierno laboral que era aquello.

Al principio se turnaban para trabajar: mientras uno curraba, el otro cuidaba a la pequeña e intentaba mantenerla en silencio para que no molestara.

(Risas enlatadas)

Pero llegó un momento en el que no les quedó más remedio que pedir ayuda. Para que ambos pudieran trabajar 8 horas al día en jornada partida, alguien tenía que quedarse con la niña. No les quedaba otra.

Solución: la suegra de Ramón se fue a vivir con ellos.

Piénsalo.

70 metros cuadrados, una niña pequeña, una suegra y dos personas intentando trabajar. Mientras tanto, el puto Volvo en el garaje. De locos.

Y lo peor no era eso. Lo peor es que darle galones a la suegra tuvo sus consecuencias. Es normal, cuando alguien pasa diez horas con tu hijo te termina diciendo qué tienes que hacer con él.

Buf… Tu suegra diciéndote cómo tienes que vivir tu vida y, mientras, el coche de 50k euros cogiendo polvo veinte metros más abajo.

Y, espera, que aún hay más.

Lo mejor es que entre la niña, la suegra y la Thermomix, muchos días Ramón terminaba yéndose a trabajar al garaje, al coche de cincuenta mil euros. Entonces sí que se sentía seguro.

Lo mires por donde lo mires, la situación es rocambolesca, y todo porque Ramón había cerrado sus opciones.

El interés compuesto de sus malas decisiones le había condenado: no tenía el control, no estaba al volante. De su vida, digo. No del coche.

Pero no te vayas todavía: de esta historia podemos extraer dos gigantescas lecciones financieras.

Las lecciones financieras de Ramón y su coche

Muy muy atento:

1. Las malas decisiones financieras tienen una vida muy larga

Si en vez de dejarse embaucar por el del concesionario Ramón se hubiera comprado el mismo coche, pero de segunda mano, u otro más asequible, quizás su mujer, o él, podrían haberse pillado una excedencia para no tener que estacionar a la niña en ningún sitio.

O podrían haber contratado a alguien que les ayudara con las tareas de casa y evitar tener que oler lo de la suegra.

Pero no podían, habían perdido la posibilidad de decidir.

Y todo por haber querido oler otra cosa...

No sé yo qué perfume será más caro. Bueno, sí lo sé, y creo que tú también.

Ojo, que no digo que sea mala idea comprarse un coche nuevo (y seguro), lo que digo es que no hay que ser un pardillo financiero y condenar tu futuro (y el sistema inmunológico de tu hija) por una pésima decisión.

Curiosamente, una pésima decisión que, en el caso de Ramón, fue aplaudida en su momento por todo su entorno. Todo eran palmaditas en la espalda y felicitaciones por el cochazo que se acababa de comprar.

“Como se nota que te sobran los billetes, Ramón”, le decían.

Si ellos supieran... Ay...

Y segunda lección:

2. Da igual en qué te gastes la pasta, te vas a cansar pronto

Ya sea un Volvo, un iPhone o una americana de Emidio Tucci, el paso del tiempo desgastará tu cariño a todo lo que compres. Da igual lo vanidoso que seas.

Lo que hace la gente inteligente, los que toman buenas decisiones financieras, y lo que tú deberías hacer, es observar los gastos con la perspectiva del tiempo.

Cuando vas al concesionario y tienes tu coche tapado, esperándote, y el del concesionario lo destapa para ti, te sientes el rey del mundo. Pero es una sensación pasajera, efímera, la emoción cae incluso más rápido que el valor venal de tu nueva unidad.

Cuando el olor a nuevo desaparece aparecen otros olores, que suelen ser peores, y más caros, y duraderos.

No penalizar tu futuro por una sensación efímera, o por recibir unas palmaditas en la espalda, es la A de controlar tus finanzas.

Volvemos a hablar pronto,

Nudista Investor

Imagen | drobotdean

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El contagio de inflación energética

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La inflación sigue siendo la gran protagonista de la marcha de la economía. La espiral de costes energéticos y del precio de los suministros importados —principal origen del brote inflacionario— actúa como un impuesto sobre el aparato productivo y nos empobrece como país. Prueba de ello el desplome del consumo de las familias: un severo -3,6% en el primer trimestre según el adelanto del INE, que explica la fuerte desaceleración de la economía. Los hogares más desfavorecidos o que disponen de poco colchón de liquidez no tienen más remedio que apretarse el cinturón. Otros, aunque sus ingresos pierdan poder adquisitivo por causa de la inflación, pueden tirar del sobreahorro, algo que no parecen estar dispuestos a hacer de momento (en marzo los hogares incrementaron sus depósitos bancarios en 9.300 millones).       

De ahí la importancia del dato adelantado de IPC para el mes de abril, un 8,4%, en retroceso frente al inquietante 9,8% de marzo. La leve mejora avala la previsión de una menor presión de los precios energéticos durante los próximos meses. El acuerdo con Bruselas para limitar el precio del gas que entra en el mercado eléctrico, probablemente el instrumento más potente del arsenal desplegado hasta ahora, es un paso en esa desescalada. Sin embargo, la inflación seguirá sin dar tregua a corto plazo.  

En primer lugar, porque el precio de la electricidad seguirá fluctuando en función de la diferencia entre lo que cuesta el gas comprado en el mercado y el tope que se ha fijado (entre 40 y 50 euros por MWh). Esta brecha, que se exacerbará ineludiblemente en un escenario de interrupción del suministro ruso, la pagaremos integrándola en la factura de la luz en proporción de la energía consumida. Bien es cierto que gracias al nuevo sistema las fluctuaciones serán menos pronunciadas y nos ahorraremos en torno al 30% en comparación con el coste actual de la electricidad. Habida cuenta del peso de la materia prima en la cesta de la compra, la reforma podría restar 1,2 puntos al IPC, y algo más contando con los efectos indirectos. 

La minoración es apreciable, pero ojo con la nueva ronda cuellos de botella que surgirá como consecuencia de la férrea política de covid-cero de China. Las disrupciones de la primera potencia exportadora del mundo hacen ya mella en los fletes marítimos: desde principios de mes, cuesta casi un 16% más traer un contenedor del este asiático, según la plataforma Freightos

Con todo, la principal preocupación viene de la aceleración de la inflación subyacente: excluyendo la energía y los alimentos frescos, el IPC sube un 4,4%, un registro sin precedentes desde mediados de los años 90 que evidencia el traslado del encarecimiento de la electricidad al resto de precios. Un proceso inevitable para las empresas electrointensivas con márgenes muy reducidos y que podría continuar en los próximos meses, incluso tras la entrada en funcionamiento del mecanismo de tope. 


Tampoco ayuda que la inflación subyacente supere la media de los países con los que compartimos el euro, socavando nuestra competitividad. Una tendencia que, de mantenerse, nos aboca a dolorosos ajustes al no poder compensarse con devaluaciones monetarias. 

No estamos en esa tesitura, y de momento nuestras exportaciones e ingresos del turismo registran buenos resultados, contrarrestando el encarecimiento de las compras de energía. La balanza externa sigue arrojando un sano superávit. Pero este es un activo que debemos preservar, y que empieza a materializarse en algunas empresas, con acuerdos innovadores: los incrementos pactados se revisan periódicamente para compartir la pérdida de poder adquisitivo entre todas las partes, pero no se consolidan para así evitar una indiciación de la economía nefasta para todos. Algo que, junto con acciones contundentes focalizadas en sectores y colectivos en dificultad, debería inspirar un acuerdo amplio y a mayor escala. Todo ello para alejar el riesgo de cronificación de la inflación.  

IPC | El IPC armonizado de abril se incrementó un 8,3% en relación con un año antes, ocho décimas más que la media de la eurozona.  Los diferenciales internacionales de inflación son muy pronunciados: los países bálticos, Países Bajos y Eslovaquia registran incrementos de dos dígitos, el doble que en Francia. También aparecen fuertes disparidades sectoriales entre, por una parte, los precios desbocados de la energía y en menor medida de los alimentos frescos, y por otra parte la relativa moderación de los bienes no energéticos y sobre todo de los servicios.        

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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Ok Boomer, el problema de que los jóvenes no compren casa no es que tengan Netflix y un iPhone

¿No se pueden comprar una vivienda los jóvenes porque se gastan el dinero en la cuenta de Netflix y iPhones? Muchas veces cuando los jóvenes se quejan de que no pueden pagar una vivienda, reciben la respuesta de personas de más edad que cuando vivían en su época no tenían ni smartphones ni Netflix, y que gracias a eso pudieron ahorrar suficiente como para comprarse una vivienda.

¿Es ese el secreto de los felices propietarios? ¿Se entretienen con la programación gratuita y un smartphone de segunda mano mientras que los inquilinos están viendo Netflix en su flamante iPhone? Bueno, digamos que las cosas no son exactamente así.

No había Netflix en 1990, pero sí algo parecido

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¿Qué sería lo equivalente a Netflix en 1990? Creo que lo más parecido sería Canal . Este canal que emitía parte en abierto y parte codificado fue la mayor generalización de televisón de pago en España. Al principio costaba 3.000 pesetas al mes (la publicidad se anunciaba por veinte duros al día) y ofrecía películas, documentales y emisiones deportivas no disponibles en la televisión en abierto (gratuita). Pronto el precio subiría a 4.000 pesetas. Es decir, de 18 a 24 euros.

La suscripción a Netflix hoy en día está entre 7,99€ y 17,99€ al mes. La suscripción a este servicio durante 50 años rondaría entre 4.794€ y 10.794 euros. Algo que claramente no permite la compra de una vivienda. También está el hecho de que aunque Netflix no permite compartir cuenta, es una práctica muy habitual para reducir su coste.

Otra alternativa a Netflix sería HBO Max, cuyo precio es de 8,99€/mes o 69,99€/ anuales (y hace poco hubo una oferta por 4,99€/mes. El precio mensual de HBO durante 50 años sería 3.499,5€. Creo que es difícil determinar que tener contratado un servicio de streaming pueda suponer un coste mayor de lo que suponía en 1990 Canal o alquilar películas en el videoclub.

Un iPhone es más caro, los distintos modelos de Apple aparecen en su propia tienda por un precio desde 529€ el iPhone SE hasta 1259€ el iPhone 13 PRO Max. Tampoco es un coste que suela hacerse todos los años, ya que un Smartphone puede durar perfectamente dos años. Si habláramos del iPhone 13 de 909€ cada dos años durante 50 años, estaríamos hablando de 22.725€. Quizás aquí podemos pagar con esto la plaza de garaje de una vivienda de obra nueva en Madrid.

Es decir, que aún renovando el iPhone cada dos años (y sin obtener nada por el viejo, a pesar de que Apple nos ofrecería un descuento por ello) un iPhone y un plan de Netflix o de HBO Max no supone un desgaste extremo en nuestras finanzas personales que nos impidan comprar una vivienda. Es cierto que en 1990 no había iPhones, pero elementos de electrónica de consumo como ordenadores personales, televisores, aparatos de vídeo o reproductores de música tenían un precio más elevado que ahora.

Vivienda y salarios en 1990, no lo que esperabas

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En 1990, según este estudio de la fundación BBVA el precio medio del metro cuadrado en España era de 498€ por metro cuadrado. Es decir, una vivienda de 80 metros cuadrados tenía un precio de 39.840€. Todo eso viniendo de un periodo en el que entre 1981 y 1991 el precio de la vivienda subió un 400%.

En 1990 el salario mínimo en España era de 300,57€ al mes. Es decir, el acceso a dicha vivienda con el sueldo medio suponía unos 133 meses, más de diez años.

En 2021 el salario mínimo en España se fijó en 964€/mes (que se distribuyen en 14 pagas). En España el precio medio de la vivienda en 2021 era de 1.439€/metro cuadrado. Es decir, el acceso medio a dicha vivienda de 80 metros cuadrados supone 120 meses de trabajo. 10 años justos. Entonces ¿lo tienen los jóvenes igual de bien para comprar vivienda o incluso mejor que en 1990?

Si nos fijamos la tasa de desempleo no es muy diferente, de un 31,3% para menores de 25 años en diciembre de 2021 y de un 30,5% para trabajadores entre 20 y 24 años en diciembre de 1990.

Entonces ¿tienen razón aquellos que afirman que el problema está en gastar el dinero en Netflix y los iPhone? No exactamente.

Como ya han indicado varios medios, el problema está en los alquileres, cuyo precio es bastante alto, especialmente en Madrid y Barcelona, a dónde suelen llegar los jóvenes a alquilar (ya que son los lugares donde se crea más empleo en España) frente a los alquileres en zonas menos residenciales que suponen aportar más de un 30% de su salario al alquiler. Eso les acaba impidiendo ahorrar y con ello, acceder a la vivienda en propiedad. Eso sí, el acceso a la vivienda en propiedad, no es tan complicado como se podría suponer en un principio.

¿Qué solución tendría? Personalmente creo que el modelo de Singapur adaptado nos podría proporcionar una opción bastante aceptable en las áreas metropolitanas más tensionadas. No obstante no es el único modelo ni el único modo de ofrecer vivienda asequible y de calidad.

Pero el problema en general es las limitaciones que se están ejecutando a la construcción de vivienda en muchos lugares en las cercanías de las áreas más tensionadas. Tenemos que considerar si lo que queremos es vivienda abundante y asequible o queremos otras cosas como puede ser proteger ciertas áreas, mantener la densidad artificialmente baja, mantener escasez y por tanto el valor de la vivienda de los que han comprado en algunas áreas, etc. ¿Está la regulación de vivienda diseñada para crear vivienda asequible o para proteger la inversión de los ya propietarios limitando la construcción de la misma?

Pregunta a los lectores ¿cómo creen que debe solucionarse el tema de la vivienda?

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La caída del consumo frena la recuperación del PIB en el primer trimestre

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Contabilidad nacional trimestral | IT 2022

Según el avance provisional de la contabilidad nacional, el PIB creció en el primer trimestre un 0,3%, muy por debajo de los registros alcanzados en los dos trimestres anteriores. Este débil resultado ha sido consecuencia de la fuerte caída del consumo privado, que retrocedió un 3,6%, la peor cifra desde el final del confinamiento. En términos corrientes el descenso fue del 0,8%. Si estos resultados se confirman, significaría que el impacto sobre el consumo derivado del aumento de la inflación y de la incertidumbre ha sido mayor de lo esperado. 

Por el contrario, la inversión en capital fijo experimentó un avance del 3,4%. Aunque no es posible saber en qué medida este crecimiento procede de las inversiones financiadas con los fondos europeos, parece indicar que, a diferencia de lo sucedido con el consumo, la incertidumbre derivada de los fuertes aumentos de costes, de las dificultades de suministro y de la guerra de Ucrania, no ha tenido un impacto relevante sobre esta variable macroeconómica, al menos por el momento.

Las exportaciones de bienes y servicios crecieron más que las importaciones, y el gasto de los turistas exteriores exhibió un nuevo repunte, alcanzando ya prácticamente el nivel prepandemia, a pesar de que la llegada de turistas en el primer trimestre aún se encontraba un 35% por debajo de las cifras de 2019.

Por el lado de la oferta, los sectores de comercio, transporte y hostelería, así como de actividades artísticas y recreativas, experimentaron una vigorosa recuperación, que, dada la fuerte caída del consumo nacional, solo podría atribuirse a la demanda procedente del turismo exterior. La actividad industrial sufre un descenso del 1,4%, y la construcción crece un 0,3%.

Pese a la débil recuperación de la actividad económica, el empleo se incrementó un 0,5%, y el número de horas trabajadas lo hizo con mayor intensidad aún, un 3,2%, quedando tan solo a un 0,3% de recuperar el volumen prepandemia, pese a que el PIB aún se encuentra un 3,4% por debajo de dicho nivel. Así, la productividad por hora trabajada, que en el cuarto trimestre de 2021 prácticamente había recuperado los niveles de 2019, ha vuelto a descender en el primer trimestre de este año.

Se trata, en suma, de un crecimiento inferior a lo esperado, y con una composición también muy diferente a lo previsto. En cualquier caso, las cifras del primer avance de la contabilidad nacional trimestral deben ser tomadas con mucha cautela, ya que pueden sufrir importantes revisiones.

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Elon Musk compra Twitter: una de las compras más cuantiosa de la historia

44.000 millones de dólares (41,3 millones de euros) ha pagado Elon Musk para comprar la red social Twitter. Empezó haciéndose el mayor accionista con una aportación de 2.900 millones pero días después decidió hacer 'all in' y hacerse con ella.

Una noticia esperable que no deja de sorprender, pues supuestamente se hace con la intención de garantizar "la libertad de expresión en Twitter", si bien todos sabemos que se trata de una operación para agrandar el ego y la fortuna del hombre más rico del mundo.

Solo le faltaba una red social en su colección de empresas emblema y ya la tiene, además la más influyente, a pesar de ser la más pequeña respecto a número de usuarios.

¿Ha sido cara la compra? ¿O le ha salido bien de precio? Pues depende. Como decíamos, Twitter tiene menos usuarios que el resto de grandes redes (Facebook, Instagram, Tik Tok..), y unos márgenes menores. De hecho, aceptó la oferta de Musk a la primera de cambio.

Si bien, en comparación, ha habido compras de empresas más caras, aunque la suya ya es histórica. Como todo lo que hace.

Las empresas más caras del mundo

De hecho, la compra más cara de la historia, hasta ahora, le queda muy lejos a Musk. En 1999 Vodafone compró el grupo de telecomunicaciones alemán Mannesmann por 183.000 millones de dólares. Una cantidad muy grande teniendo en cuenta de que hablamos de hace más de 20 años.

Un año después, en el 2000, se produjo la segunda mayor compra del mundo, la de America Online (AOL) a Time Warner por unos 160.000 millones de dólares, abriendo la veda de la crisis de las puntocom de años más tarde.

En 2013, Vodafone se deshizo de su participación del 45% en Verizon por 127.000 millones de dólares. Le sigue Pfizer, que se gastó 88.000 millones por su competidor Warner Lambert para ser la farmacéutica más cara de la historia.

En marzo de 2006 en marzo de 2006 AT&T se hizo con BellSouth por 82.000 millones de dólares, un poco más de lo que pagó después por Time Warner. Por último, tenemos los 78.000 millones que se dejó la petrolera Exxon por comprar a su competidora MobilCorp.

Si nos fijamos en el ámbito de servicios app tecnológicos, la compra de Musk ha sido la más cara. Ha superado los 26.000 millones que se dejó Microsoft por LinkedIn, lo que pagó Facebook por WhatsApp hace años, que fueron 19.000 millones de dólares o los 12.500 millones que puso Terra por Lycos.

Así pues, sí Musk lo ha conseguido. A vuelto a entrar en la historia empresarial del mundo irrumpiendo en Twitter, donde se espera que esto no suponga un menoscabo para la reputación de la red social hasta ahora menos salpicada por escándalos respecto a la privacidad.

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Elon Musk y el dinero que ha pedido para comprar Twitter: qué ataduras tiene

Twitter anunció ayer que había llegado a un acuerdo definitivo para ser adquirida por una entidad de propiedad total de Elon Musk, por 54,20 dólares por acción en efectivo en una transacción valorada en aproximadamente 44.000 millones. Una vez completada la transacción, Twitter se convertirá en una empresa privada.

Según los términos del acuerdo, el precio de compra representa una prima del 38% con respecto al precio de cierre de las acciones de Twitter el 1 de abril de 2022, que fue el último día de negociación antes de que Musk revelara su participación de aproximadamente el 9% en Twitter.

A pesar de que Elon Musk es el hombre más rico del mundo, con un valor neto muy por encima de los 250.000 millones de dólares, su riqueza es muy dependiente a Tesla, por lo que la compra de Twitter acarrea ciertas ataduras a tener en cuenta.

Los ejes en la financiación de la compra de Twitter

La fórmula elegida sería, por un lado, 25.500 millones de financiación en forma de préstamos de margen (12.500 millones) y deuda (13.000 millones) y un compromiso de capital de aproximadamente 21.000 millones por parte de Musk.

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Imagen: FT

Para empezar a entender la financiación de la operación el primer punto a tener en cuenta es que Elon Musk ha puesto, parcialmente, encima de la mesa su participación de Tesla que le sirve de garantía para el préstamo margen en el que han intervenido hasta doce entidades financieras. Una decisión que ha tenido una consecuencia directa para la cotización de la automovilística, con una pérdida de capitalización de 125.000 millones de euros tras caer un 12,18%.

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Esta modalidad de préstamo sirve para que, en una eventual crisis en la que Musk incumpliera, los prestamistas pueden vender suficientes acciones de Tesla en el mercado abierto sin problemas por la alta liquidez de sus títulos.

Siguiendo con la deuda asumida, se han comprometido a proporcionar 13.000 millones de dólares en financiación que se distribuyen de la siguiente manera:

  • Línea de crédito principal garantizada a término por un monto de capital total de 6.500 millones.
  • Línea de crédito principal garantizada renovable en un monto total comprometido de 500 millones.
  • Línea de crédito puente senior garantizada por un monto de capital agregado de hasta 3.000 millones.
  • Línea de crédito puente senior no garantizada por un monto de capital agregado de hasta 3.000 millones.

El asunto de los 21.000 millones que tiene que poner Musk no está muy claro. Podría vender parte de sus acciones en Tesla u otras acciones, lo que incurriría también le supondría asumir una abultada factura fiscal. Es posible que pueda financiar parte de utilizando la fórmula de préstamo margen en SpaceX y Boring.

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Inflación y mandato de los bancos centrales

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El panorama macroeconómico mundial se ha complicado enormemente en las últimas semanas. Apagar el fuego del disparado crecimiento de los precios requiere amplias y decididas medidas en política energética, de rentas, fiscal y monetaria. Precisará bastantes trimestres, tino en las acciones y suerte. Hasta ahora, la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra se han apuntado claramente a las trincheras de la batalla contra la inflación mediante subidas de tipos, retirada de estímulos y mensajes muy halcones. Aunque ya no descarta subidas de tipos y ha comunicado el fin de los estímulos pandémicos en unos meses, el Banco Central Europeo (BCE) es más cauteloso, a veces diplomático.

La inflación requiere que se ponga toda la carne en el asador. El BCE tiene un papel determinante para lograrlo. Su mandato le obliga. El ritmo e intensidad de las posibles subidas de tipos en la eurozona está por decidir. Se evidencia en las no perfectamente alineadas declaraciones de los dos máximos responsables del BCE, Lagarde y De Guindos. El emisor no puede pasarse de frenada y dar al traste con la recuperación. Tampoco puede permitir que la inflación se ancle en las expectativas generando una espiral precios-salarios. No actuar o quedarse corto puede empeorar la inflación. No hay que temer a actuar sobre los tipos. Se hizo con normalidad hasta la crisis de 2008. Todos los agentes y el mercado esperan que así se haga. Sería peor que los acontecimientos superaran la acción del BCE. Además, los tipos ya están subiendo en los mercados desde hace algún tiempo.

La subida de tipos es más efectiva con inflaciones derivadas de fuerte demanda, como ocurre, en mayor medida, en EE UU. También hay un componente de demanda en la eurozona, como empieza a reflejar la subyacente, pero pesa más la inflación por costes energéticos. Los crecimientos del PIB esperados este año lo demuestran. Es necesario apuntalar esa recuperación controlando los excesos inflacionarios. La elevación de los tipos coadyuvaría a otras políticas fiscales y de rentas. Habrá efectos, sobre todo en los endeudados, que habrá que evaluar. Pero, por ejemplo, las familias no pueden esperar pagar un 1% por una hipoteca si la inflación se mantiene por encima del 5% y da lugar a tipos reales “muy negativos”. Y las empresas no pueden seguir endeudándose con estos niveles de inflación sin que se refleje en su coste financiero nominal.

Todo lo que acontece —la mayor escasez— se debe reflejar en precios y costes, también financieros. Qué decir de la deuda soberana, gran fuente de preocupación. Será necesario un programa del BCE que permita las compras y evite que se disparen las primas de riesgo. Generaría fragmentación crediticia en la zona euro y otra espiral de problemas. Eso sí, con los incentivos correctos dentro del mandato del BCE, con un compromiso serio de los Estados para contribuir al control de la inflación y la sostenibilidad fiscal. La inflación no va a salir gratis a nadie.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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Accidentes de trabajo en España: señales de vuelta a la preocupante situación prepandémica

La discusión sobre los accidentes de trabajo (ATR) en España no se libra de la dificultad que lastra el debate público en torno a muchos asuntos de interés social general: la exposición y la interpretación de los datos sobre siniestralidad laboral adolecen a menudo de un sesgo de selección, de manera que los datos se escogen, presentan y explican utilizándolos más bien como elementos ilustrativos o confirmatorios de ideas previas (“pre-juicios”) que como piezas de evidencia fundamentales para describir y analizar una realidad compleja, que evoluciona por efecto de muchos factores y precisa ser entendida antes que reprobada o celebrada. 

Este sesgo da lugar a noticias que pueden resultar contradictorias, o cuando menos entorpecer que los ciudadanos conozcan y cobren conciencia del problema de la siniestralidad laboral en nuestro país. Por ejemplo, coincidiendo con la reciente publicación del informe de la Confederación Sindical de CCOO titulado Análisis de las estadísticas de accidentes de trabajo y enfermedades profesionales en España en 2021, dos medios de comunicación publicaron sendas noticias, en un caso llamando la atención sobre el aumento de los ATR en una determinada Comunidad Autónoma, y en otro, subrayando la reducción de los ATR mortales en el mismo territorio.[1] Aun siendo ambas informaciones ciertas, caben pocas dudas de que la lectura de sus titulares genera confusión sobre si, en cuestión de siniestralidad laboral, estamos mejorando o empeorando.

Lo primero que hay que dejar claro es que 2020 y 2021 son años atípicos por lo que se refiere a cualquier indicador relacionado con el empleo, también los que utilizamos para medir la incidencia de los ATR. Hacer afirmaciones fiables sobre la tendencia de los ATR en España requiere observar la evolución de estos indicadores durante el periodo previo a la pandemia, analizándolos en  el contexto europeo. 

De la Estadística Europea de Accidentes de Trabajo (EUROSTAT) se desprende que, en el año previo a la declaración de la pandemia, España encabezó la lista de países europeos ordenados por la incidencia de ATR no mortales con bajas de más de tres jornadas (Gráfico 1). En concreto, registró casi 3.700 accidentes por cada 100.000 trabajadores, superando a Francia (3.406) y Portugal (3.284). La posición de España no destaca tan negativamente cuando se comparan los índices de incidencia de ATR mortales entre los Estados miembros (Gráfico 1). Con 3,3 accidentes laborales mortales por cada 100.000 empleados, España registró en 2019 un índice más bajo que otros países, como Luxemburgo (5,2), Francia (4,8)  o Austria (3,5). No obstante, también este índice de incidencia le situó claramente por encima de la media de la Unión Europea. 


Lo cierto es que la evolución de los ATR en España durante la década previa al inicio de la pandemia justifica la preocupación. Mientras que entre 2010 y 2019 la media de la Unión Europea muestra una tendencia decreciente de los ATR mortales y no mortales, los datos correspondientes a España se desvían de ella (Gráfico 2). Por una parte, el índice de incidencia de ATR con resultado mortal empeoró desde 2010. En ese año coincidía prácticamente con la media de la Unión Europea (2,87 accidentes mortales por cada 100.000 trabajadores), mientras que en 2019 ambos índices aparecían ostensiblemente distanciados (España: 3,27; UE-27: 2,17). Por otra parte, la diferencia entre los índices de incidencia de ATR no mortales también se agrandó durante ese periodo en detrimento de España, que en 2019 año rozó los 3.700 ATR por cada 100.000 trabajadores, aproximadamente 2.000 por encima de la media de la Unión Europea (1.713).


La comparación de los datos españoles y europeos permite afirmar que España se encuentra en una peor posición que otros Estados miembros, mostrando, además, una incidencia de ATR más dependiente del ciclo económico (con  tendencia a aumentar en fases expansivas, y a reducirse en fases recesivas). 

¿Qué ha ocurrido durante los dos primeros años de pandemia? El Ministerio de Trabajo y Economía Social ofrece estadísticas de ATR en 2020 y 2021 que permiten responder a esta pregunta.[2]

En el primer año de emergencia sanitaria (2020), el índice de incidencia del accidentes en jornada de trabajo cayó un 19% (de 3.020 a 2.455 por cada 100.000 trabajadores). Especialmente brusca fue la caída en el sector de la construcción (de 6.688 a 5.804 por cada 100.000 trabajadores). A pesar de la fuerte reducción de la incidencia de ATR, el índice de ATR mortales creció de 3,01 a 3,5 por cada 100.000 trabajadores.

En el segundo año de emergencia sanitaria (2021) se produjeron movimientos en la dirección contraria: los índices de incidencia de ATR aumentaron en todos los sectores (si bien manteniéndose por debajo de los registrados en 2019), mientras que, también en todos ellos, descendieron los índices de ATR mortales (aun cuando en algunos sectores, como la industria o los servicios, permanecieron por encima de los registrados en 2019).  

Las series temporales de ATR por sectores productivos construidas a partir de los datos ofrecidos por el Ministerio de Trabajo y Economía Social muestran, entre otras cosas, que aunque entre los asalariados de los sectores de la industria y los servicios los índices de incidencia de accidentes en jornada de trabajo correspondientes a 2020 registraron los valores más bajos desde 2010, en los sectores de la construcción y  agrario no ocurrió lo mismo (en el de la construcción, los índices más bajos se registraron entre 2012 y 2016, y en el sector agrario entre 2010 y 2018) (Gráfico 3). Por otra parte, solo entre  los asalariados del sector agrario el aumento de la incidencia de ATR mortales en 2020 se tradujo en índices superiores a los registrados desde 2010. En definitiva, la pandemia y el despliegue de medidas para combatirla provocaron cambios muy significativos en materia de siniestralidad laboral, pero no todos ellos “sin precedentes”. 


Con la recuperación de la producción económica y del empleo, la incidencia de los ATR vuelve aproximarse a la observada antes de la pandemia. Los datos de enero y febrero de 2022, disponibles en avance, muestran un fuerte aumento del número de ATR en jornada (respecto a los mismos meses de 2021) (Gráfico 4). En concreto, en esos dos primeros meses de 2022 han aumentado un 14% (de 70.672 a 80.236), acercándose a la cifra absoluta registrada en enero y febrero de 2020, los dos meses anteriores a la declaración de la pandemia (81.534). Mayor todavía ha sido el aumento en los ATR mortales, cuyo número creció en enero y febrero de 2022 un 31% respecto a los mismos meses del año anterior (de 90 a 118), superando incluso la cifra observada en enero y febrero de 2020 (96). Si, en lugar de las cifras absolutas de ATR, se presta atención a los índices de incidencia, se aprecia de manera todavía más clara el crecimiento de la siniestralidad laboral en los primeros meses de 2022 (concentrado en los sectores de la construcción y agrario).


Ha transcurrido muy poco tiempo desde la aprobación de la nueva reforma laboral, de manera que cualquier valoración sobre sus efectos debería hacerse con mucha cautela. Pero, de momento, los datos de ATR de enero y febrero de 2022 no ofrecen respaldo al extendido argumento según el cual la disminución de la temporalidad del empleo (o precariedad) contribuiría a reducir, decisivamente, los accidentes laborales. Los datos que se irán conociendo a medida que avance 2022 permitirán averiguar si la nueva normativa ayuda a conseguir el objetivo, a buen seguro compartido por toda la sociedad española, de reducir la elevada siniestralidad laboral en nuestro país. 


[1] Los titulares de las noticias son los siguientes: “CCOO denuncia que los accidentes laborales en Cataluña crecieron un 21% en 2021” (La Vanguardia, 21/04/2022) y “Los accidentes de trabajo mortales se redujeron un 14,8% en Catalunya en 2021, según CCOO” (Europa Press, 21/04/ 2022).

[2] Las estadísticas de 2021 solo están disponibles en formato de “avance”. Téngase en cuenta que las series temporales que ofrece el Ministerio de Trabajo y Economía Social no coinciden exactamente con las que proporciona Eurostat para España. Por ello, en esta nota se utilizan por separado, indicando siempre la fuente de procedencia de los datos para evitar confusiones.

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Los préstamos de estudios de EEUU quedaron en Stand-by y su reactivación amenaza la economía

Una medida poco conocida del paquete de estímulo de la administración Trump para fomentar la economía con las cuarentenas relacionadas con la Covid19, fue poner en pausa los préstamos de estudios. Esto era una medida más**. Dejemos que los graduados universitarios no tengan esta carga en un momento en el que pueden haber perdido su trabajo** y no tener facilidades de obtener empleos nuevos.

Esta medida supuso un incremento del coste financiero del Gobierno Federal, pero también un alivio a millones de personas que se han visto libres de estas deudas. Incluso puede que haya tenido que ver con la Gran Renuncia laboral por la cual millones de personas dejaron sus empleos. Pero la gran pausa está a punto de finalizar, y la puesta en marcha puede ser problemática.

Los préstamos de estudio de EEUU

Student Loan Usa

Los estadounidenses deben aproximadamente el PIB de España sólo en préstamos de estudios. Uno de cada seis adultos en EEUU tiene un préstamo de estudios con una media de 30.000-37.000 dólares. Pero hay quién debe mucho más, tal vez 65.000 o 90.000 (por ejemplo alguien que haya obtenido un postgrado poco después de graduarse.

Los préstamos de estudios no se tratan directamente con el gobierno federal, sino con una institución financiera que los gestiona en su lugar. Con lo cual funcionamiento es un poco complejo dado que el gobierno no acaba de tener el detalle de cuánto ha tomado prestado cada persona, y lo bien que está respondiendo a sus préstamos.

Se ha discutido largo y tendido sobre si existe una burbuja o no de préstamos de estudios. Hay opiniones de ambos tipos, pero lo cierto es que los préstamos de estudios se siguen demandando y concediendo.

Sobre los préstamos de estudio se ha dicho que el dinero puede acabar haciendo la vida muy complicada a los que pidieron dinero, especialmente si no han sido capaces de tener unos ingresos que les permitan devolver los préstamos. Pero hoy no estamos hablando de estas personas, sino en general de aquellos que más o menos estaban siendo capaces de devolver sus préstamos.

La gran pausa

Graduates Usa

Durante la cuarentena se quiso facilitar a los norteamericanos que tienen esta deuda la posibilidad de poner en pausa, o dejar de devolver estos préstamos. Se puso en pausa la devolución. Esta pausa ha tenido seis extensiones, la última la de la administración Biden que la ha extendido hasta el 31 de agosto de 2022.

Esto es una especie de subvención a aquellos que tienen estudios universitarios, dado que ni siquiera están generando intereses. El coste ha sido aproximadamente de 100 millones para el gobierno federal, y se puede considerar que el deudor americano ha recibido alrededor de 5.000 dólares sólo por los intereses que ha dejado de pagar.

Pero es posible que esto finalice. Por un lado ya no quedan apenas medidas restrictivas al respecto de la propagación de la Covid19, por otro lado la economía se ha expandido. Incluso se ha recuperado a tal punto en el que la economía va a requerir subidas de tipos de interés para frenar la inflación.

Pero ¿qué han hecho la mayor parte de los deudores? Pues han empezado a emplear el dinero que dedicaban a pagar sus préstamos universitarios a otras cosas. Tal vez en ahorrar para jubilarse, tal vez para casarse, tal vez para tener unos ahorros, tal vez para financiar los gastos de tener un nuevo hijo, tal vez para darse caprichos o para devolver otros préstamos. Pero también están los que han aprovechado para endeudarse más.

Tengamos en cuenta que los préstamos de estudios pueden ser perdonados tras un periodo de 20-25 años. Por lo que si quedan pocos años, es posible que algunos prestatarios se digan ¿para qué preocuparse?

La vuelta a la normalidad

Graduation Usa 2

Pronto se acabará la pausa y tocará volver a devolver los préstamos de estudios. El fin de la pandemia se puede considerar que ha llegado ya, con lo cual no tienen sentido las medidas de alivio financiero. Además, a medida que la Reserva Federal deja de imprimir dinero, comienza a haber interés en dejar de subvencionar a los que de media son los más ricos de su generación.

La vuelta a la normalidad no va a ser suave. Muchas personas se han olvidado de su préstamo de estudios o de características del mismo, a lo que hay que unir el problema mencionado anteriormente de ser gestionados por empresas en nombre del gobierno. No tienen muy claro cuánto van a tener que devolver, que tipo de interés les aplica o el password de su cuenta. Es posible incluso que al haber usado el e-mail de su universidad de la que ya se graduaron, las empresas tengan problemas para ponerse en contacto. Otros puede que hayan cambiado su número de teléfono.

Es decir, es muy probable que haya impagos, intencionados o no, de los préstamos de estudios de EEUU. Estos suman aproximadamente 1.5 billones de dólares en total. Dependiendo de lo ordenada o no que sea esta vuelta a la normalidad, lo preparados o no que estén los deudores y los prestamistas, puede que tengamos o no una sorpresa en el sistema financiero de la economía más grande del mundo.

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Las guerras como destrucción económica: esto nos dice la historia de la destrucción del PIB ante un conflicto bélico

La guerra en Ucrania ya va para dos meses de duración y no tiene visos de acabar a corto plazo. La situación está enquistada y Rusia sigue intentando, cada vez con más brutalidad y destrucción, derrocar al gobierno ucraniano.

Así, esta situación, en la que el país está siendo prácticamente destruido y ha provocado un éxodo masivo de sus habitantes, hará que su economía caiga de forma dramática. Según el Banco Mundial, el PIB de Ucrania se hundirá este 2022 un 45,1%, es decir, casi la mitad.

Por su parte, Rusia, país invasor, retrocedería más de 11%, aunque ya se encuentra en recesión. En su caso, esta caída tiene que ver con las sanciones que Europa le ha impuesto para estrangular su economía.

Por lo tanto, vemos cómo a toda la desolación que ya de por sí deja un conflicto bélico, se suma la ruina económica. Algo que ha pasado en el resto de grandes guerras de la historia.

¿Cuánto sufre una economía en guerra?

España sabe bien lo que sucede en una situación así, pues la Guerra Civil española hizo estragos en su economía, que por cierto ya venía bastante tocada. Precisamente, esta cifra se ha recordado hace poco por la crisis desatada por el COVID.

En 2020 el PIB de España cayó más de 10%, el mayor descenso desde la Guerra Civil. Si bien quedó a bastante distancia, pues el año en que estalló el conflicto, 1936, el PIB se desplomó un 26%. Se estima que en los tres años que duró la guerra la economía cayó alrededor de un 30%.

Veamos la I Guerra Mundial, que fue básicamente una guerra económica. Duró cuatro años (1914-1918) y hubo países que vieron crecer su economía en el periodo y otros, justo lo contrario. Los aliados aumentaron su PIB (Gran Bretaña, Italia y Estados Unidos), pero las potencias centrales y los países neutrales sufrieron un duro revés (Imperio Otomano, Austria...), aunque hubo algunos aliados que también salieron perdiendo, como Rusia y Francia.

Aunque la peor parte se la llevó Alemania. No hay cifras oficiales acerca de la caída del PIB en su caso, pero se sabe que la deuda del país (por el gasto de la contienda) se disparó desde los 5.000 millones de marcos en 1914 a los 156.0000 millones de marcos en 1918.

La II Guerra Mundial, evidentemente, empeoró la cosa. Si bien Alemania venía de una época económica dorada, pues el régimen nazi logró que el PIB aumentará un 50% y acabó con el desempleo, pero la guerra hizo que cayera lo máximo en su historia. Se estima que alrededor del 33%, pero logró una rápida recuperación que hizo que el país sea uno de los más estables económicamente de Europa.

Japón fue otro de los grandes golpeados por la II Guerra Mundial. Tampoco hay una cifra oficial de la caída del PIB, pero en el segundo trimestre de 2020 se contrajo la economía más de 27%, la mayor caída desde 1945.

Cifras similares a las que registró Estados Unidos en su Guerra de Secesión, que duró de 1861 a 1865. Ya en 1861 se registró una recesión del 14,5%, según la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER, por sus siglas en inglés), la cual se fue al 23% entre 1865 y 1867.

Por lo tanto vemos que, a pesar de que hablamos de grandes guerras, Ucrania va a salir más afectada de este conflicto que el resto de países. Un palo del que tardará mucho en recuperarse. Más cuanto la guerra se prevé larga.

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