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Estabilidad en el tamaño de la población, pese a fuerte decrecimiento natural

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Según los datos provisionales de población publicados por Eurostat, el número de defunciones en la Unión Europea superó al número de nacimientos en casi 1.140.000. Aunque la UE-27 se ha enfrentado desde 2013 a crecimientos naturales negativos de la población, la caída de 2020 ha sido, con diferencia, la más intensa (2,4 veces mayor que la registrada en 2019) (gráfico 1). En España, la pandemia también ha acentuado el decrecimiento vegetativo de la población documentado desde 2017, con una caída en 2020 2,7 veces mayor que la observada en 2019. 


Dado que la inmigración a la Unión Europea también se redujo drásticamente en 2020 debido a la pandemia, a diferencia de los años anteriores, no consiguió contrarrestar el decrecimiento natural de la población. Así, a principios de 2021, la población de la UE-27 mostró un descenso de algo más de 312.000 personas (gráfico 2). 


Muchos países europeos comenzaron 2021 con menos población que un año antes (entre ellos, Alemania, Italia, Polonia, Hungría, Rumanía y Grecia), pero no España, cuya migración neta (aproximadamente 215.000 personas) contrarrestó su decrecimiento natural de población (aproximadamente 153.000 personas) (gráficos 2 y 3). 


La población de España a 1 de enero de 2021 ascendía a 47.394.000 habitantes y es el cuarto país que más población aporta a la UE-27 —un 11%— después de Alemania (19%), Francia (15%) e Italia (13%). España también ocupa esta posición en el ranking de Estados miembros en cuanto a aportaciones al PIB de la UE (8%). 

Sin embargo, España pertenece al grupo de países cuyas aportaciones a la UE en términos de PIB son inferiores a las de población. Por el contrario, Alemania, Francia, el Benelux, los países nórdicos, Austria e Irlanda destacan por mostrar tasas de contribución al PIB de la UE superiores a las de la población de la UE (gráfico 4). 

Available in english: Focus on Spanish Society.

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Qué puede hacer el gobierno de España para que el precio del gas desbocado no siga destrozando la factura de la luz

El precio de la luz está haciendo de temblar a los españoles como nunca antes había sucedido. Y no de frío precisamente. Se están alcanzando cotas históricas casi diariamente y de seguir así la cosa no es arriesgado pensar que se puede llegar a ver el kilovatio en 1.000 euros.

La luz lleva un año desbocada pero la guerra en Ucrania le ha dado la puntilla. ¿Por qué? Por la dependencia energética que tenemos de Rusia, sobre todo en lo concerniente al gas, pues el 40% del que se consume en Europa procede de este país.

Si bien hablamos de la electricidad, se preguntarán muchos, ¿por qué influye tanto en la factura de la luz? Pues porque, por desgracia, el precio del gas es el que más influencia tiene en el precio eléctrico.

Por ello, es urgente buscar medidas y pronto que den un respiro a los ciudadanos porque si esto sigue así, la situación va a ser insostenible. Muchos negocios pueden cerrar, con el paro que eso conllevaría. De hecho, los sindicatos ya estiman que se pueden perder un millón de puestos de trabajo por esta inesperada crisis.

Pero, ¿qué puede hacer el Gobierno en esta tesitura? Recordemos que ya tiene congelado el IVA de la luz en el 10% y el impuesto especial al precio de la energía. Pero esto ya hemos visto que no ha servido de nada.

Situaciones desesperadas exigen medidas desesperadas

Pedro Sánchez ha anunciado que va a poner en marcha** bajadas de impuestos** en los sectores especialmente afectados por la guerra, es decir, el eléctrico y el de los carburantes, pues no podemos olvidar el problema de la gasolina.

Pero ya ha avanzado que urge reformar el mercado energético nacional para poner coto al gas. Porque lo que ocurre en Europa es que, inexplicablemente, el mercado mayorista eléctrico se rige por los precios del gas GNL.

Es decir, cuando se fija el precio de la electricidad se toma como referencia el del gas, y si éste sube, la electricidad también. Por ello, la medida que conviene acatar es desligar una energía de la otra, también para quitar esa dependencia de Rusia a futuro y Europa ya trabaja para ello. De hecho, España ya tiene un plan sobre esto que va en línea con la UE.

El mercado de la luz en Europa es un mercado marginalista que lo que supone que todos los productores de energía la venden al precio más caro. En este caso, como ya hemos dicho, la energía que más peso tiene en la fijación del precio final es el gas. Por tanto, la medida que sería más efectiva sería sacar el gas del mercado marginalista, también llamado pool energético.

De hecho, la UE baraja hacerlo, algo que es del agrado del Gobierno español, pues de este modo no tendría que bajar los impuestos eléctricos más. Si bien esta medida podría tardar un poco si es que se toma, porque el próximo Consejo Europeo, donde se podría tomar esta decisión, es a finales de este mes, por lo que se notaría en abril.

Otra opción que pone Bruselas encima de la mesa es fijar un precio regulado o límite para los ciclos de generación de gas, pero eso es más complicado porque se estaría interviniendo directamente el mercado, ya que el gas es una Commodity internacional cuyo precio se fija en el mercado, por lo que para hacer eso habría que asumir un coste que tendrían que pagar los Estados.

¿Y qué pasa con la parte impositiva? Que ya sabemos que es una parte importante de la factura. Se podría congelar el IVA, que ahora mismo es del 10%, además de introducir un impuesto a los beneficios extraordinarios que las eléctricas reciben por el precio del gas, que de hecho están ya retraídos hasta el 31 de marzo próximo.

Se debería introducir un tributo fijo y subvencionar después la factura. Y, por supuesto, acelerar el bono social eléctrico, que al ir ligado al famoso Ingreso Mínimo Vital (IMV) no está teniendo éxito, pues casi nadie hoy en día se beneficia del IMV.

Además, el cambio a las renovables ya no debe demorarse, sobre todo cuando España es el país de la UE con más horas de sol y está situado en una posición estratégica para traer el gas a Europa de lugares como Argelia.

Alternativas tenemos, por tanto, pero tendrán un coste al Estado y habrá que ver hasta dónde está dispuesto a comprometer el crecimiento económico en pos del bienestar de la sociedad.

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Mal trago para los bancos centrales

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La Reserva Federal de Estados Unidos se reúne este miércoles para tomar una decisión que marcará un hito en los próximos pasos de los bancos centrales. Si no hay sorpresa —que sería morrocotuda—, este miércoles la Fed subirá los tipos de interés. Será muy probablemente la primera de otras muchas este año. Los analistas descuentan hasta siete en 2022 en Estados Unidos. Está por ver que así sea. En la misma dirección, pero con muchas más cautelas, el Banco Central Europeo confirmó la semana pasada su plan para la paulatina retirada de sus fuertes estímulos de compras de bonos por la pandemia. Tampoco descarta posibles subidas de tipos si se mantiene la previsión de inflación bien por encima del objetivo del 2 por cien.

Tiempos difíciles para los banqueros centrales, con una elevada inflación y unas peores expectativas de crecimiento, motivadas por una combinación del aparente fin de lo peor de la pandemia y un conflicto bélico de evolución incierta. Para la Fed, con doble mandato —estabilidad de precios y contribuir al crecimiento— porque cada elemento de sus objetivos tira para un lado. También para el BCE, cuyo único mandato es luchar contra la inflación, aunque con el matiz de mantener la estabilidad financiera. Cuando hubo que actuar en la crisis financiera de 2008 y en la pandemia, la dirección de la estrategia estaba clara. Era una recesión sin inflación: política monetaria expansiva con voluminosas compras de bonos y bajadas de tipos de interés. El ritmo a seguir y la magnitud de estas acciones era lo único que decidir. Sin embargo, en este momento, se está produciendo una desaceleración —que en un escenario extremo puede llevar a recesión en algunos países— en un entorno de inflación alta no visto en casi cuatro décadas.

En el caso de la Fed, buena parte de los analistas todavía cree que la preocupación por el crecimiento de los precios será mayor que la de una desaceleración. El mercado de trabajo se está comportando bien en Estados Unidos, por lo que mantienen su visión de que habrá varias subidas de tipos este año. Los mercados estarán atentos a la magnitud de la subida de tipos que se decida. Contendrá mucha información de los escenarios y temores que maneja ese banco central.

El riesgo a equivocarse en la dirección, magnitud y ritmo de la estrategia es muy elevado en esta ocasión para todos los bancos centrales, incluido el BCE. No obstante, hoy se entienden mejor —aunque haya sido por un factor externo tan dramático e inesperado como la guerra— las mayores cautelas del BCE en el proceso de la salida de su estrategia expansiva.

Dos dudas finales. La primera, sobre la incierta efectividad de la retirada de estímulos y subida de tipos para controlar una inflación que está motivada en gran parte por los mayores costes energéticos y sus ramificaciones. La segunda, sobre los efectos muy negativos que “pasarse de frenada” en la subida de tipos podría tener sobre familias y empresas de menores ingresos y mayor vulnerabilidad financiera. Un entorno casi imposible en el que decidir.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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El gasto público en 2020: convergencia de España con la media de la Unión Europea

Eurostat ha publicado recientemente los datos de gasto público correspondientes al año 2020. Estos reflejan el impacto de los diez primeros meses de la pandemia y muestran el esfuerzo realizado por los Estados europeos para combatir la crisis sanitaria y paliar sus efectos económicos y sociales más graves.

El primer dato que destaca es el importante aumento del gasto público europeo en 2020.  Mientras que la media del gasto público en la UE-27 ascendió al 46,5% del PIB en 2019, en 2020 se elevó al 53,1%. Este aumento de 6,6 puntos porcentuales pone claramente de manifiesto el fuerte crecimiento del sector público en las economías europeas. 

En España, el aumento del gasto público en 2020 ha sido aún más significativo. Entre 2019 y 2020 se ha disparado en 10 puntos porcentuales, pasando del 42,1% al 52,4% (situándose en aproximadamente 588.000 millones de euros). En consecuencia, el gasto público español, tradicionalmente inferior a la media de la UE, alcanzó en el primer año de pandemia su mismo nivel (gráfico 1). 


El aumento del gasto público en porcentaje del PIB en 2020 es el resultado del crecimiento del gasto en términos absolutos derivado de las políticas económicas y sociales adoptadas por los gobiernos europeos en respuesta a la pandemia, pero también del descenso del PIB. Es decir, mientras el numerador de la ratio (el gasto público) ha aumentado, el denominador (el PIB) se ha reducido. 

Dado que España experimentó la mayor caída del PIB de la UE-27 en 2020 (-10,8%), la convergencia en 2020 entre el gasto público español y el europeo no es en sí misma una buena noticia. En cierto modo, el precio de la convergencia ha sido una fuerte caída del PIB. Además, hay que tener en cuenta que España acabó 2020 con el mayor déficit público de la Unión Europea (11%).

Aumentos significativos del gasto en sanidad y protección social

El crecimiento más significativo del gasto entre 2019 y 2020 se produjo en las áreas de sanidad y protección social. El gasto público en ambas funciones representó el 30% del PIB en el conjunto de la UE-27, así como también en España (gráfico 2).  


El gasto público medio de la UE-27 en sanidad aumentó en 2020 un punto porcentual, pasando del 7% al 8% del PIB.  En cuanto al gasto en protección social, creció intensamente en la UE durante la Gran Recesión y mantuvo un nivel elevado desde entonces, en torno al 19-20% del PIB entre 2009 y 2013. Sin embargo, la pandemia impulsó el gasto público medio de la UE-27 en protección social hasta el 22% del PIB (gráfico 3).


El gasto público de España en protección social también alcanzó el 22% en 2020, 2,7 pp más que en 2019 (de 217 a 248 mil millones de euros). Por su parte, el gasto sanitario aumentó 1,5 pp, pasando del 6,1% al 7,6% (de 76 a 85 mil millones de euros).

Estabilidad del gasto en defensa

Defensa es, junto con vivienda, una de las partidas de gasto a las que los Estados miembros de la UE dedican menos recursos públicos (gráfico 3). El gasto público medio de la UE-27 en defensa asciende al 1,3% del PIB. Sin embargo, las diferencias entre los Estados miembros de la UE son ostensibles, ya que Grecia, las Repúblicas Bálticas y Rumanía gastaron más del 2% de su PIB en este ámbito en 2020 (gráfico 4). Se trata de países que, por diferentes motivos, sienten amenazas externas a su seguridad. En cambio, España, Bélgica, Austria, Portugal, Irlanda, Malta y Luxemburgo destinan menos del 1% de su PIB a esta categoría de gasto. 


El gasto público medio en defensa también aumentó en 2020 en la UE-27, aunque solo ligeramente (del 1,2% al 1,3% del PIB). El incremento en España fue asimismo modesto (del 0,8% al 0,9% del PIB). En términos absolutos, el gasto público español en defensa se acercó a los 10.600 millones en 2020, aproximadamente el coste mensual de las prestaciones contributivas de la Seguridad Social.

El comparativamente reducido gasto público de España en defensa debe situarse en el contexto de una opinión pública poco favorable al gasto militar. La mayoría de los ciudadanos españoles piensa que los recursos dedicados a esta partida de gasto son adecuados (36%) o excesivos (30%), según la encuesta anual sobre política fiscal realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en 2021. En comparación con otras funciones del Estado, las preferencias sociales por el gasto en defensa son bajas. Como ilustra el gráfico 5, mientras que el porcentaje de personas según las cuales se dedican recursos insuficientes a la sanidad, las pensiones, los cuidados de larga duración, la investigación científica o la protección del medio ambiente oscila entre el 60% y el 80%, las que consideran que la defensa está infradotada solo suponen una quinta parte (21%). 


Ciertamente, si se observan las respuestas a esta misma pregunta desde mediados de los años 80, se aprecia una tendencia descendente del rechazo a dedicar recursos públicos a la defensa (gráfico 6). Pero esta tendencia (que se quebró durante la Gran Recesión) ha ido de la mano de una reducción efectiva del gasto público en defensa. Según la base de datos del Stockholm Institute of Peace Research [SIPRI], que ofrece datos para España desde 1955, el gasto público en defensa alcanzó su máximo en porcentaje del PIB a mediados de los años 80, con un 3%, estabilizándose por debajo del 1,5% a partir de 2003.


Sin embargo, las encuestas efectuadas en los últimos datos (2019-2021) muestran indicios de que la opinión pública española está cambiando lentamente hacia una postura menos hostil respecto al aumento del gasto en defensa. Es probable que la invasión rusa de Ucrania refuerce esta tendencia en 2022.

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¿Se adelanta el final de las compras de deuda del BCE?

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El año pasado los tipos de interés llegaron a mínimos históricos. Así, el Euríbor a un año descendió hasta un nivel medio anual del -0,5% y la rentabilidad de la deuda pública a 10 años situó su media anual en el suelo histórico del 0,35%. Pero con el despegue de la inflación, y tras la reunión del BCE de principios de febrero, quedó claro que la política monetaria se dirigía hacia la normalización y que la etapa de tipos de interés ultrarreducidos llegaba a su fin. Los mercados de futuros descontaban agresivas subidas, apuntando incluso a un retorno a niveles positivos al final del año. El Euríbor comenzó a ascender y la rentabilidad de la deuda pública española a diez años llegó a alcanzar el 1,25%, con un ascenso también de la prima de riesgo, aunque todavía lejos de la zona de peligro.

Tras la invasión de Ucrania, el panorama con respecto a la senda de la política monetaria y los tipos de interés se volvió más incierto. El impacto de la guerra es de tipo estanflacionario, es decir, eleva la inflación al tiempo que reduce el crecimiento. Esto supone un dilema para el banco central, que tiene que decidir qué objetivo es prioritario: evitar el desencadenamiento de un proceso inflacionista persistente, y por tanto endurecer la senda prevista de su política monetaria, o sostener la actividad económica y el empleo, lo que le llevaría a una relajación de la misma.

La reacción inicial de los mercados tras el estallido de la guerra fue moderar las expectativas con respecto a las subidas de tipos por parte del BCE. El Euríbor a un año frenó su escalada, y la rentabilidad de la deuda pública descendió. Lo que se esperaba, en general, era el mantenimiento de la retirada de estímulos decidida en febrero, y que, de modificar la senda prevista de la política monetaria, sería para suavizarla. Se pensaba, por tanto, que sería la preocupación por el impacto sobre la actividad económica la que más pesaría.

La decisión anunciada el jueves por Lagarde, sin embargo, ha sido la opuesta. El BCE acelerará la reducción de las compras de deuda, y podría finalizar las mismas en el tercer trimestre en caso de que las perspectivas para la inflación no hayan mejorado. Lagarde no concretó nada con respecto al inicio de las subidas de tipos, pero tras el anuncio los mercados volvieron a descontar su retorno a terreno positivo. El impacto más relevante, sin embargo, es en el mercado de deuda. La perspectiva de una próxima finalización de las compras de títulos por parte de la institución disparó las rentabilidades hasta máximos anuales, con un incremento, de nuevo, de la prima de riesgo. 

“La finalización de las compras de deuda antes de lo previsto limita notablemente la capacidad de los Gobiernos de los países periféricos altamente endeudados, entre ellos España, para combatir los efectos de la crisis energética mediante la política fiscal”.

María Jesús Fernández

El BCE ha considerado, por tanto, que su prioridad es evitar que la inflación se desboque y las expectativas se desanclen, lo cual no debería sorprender, puesto que el control de la inflación es su único mandato, no el sostenimiento de la actividad económica. Pese a ello, la decisión será polémica, dado el fuerte impacto económico, de magnitud aún incierta, que va a derivarse de la guerra, y dada también la poca utilidad de la política monetaria para impedir una inflación originada por un aumento de los precios energéticos en los mercados internacionales. No hay que olvidar el precedente de las subidas de tipos practicadas por Trichet en 2011, cuando, en un momento de gran debilidad económica, la inflación aumentó a consecuencia del encarecimiento del petróleo, decisión de la cual se tuvo que retractar pocos meses después. Se puede alegar, no obstante, que lo anunciado por Lagarde, en realidad, no supone el inicio una política monetaria restrictiva, sino tan solo la eliminación de unos estímulos que podrían proporcionar a la economía combustible para el desencadenamiento de una espiral precios-salarios. Es decir, no se trata de rebajar los precios energéticos, sino de evitar que la inflación actual acabe perpetuándose.

Una consecuencia muy relevante del anuncio del BCE es que la finalización de las compras de deuda antes de lo previsto limita notablemente la capacidad de los Gobiernos de los países periféricos altamente endeudados, entre ellos España, para combatir los efectos de la crisis energética mediante la política fiscal —por ejemplo, a través de subvenciones o bajadas de impuestos a hogares y empresas más afectadas por el encarecimiento de la energía—. Si el margen de maniobra era ya reducido, ahora lo es aún más. Es más, sin el BCE actuando como demandante, existe el riesgo de que las condiciones en los mercados financieros se tensionen y comiencen a dispararse las primas de riesgo, lo que pondría a la institución en un nuevo dilema, que probablemente sería resuelto retornando al mercado a comprar títulos de deuda. 

Por otra parte, la incertidumbre es máxima; no sabemos cómo va a evolucionar el conflicto ni qué va a pasar en los mercados energéticos. No se puede descartar ningún escenario, ni por tanto un cambio en la valoración relativa del BCE con respecto a los riesgos para la inflación y el crecimiento. De hecho, en su comunicado dice expresamente que las compras netas podrían reanudarse si fuera necesario. No está claro, en suma, que el BCE vaya a poner fin a los estímulos de forma tan inmediata como ha anunciado.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El Periódico de España.

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Vivimos una crisis energética como la de los 70: las medidas de entonces que quizá veremos pronto

Estamos inmersos en una etapa inflacionista probablemente nunca vista en España. Al aumento de precios del pasado año por la salida de la crisis del COVID se suma una inesperada guerra en Ucrania que ha puesto el mundo patas arriba y los precios por las nubes.

Sobre todo, por la subida del coste de la energía. Al de la luz (ha llegado hasta 700 euros el megavatio) se une el de la gasolina, que en España ya ha rebasado la cota histórica de los dos euros por litro. Cifras nunca vistas que tienen temblando a los ciudadanos porque el problema no tiene pinta de acabar a corto plazo.

La dependencia europea del gas ruso y del petróleo está ya pasando factura, y nunca mejor dicho, a Europa, que no sabe cómo contener esta galopada de los precios. Porque si se veta el combustible ruso y se opta por importar de otros lugares, evidentemente los precios de otras fuentes de energía suben.

Vaya, una tormenta perfecta para dejar el bolsillo del consumidor temblando todavía más. ¿Se puede hacer algo para paliar esta situación? Josep Borrel ya ha recomendado contener el uso del gas en los hogares, ¿pero es esto suficiente?

Lo que pasó en los 70

El Gobierno está poniéndose manos a la obra ante el peligro que tiene esta situación en la economía española. Está claro que la guerra nos va a hacer más pobres, pero el objetivo es no dejar que sea demasiado.

Por ello, ha puesto sobre la mesa la posibilidad de poner en marcha una reserva de bienes estratégicos para no depender tanto del exterior y no perjudicar tanto a los ciudadanos cuando sucedan conflictos de este tipo.

Pero claro, hasta que esto se ponga en marcha, si es que sucede, la subida del coste de la vida no cesa. Por lo que quizá toque mirar hacia atrás en el tiempo para ver si podemos tomar ejemplo de épocas pasadas.

La situación más similar a la actual fue la crisis del petróleo de los 70. De hecho, fueron dos crisis seguidas que hicieron mella en el crecimiento tan grande que vivía España con la salida del franquismo (era el país de la UE que más crecía).

Una de las decisiones que se tomó en esa época fue subir los salarios al hilo de los precios, pero eso acabó condenando al Estado, que para no repercutir el coste de la energía en los consumidores en total lo asumió aumentando el déficit.

Por eso, cuando se puso en marcha el gobierno de Adolfo Suárez tuvo que atajar la situación porque todo se iba al traste. Así, se puso en marcha una política económica de restricción y contención, bajando sueldos y precios y con algo fundamental que ahora no podemos hacer: devaluar la peseta. El euro no lo permite, por lo que esta opción no es viable.

Una medida que dura hasta hoy es la del cambio de hora, para ajustar la producción y, la vida, en general, a las horas de luz e intentar ahorrar lo máximo posible. Pero eso ya no se puede volver a repetir.

Las medidas que impuso el mundo en una situación límite

Si bien hay medidas que se podrían copiar, aunque habría que poner todo el mundo su granito de arena para que surtieran efecto, pues hablamos de medidas duras, de racionamiento. Por ejemplo, en Estados Unidos los conductores de vehículos cuyas matrículas acabaran en número impar (o matrículas personalizadas) fueron autorizados a adquirir carburante solo en los días impares del mes, y la misma norma se aplicó a los propietarios de vehículos con matrículas pares.

Además, en algunos estados se utilizaron carteles y banderas de tres colores diferentes para indicar la disponibilidad de gasolina en las estaciones de servicio. Una bandera verde indicaba venta ilimitada de gasolina, una amarilla restricciones y racionamiento, y una roja indicaba que no se disponía de gasolina, pero la estación estaba abierta para otros servicios.

Por otra parte, Nixon redujo en 1974 el límite de velocidad a 90km/h y se creó una reserva de energía, lo que Sánchez quiere poner en marcha. Igualmente, el sector de la automoción tuvo que reducir el tamaño de los vehículos, para que gastaran menos.

En Reino Unido, por su parte, la situación fue tan dramática que el Gobierno redujo la semana laboral a tres días. Además, se prohibió iluminar escaparates, se limitó la actividad de bares y restaurantes y la televisión solo podía emitir hasta las 22.30 horas. El tráfico se convirtió en un caos, pues se apagaron los semáforos.

En Europa, de forma general, se pusieron en marcha medidas comunes en algunos países, como la prohibición de volar, navegar o conducir los domingos. De hecho, Países Bajos fue más lejos que nadie al imponer penas de prisión si se utilizaba el coche para algo que no fuera trabajar.

Así fue como, poco a poco, se pudo enmendar una situación muy grave. ¿Puede España poner en marcha medidas así? Se derrocha mucha al día y urge cambiar esa mentalidad, con mucha pedagogía e incluso alarma, pues la situación es grave y lo requiere. Pero, ¿será suficiente? ¿o tendremos que llegar a medidas tan drásticas como las vistas anteriormente?

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Siete medidas que puede tomar España para parar la inflación

La inflación está disparada, con un 7,6% no había sido tan alta desde diciembre de 1986. Urge actuar y tomar medidas para que la inflación no se vaya de las manos y acabe siendo un riesgo para la competitividad de la economía, el bienestar de los pensionistas y los pequeños ahorradores.

La política monetaria en España está en manos del Banco Central Europeo, con lo que el método habitual de parar la inflación (subir los tipos de interés), depende de las necesidades de un montón de economías. El Banco Central Europeo está dejando de comprar deuda pública, quizás el primer efecto de las medidas anti-inflacionarias. Por otro lado, existen ciertas medidas que se pueden tomar por parte del gobierno español para reducir la inflación.

Medidas para parar la inflación

  • Los precios se fijan mediante la oferta y la demanda, con lo cual existen dos modos de alterarlos, actuando sobre la oferta o sobre la demanda. La primera acción que puede tomar el gobierno para actuar sobre la demanda es reducir el gasto público. Esta medida es un poco peligrosa en el sentido de que puede afectar a la recuperación económica, pero claramente una reducción del gasto público haría que los precios no suban tanto como lo están haciendo.

  • Otra opción que puede tener para reducir la inflación es incrementar los impuestos sobre la renta, reduciendo la capacidad de pago de las familias para comprar bienes y servicios. Sería una medida impopular. Además en un país con impuestos altos aquellos que pueden se van del país para pagar menos impuestos; pero no dejaría de ser una opción factible.

  • Esta opción se podría combinar, o no, con esta otra, bajar los impuestos al consumo. En Polonia están reduciendo impuestos al consumo como el IVA sobre alimentos y carburantes para contener el impacto en los precios. Reducir unos impuestos, aumentar otros y reducir el gasto fiscal, supondría un revulsivo fiscal en España.

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Al respecto de medidas de oferta, creo que esta es la opción para reducir la inflación menos explorada en España en los últimos años y por donde más se puede actuar.

  • Una medida de oferta para reducir la inflación es incrementar la competencia, aumentando las restricciones por parte de las autoridades que vigilan la competencia. Eso hará que el poder de fijación de precios de las empresas disminuya y los precios bajen o dejen de subir. Las autoridades de la competencia, deben de estar muy pendientes de que en este momento inflacionario no disminuya la competencia y las empresas acumulen y usen poder de monopolio para incrementar sus precios.

  • Mejorar las cadenas de producción y distribución. No es una medida fácil, pero muchas veces las empresas e industrias tienen ciertos cuellos de botella que limitan lo que pueden producir. Por ejemplo autorizaciones administrativas, deficiencias en las infraestructuras públicas, falta de proveedores de calidad, etc. Un incremento de la competitividad de las empresas, incrementa la cantidad producida y los precios a los que pueden vender.

  • En EEUU existen voces que afirman que una opción sería acoger o legalizar a inmigrantes, ya que muchos puestos de trabajo no encuentran trabajadores, y que introduciendo inmigrantes, especialmente si están dispuestos a hacer el trabajo por menos, permitiría bajar los costes empresariales y con ello reducir la inflación.

  • Por último otra opción que se tendría por el gobierno, es establecer controles de precios. No obstante, es peligrosa, ya que lo que puede acabar consiguiendo es crear escasez de productos en el mercado y que se cree un mercado negro en el que se paga más por los productos. De eso en España tenemos tradición y experiencia con el “Estraperlo”, el mercado clandestino de los bienes racionados tras la guerra civil y a los que muchos nos han contado nuestros padres o abuelos sus experiencias con el mismo.

Como dice John H Cochrane en la Chicago Booth Review, para ganar una guerra no hace falta tener las herramientas, sino que hay que demostrar al enemigo que se está dispuesto a usarlas. Por tanto la opción de reducir el gasto público requeriría que los agentes (es decir, empresas, familias, etc) nos creyéremos que se va a reducir la inflación. De ese modo dejaríamos de intentar comprar todo ahora porque creemos que será más caro en el futuro y que la inflación se convierta en una profecía autocumplida.

No obstante uno se pregunta, ¿quiere un gobierno endeudado y hambriento de ingresos reducir la inflación o prefiere mantenerla ya que es un modo de tener una subida encubierta de los impuestos dados los muchos contratos laborales que se incrementan con la inflación?

Pregunta a los lectores ¿qué más creen que puede hacer el gobierno para reducir la inflación?

En El Blog Salmón | Cómo proteger los ahorros de tu vida de hiperinflación y depresión, por John T Reed

Más información | El Economista, MarketPlace, The Monitor, NY Mag, Washington Post

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Para la UE la sostenibilidad ya no es voluntaria

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Hace ahora 20 años la UE puso en marcha su particular vía hacia la inclusión de los principios de sostenibilidad en la actividad corporativa. La iniciativa de responsabilidad social empresarial, RSE, aprobada en 2001 y actualizada con sucesivas disposiciones y requerimientos informativos a las compañías, elegía la voluntariedad, la autorregulación y la sensibilidad de los gestores empresariales a las demandas de los stakeholders (clientes, proveedores, inversores y en general todos los grupos de interés alrededor de su actividad) como el modo de integrar el respeto a los derechos humanos y la protección del medio ambiente en su cadena de valor. Hablamos de cómo las empresas persiguen reducir o evitar los efectos negativos —por ejemplo, el trabajo infantil, los trabajos forzados, la contaminación o la pérdida de la biodiversidad— de su actividad. Dos décadas más tarde, los responsables comunitarios constatan que “la acción voluntaria no parece haber mejorado los resultados a gran escala a través de distintos sectores y, en consecuencia, se observan externalidades negativas de la producción y el consumo dentro y fuera de la Unión”. En consecuencia, han determinado que lo que no se ha conseguido con la presión del mercado, se consiga con la regulación y, desde ahora, en la Unión Europea, el compromiso social de las empresas no será una vía voluntaria, sino obligatoria. Así se desprende de una propuesta de Directiva sobre la diligencia debida de las empresas en materia de sostenibilidad que la Comisión adopta el pasado 23 de febrero.

El objetivo principal de la nueva Directiva es que las empresas determinen, prevengan, mitiguen y minimicen los efectos negativos de su actividad sobre derechos humanos y medio ambiente  —un anexo establece los impactos negativos en los ámbitos de derechos humanos y protección medioambiental relevantes para la norma—. También pretende que las compañías establezcan procedimientos de gestión interna y mejoren su información sobre la diligencia debida. Su cumplimiento será supervisado por agencias nacionales designadas por los Estados miembros que tendrán capacidad sancionadora. La norma otorga un papel especialmente activo a los directivos de las empresas, a quienes atribuye el deber de integrar la diligencia debida en la estrategia corporativa y, entre sus medidas de acompañamiento, establece la posibilidad de fijar ayudas financieras a las pymes.

La Directiva, secundada con varias disposiciones y comunicaciones complementarias[1], afecta a grandes empresas europeas y foráneas con un volumen de negocio superior a los 150 millones de euros y más de 500 empleados. También son objeto de la regulación compañías con una dimensión menor, pero pertenecientes a determinados sectores de alto impacto (industria textil al por mayor, agricultura, minería…). Quedan por el momento fuera de su ámbito de aplicación las pymes. 

En un análisis disponible a través del Observatorio Funcas de la empresa y la Industria (OFEI) el profesor Vicente Salas señala la presencia de externalidades negativas de carácter global como el principal desafío para la nueva regulación. La UE —recuerda— admite la necesidad de actuaciones más allá de sus fronteras y, por tanto, serán necesarios esfuerzos coordinadores que impliquen activamente a países miembros y no miembros, más allá de los efectos ejemplarizantes que la Unión espera de sus políticas. Aún así, Salas pronostica como dudoso el cumplimiento efectivo de los preceptos recogidos en la Directiva si, como él mismo indica, más allá de la coordinación de empresas y stakeholders, los efectos adversos de la actividad empresarial se derivan de la existencia de problemas de motivación.

Un comentario detallado de la Directiva, por Vicente Salas, está disponible aquí.


[1] La directiva sobre informes de sostenibilidad de las empresas, la comunicación sobre el trabajo digno en todo el mundo, la regulación taxonómica y la regulación sobre transparencia en finanzas sostenibles.

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Las renovables no son suficientes: la solución a la crisis energética europea pasa por conseguir más gas y petróleo

La invasión de Ucrania por parte de Rusia ha puesto de relieve la dependencia Europea en materia energética de factores externos. Es algo que no es reciente (no hay más que ver la crisis del petróleo de los años 70), pero desde luego lo que ha dejado bien claro es que el plan de descarbonización que tenemos es todavía muy incipiente y no es, desde luego, suficiente para dejar de depender de las importaciones de gas y petróleo de Rusia.

En las noticias se habla mucho de la electricidad, debido a que sus altos precios son un indicativo de un problema, pero lo cierto es que el consumo energético de electricidad no es ni siquiera el mayor de los consumos energéticos en países como España: el transporte, la calefacción el uso industrial tienen mucho peso.

Consumo de energía primaria en España

Si miramos el último año del que hay datos detallados, 2019, España conumió 126.107 ktep (kilotoneladas equivalentes de petróleo). Esa energía se transforma en un consumo de energía final de 91.510 ktep, de los cuales 86.158 ktep son para usos energéticos y 5.352 ktep para usos industriales no energéticos.

Consumo Espana

Diagráma Sankey de la energíaa en España en 2019

También se puede ver en el diagrama anterior la procedencia de la energía primaria en España. Ahí las renovables solo suponen un 14% del total, siendo principalmente el petróleo (44%) y el gas natural (25%) los dos que tienen mayor peso. Es cierto que desde 2019 los datos han evolucionado, pero los de 2020 son un poco raros debido a la disminución de la demanda por la pandemia.

Por tanto, aunque en la producción eléctrica ya se puede hablar de que la producción renovable es de al menos un 40% (un 60% si metemos ahí la nuclear) y que la producción con combustibles fósiles está por debajo del 40%, lo cierto es que si miramos todo el consumo energético de España (no solo el eléctrico), la parte de combustibles fósiles es todavía muy mayoritaria, sobre el 70%.

La descarbonización en Europa

Cuando se habla de descarbonización muchas veces se simplifica en exceso, diciendo que lo que hay que hacer es instalar más placas solares en los tejados desaprovechados. Independientemente de que esta visión tiene muchas pegas prácticas (¿quién lo paga? ¿cómo se afronta el transporte? ¿cómo se almacena para las noches o días nublados?), lo cierto es que el consumo eléctrico no es, como hemos visto, el principal consumo de energía en un país como España (el resto de Europa es equivalente).

Por un lado tenemos el transporte. El consumo de productos refinados del petróleo (gasoil y gasolina) es muy significativo. Muchas veces se habla del vehículo eléctrico, pero aparte de los problemas prácticos (coste de los vehículos y de los cargadores) también existen otro tipo de problemas (¿qué pasa con los camiones de largo recorrido? ¿soportará la red un incremento de la demanda?).

Y también tenemos otros usos energéticos, como en calefacción o en industria, que difícilmente se pude electrificar sin incurrir en altos costes y desde luego no se puede hacer de una forma precipitada porque no habría, por poner un ejemplo, suficientes instaladores y bombas de calor para sustituir todas las calefacciones de gas natural o gasoil que hay en España.

Por eso siempre que se habla de descarbonización en Europa se pone un horizonte de 2050. Y aún así treinta años son pocos para todas las medidas que hay que tomar. Por ejemplo hay ámbitos donde no hay solución, se necesita "quemar" algo, y ese algo va a ser hidrógeno que actualmente se obtiene emitiendo CO2 (a través de procesado de gas natural). La obtención de hidrógeno a partir de electricidad es muy poco eficiente y los costes a corto plazo serán muy grandes.

Soluciones para dejar de depender de Rusia

El problema inmediato es la crisis de suministro que nos viene si se sanciona más duramente a Rusia o si estos cortan el suministro. Y por tanto el plan de Europa es lograr más gas y petróleo de forma alternativa a corto plazo, dejando un poco de lado el foco en la descarbonización.

Pero como se ha visto recientemente en otros sectores, cambiar la cadena de suministro no se puede hacer fácilmente sin crear disrrupciones e incluso interrupciones. Y hay varios problemas a afrontar.

Por un lado en el tema del petróleo se puede intentar recurrir a otros proveedores habituales, sería cuestión de presionar para que los productores habituales aumenten su producción a cambio, no solo de dinero, sino también de otros favores políticos.

En el caso del gas el problema tiene otra vertiente. El gas que importa Europa es principalmente ruso y viene por gaseoductos. La solución sería importar más gas licuado a través de barcos, pero hay dos problemas: no hay suficientes en el mundo y por otro lado faltarían centros de regasificación (el gas licuado hay que "deslicuarlo" e inyectarlo en las redes de distribución de gas).

Por tanto el plan de Europa es dejar de depender del gas y petróleo rusos implica obtener alternativas de gas y petróleo, meter más renovables en la producción eléctrica para reducir el uso de gas, aumentar la eficiencia energética, transformar usos industriales, y así dejar de depender de Rusia en... ¡2030!

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La guerra energética. Precios eléctricos de destrucción masiva

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La primera onda expansiva de la guerra nos ha llegado en forma de precio de la electricidad. No hace mucho era noticia que el precio del MW/h había alcanzado los 100 euros. Hace dos días, arrastrado por el precio y la escasez de gas, superó los 500. Las consecuencias redistributivas y de perdida de riqueza van a ser enormes y urge tomar medidas excepcionales, propias del contexto bélico en el que nos encontramos. Desconocemos cuánto puede perdurar en el tiempo esta situación y es posible que el suministro de gas ruso se reduzca aún más y, con ello, aumente la presión al alza sobre los precios.


Menos del 10% de la electricidad que se consume en España se produce con un gas natural que ahora está por las nubes. Al mismo tiempo, nuestro sistema de fijación de precios eléctricos (llamado comúnmente “marginalista”) toma el precio máximo —marginal— de un pool de tecnologías, entre ellas las que emplean el gas para la generación, como precio para toda la electricidad. Este precio ahora extraordinario supone un beneficio igualmente excepcional para las empresas eléctricas que producen el 90% restante, utilizando energía nuclear, renovable o hidroeléctrica. Todas ellas hicieron sus planes de negocio e invirtieron en un mercado eléctrico en el que, en la década pasada, no se superaron los 50 euros por MW/h, por lo que, de cada 10 euros que obtengan mañana, más de 9 serán de beneficio. 

Este no es un problema español; todos los países de nuestro entorno tienen precios de la energía similares. Es más: estamos en un mercado único europeo, y la respuesta a este reto debe venir fundamentalmente de Europa. La UE ha sido tradicionalmente reticente a modificar el marco regulatorio eléctrico cuando en el pasado ha habido crisis de precios. Sin embargo, la actual es de tal magnitud que la comisaria de Energía ha anunciado que se va a intervenir en el mercado para reducir en lo posible el precio. En esta entrada vamos a analizar posibles medidas que se podían tomar.  

La primera idea que se apunta es cambiar el sistema de fijación de precios por uno en el que, a diferencia de lo que sucede ahora, las empresas reciban el precio de acuerdo a la puja/oferta que presentaron en la subasta, o incluso que se hagan subastas por diferentes fuentes de energía. Como ya explicamos en otra entrada, esto no funciona. No solo porque cambiar el sistema de fijación de precios es un proceso complejo y largo, para el que seguramente no tenemos tiempo, sino porque, además, no sería efectivo. La teoría económica demuestra que hay una maldición, llamada “principio de equivalencia” que hace que, si la demanda es inelástica y finalmente hay que meter en el sistema este MW/h de oro producido por gas natural, el precio de las demás fuentes de energía se acercará al precio del gas independientemente del formato de subasta que se emplee. 

Les remito a esa entrada para ver los argumentos técnicos; allí también se apuntaba a un camino más expeditivo, que es fijar un tope regulatorio al pago por MW/h diferenciando por fuente de energía. Esta medida podría aplicarse al menos a las energías verdes y a la nuclear. El caso de la hidroeléctrica es más complejo, porque interesa preservar los incentivos a que se use cuando sustituye a las energías más caras. Ese precio máximo puede fijarse por encima de la media de los años anteriores al 2020 —ese año de pandemia fue especialmente bajo, unos 34 euros— para asegurar que estas fuentes de energía inframarginales cubren costes variables y de amortización. 

La principal ventaja de este sistema es que es transparente y no hace necesario cambiar el sistema de fijación de precios. El problema es que, en la práctica, supone cambiar las reglas de juego a las empresas de electricidad y expropiar parte de sus beneficios. Los economistas académicos somos vistos habitualmente como conservadores, porque somos conscientes de lo importante que es la confianza de los mercados en la seguridad jurídica y la necesidad de preservar los derechos de propiedad para garantizar las inversiones futuras. La reputación se construye en décadas y se destruye en minutos. Pero esto no puede paralizarnos cuando llega una situación de emergencia. No hay que saltarse semáforos, pero entendemos que las ambulancias no esperen a que cambien de color cuando transportan a la víctima de un infarto.  

Una medida así requiere evaluar los riesgos jurídicos y necesita de consenso político europeo; por ejemplo, algunos países exportan energía nuclear y pueden oponerse a reducir los beneficios extraordinarios de este tipo de energía —confiemos en que comportamientos no solidarios así no afloren—, y por eso es útil explorar otras alternativas. No se vislumbran muchas. Una posible sería replicar el precio máximo con un impuesto, que gravaría el exceso de remuneración a las fuentes de energía alternativas al gas para extraer los beneficios excesivos (como se ha ensayado ya, dicho sea de paso, para evitar los efectos de los derechos de emisión). Esta medida es menos transparente que los precios máximos, pero plantea, al parecer, menos problemas jurídicos.

Se ha sugerido también la posibilidad de incidir exclusivamente en la energía eléctrica producida con gas, por ejemplo, excluyéndola del pool. Es decir, se haría una primera subasta con el resto de las fuentes de energía y una segunda solo con la producida por gas (para terminar de cubrir toda la demanda). ¿Cambiaría esto el resultado actual? Probablemente no. Las empresas inframarginales (que ahora pujan muy por debajo del precio) anticiparán que todas las pujas serán aceptadas siempre que estén por debajo de las del gas, subirán sus pujas y el resultado no cambiará mucho. Es el reverso oscuro del principio de equivalencia. ¿Y si obligamos a las empresas que producen con gas a pujar con un precio máximo, y las compensamos después? En la práctica, es parecido a imponer un precio máximo al resto de las tecnológicas, pero con un problema añadido: ¿Qué perdidas compensamos? 

Otra medida más imaginativa, pero con muchos más riesgos, sería que el Gobierno comprase a pérdidas el gas y lo revendiese a las eléctricas a un precio por debajo del de mercado, siempre que pujasen por debajo de un determinado límite. Se trasladaría así al déficit gran parte del incremento del precio del gas (pero que correspondería solo a la producida con esta tecnología), rebajando el precio del pool, y con ello, los beneficios extraordinarios de las eléctricas que producen con otras tecnologías. 

En definitiva, la UE se enfrenta a un problema complejo —y el análisis académico se hace en condiciones ideales, a resguardo de los vientos de los lobbies eléctricos y los intereses de cada uno de los países—. Siempre es aconsejable huir de respuestas simplistas y análisis maniqueos; con más razón ante rompecabezas tan complicados como el del precio de la electricidad.

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