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La industria registra una mayor actividad en mayo, pero queda mucho por recuperar

La producción industrial se recupera en mayo, lo que indica que se ha tocado fondo, pero la caída interanual es mayor a la registrada en marzo (24,5% frente al 14,1%). La reactivación de la industria está siendo lenta en España y en Europa (Alemania disminuye su producción industrial anual un 23,2% y Francia un 23,7%). Los sectores con mayor peso en la industria española todavía muestran una posición muy débil. La fabricación de vehículos, partes y componentes registra una reducción en la producción anual del 60,6%.

En mayo el índice de producción
registró un incremento mensual del 14,7% (según los datos corregidos de
estacionalidad y calendario que ofrece el INE), siendo este avance es el más
elevado desde que se tienen registros. Pero este no debe ser el titular puesto
que se está comparando con abril cuando se paralizó la economía[1]
para
minimizar la movilidad y ser más efectivos en la lucha contra el Covid-19. Por
supuesto, el cambio de tendencia es muy relevante e indica que la industria ya
ha tocado fondo. Sin embargo, queda mucho por recuperar hasta volver a los
niveles previos a la pandemia, ya que la producción industrial ha caído en mayo
un 24,5% anual.

En realidad, no es extraño que en mayo todavía se haya anotado una caída en la producción anual; lo preocupante es la magnitud de dicha caída. La comparación con lo ocurrido en el mes de marzo aporta claves significativas puesto que en estos dos meses no se prohibió ninguna actividad industrial. En cuanto al confinamiento, es cierto que en mayo fue durante más tiempo (la Comunidad de Madrid o Barcelona, por ejemplo, estuvieron en fase 0 hasta el 25 de mayo), pero fue más suave, ya que permitía algunas salidas de la población o la apertura de comercios. Aún así, el ajuste del 24,5% es muy superior al registrado en marzo que (con la última revisión realizada en el INE) se situó en un 14,1%. Un cálculo burdo, pero orientativo, sugiere que en marzo cada semana de confinamiento mermó la producción industrial anual un 7,05%; mientras que en mayo cada semana de confinamiento ha supuesto un descenso medio en la producción industrial anual del 8,2%. En definitiva, este primer elemento de análisis pone de manifiesto la dificultad que supone el retorno a los niveles de actividad previos a la pandemia.

El objetivo de
este artículo es comprobar, por una parte, si el retorno a la producción
cotidiana en otros países está siendo igual de lenta y, por otra parte, si en
la industria española todas las actividades están recuperando la rutina al
mismo ritmo.

En el análisis de la producción industrial de marzo se comprobó que el descenso en España estaba en línea con lo ocurrido en otros países de su entorno e incluso era ligeramente inferior[2]. Además, se apuntó que el fuerte descenso en la producción italiana en marzo (cercano al 30% anual) era un adelanto de lo que se vería en abril en España, Francia o Alemania, ya que las medidas de confinamiento se adoptaron más tarde. Los datos han confirmado esta previsión y como se puede observar en el Gráfico 1 las caídas en abril fueron efectivamente muy intensas. El aspecto positivo es que, en mayo, los cuatro países han frenado esa tendencia descendente. Además, Italia está reactivado rápidamente su industria, ya que registra una caída anual de “tan solo” el 20,3% frente los retrocesos de Alemania, Francia y España del 23,2%, 23,7% y 24,5%, respectivamente. Luego, si se asume que Italia muestra cierto adelanto en los efectos económicos provocados por la pandemia, se debe esperar que el ritmo de recuperación en la producción industrial de los otros países se fortalecerá a medida que pasen las semanas.

No obstante, esta comparación internacional descubre un punto de preocupación para la industria española puesto que en mayo presenta una recuperación más pausada que sus vecinos europeos, si bien este perfil puede ser solo reflejo de la desescalada más temprana en Francia y en Alemania.

Gráfico 1

Fuente: Elaboración propia a partir del IPI (Eurostat).

El segundo foco de atención es el examen de la evolución seguida en España por los distintos sectores industriales. En particular, el análisis más desagregado se centra en las manufacturas no solo porque aportan el 80% de la producción industrial sino porque en mayo el ajuste de la producción anual ha alcanzado el 26,5%. En cambio, el sector energético[3] muestra una disminución de la producción anual del 15,4% motivado, en gran medida, por la debilidad de la actividad en las manufacturas (más intensivas en energía que otras actividades de servicios).

El Gráfico 2 representa la variación porcentual en mayo y marzo en los sectores manufactureros[4]. Para interpretar el gráfico cuanto más a la izquierda y más abajo se encuentre el sector mayor es la caída en la producción en mayo y marzo, respectivamente; y cuanto mayor es el tamaño de la burbuja mayor es el peso del sector en la industria española. En el panel A se representan los sectores con descensos en mayo inferiores a la media industrial (24,5%); mientras que en el panel B se representa los sectores que han reducido su producción anual más del 25%. Comparando el comportamiento de todos los sectores y las escalas de los dos gráficos, se confirma que los sectores que más rápido están retomando la actividad son aquellos que menos sufrieron los efectos negativos en marzo.

Comenzando el análisis por el panel A, llama la atención el comportamiento de los productos farmacéuticos, que aumentaron su producción en marzo por motivos obvios; sin embargo, en mayo registran una contracción en la producción anual del 20,3%. En el caso de los productos químicos (que incluyen toda clase de geles desinfectantes) la reducción de mayo ha sido bastante más pausada (11,3%). El sector de alimentación prácticamente mantuvo su producción al inicio del confinamiento debido a un efecto rebote en las compras de los hogares que compensó la suspensión de la actividad en el canal HORECA (hostelería, restaurantes y cafeterías). No obstante, en mayo ese efecto rebote ha desaparecido y ya registra un retroceso del 10,8%. La escasa actividad en el sector de la hostelería también explica la fuerte disminución en la producción anual del sector de bebidas (el 23,4%). Por último, el grupo de los sectores que están en la parte inferior del gráfico están mostrando un retroceso en mayo similar al observado en marzo, entre el 15% y el 20%.

Gráfico 2

Nota: La dimensión de la burbuja indica el peso en el IPI, variaciones en %.


Fuente: elaboración propia a partir de IPI (INE).

En el panel B, la
situación es algo más preocupante puesto que todos los sectores ya habían
registrado caídas importantes en marzo y solo dos de ellos han disminuido estos
ajustes en mayo. Estos sectores son la fabricación de productos metálicos
y otro material de transporte lo que, en cierta medida, es lógico que
sean los que más rápido están retomando la actividad pues se utilizan como inputs
en la fabricación de otras manufacturas. En el extremo opuesto se encuentra la confección
que está reduciendo su producción anual a un ritmo del 80% (en abril lo hizo al
77,2% y en marzo al 32,1%). Este sector representa en torno al 1% del IPI, pero
si se consolida con el sector textil (en mayo ha retrocedido un 35,1% anual) surge
la alerta sobre la difícil situación que atraviesa la industria relacionada con
la moda en España. De hecho, parte de esta adversa situación se explica por la
elevada dependencia de producciones en mercados lejanos (China, pero también
otros como Bangladesh o Vietnam). Por ello, este sería un buen momento para
replantearse por parte de las empresas la estrategia de deslocalización masiva,
pero también por parte de la Administración cuya actuación sería fundamental para
contribuir no solo a la asistencia de este sector sino a mejorar el medio
ambiente y la sostenibilidad.

Pero, de nuevo,
el sector de fabricación de vehículos, partes y componentes es el que más está
acusando los efectos del parón económico inducido por la pandemia. Si en marzo
la disminución en su producción fue superior al 40%, en mayo el retroceso
respecto a mayo de 2019 ha sido del 60,6%. Aunque el 11 de mayo retomaron la
actividad las últimas factorías fabricantes de vehículos que quedaban cerradas
(a excepción de la factoría de Nissan en la zona Franca de Barcelona), lo
hicieron a un nivel de capacidad muy bajo para adaptarse a las nuevas medidas
de seguridad. Por ello, este ajuste tan intenso indica que las empresas
fabricantes están muy lejos de alcanzar su producción habitual. La aprobación
del Plan Renove 2020 y, en general, el Plan de Impulso a la Cadena de Valor de
la Industria de Automoción aprobado en el RD-ley 25/2020 de medidas urgentes
para apoyar la reactivación económica y el empleo (3 de julio) contribuirán sin
duda a mejorar esta situación.

En conclusión, las manufacturas españolas todavía están produciendo a medio gas, esperando a que se reactive la demanda. Pero teniendo en cuenta la estacionalidad de la producción de los sectores manufactureros (con una reducción de la actividad en los meses estivales) y la extensión de los ERTEs hasta finales de septiembre, todo hace pensar que las manufacturas van a seguir con un ritmo lento de retorno al nivel de producción previo a la pandemia.


[1]
Se estableció un permiso retribuido recuperable para
las personas trabajadoras por cuenta ajena que no prestasen servicios
esenciales (RD-ley 10/2020, de 29 de marzo, y RD-ley 11/2020, de 31 de marzo).
Esto supuso que la actividad industrial no esencial se paralizó dos semanas,
del 30 de marzo al 12 de abril.

[2]
“El freno industrial durante marzo es intenso, pero menor al observado en
Europa”, M.J. Moral entrada publicada en FuncasBlog el 18 de mayo de 2020.

[3] En sentido amplio se incluye el “suministro de energía eléctrica, gas, vapor y aire acondicionado” y el “suministro de agua, actividades de saneamiento, gestión de residuos y descontaminación” y representan el 19,3% del IPI.

[4] Desagregados a dos dígitos CNAE. El INE no aporta datos de la industria del tabaco (que no se representa) ni de la participación en el IPI del sector textil (pero a partir de datos de VAB se asume un peso del 2,9%).

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fin-del-modelo-exportador

Fin del modelo exportador

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Una de las principales diferencias entre esta crisis y la que se desató hace una década como consecuencia de los desajustes estriba en el contexto internacional. Tras una contracción en 2009, el comercio mundial de bienes y servicios se recuperó y mantuvo una senda expansiva incluso durante los periodos de tensión sobre la solvencia de nuestro país, en 2011-2012. Todo ello, junto con la mejora de la posición competitiva de las empresas, explica que el sector exterior jugara un papel transcendental en la recuperación, tanto en España como en el resto de la eurozona. Así es como la eurozona ha pasado a ostentar el récord mundial de excedente externo, superando incluso a China.

Gráfico 1

Pase el ratón por las series para conocer los datos.

Pero las tornas han cambiado con la pandemia. La crisis ha agudizado las tensiones proteccionistas entre EE UU y China, mientras que se intensifica el giro en la globalización, por la relocalización de la producción de bienes y servicios considerados como estratégicos, desde países que no presentan garantías de seguridad para los suministros. A esas tendencias previas a la crisis se añaden otras inéditas como el hundimiento del turismo internacional, uno de los pulmones de nuestra economía.

Gráfico 2

Pase el ratón por las series para conocer los datos y haga scroll vertical para ampliar el zoom.

Por otra parte, parece muy improbable que las economías que nos garantizaban jugosos excedentes estén en condiciones de seguir tirando de nuestras exportaciones. Las persistentes incertidumbres en torno al Brexit, junto con la profunda recesión que golpea a Reino Unido, amenazan con hacer tambalear una de las principales fuentes de ingresos para las empresas internacionalizadas. EE UU, otro país con el que mantenemos importantes excedentes, se enfrenta a perspectivas económicas ensombrecidas por los rebrotes víricos. Además, el excedente europeo está en el punto de mira de la administración americana, dispuesta a imponer nuevas sanciones a los productos europeos en cuanto se presente la ocasión. Si bien el candidato demócrata muestra una actitud menos beligerante, un fuerte giro en la política comercial con respecto a los países que más han aprovechado la expansión del mercado americano es poco probable.

Además, la covid-19 se está ensañando con la mayoría de países latinoamericanos, agravando una crisis larvada y que amenaza con desestabilizar a toda la región. Solo en abril, las importaciones latinoamericanas se redujeron un 18%, la caída más intensa entre todas las regiones. África podría conocer la misma suerte a medida que la pandemia se extiende por el continente.

«La recuperación dependerá de la potencia de los estímulos monetarios y fiscales y de la capacidad de los Gobiernos para revertir el pesimismo que se ha extendido entre las familias y las empresas».

Raymond Torres

Parece, por tanto, que en esta crisis la recuperación se tendrá que asentar en los motores internos de crecimiento. La buena noticia es que, en esta ocasión, el BCE ejerce un papel muy destacado manteniendo condiciones de financiación ventajosas para los Estados, y apoyando el crédito al sector privado. Y el reciente acuerdo europeo para la recuperación muestra que Bruselas ha pasado de ser un problema a reconocer la importancia de poner en marcha una política fiscal europea que no sea la mera suma de las políticas emprendidas por cada país.

La mala noticia para la economía es que el consumo, tras un cierto rebote coincidiendo con el final del confinamiento, avanza con lentitud ante el miedo de las familias a un rebrote generalizado y a perder el empleo. Prueba de ello, el indicador europeo de confianza de los consumidores se estancó en julio, manteniéndose en terreno netamente negativo. En el caso de España, los índices de confianza se sitúan incluso ligeramente por debajo de la media europea, algo lógico habida cuenta de los niveles de paro arrastrados con anterioridad a la crisis.

En suma, ante un contexto externo tan deteriorado e incierto, la recuperación dependerá de la potencia de los estímulos monetarios y fiscales y de la capacidad de los Gobiernos para revertir el pesimismo que se ha extendido entre las familias y las empresas. Aquí influyen factores psicológicos y que atañen a la impredecible evolución de la pandemia. Pero la previsibilidad de la política económica, y su adaptación a las circunstancias, también pueden impulsar la confianza de manera determinante.

Fuentes de los gráficos: Eurostat, Banco de España y Funcas.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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La insoportable levedad del índice de presión fiscal

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El
Gobierno planea subir los impuestos apoyándose fundamentalmente en el argumento
de que España presenta una presión fiscal más reducida que la media europea. En
concreto, según Eurostat, en torno a
5 puntos respecto al promedio de la UE-28. Efectivamente, de todas las formas
posibles de medir la carga impositiva, la más conocida es la presión fiscal
(PF),definida como el ratio entre
recaudación (T) y producto interior bruto (PIB). Su cálculo facilón,
conjuntamente con la escasa información que requiere su cómputo, hace que este
indicador sea, con diferencia, el más utilizado en la valoración de los
sistemas fiscales, especialmente para hacer comparaciones internacionales. Sin
embargo, popularidad no implica robustez, el índice de presión fiscal es un
índice impreciso, poco informativo y de una utilidad muy limitada para realizar
prescripciones de política fiscal. Entre sus limitaciones cabe mencionar que sólo
informa, y de manera imperfecta, del nivel de imposición, pero nada dice de la
composición del sistema fiscal que genera esa recaudación ni de cómo se
distribuye la carga fiscal entre los contribuyentes. Asimismo, tampoco tiene en
cuenta el esfuerzo que requiere la generación del PIB. Una misma presión fiscal
puede exigir sacrificios fiscales muy distintos. Por ejemplo, si se aplicase la
presión fiscal de Dinamarca (45,4%) a España, el esfuerzo fiscal exigido a los
españoles sería mucho más elevado: los daneses tienen una renta per cápita de
51.600 euros anuales mientras que la renta per cápita española es menos de la
mitad (24.000 euros). Es decir, presión fiscal y esfuerzo fiscal son dos
conceptos diferentes. Por eso, si las desigualdades económicas entre países
preocupan, el índice de presión fiscal como indicador impositivo es muy
deficiente.

La crítica al índice de presión fiscal no es su cómputo en sí, sino el obsesivo uso que se le está dando convirtiéndole en el elemento esencial, casi único, sobre en el que el descansa el debate actual de la reforma fiscal. Aun siendo útil, su protagonismo es desproporcionado. Un análisis riguroso de los sistemas fiscales requiere de la aplicación de técnicas estadísticas, econométricas y de modelización matemática mucho más elaboradas que el simple cociente de dos macromagnitudes, como son la recaudación y el PIB. La presión fiscal ni mide cuestiones distributivas, ni aspectos de eficiencia económica ni consideraciones de bienestar social. No obstante, si deseamos seguir utilizando el índice de presión fiscal como medida relativa de recaudación, debería acompañarse de otros índices agregados que complementan  y mejoran la fotografía de la carga fiscal relativa que suponen los impuestos a la sociedad. Entre ellos, destacan los índices de sacrificio fiscal propuestos hace más de medio siglo por Henry Frank y Richard Bird. Estos índices de sacrificio fiscal además de tener en cuenta la recaudación y el PIB, consideran también el tamaño poblacional y la renta per cápita. Es decir, los índices de sacrificio fiscal relacionan la recaudación con la capacidad económica de los contribuyentes, enriqueciendo el análisis. La simplicidad de su cálculo hace difícil entender por qué nunca se suministran conjuntamente con la presión fiscal. El cuadro 1 suministra esa información para los 20 principales países de nuestro entorno. Como puede verse, aunque la presión fiscal española (35,74%) ocupa el puesto 15, el sacrificio fiscal que se exige a los españoles está muy por encima del exigido a la mayoría de los contribuyentes de los 20 países analizados. Dependiendo del índice utilizado, España ocupa el cuarto o quinto puesto en sacrificio fiscal. Sólo Italia, Grecia y Portugal exigen un esfuerzo fiscal mayor a sus contribuyentes, lista a la que habría que añadir Francia si se utiliza el índice de Frank. Llama la atención el caso de los países nórdicos, considerados paradigma del Estado del Bienestar, que a pesar de tener altos niveles de presión fiscal exigen un sacrificio fiscal a sus contribuyentes mucho más bajo que el español. La razón es que estos países tienen una población altamente productiva con una renta per capita elevada —Suecia: 43.300; Noruega: 57.700; Dinamarca: 51.600; Finlandia: 41.200—, frente a una renta per capita española de 24.200 euros. Este es el caso también de países como Alemania (40.300) o Irlanda (49.300).

Cuadro 1

NIVELES Y RANKINGS RELATIVOS DE PRESIÓN Y ESFUERZO FISCAL ACTUALES*

Países de Europa, EE.UU. y Japón


  Presión Fiscal Esfuerzo Fiscal**
      Índice de Frank Índice de Bird
Pais Valor Ranking Valor índice Ranking Valor índice Ranking
Grecia 0.4107 11 26.276 1 25.383 1
Portugal 0.3653 13 20.273 2 17.957 2
Italia 0.4291 5 16.171 3 16.107 3
Francia 0.4707 1 13.946 5 14.997 4
España 0.3574 15 15.137 4 13.418 5
Bélgica 0.4621 2 12.028 6 12.721 6
Austria 0.4384 4 10.658 7 10.767 7
Finlandia 0.4249 8 10.645 8 10.503 8
Alemania 0.4190 9 10.495 9 10.322 9
Suecia 0.4290 6 10.000 11 10.000 10
Dinamarca 0.4546 3 0.8856 15 0.9262 11
Reino Unido 0.8850 16 10.306 10 0.8850 12
Luxemburgo 0.4149 10 0.8947 14 0.8689 13
Países Bajos 0.3815 12 0.9074 13 0.8316 14
Japón 0.3377 17 0.9149 12 0.8005 15
Noruega 0.4281 7 0.7376 16 0.7397 16
Islandia 0.3594 14 0.6629 17 0.5924 17
Irlanda 0.2186 20 0.6051 18 0.3652 18
EEUU. 0.2505 19 0.4673 19 0.3543 19
Suiza 0.2881 18 0.4295 20 0.3392 20

* Cálculos realizados por los autores a partir de la noción de presión fiscal y de los conceptos de sacrificio fiscal de Henry Frank (1959) y Richard Bird (1964). Cálculos realizados a partir de los datos de la Comisión Europea (Economic and Financial Affairs).
** Esfuerzos fiscales normalizados respecto al esfuerzo fiscal de Suecia (esfuerzo mediano).

¿Podríamos mejorar la noción de presión fiscal para saber si los impuestos son altos o bajos? ¿Es posible incorporar en su cómputo la capacidad económica de los ciudadanos? La respuesta es afirmativa: a través de la “presión fiscal equivalente en esfuerzo fiscal”. Aplicado a nuestro país, este índice identificaría la presión fiscal que debería tener España para que el esfuerzo fiscal de los españoles igualase al de sus vecinos. El cuadro 2 contiene las presiones fiscales equivalentes para España respecto al conjunto de los países considerados. Como ilustración, si, por ejemplo, quisiésemos que los españoles soportasen el mismo esfuerzo fiscal que los suecos, la presión fiscal española no debería subir, si no todo contrario, debería bajar en 9,1 puntos de presión fiscal hasta colocarse en el 26,63%. El resto de las cifras hablan por sí solas y permiten concluir que la presión fiscal española, una vez que se ajusta por esfuerzo fiscal, está entre las más altas de su entorno. Sirvan estas reflexiones para advertir que el uso irreflexivo que se está dando al índice de presión fiscal conduce a la prescripción de políticas peligrosamente erróneas, especialmente en una recesión económica como la que estamos viviendo. El diseño de la política fiscal no debe sustentarse en índices agregados con escasa capacidad informativa, sino que debe apoyarse en el análisis económico riguroso, tanto macro como microeconómico.

Cuadro 2

PRESIÓN FISCAL EQUIVALENTE DE ESPAÑA AL ESFUERZO FISCAL DE LOS PAÍSES DE SU ENTORNO*


País Presión Fiscal equivalente variación % Variación puntos
Grecia 0.6760 89.2% 31.86
Portugal 0.4782 33.8% 12.09
Italia 0.4290 20.0% 7.16
Francia 0.3994 11.8% 4.21
Bélgica 0.3388 -5.2% -1.86
Austria 0.2868 -19.8% -7.06
Finlandia 0.2797 -21.7% -7.76
Alemania 0.2749 -23.1% -8.25
Suecia 0.2663 -25.5% -9.10
Dinamarca 0.2467 -31.0% -11.07
Reino Unido 0.2357 -34.0% -12.17
Luxemburgo 0.2314 -35.2% -12.59
Países Bajos 0.2215 -38.0% -13.59
Japón 0.2132 -40.3% -14.42
Noruega 0.1970 -44.9% -16.03
Islandia 0.1578 -55.8% -19.96
Irlanda 0.0973 -72.8% -26.01
Estados Unidos 0.1462 -59.1% -21.11
Suiza 0.0903 -74.7% -26.70

* Cálculos realizados por los autores. El índice de referencia de esfuerzo fiscal es el índice Bird.

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Presupuestos de crisis

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El fondo europeo de recuperación está acaparando buena parte del debate, con la cuestión de una hipotética condicionalidad como principal punto de enfrentamiento. Sin embargo, para el futuro de la economía española, éste será sin duda un asunto menos relevante que la evolución de nuestros propios presupuestos, la puesta en marcha de reformas que respondan a los desequilibrios económicos y sociales que arrastra el país, y el mantenimiento de las actuales condiciones de financiación facilitadas por el BCE.

Gráfico 1

Fuente: Banco de España y Funcas (previsiones).

Bienvenido sea el plan de inversiones, especialmente si se llegara a aprobar una versión no muy distante de la iniciativa de la Comisión (Next Generation EU). Según las estimaciones de Bruselas, la eurozona corre el riesgo de enfrentarse a un giro hacia la “austeridad” a partir del 2021. El cese prematuro de los estímulos por parte de los Estados generaría un abultado e indeseable superávit estructural, un resultado contraproducente en plena crisis que frustraría el rebote esperado de la actividad. Esto es porque no se puede esperar un fuerte tirón del sector privado, en situación de extrema fragilidad por el contexto de gran incertidumbre creado por la pandemia.

«Los PGE doblemente prorrogados están muy alejados de las necesidades de la era postcovid. la prioridad debería ser, por tanto, una política fiscal renovada y que apoye la coyuntura, además de estar diseñada en coherencia con las hipotéticas ayudas europeas».

Raymond Torres

Sin embargo, aunque los 750.000 millones prometidos se materializaran, el impulso fiscal sería todavía insuficiente para contrarrestar la inercia recesiva. En el mejor de los casos, es decir si los países frugales no lograran imponer su visión, y que los fondos se desembolsaran con celeridad, el estímulo equivaldría al 1,2% del PIB europeo, un punto menos de lo que sería necesario para que la política fiscal siguiera aportando actividad, en vez de drenarla como anticipa la Comisión. Además, la eficacia de las ayudas europeas será proporcional a su complementariedad con la política económica española —y por supuesto la capacidad de gestión de los programas europeos por parte de la administración—. Los PGE doblemente prorrogados están muy alejados de las necesidades de la era postcovid (preponderancia del gasto corriente y de transferencias, con respecto a la inversión, empezando por la sanidad; ausencia de instrumentos efectivos de recolocación de parados, por ejemplo). El riesgo inmediato sería un fuerte repunte del paro, algo que constreñiría aún más la demanda, además de agravar los desequilibrios sociales. A más largo plazo, se trata de generar una capacidad propia de respuesta a los planes europeos de inversión en energías renovables y tecnología digital. Todo un reto.

Para España la prioridad debería ser, por tanto, una política fiscal renovada y que apoye la coyuntura, además de estar diseñada en coherencia con las hipotéticas ayudas europeas. Según el consenso de Funcas, ningún analista aboga por unos presupuestos restrictivos para los próximos meses, y una mayoría considera que no se deberían adoptar medidas de reducción del déficit estructural antes de 2022.

«Las reformas son ya inaplazables. Los males crónicos de la economía española, como las carencias inexplicables del sistema educativo, la elevada temporalidad del empleo o una fiscalidad incapaz de generar recursos suficientes, erosionan la eficacia de los estímulos fiscales, además de lastrar la productividad y agravar las desigualdades».

Raymond Torres

Esto es posible porque se prevé el mantenimiento de las actuales condiciones de financiación del déficit, gracias a los programas de compra de deuda del BCE. Entre marzo y finales de junio, es decir un periodo que cubre aproximadamente el estado de alarma, el Tesoro Público colocó en los mercados nada menos que 140.000 millones en títulos de deuda. Esto es un resultado colosal, que equivale al 73% del total de deuda emitida en todo el año pasado. Las últimas emisiones muestran que las condiciones han mejorado (la rentabilidad del bono español a 10 años se ha reducido significativamente hasta niveles cercanos al 0,4%, mientras que la prima de riesgo se recorta hasta menos de 90 puntos).

Por otra parte, las reformas son ya inaplazables. Los males crónicos de la economía española, como las carencias inexplicables del sistema educativo, la elevada temporalidad del empleo o una fiscalidad incapaz de generar recursos suficientes, erosionan la eficacia de los estímulos fiscales, además de lastrar la productividad y agravar las desigualdades. En definitiva, Europa podría estar dando una respuesta distinta en esta crisis. Está en nuestras manos aprovechar el nuevo contexto, y así reanudar el camino de la convergencia.

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Paisaje económico tras el estado de alarma

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La brecha económica se amplía, confirmando la necesidad de una respuesta diferenciada a la crisis para así maximizar el impacto de cada euro que invierte el Estado en abrir paso a la recuperación. Los sectores más afectados por la covid-19 —todos aquellos ligados al turismo, el transporte, la automoción o las actividades culturales y de ocio— podrían estar funcionando un 60% por debajo de su nivel de actividad previo a la crisis. En comparación, la producción en el resto de sectores alcanzaría el 95% del nivel anterior a la crisis, y en algunos casos (sector primario, industria agroalimentaria, química o sanidad) la crisis habría quedado atrás gracias al reciente repunte. Por tanto, la caída del PIB estimado para el conjunto de la economía española —un 18% en el segundo trimestre, según las previsiones de Funcas— refleja dos realidades totalmente distintas.

Gráfico 1

Gráfico 2

Fuente de los gráficos: INE y Funcas (previsiones).

En un entorno tan desigual, sin embargo, todos los sectores tienen en común la falta de demanda como principal obstáculo a la recuperación. Una encuesta del INE realizada durante el estado de alarma muestra que, para una de cada tres empresas, la reducción de la demanda interna será el factor con más impacto en la actividad en los seis próximos meses, por delante del incremento de la morosidad (también estrechamente asociado al descenso de la demanda), la fiscalidad o la falta de liquidez. La encuesta también confirma que las pymes son las más expuestas a desfases de tesorería.

«La ampliación prevista de los avales de crédito ICO por valor de 40.000 millones de euros y la puesta en marcha de un fondo de apoyo a empresas estratégicas por otros 10.000 millones son pasos en la buena dirección, pero solo a condición de focalizarlos adecuadamente».

Raymond Torres

De estos resultados se pueden extraer dos lecciones. La primera, que la eficacia de la política económica será proporcional al éxito que tenga en reasignar recursos hacia los sectores más golpeados, las empresas que por su papel estratégico merecen protección o estímulo, y los pequeños negocios que se enfrentan a problemas de liquidez. Para que sirva de acicate a la recuperación, ese trasvase de recursos debe ir acompañado de planes sectoriales, de modo que los estímulos sirvan para renovar el aparato productivo (producción interna de coches eléctricos, instalación de una capacidad propia de renovación residencial con ahorro energético, por ejemplo) y así estar en situación de responder a la demanda. De lo contrario, el impuso público solo servirá para incrementar las importaciones.

La ampliación prevista de los avales de crédito ICO por valor de 40.000 millones de euros y la puesta en marcha de un fondo de apoyo a empresas estratégicas por otros 10.000 millones son pasos en la buena dirección, pero solo a condición de focalizarlos adecuadamente. Y de acompañarlos de una agenda de reformas coherentes con las transformaciones en curso.

Una de ellas, tal vez la más importante, es la digitalización. Según la misma encuesta del INE, cerca de una de cada cuatro empresas tiene intención de innovar en sus procesos productivos y de invertir en nuevas tecnologías y en la formación. Este interesante resultado, prueba de que la crisis está acelerando la revolución tecnológica, pone en evidencia las carencias del sistema educativo español. No olvidemos que el 17,3% de jóvenes sale prematuramente de las aulas (uno de los peores registros de Europa), es decir mal preparados para participar en la economía digital.

La otra lección de las tendencias recientes atañe al papel de la política fiscal en el mantenimiento de la demanda agregada. Los ERTE han contribuido a limitar el impacto de la crisis sobre el paro, ejerciendo de estabilizador automático en el momento oportuno. Asimismo, el ingreso mínimo vital y la prestación por cesión de actividad de autónomos contribuyen a sostener la demanda. Si bien conviene reforzar los controles para prevenir abusos, también parece importante no relajar los esfuerzos para así evitar un indeseado incremento del paro que agravaría aún más el déficit de demanda.

Pese a la gravedad de la situación, aparecen señales alentadoras de una transformación del aparato productivo. Para aprovecharlas, no basta con la política económica. También es ineludible una reforma educativa que mejore la posición de nuestro país ante la revolución digital en marcha.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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Gasto público y crecimiento en los países de la OCDE, 1964-2018

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Buena parte de las
economías avanzadas de la OCDE muestran, desde mediados de los años sesenta
del pasado siglo, una tendencia decreciente de sus tasas de crecimiento,
especialmente perceptible en los países europeos y Japón. En paralelo, la
trayectoria del gasto público presenta un aumento sostenido hasta comienzos
del decenio de los ochenta, estabilizándose posteriormente en torno a una
media del 41% del PIB, aunque con amplias diferencias entre países. En
términos muy generales, la pregunta a la que se ha tratado de responder en
este trabajo es si ese nivel de gasto público tiene alguna relación con la
caída de las tasas de crecimiento.

La relación entre
gasto público y crecimiento económico responde a dos fuerzas contrapuestas.
Por una parte, los efectos positivos del gasto público sobre la productividad
a través de la acumulación de capital físico y humano, de la corrección de
los fallos de mercado y de la mejora de la estabilidad social mediante la
reducción de la desigualdad. Por otra, los efectos distorsionadores de los
impuestos sobre la productividad del capital y sobre el crecimiento, así como
por las ineficiencias de la gestión pública y por la extensión de las
actividades de búsqueda de rentas. El resultado final dependerá de la
importancia relativa de ambos efectos, lo que, bajo determinados supuestos
sobre la forma de la función de producción, se relaciona principalmente con
el tamaño, la composición y la calidad del gasto y de los ingresos públicos.

A partir de los
análisis empíricos realizados, la primera conclusión de este artículo es
que el tamaño alcanzado por el gasto público en la mayor parte de los países
avanzados estaría siendo una rémora para el crecimiento económico. Sin
embargo, un resultado tan agregado que, por otra parte, ha sido ampliamente
contrastado en otros trabajos, esconde relaciones muy heterogéneas entre gasto
público y crecimiento económico en los distintos países.

En primer lugar, el
mencionado efecto negativo tiene una magnitud muy diferente entre países:
mientras en algunos, como los escandinavos, los coeficientes son bajos, en
otros, como los del antiguo bloque del este de Europa o los bálticos, son
mucho más elevados.

«Los resultados obtenidos presentan tantas particularidades que no puede decirse, sin más, que una reducción del gasto público en los países avanzados de la OCDE implique un aumento de las tasas de crecimiento a largo plazo. La composición y calidad del gasto puede resultar tan determinante como su propio tamaño».

En segundo lugar,
los resultados no son tan concluyentes cuando en lugar del gasto público total
se toma el gasto en bienes y servicios públicos, excluidas por tanto las
transferencias, cuyo efecto sobre el crecimiento, aun siendo también negativo,
es a su vez muy diferente entre países. Y resultados opuestos se obtienen para
gran número de países cuando el análisis se circunscribe al gasto en
inversión pública. Por tanto, la composición del gasto es un factor muy
destacado en cuanto a sus efectos sobre el crecimiento.

En tercer lugar, la
relación entre gasto público y crecimiento no necesariamente es lineal. La
estimación no paramétrica de coeficientes que pueden variar en el tiempo
muestra que en algunos países se ha iniciado una senda de ajuste y
estabilización del gasto que modifica el signo de su relación con el
crecimiento económico, de modo que algunos de los efectos negativos habrían
quedado en buena medida neutralizados.

En cuarto
lugar, la calidad y eficacia del sector público se muestra como un factor
explicativo muy relevante de las diferencias que se aprecian entre países con
niveles similares de gasto. Países con un tamaño del gasto muy elevado
ofrecen, en cambio, resultados mucho mejores en su relación con el crecimiento
que otros con un tamaño más reducido, debido a las diferencias en variables
de tipo institucional. La conclusión es que un elevado número de países
podrían mejorar sus tasas de crecimiento sin necesidad de reducir el gasto,
reforzando sus indicadores de calidad y eficacia del gobierno.

Incluso enjuiciando
el papel del sector público solo por sus efectos sobre el crecimiento, los
resultados obtenidos presentan tantas particularidades que no puede decirse,
sin más, que una reducción del gasto público en los países avanzados de la
OCDE implique un aumento de las tasas de crecimiento a largo plazo. La
composición y calidad del gasto puede resultar tan determinante como su propio
tamaño y otro tanto puede decirse de la eficacia e imparcialidad de la
actuación del sector público en la provisión de bienes y servicios.

El análisis
realizado no puede obviar el hecho de que el crecimiento, como objetivo de las
políticas públicas, debe conciliarse con otros objetivos que también
formarían parte de una hipotética función de bienestar social, como la
conservación del medio ambiente, la distribución de la renta o el acceso a
ciertos servicios básicos como la educación o la sanidad. Todo lo que aquí
hemos deducido tiene que ver con el alcance de las relaciones entre gasto
público y crecimiento económico, pero no se prejuzga que el crecimiento deba
ser el único código para evaluar el gasto, aunque sí conviene tenerlo muy
presente cuando se proponen políticas redistributivas que conllevan un
componente de gasto público. El equilibrio entre eficiencia y equidad, tan
discutido en cuanto a lo óptimo de sus proporciones, requiere, con seguridad,
tener en cuenta todo tipo de factores, económicos, ambientales y sociales, a
la hora de diseñar y ejecutar la intervención del sector público en las
sociedades avanzadas.  

Esta entrada es un resumen del artículo ‘Gasto público y crecimiento en los países de
la OCDE, 1964-2018’, publicado en el número
164 de Papeles de Economía Española
.

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Concentración de la población y crecimiento económico

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El mundo en el que
vivimos está cada vez más urbanizado y muchas de las mayores ciudades del
mundo atraen cada vez más población, especialmente en los países en vías de
desarrollo. Entre 1950 y 2009, la población urbana en el mundo pasó de 732 a
3.400 millones de personas y la tasa de urbanización aumentó del 30al 50%.
Hoy en día, aproximadamente un 55% de la población mundial vive en ciudades y
las Naciones Unidas predicen que, en el año 2025, esta cifra aumentará hasta
los 5.000 millones.

Sabemos que la tasa
de urbanización de un país y su desarrollo económico están altamente
correlacionados. Una explicación de este fenómeno es que, a medida que el
país se hace más rico, un mayor número de sus habitantes se desplaza a vivir
en sus ciudades, tal vez porque el proceso de crecimiento económico y de
cambio estructural asociado al mismo viene a menudo acompañado de una
reducción en el peso del sector agrícola en la economía. También es posible
que, puesto que la gente suele ser más productiva en las ciudades que en los
pueblos, una mayor población urbana enriquece al país.

Los pocos estudios
empíricos de los que disponemos sobre la relación entre la concentración de
población urbana y el crecimiento económico se basan en regresiones donde la
variable dependiente es el crecimiento económico y la principal variable
explicativa es alguna medida de concentración urbana, normalmente la ratio de
la población de la mayor ciudad y la población urbana del país, también
conocido como la primacía urbana. Estos modelos incluyen otros controles, en
particular el nivel de desarrollo del país. Como sugiere la hipótesis de
Williamson, cuando un país es pobre, la concentración urbana es alta para
ahorrar en los escasos recursos del país, y, a medida que este se enriquece,
la población urbana tiende a repartirse entre otras ciudades. Así pues, estos
estudios nos muestran que concentrar más población en unas pocas ciudades es
positivo hasta cierto punto.

«La concentración urbana es positiva para la economía de estos países siempre y cuando vaya acompañada de un aumento en la inversión en infraestructura, por ejemplo, en acceso a sanidad».

Algunos
autores relacionan este nivel crítico con el concepto teórico del tamaño
óptimo de las ciudades. Otros trabajos prefieren usar medidas absolutas de
población y estimar el efecto de tener muchas ciudades medianas y llegan a la
conclusión de que es mejor para el crecimiento económico tener un gran
número de ciudades de tamaño mediano. Desde un punto de vista teórico,
existen modelos de equilibrio general con muchas ciudades que nos ayudan a
entender, entre otras cosas, cuáles son las ganancias o pérdidas asociadas a
desplazar a un gran número de personas de una ciudad a otra. Estos estudios,
aunque muy prometedores, se han llevado a cabo solamente para Estados Unidos,
China y México. Sus resultados sugieren que existen sustanciales ganancias
asociadas a aumentar la concentración urbana, al menos en China, reflejando el
hecho de que restricciones a la emigración de zonas rurales a zonas urbanas
como las impuestas por el sistema Hukou, son dañinas para la economía China.

En los
países en vías de desarrollo se sitúan, hoy en día, las mayores ciudades del
mundo y las que crecen más rápidamente. En los últimos años, un gran
número de economistas urbanos han empezado a trabajar muy activamente en el
estudio de los sistemas de ciudades en estos países. Uno de los principales
hallazgos de estos trabajos es que la concentración urbana es positiva para la
economía de estos países siempre y cuando vaya acompañada de un aumento en
la inversión en infraestructura, por ejemplo, en acceso a sanidad. Es
difícil, dado lo poco que sabemos sobre este tema, formular políticas de
concentración de población que beneficien a la economía de forma agregada.
En primer lugar, es necesario poder estimar con mayor fiabilidad cuál es el
tamaño óptimo de las ciudades de un país y como éste depende de su nivel de
desarrollo. Por otro lado, es necesario estimar modelos macroeconómicos de
equilibrio general en más países para poder entender bien las consecuencias
que tendría la aplicación de este tipo de políticas. Teóricamente, parece
claro que los gobiernos podrían mejorar la distribución de la población
puesto que los individuos eligen el lugar donde viven y trabajan sin tener en
cuenta las consecuencias agregadas de sus decisiones. Sin embargo, en la
práctica, diseñar e implementar este tipo de intervenciones es complicado y
parece poco realista dado nuestro limitado conocimiento sobre este tema.

Esta entrada es un resumen del artículo ‘Concentración de la población y crecimiento
económico’, publicado en el número
164 de Papeles de Economía Española
.

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La economía española, entre la crisis y la salvación

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Los atisbos de recuperación que habían surgido
tras el periodo de confinamiento se están afianzando. La actividad industrial
rebota con más intensidad de lo previsto, según el principal indicador de
coyuntura para junio (índice PMI de compra de empresas). También se percibe una
notable mejoría en los servicios, algo sorprendente ya que se trata del sector
más castigado por las medidas de restricción de actividad y de movilidad.

Gráfico 1

LA ECONOMÍA ESPAÑOLA REPUNTA TRAS EL CONFINAMIENTO CON MÁS INTENSIDAD QUE LA MEDIA EUROPEA

Fuente: Markits Economics.

Además, el mercado laboral juega por primera vez un papel estabilizador, en lugar de magnificar el desplome de la economía con ajustes masivos de plantilla como sucedió en la anterior crisis, o en la recesión de los años 90. La afiliación a la Seguridad Social aumentó el mes pasado en cerca de 30.000 personas, con datos desestacionalizados, cerca del doble de lo previsto por Funcas. Y casi un millón y medio de personas que estaban en un ERTE se han incorporado plenamente a la actividad durante mayo y junio.

Estas son señales alentadoras de vida que, sin
embargo, no deben servir para echar las campanas al vuelo, porque se producen
desde los niveles de hibernación registrados en el cénit de la pandemia. Con
toda probabilidad, el PIB habrá registrado en el
segundo trimestre el mayor descenso desde que existen datos
comparables. Esto explica que solo se ha recuperado el 20% de la afiliación
perdida durante las semanas más duras de reclusión (el doble si se tiene en
cuenta el efecto ERTE).

El camino, por tanto, será largo. Y desigual,
porque si bien una parte de la economía repunta, la otra se enfrenta al riesgo
de insolvencia, si no ha quebrado ya. Se quedan en la cuneta muchas personas
(todas aquellas que no entran en una política de empleo y se ven abocadas al paro
de larga duración) y las empresas que o bien han echado el cierre, o bien están
entrando en concurso de acreedores. A más situaciones de insolvencia, menor la
capacidad de recuperación de la economía.

«Un aumento prematuro de impuestos podría comprometer la dinámica de la recuperación, por su impacto directo sobre la demanda, y sobre las expectativas. El endeudamiento seguirá siendo, de momento, el principal recurso para hacer frente a una crisis que reviste múltiples realidades».

Raymond Torres

La doble cara del repunte de actividad justifica,
por tanto, una respuesta calibrada de la política económica. En primer lugar,
para limitar el riesgo de insolvencia de buena parte del tejido productivo, se
trata de prolongar las líneas de crédito ICO y los
ERTE, reforzando los criterios de acceso ahora que las
administraciones responsables tienen más capacidad de gestión. Las recientes
decisiones del Gobierno van en esa dirección, aunque todavía falta especificar
cómo se ayudará a las personas que no están amparadas por los actuales
dispositivos de empleo. Otra tarea pendiente es facilitar el acceso de las
pymes a las medidas de apoyo a la liquidez. La creación de un fondo de rescate
dotado de 10.000 millones para empresas estratégicas también parece una
iniciativa acertada ante el riesgo de insolvencia de proyectos industriales
vitales para el país.

En segundo lugar, en cuanto a los sectores mejor posicionados (una parte de la industria y de la construcción, servicios que teletrabajan, sector primario), la tarea es afianzar la recuperación con estímulos a la inversión. Por lo menos hasta que se produzca una dinámica auto-entretenida, con incrementos de la demanda privada y del empleo que reviertan automáticamente sobre la actividad sin necesidad de ayuda pública. La actual debilidad del consumo familiar y de la inversión empresarial muestra que ese horizonte es incierto, eso sin contar con un rebrote temible del virus.

El anuncio de un programa de ayudas a la
inversión para la digitalización y la transición verde es coherente con ese
objetivo, y con el futuro plan europeo. A la inversa, un aumento prematuro de
impuestos podría comprometer la dinámica de la recuperación, por su impacto
directo sobre la demanda, y sobre las expectativas.

El endeudamiento seguirá siendo, de momento, el
principal recurso para hacer frente a una crisis que reviste múltiples
realidades. Por ello, habrá que acertar en el diseño de los nuevos planes de
ayuda. De modo que todo euro invertido abone el terreno de una recuperación
sostenible.

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El crecimiento de la productividad y los activos intangibles

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Queremos
analizar las causas y consecuencias de la desaceleración en el crecimiento de
la productividad observada desde comienzos del siglo XXI en la mayoría de los
países desarrollados. Las ganancias asociadas al crecimiento de la
productividad son menos visibles que las que pueden alcanzarse con medidas de
resultados a corto plazo que suelen ser las que permiten ganar más votos.
Seguramente por esta razón suele prestársele poco interés en las economías
menos desarrolladas, entre las que se encuentran la mayoría de los países
periféricos de la Unión Europea (UE), entre ellos España.

Por el
contrario, en los países más dinámicos y desarrollados, la productividad es
una variable clave a la que se reconoce un papel fundamental en el crecimiento a
medio y largo plazo. Ha sido precisamente en estos países en donde han saltado
todas las alarmas. Desde comienzos del siglo XXI el crecimiento de la
productividad ha experimentado una desaceleración prácticamente generalizada,
aunque de desigual intensidad. El origen de la alarma se encuentra en que se ha
producido en un contexto de acelerado crecimiento tecnológico, en lo que se ha
venido a llamar ‘Cuarta Revolución Industrial’. A este fenómeno se le conoce
como el rompecabezas de la productividad.

La pregunta
sobre «si el crecimiento del progreso técnico es tan intenso, ¿por qué no se
refleja en el crecimiento de la productividad?» no es nueva. En el pasado más
cercano recuerda a la muy citada frase de Solow (1987) que hacía referencia al
mismo rompecabezas –conocido como la paradoja de Solow– pero entonces
originada en el despegue de las tecnologías de información y comunicación
(TIC): «Los ordenadores están por todas partes, excepto en las estadísticas
de productividad».

Las razones
normalmente esgrimidas para explicar ambas paradojas son las siguientes: a)
existencia de shocks negativos de oferta que afectan al output potencial
a través de cualquiera de los componentes de la función de producción; b)
problemas de medida basados en la sospecha de que los instrumentos de que
disponemos para medir la producción y, por tanto, la productividad, no están
preparados para la revolución digital; y c) existencia de desfases temporales
asociados a las grandes revoluciones tecnológicas, originados en la necesidad
de realizar inversiones adicionales, especialmente en activos intangibles, para
extraer todo su potencial. Esta tercera razón es la que parece proporcionar una
explicación más completa.

La comparación de España con otros países de la UE conduce a las siguientes conclusiones:

  • España es un país homologable a la mayoría de los países desarrollados en lo que a inversión en activos tangibles se refiere, pero ocupa las últimas posiciones en la UE-15 en la inversión en activos intangibles. Comparte esta posición de retraso con Grecia, Italia y Portugal, países también con pobre comportamiento de la productividad.
  • La inversión en intangibles está claramente sesgada en España hacia los activos que tienen un impacto menor sobre las ganancias de productividad (diseño e imagen de marca), y un menor peso relativo de la I D, software y bases de datos, así como de las inversiones destinadas a mejorar la estructura organizativa de las empresas que tienen un impacto mayor sobre el crecimiento de la productividad.
  • Desde la perspectiva de la dinámica a lo largo del ciclo, la inversión en intangibles en España ha crecido más, y también se ha defendido mejor durante la crisis, que en la media de los países europeos.
  • La volatilidad de la inversión en tangibles –muy superior a la de los países de nuestro entorno– es un problema en nuestro país, mientras que la resiliencia ante los shocks adversos de la inversión en intangibles actúa de factor estabilizador. Una mayor intangibilización de la economía, debería contribuir a estabilizar las fluctuaciones cíclicas.

Desde la
perspectiva regional, se identifica a la Comunidad de Madrid como líder
indiscutible, tanto en el agregado como en cada uno de los tipos de
intangibles, con la excepción de la I D en la que el País Vasco es líder.
Por otra parte, mientras las diferencias interregionales en tangibles se han
reducido a lo largo del periodo, en intangibles se han ampliado. Pese a ello,
una de las buenas noticias que se han producido en el periodo de recuperación,
a partir de 2013, es la aparición de nuevos actores tradicionalmente ausentes
en las posiciones de liderazgo. Este es el caso de Aragón, la Comunidad
Valenciana, Illes Balears y Asturias.

Esta entrada es un resumen del artículo ‘El crecimiento de la productividad y los
activos intangibles’, publicado en el número
164 de Papeles de Economía Española
.

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Factores determinantes del crecimiento económico: una comparativa a nivel mundial

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El
crecimiento económico, con aumentos significativamente elevados en el nivel de
producción, es un fenómeno relativamente reciente si atendemos a la
evolución de los niveles de producción en los últimos dos mil años. De
hecho, lo que hoy consideramos como crecimiento económico, con incrementos
medios anuales de la producción en torno al 2%, representa una tendencia que
solo se observa a partir de la Revolución Industrial, inicialmente en un
número limitado de países y con tasas de crecimiento más moderadas, siendo
más intenso y amplio este fenómeno durante la segunda mitad del siglo XX.
Anteriormente, las tasas de crecimiento de la producción han resultado ser muy
reducidas y cercanas a cero durante periodos de tiempo considerablemente
elevados. Incluso, han existido épocas en las cuales se han producido
retrocesos en la renta per cápita en muchas economías cuyos niveles solo se
han recuperado una vez transcurrido un lapso de tiempo considerablemente
elevado. Este cambio en el crecimiento económico producido a partir de la
Revolución Industrial ha llevado a considerar al progreso tecnológico como el
motor fundamental del crecimiento de la producción a lo largo del tiempo, dado
que en periodos anteriores el progreso tecnológico ha sido muy limitado, al
igual que los avances en la producción.

Se constata la disminución, en el período 1980-2017, de la participación de las rentas del trabajo respecto a la renta total, al contrario que en las décadas anteriores a 1970

Por otra
parte, tanto los niveles como las tasas de crecimiento de la renta per cápita
muestran una elevada variabilidad entre economías, no observándose una clara
tendencia en la reducción de estas diferencias. Hemos analizado los
determinantes del crecimiento económico adoptando una perspectiva global,
considerando una muestra extensa de países, tanto desarrollados como en vías
de desarrollo, mediante la utilización de la denominada contabilidad del
crecimiento. Este enfoque parte de la definición de una función de
producción agregada donde se consideran todos los factores que determinan el
nivel de producción. Una vez definida la función de producción agregada de
la economía y calibrados los parámetros de la misma, podemos obtener una
medida de la productividad agregada, representativa del estado de la
tecnología. El crecimiento de la producción se explica por dos grupos de
factores: acumulación de inputs (crecimiento extensivo) y progreso
tecnológico (crecimiento intensivo). El crecimiento extensivo hace referencia
a la proporción del crecimiento de la producción que viene explicado por el
aumento en la cantidad de factores productivos, mientras que el crecimiento
intensivo hace referencia al cambio tecnológico que aumenta la eficiencia
productiva. La fuente de información que hemos usado en nuestro análisis es
la base de datos Penn World Table (PWT), versión 9.1. La PWT es
una base de datos que contiene un gran volumen de información para una amplia
muestra de países. La muestra seleccionada para la realización del análisis
comprende un total de 113 economías, mientras que el periodo seleccionado es
de 1980 a 2017, excepto para los países de Europa del Este, que incluye a
países surgidos a partir de la desintegración de la Unión Soviética, para
los cuales únicamente disponemos de información para el periodo 1994-2017.

El
análisis realizado muestra que ha habido poca convergencia en el PIB per
cápita o en el crecimiento de la productividad durante el período
considerado. Los resultados obtenidos muestran una ralentización en el
crecimiento de la productividad agregada, observándose que la aportación de
la productividad total de los factores (PTF) al crecimiento de la producción
ha sido moderada, e incluso negativa para un conjunto de países en vías de
desarrollo. Estos resultados contrastan con los obtenidos anteriormente por la
literatura, en la cual los avances en la PTF explicaban una proporción muy
elevada del crecimiento económico. Los resultados que presentamos en este
artículo contradicen esta visión tradicional del fenómeno del crecimiento
económico, indicando que para el periodo 1980-2017, la acumulación de
factores productivos ha sido el principal motor del crecimiento de la
producción. El capital humano también ha sido un factor relevante a la hora
de explicar la evolución de la producción, teniendo un efecto positivo en
todas las economías, principalmente en Asia, África y América del Sur,
precisamente en aquellas economías que partían de menores niveles de capital
humano, por lo que en términos de este componente tecnológico las diferencias
entre países se han reducido. Por último, también se constata un cambio en
la distribución de la renta, con una disminución de la participación de las
rentas del trabajo respecto a la renta total, al contrario que lo ocurrido en
las décadas anteriores a 1980, fenómeno que puede tener importantes
consecuencias a la hora de determinar el grado de desigualdad en la
distribución de la renta dentro de cada economía.

Esta entrada es un resumen del artículo ‘Factores determinantes del crecimiento económico: una comparativa a nivel mundial’, publicado en el número 164 de Papeles de Economía Española.

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