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Navidades adaptativas: ajustes del gasto y evitación de conversaciones políticas

Llega la Navidad y, con ella, unas fiestas que a la mayor parte de los españoles nos gusta celebrar. Así lo pone de manifiesto la ‘Encuesta Funcas Navidad 2022’, realizada online entre el 2 y el 12 de diciembre a 1.032 ciudadanos de nacionalidad española de entre 25 y 65 años. La muestra representa, por tanto, a las generaciones que nacieron a lo largo del periodo conocido como el baby boom (desde los últimos años cincuenta hasta el final del régimen de Franco) y durante los dos siguientes decenios (marcados por la transición y la consolidación de la democracia); es decir, a casi 23 millones de españoles.

Casi tres de cada cuatro encuestados (73%) reconocen que les gusta celebrar las fiestas de Navidad. Ese “gozo navideño” está más extendido entre los menores de 45 años y, en particular, entre las mujeres más jóvenes: nueve de cada diez de las que cuentan entre 25 y 34 años (89%) contestan afirmativamente a la pregunta acerca de si les gusta celebrar la Navidad, proporción que cae a seis de cada diez en el grupo de las mujeres de 55 a 65 años (59%). También se aprecian diferencias significativas a este respecto en función del tamaño del hogar en el que viven los encuestados: mientras seis de cada diez encuestados que viven solos (59%) aseguran que les gusta celebrar la Navidad, entre los que residen en hogares de tres o más personas el porcentaje asciende a 81% (Gráfico 1).


La principal razón por la que a los españoles nos atrae la Navidad es de carácter social: el 62% de los encuestados a los que les gusta celebrar estas fiestas ven en ellas “una buena ocasión para compartir tiempo con la familia y los amigos”. Sumados a los que mencionan esta misma razón en segundo lugar (24%), se obtiene una proporción cercana a nueve de cada diez encuestados. La respuesta referida al especial “ambiente navideño en las calles y casas” la citan (en primer o segundo lugar) casi dos tercios de los encuestados a los que les gusta la Navidad (64%). En cambio, la religión adquiere menos importancia en esta lista de razones: el 17% menciona la conmemoración del nacimiento de Jesús como una de las dos principales razones explicativas de su gusto por la Navidad, porcentaje que aumenta con la edad de los encuestados, acercándose al 30% entre los de más edad (55-65 años) (Gráfico 2).


Aunque casi tres cuartas partes de los encuestados reconocen que les gusta celebrar las fiestas navideñas, la proporción de los que se declaran ilusionados ante la próxima Navidad queda por debajo del 60%. En efecto, al 42% le ilusiona “bastante”, y al 15%, “mucho”, pero a un tercio (34%) le ilusiona “poco”, y a un 9% “nada”. Llama la atención que a uno de cada cinco encuestados (21%) a los que les gusta celebrar la Navidad, la que ahora comienza le ilusione “poco” o “nada”. 

La ilusión por la Navidad de 2022 se percibe más entre las encuestadas más jóvenes (25-34 años: 81%) y también se halla más extendida en el grupo de encuestados que viven en hogares formados por tres o más personas (66%) y en los que entran más de 3.000 euros al mes (67%). De los datos se desprende con claridad que la “ilusión por la Navidad” aumenta con el nivel de renta y, por tanto, la capacidad de gasto de los hogares (Gráfico 3).


Entrando en la celebración concreta de las fiestas, seis de cada diez encuestados afirman que van a cenar en Nochebuena y comer en Navidad con familiares con los que no viven habitualmente (61% y 60%, respectivamente). Cenas de Nochebuena y comidas de Navidad en soledad son muy poco frecuentes entre los españoles de las edades incluidas en la muestra encuestada (25-65 años). No más de un 3% de los encuestados anticipan que cenarán en Nochebuena o comerán en Navidad solos, si bien entre quienes viven en hogares unipersonales los porcentajes se elevan hasta el 10-13%. No obstante, aproximadamente dos terceras partes de los encuestados que viven solos van a celebrar la Nochebuena (65%)  o la Navidad (68%) con familiares con los que no viven habitualmente (Gráfico 4a). 

En cuanto a los gastos previstos para la cena de Nochebuena y la comida de Navidad, el mayor desembolso lo asumen quienes “ponen la casa”. En efecto, los encuestados que van a celebrar la Nochebuena en su propia casa estiman un gasto medio de 121 euros, mientras que el previsto por quienes van a cenar en casa ajena ronda los 70 euros. Los importes correspondientes al gasto de la comida de Navidad son menores, pero, también en esta fecha, la celebración en la propia casa comporta gastos bastante más elevados. El gasto medio estimado por los encuestados que van a celebrar la Navidad en su propia casa supera los 90 euros, aproximadamente 40 euros más que el de quienes piensan disfrutarla en casa de otra persona (Gráfico 4b). 

Según una amplia mayoría de encuestados, las cantidades que van a gastar en la cena de Nochebuena y en la comida de Navidad serán, más o menos, iguales a las que gastaron el año pasado: así lo manifiesta el 69% a propósito de la Nochebuena, y el 75% a propósito de la Navidad. Los encuestados que viven en hogares con bajos ingresos reconocen en mayor medida que el resto de encuestados que gastarán menos que el año pasado, mientras que los que viven en hogares con ingresos altos declaran con más frecuencia que el resto que gastarán más que en 2021 (Gráfico 4c). Teniendo en cuenta la elevada inflación de precios de los productos de alimentación, las respuestas mayoritarias que dan los encuestados a la pregunta sobre si gastarán más, menos o igual en 2022, permiten pensar que las mesas de la cena de Nochebuena y de la comida de Navidad serán este año, en general, más austeras (o menos espléndidas) que el año pasado. La celebración de las Navidades se adapta de este modo a la subida de los precios: el gasto se mantiene, aunque ello signifique ajustar la cantidad o la calidad de los productos que se consumen. 


La previsión de gastar más o menos el mismo dinero que el año pasado también se aplica a la Nochevieja y a los regalos. Aproximadamente dos terceras partes de los encuestados así lo prevén en ambos casos, si bien entre el 17 y el 18% tienen pensado gastar más que el año pasado en la última noche del año y en la compra de obsequios. Aun cuando cerca de un tercio de los encuestados prevé gastar en regalos más de 300 euros, el 61% anticipa un gasto menor. El gasto medio en regalos previsto por todos los encuestados se sitúa en 195 euros, pero es mayor entre las mujeres (205 euros frente a 183 euros entre los hombres). Solo un 5% de los encuestados (8% de ellos y 3% de ellas) confiesan que no gastarán nada en regalos, aunque la proporción más alta de quienes no tienen pensado hacer regalos se encuentra en el grupo de  hombres de 25 a 34 años: uno de cada seis de ellos (17%) contesta que no gastará en regalos, mientras que las encuestadas de la misma edad que dan semejante  respuesta apenas representan un 3%. Como cabe esperar, el gasto medio previsto en regalos aumenta a medida que lo hace el nivel de ingresos domésticos, superando los 280 euros entre los encuestados que viven en hogares con ingresos superiores a los 3.000 euros (Gráfico 5).


Por mucho que la cena de Nochebuena y la comida de Navidad lleven consigo gastos y dedicación especiales, su éxito depende en gran medida de que se desarrollen cordialmente y sin tensiones. Conseguir este objetivo aconseja en algunas ocasiones orillar algún asunto en las conversaciones que se desarrollen durante las celebraciones. De hecho, el 50% de las encuestadas y el 40% de los encuestados contestan afirmativamente a la pregunta sobre si consideran conveniente evitar algún tema de conversación en las comidas o cenas navideñas. Son también las más jóvenes quienes creen conveniente dejar al margen algunos temas en las cenas y comidas navideñas: así lo piensa el 64% de las que tienen entre 25 y 34 años (frente al 47% de los hombres de esas mismas edades). Cuando a los encuestados que se inclinan por apartar de las conversaciones algunos asuntos se les pide que concreten los temas que consideran conveniente evitar, la mitad hace referencia a los “temas familiares delicados” (51%), pero son muchos más los que se refieren a “la política” (80%) (Grafico 6). Si se calcula este porcentaje sobre el total de la muestra encuestada, se obtiene que más de un tercio de los españoles de 25 a 65 años (40% de las mujeres y 36% de los hombres) tratarán de eludir la política durante las comidas o cenas navideñas.


Aunque parece que la política no será bienvenida en muchos hogares durante estas fiestas, en torno a tres de cada diez encuestados anticipan que escucharán el mensaje del Rey en Nochebuena. Un 28% afirma que lo hará en directo, mientras que un 7% revela que lo escuchará “más tarde, en diferido” (Gráfico 7). De acuerdo con las respuestas de los encuestados, los baby-boomers, en particular los que —como el monarca—  nacieron en el último tramo de ese periodo de elevada natalidad, están más interesados en escuchar el mensaje del Rey que las generaciones que les suceden.


La ‘Encuesta Funcas Navidad 2022’ en siete puntos

  1. A la gran mayoría de los españoles entre 25 y 65 años les gusta celebrar la Navidad. Las mujeres jóvenes la disfrutan especialmente, así como también quienes viven en hogares de tres o más personas y en hogares con más ingresos.
  2. La Navidad gusta, sobre todo, por su carácter de evento familiar y social. La cena de Nochebuena y la comida de Navidad se celebran mayoritariamente con miembros de la familia con los que no se comparte hogar. Incluso la mayor parte de los españoles de las edades comprendidas en la muestra encuestada que viven solos se reúne con la familia para cenar en Nochebuena y comer en Navidad.
  3. La renta y el sexo de los ciudadanos son variables que inciden en la ilusión que sienten los ciudadanos por la Navidad: esa ilusión cunde más entre las mujeres (en particular, las jóvenes) y en los hogares con ingresos más elevados. 
  4. En la cena de Nochebuena se gasta más dinero que en la comida de Navidad o en la Nochevieja. Ahora bien, el gasto depende mucho de dónde tengan lugar las celebraciones. Celebrar las fiestas navideñas en la propia casa es generalmente más caro.
  5. Aun cuando los precios de los productos que se consumen masivamente en las fiestas de Navidad han crecido intensamente en los últimos meses, la gran mayoría de los españoles entre 25 y 65 años prevén gastar más o menos lo mismo que el año pasado, lo que implica que van ajustar su demanda para que el gasto total no aumente respecto al realizado en las fiestas navideñas del pasado año. 
  6. La compra de regalos también se prevé ajustar a un presupuesto que tiene como referencia lo gastado en las navidades de 2021. En general, las mujeres gastan más que los hombres en regalos, lo que encaja con su declarado mayor disfrute de la Navidad e indica  que, en el contexto de estas fiestas (y seguramente también de sus relaciones interpersonales), ellas conceden a los obsequios más importancia que ellos. 
  7. Ante el riesgo de conflictos familiares, muchas cenas y comidas navideñas van a esquivar los asuntos políticos. Sin embargo, uno de cada tres españoles de 25 a 65 años afirma su intención de escuchar el Mensaje del Rey en Nochebuena, una proporción que entre los miembros de la generación del baby boom (45-65 años) ronda el 40%. 

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Por qué ascienden los idiotas y elegimos a políticos inútiles

Una de las maneras más efectivas de mejorar nuestra economía doméstica es avanzar en la carrera profesional. Por eso, examinemos algo fundamental sobre cómo funciona. Así, de paso, sabremos por qué esas cabezas parlantes en las reuniones, o esos políticos de la televisión, parecen eternos inútiles.

Resulta que una cosa y la otra están relacionadas, por cómo funcionamos las personas y el juego del poder.

Mi intención no es que este artículo sea un manual de instrucciones (aunque allá cada uno), pero siempre es necesario comprender el verdadero juego en el que estamos metidos y las reglas reales que lo gobiernan.

Si no, es imposible ganar o ascender.

Así pues, ¿por qué ascienden los idiotas, ya sea por decreto o votación? Veamos varios motivos y dos cuestiones fascinantes (en mi opinión).

La confianza da confianza

Elegimos personas para que lleven a países y empresas hacia el futuro. Pero el futuro es un lugar incierto por definición, no hay camino marcado. Y, ¿qué hacemos en tiempos de incertidumbre? Miramos a los demás y seguimos a los que parecen más seguros.

Me gusta citar al filósofo Bertrand Rusell y aquí va de nuevo:

La causa fundamental del problema es que los estúpidos están seguros de sí mismos, mientras que los inteligentes están llenos de dudas.

Que no es una cuestión meramente filosófica, porque se ha demostrado ampliamente que preferimos la confianza a la competencia.

Todos los asuntos importantes suelen tener soluciones complejas y multifactoriales, pero no le digas eso a nadie para convencerle, porque buscará a quien le dé la solución sencilla y rápida con seguridad.

La culpa es de los inmigrantes, de los ricos, de las mujeres, de los hombres, de los azules, los rojos... O el coronavirus se irá en primavera, ni siquiera existe, pero, a la vez, se cura con remedios estrambóticos.

Mientras, los que saben de verdad también son conscientes de lo mucho que ignoran, responden a ciertas preguntas que precisan más datos (con razón) y reconocen que hay cosas que no saben. Además, sus explicaciones son complejas y nos perdemos en ellas.

No ansiamos la verdad, sino certezas, aunque no existan. Y la certeza total es la marca del idiota.

Premiamos inconscientemente rasgos físicos y no de competencia

Los rasgos físicos cuentan para ascender

Esos rasgos pueden no ser los más adecuados para un liderazgo moderno, pero los biólogos evolutivos saben que hemos cambiado poco desde que bajamos del árbol. Esa evolución actúa despacio y la programación inconsciente que llevamos dentro sigue siendo muy parecida a la de los tiempos de la cueva y el mamut.

Así, muchos políticos electos tienden a conservar más cabello en la cabeza que la media de su edad, y la apariencia externa puede influir mucho en votaciones (entre un 5% y un 8%, lo cual puede decidir una elección), algo corroborado una y otra vez.

Del mismo modo, está demostrado que la brecha salarial y de éxito de los guapos es importante. A su favor, claro.

En definitiva, antes nos arremolinábamos ante líderes altos, fuertes y atractivos, por cuestiones físicas y pragmáticas, y algo de eso queda e influye.

Que no es que nuestros políticos sean siempre así (las estructuras de poder establecidas cuentan más), pero, en general, los guapos suben y los que somos feotes, y hacemos demasiadas escapadas al frigorífico, somos percibidos como más incompetentes, aunque no lo seamos.

En el juego de probabilidades que es la vida, los de la lotería genética vuelven a tener más boletos para acabar arriba.

A la gente le gusta la gente que se le parece

El presidente George W. Bush nunca pareció el cuchillo más afilado del cajón y eso lo reconocían votantes de toda ideología. Sin embargo, esos mismos votantes distintos también estaban de acuerdo en que parecía un buen tipo con el que tomarse una cerveza, campechano y parecido a ellos.

Una vez más, valoramos características diferentes de la competencia o la sabiduría para el puesto de líder. Valoramos la cercanía y que se parezcan a nosotros.

Y, sobre todo, aborrecemos a los inteligentes, porque nos recuerdan que nosotros no lo somos y nos sentimos por debajo. Un pecado emocional imperdonable si quieres poder.

Al final, las personas tendemos a dar ese poder (desde abajo con votos o desde arriba con ascensos) a la gente que nos gusta. ¿Y quién nos suele gustar? Quien se nos parece.

Recordemos, cuando dimos aquellos polémicos consejos para ascender en el trabajo, que los que caían simpáticos en las reuniones de evaluación obtenían mejor nota según los estudios, aunque tuvieran menor desempeño que otros que caían peor.

La gente antepone la pertenencia a grupos sobre la competencia

El poder del grupo cuenta muchísimo para ascender

¿Hace falta decir mucho sobre esto?

Los humanos ansiamos pertenecer a algo más grande que nosotros, lo hacemos parte de nuestra identidad cuando lo conseguimos y el tribalismo reina.

Así que sí, ese candidato, o ese ejecutivo sensato, parece más apto y propone cosas que me benefician, pero es que no es de mi cuerda y el otro sí me ha convencido de que «es de los míos». Y es verdad que ha bailado borracho, insultándome y diciendo que hará cosas contra mis intereses. Pero en serio, «es de los míos».

No voy a insistir, cualquiera que haya hablado de política, fútbol o religión comprende esto.

Muchos competentes se apartan del juego del poder

Porque comprenden que hay cosas más importantes y que la vida es una y breve. Así que no están dispuestos a sacrificar dignidad, salud, familia o amigos por juegos de sombras y puñales.

Así que, simplemente, ese juego del poder filtra a muchas personas competentes, que se van a otra parte donde las estructuras sean más afines. O, simplemente, eligen no jugar como única manera de ganar, igual que aquella computadora de la película Juegos de guerra (sí, soy mayor).

Así, acaban en ambientes más académicos, menos competitivos o viviendo una vida plácida, apartada de donde se toman las decisiones.

La conjunción de estos motivos está demostrada y explica en buena parte el fenómeno de por qué ascienden los idiotas y los elegimos como políticos. Sin embargo, he aquí algo importante que no suelo ver reflejado en todos esos artículos sesudos sobre la idiocracia en organizaciones y gobiernos.

¿Y si, realmente, los de arriba no son tan idiotas como pensamos?

Quizá los de arriba no sean tan tontos como pensamos

Imposible, lo sé. Sin embargo, en algunos casos puede que, simplemente, creamos que es así, cuando la realidad es otra.

Que los de arriba no sean tan inútiles como parece a primera vista se puede dar por dos razones fundamentales: un tipo llamado Peter y, de nuevo, la naturaleza del poder y su funcionamiento.

El principio de Peter, o por qué ser un jefe «inútil» es algo inevitable

El «Principio de incompetencia de Peter» ha salido a pasear en alguno de mis artículos anteriores y establece que uno asciende hasta su nivel de incompetencia.

Ejemplo que he visto personalmente a menudo y ya nombré: el excelente programador que es un as del código y va ascendiendo a senior, jefe de proyecto, jefe de equipo, de departamento... Pero cuanto más asciende, más lo hace hacia puestos donde hace falta capacidad de gestión, no técnica.

Así que la superestrella programadora se acaba revelando como un inútil. Pero no lo es realmente.

En muchos casos, el inepto no es inepto en sí, sino inepto para el puesto al que ha ascendido, diferente de aquel para el que se le contrató. Es un caso de estar en el lugar equivocado, porque, en el correcto, esa persona seguiría siendo un genio.

El poder genera idiotas de manera inevitable

Las estructuras de poder generan idiotas sin que lo podamos evitar

El poder es muy bueno perpetuándose, pero el poder más habitual que nos encontramos en una organización, probablemente, está condenado a convertirse en una idiocracia.

En mi opinión, es probable que, como el principio anterior, esta sea otra maldición inevitable.

La clave está en observar cómo funcionan los autoritarismos y dictaduras que, en esencia, son una estructura de poder análoga a la de muchas empresas.

Unos pocos constituyen una oligarquía con un líder, reinando sobre un montón de gente y tomando las decisiones entre ellos, sin consultar democráticamente a esos sobre los que mandan.

Así, no importa lo listos que seamos al llegar arriba, porque no dejamos de ser personas. Rodeados por la corte del faraón, que siempre dice que sí porque quiere mantenerse en el poder, el líder y los cortesanos empiezan a ver una realidad distorsionada. La dieta es solo coba y los inteligentes, con información errónea, toman decisiones estúpidas.

Cegado por esa falta de información veraz que no puede penetrar en su burbuja, el líder va tomando decisiones cada vez peores, ya que nadie le dice las verdades del barquero.

O bien, quien se las dice, acaba decapitado, porque al poder no se le reta a menos que hayas asegurado apoyos para un cambio de régimen. Si no, el patíbulo es el premio.

Ya se sabe: «Si vas a por el rey, mejor que no falles...».

Ese rey y sus cortesanos se acaban creyendo, inevitablemente, el cuento de que están ahí por merecimiento, y no por la habitual mezcla de suerte, influencia heredada y afinidad con el poder ya establecido. De ese modo, pronto se creen infalibles y que los demás no tienen ni idea.

Así, ya sea en asuntos de política, guerras o gestión de empresas (incluyendo redes sociales), las decisiones son cada vez más estrambóticas.

Sea como sea, el fenómeno de los líderes inútiles parece condenado a repetirse una y otra vez.

Y ahora que sabemos los factores que influyen en subir hasta la corte, casi mejor no usarlos nunca. Que nosotros sí podremos cambiar las cosas desde dentro es otro bonito cuento, pero el poder y su funcionamiento son implacables.

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Los tipos de interés que vienen

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Se esperaba que el giro restrictivo de la política monetaria iniciado por el banco central desde el pasado verano se acercara a un punto de inflexión, en consonancia con la moderación de algunos de los principales factores del brote inflacionista: suavización de los cuellos de botella, menor pujanza de los mercados energéticos, contención de los salarios. Sin embargo, las expectativas de una mayor gradualidad se han visto frustradas por el mensaje inesperado del comunicado del BCE divulgado esta semana: Frankfurt procederá a nuevas subidas “significativas” de tipos de interés y prolongará el ciclo restrictivo pese a la recesión que se vislumbra, según sus propias previsiones. 

Las declaraciones de Christine Lagarde posteriores a la publicación del comunicado no dan lugar a duda. El BCE incrementará fuertemente los tipos de interés, adicionalmente al medio punto recién instrumentado, lo que probablemente dejará la facilidad de depósitos (la referencia que vertebra la política monetaria) por encima del 3% a partir de la primavera, con perspectivas de nuevos ajustes posteriormente.      

El endurecimiento se apoya en un diagnóstico pesimista acerca de la evolución de la inflación. La previsión de IPC de la eurozona se ha revisado al alza en torno a un punto porcentual, hasta el 6,3% en 2023 y 3,4% en 2024. Y sobre todo el banco central considera que, a falta de medidas restrictivas, la inflación podría anclarse por encima del objetivo del 2%. 


El caso es que el contexto internacional generado por la guerra en Ucrania sigue siendo muy incierto, y que un nuevo shock energético no se puede descartar ya sea por factores geopolíticos o por el cambio de estrategia de China frente al covid (si bien los mercados a plazo lo descartan de momento, a tenor de la estabilización de la cotización del gas en torno a su nivel actual). Además, los precios de los alimentos no dan tregua, convirtiéndose en el principal quebradero de cabeza. El mercado laboral apenas se ha resentido del debilitamiento de la economía, alentando temores a un recalentamiento en algunos países. 

Frente a estos argumentos, otros abogan por una mayor gradualidad en la normalización de la política monetaria. Porque la vuelta de tuerca ya se percibe en los criterios de concesión de préstamos, los costes de financiación y el crédito. En España, por ejemplo, el volumen de nuevos préstamos hipotecarios ha caído un 22% en los últimos dos meses, y el de préstamos a empresas un 17% (en términos desestacionalizados). Si bien la economía ha resistido mejor de lo previsto, las señales de un próximo enfriamiento son inequívocas. La mayoría de familias han agotado el colchón de ahorro, de modo que la pérdida de capacidad de compra se está trasladando al consumo. Los indicadores avanzados de ventas de grandes empresas, encuestas de facturación y expectativas de actividad y de consumo, se orientan a la baja. Y el propio BCE anticipa una caída del PIB durante los dos próximos trimestres (-0,3% en total), lo que entraña una elevación de la previsión de paro. 

Ante esos riesgos, el mero hecho de anunciar fuertes subidas de tipos no es anodino. Todo ello podría haber incitado a una mayor cautela por parte del banco central, pero sin duda la preocupación con la inflación en países como Alemania ha pesado más. Tendremos también que integrar otra importante decisión de la autoridad monetaria: la retirada progresiva de los títulos de deuda adquiridos por el banco central durante la era, ya pasada, de abundancia de liquidez. Este proceso de “restricción cuantitativa” será paulatino (el BCE todavía conservará en su balance la mitad de los bonos que llegan a vencimiento) y sujeto a modificaciones en función de las circunstancias para evitar sobresaltos financieros. Pero, la restricción cuantitativa unida a las subidas de tipos conforma un desafío para la sostenibilidad de nuestra deuda pública. 

IPC | El IPC registró en noviembre un descenso del 0,1%, reduciendo la tasa de inflación total hasta el 6,8%, frente a una media del 10% en el conjunto de la zona euro. Sin embargo, la tasa subyacente se mantiene en niveles elevados (6,3%). Las presiones inflacionistas en la tasa subyacente se han moderado en los últimos meses, pero los incrementos mensuales continúan siendo superiores a los habituales antes de la pandemia. De las 192 subclases de bienes y servicios que componen el IPC, 100 tienen tasas de inflación superiores al 6%.  

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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Suecia y el hundimiento de su mercado inmobiliario

Si por algo se han caracterizado los países nórdicos en los últimos años es por los tipos de interés negativos. Una decisión que tenía como objetivo combatir un escenario de deflación o baja inflación que se había asentado en la economía.

Cabe destacar el caso de Suecia. El Riksbank sueco, el banco central más antiguo del mundo, fue el primero en poner en negativo su principal tipo de interés de recompra -al que los bancos comerciales pueden pedir prestado o depositar dinero- a principios de 2015, para evitar la deflación, y no volvió a cero hasta diciembre del año pasado. 

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El sector inmobiliario sueco ha disfrutado del dinero barato. El dato más llamativo es que durante el reciente auge inmobiliario de Suecia (2012-2021), los precios de la vivienda aumentaron casi un 90% (70,8% ajustados a la inflación).

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Pero las repercusiones de la reversión de la política monetaria en el sector inmobiliario sueco empiezan a pasar factura, el sector es mucho mayor allí que en Finlandia o Noruega. En él conjunto de los países nórdicos, suas firmas inmobiliarias son muy vulnerables a las tasas de interés más altas y necesitan refinanciar casi 300.000 millones de coronas.

La rápida subida de los tipos hipotecarios, que han aumentado más rápido de lo previsto, se están llevando por delante al mercado inmobiliario. La elevada inflación erosiona el poder adquisitivo de los hogares y la construcción de viviendas se encuentra en niveles históricamente altos.

Además con la inflación desbocada, muchos de los arrendadores también tendrán dificultades para subir los alquileres al ritmo de la inflación, ya que los inquilinos pueden estar pasando apuros.

La situación ya está teniendo una repercusión en los precios de la vivienda sueca que se han contraído un 12% en términos nominales y un 15% en términos reales desde su máximo de 2022. Y el volumen de transacciones descendió un 27% interanual en septiembre. Si los tipos de interés se mantienen altos y no se dobla la inflación, la realidad inmobiliaria se complicará aún más.

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Desde el punto de vista de las constructoras e inmobiliarias suecas, el aumento de la inflación y los mayores costes de financiación están afectando a las empresas inmobiliarias y una vez que se agoten las opciones de refinanciación, las estrategias de crecimiento impulsadas por la deuda se volverán rápidamente poco rentables o bien inviables

Los costes de financiación de las empresas inmobiliarias nórdicas se han disparado en los últimos meses, lo que refleja la creciente cautela de los inversores frente a la alta inflación, el rápido aumento de los tipos de interés y la desaceleración de las perspectivas de crecimiento económico. A su vez, el aumento de los costes de financiación ha reducido la emisión por parte de las empresas del sector, algunas de las cuales pueden recurrir al sistema bancario u otras fuentes de financiación para pagar los bonos que vencen.

Si bien los bancos pueden asumir algunos de estos montos "repatriados", lo hacen de manera selectiva, presionando a otras para que busquen fuentes alternativas. Por lo tanto, incluso si una empresa puede utilizar una línea de crédito renovable para refinanciar parte de su deuda que vence, el riesgo de refinanciación aumenta.

El sector deberá sanearse. A la larga, es posible que algunos tengan que reducir o recortar los dividendos, emitir capital o desinvertir en activos. El aumento de los tipos de interés, la necesidad de refinanciar las coberturas a medida que maduran y la nueva deuda debido al gasto de capital serán la nueva norma del sector.

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Desinflación, ¿qué sectores ganan en bolsa cuando la inflación se desacelera?

La desinflación es el proceso de desaceleración de la inflación, un término que fue utilizado por primera vez por la economista Susan Strange en 1978 para describir la disminución de las tasas de inflación durante la década de 1970.

Ocurre cuando la tasa de inflación se ralentiza, lo que puede ocurrir por varias razones. Una razón para la desinflación podría ser la reducción de la oferta monetaria. Esto puede suceder cuando hay un alto nivel de ahorro y bajos niveles de inversión en una economía. Desde el lado de la demanda, se puede deber por la menor la compra de bienes y servicios, y desde la oferta por una mayor productividad y eficiencia.

Durante la desinflación, los precios pueden subir, pero no tan rápido como lo habrían hecho si la inflación hubiera continuado acelerándose. La desinflación puede verse como una señal de que el crecimiento de una economía se está desacelerando y que puede estar en camino a una recesión.

Y esto es lo que está ocurriendo. La acción de los bancos centrales contra la inflación vía continuadas subidas de tipos de interés está dando sus frutos: las tasas de inflación se están controlando, aunque en el caso de Europa la desaceleración es muy leve y hay que esperar para confirmar el escenario:

La tasa de inflación anual de la Eurozona se redujo al 10% en noviembre de 2022 desde el máximo histórico del 10,6% registrado en octubre, superando las previsiones del mercado, que la situaban en el 10,4%, según las estimaciones preliminares. Los precios siguen con un empuje fuerte por lo que se ha producción la cuarta subida consecutiva de los tipos de interés que quedan en el 2,5%, su nivel más alto desde diciembre de 2008.

El petróleo se utiliza como indicador adelantado a la evolución de los precios y lleva desde el mes de julio firmando continuados descensos, situándose alrededor de los 80 dólares.

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Hace unos meses repasamos que sectores en bolsa se ven beneficiados con un entorno de inflación alta y creciente pero ¿qué ocurre cuando la inflación reduce su ritmo, pero sigue a tasas altas?

Para ello, observaremos el siguiente gráfico elaborado por el departamento de investigación de Goldman Sachs. En él se puede observar la media de rentabilidad mensual de las diferentes industrias cuando la inflación es alta pero está cayendo desde 1962. Y es en ese punto que hay que destacar el sector de equipos médicos, semiconductores, servicios de consumo, software, venta minorista, equipo eléctrico y transporte.

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Este mejor comportamiento de estos sectores se deben a que cuando la inflación se desacelera, los márgenes empiezan a respirar por el control de los costes y el mercado descuenta esas expectativas, ofreciendo un mejor comportamiento que la bolsa. En este entorno los sectores de equipos médicos y semiconductores sobresalen.

Si nos dirigimos al sector de equipos médicos que es el que mejor comportamiento ofrece frente al mercado, con la inflación en auge, se produce un aumento del coste de materiales como metales, plásticos y productos químicos está disparando los costes de producción. Los precios de las materias primas para dispositivos médicos suben y, de hecho, se han disparado en los dos últimos años. Muchas empresas de productos sanitarios se enfrentan a la escasez de semiconductores y otros componentes críticos. El sector médico se enfrenta a un aumento significativo de los costes de transporte y a unos plazos de entrega más largos e imprevisibles.

El sector de semiconductores viene condicionado por la alta inflación. Pensemos que los electrodomésticos y casi todos los ámbitos de la vida nos harían creer que la demanda de esos pequeños chips sería imbatible y que la industria sería impermeable a una corrección importante. Así ha sido durante más de una década. Los últimos datos indican que el sector de los semiconductores está experimentando un retroceso, gracias a la contracción de la demanda a partir de julio.

El descenso gradual de la demanda de semiconductores es consecuencia directa de la presión sobre los costes debida a las subidas de los tipos de interés para contrarrestar la inflación y, por tanto, de la disminución del poder adquisitivo. Por esa razón, cuando las tasas de inflación se desaceleran, se le da aire a este sector. También debemos entender esa desaceleración de la escalada de precios como una consecuencia de la recuperación de las cadenas de suministro.

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Menos es más en política monetaria

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Otra vez semana fuerte de bancos centrales. La Reserva Federal de Estados Unidos ha decidido este miércoles, como se esperaba, una subida de 0,5% en su tipo de interés de referencia, rompiendo la racha de varios incrementos de 0,75%. Mañana jueves es el turno del Banco Central Europeo (BCE) y Banco de Inglaterra (BoE), que habrán seguido muy de cerca las decisiones de su contraparte norteamericana. Muy probablemente —lo sabremos pronto— seguirán la misma pauta y aumentarán sus respectivos precios del dinero un 0,5%. En los últimos meses, se han vuelto a sincronizar con bastante precisión las decisiones monetarias, aunque persisten significativas diferencias en los niveles —unos bancos centrales comenzaron antes que otros a retirar liquidez—, en las proyecciones macro de sus respectivas economías y en las repercusiones de sus medidas, que explica, junto a otros factores, la evolución de los tipos de cambio que ha sido mucho menos volátil que hace unos meses. En muchos casos solo se mira al tipo de interés, pero las restricciones de liquidez son también de suma importancia. Las autoridades monetarias aseguran que va a ser más difícil para los bancos obtener liquidez y que tendrá consecuencias negativas en el crédito.

En todo caso, la menor subida de tipos no debería llevar a engaño. Se reduce la escala del encarecimiento del dinero, pero se apunta a un escenario en el que las subidas duren más de lo previsto, ya que no hay señal alguna de que el final esté cerca. Por ello, menos puede ser más. Más tiempo para lograr reducir la inflación y, en general, más incertidumbre. Lo que sí que parece claro es que se está pasando del amplio consenso que existía en los consejos de gobierno de los bancos centrales —la Fed es el ejemplo más claro— sobre los radicales encarecimientos consecutivos del dinero, a una situación de mayor disensión que puede conducir a menores incrementos de tipos en los próximos meses, pero que duren más de lo esperado hace poco. Las noticias mixtas sobre la inflación y la recesión explican ese mayor desacuerdo. Por un lado, el crecimiento de precios parece haber alcanzado su máximo —algo no garantizado— en muchos países, aunque no así la subyacente. Sin olvidar que la llegada del invierno y bajada de temperaturas está reactivando el consumo del gas y de su precio. Por otra parte, pesa mucho una recesión que no termina de llegar, pero que se continúa creyendo que terminará llegando en 2023. Ese es aún el diagnóstico generalizado de los analistas para Estados Unidos y buena parte de Europa.

Los vientos que corren son racheados y de procedencia diversa. Para algunos, como Joseph Stiglitz, tanta subida de tipos se está convirtiendo en una fuente de todo dolor y ninguna ganancia (“all pain, no gain”). Otros, como Nouriel Roubini, consideran que muchas economías se dirigen a la “madre de todas las crisis”. La inflación es pegajosa y las condiciones monetarias han sido, cuando menos, poco comunes. Cuesta normalizarse y el relato actual parece apuntar a moderar gradualmente la subida de tipos para no causar males mayores.

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España, país de inmigración consolidada y creciente

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La experiencia de migrar podría parecer, en nuestros días, minoritaria, habida cuenta de que, según estimaciones de Naciones Unidas, la población migrante en el mundo ascendía a principios de esta década a 281 millones personas, es decir, algo menos del 4% de la población mundial. Ahora bien, esta cifra esconde diferencias muy importantes entre regiones. De acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en 2020 Oceanía era la región del mundo con un porcentaje más alto de migrantes sobre la población total (22%), seguida por Norteamérica (15,9%) y Europa (11,6%) (Gráfico 1). Estados Unidos destacaba como el país del mundo con más inmigrantes (51 millones). El segundo y tercer puesto los ostentaban, a mucha distancia, Alemania, con 16 millones, y Arabia Saudí, con 13 millones. España ocupaba en 2020 la posición número 10 en el mundo en número absoluto de población migrante, con más de siete millones (7.231.195). Los datos a 1 de enero de 2022 ya elevan la cifra de residentes en España nacidos en el extranjero a 7.506.870 personas (15,8% de la población total). La población nacida en España y la nacida en el extranjero muestran tendencias contrarias durante la última década: la primera desciende, la segunda aumenta (Gráfico 2). Es en las edades intermedias donde más presencia adquieren los inmigrantes: entre los residentes en España de 25 a 39 años, por cada 100 personas nacidas en el país, hay más de 30 nacidas en el extranjero; entre las mujeres de 30 a 34 años, la cifra se eleva a 40 (Gráfico 3). 


Es cierto que la presencia de la población inmigrante en España difiere mucho territorialmente. Según los datos recientemente publicados en el Censo de 2021, las comunidades con una mayor proporción de nacidos en el extranjero son las Islas Baleares, Madrid, Cataluña y Canarias, con porcentajes que oscilan entre 20 y 25%. En el otro extremo se encuentran Extremadura, Asturias, Castilla y León, Galicia y Cantabria, con porcentajes por debajo del 10% (Gráfico 4). Hay que tener en cuenta que buena parte de la población inmigrante actualmente residente en España puede considerarse “consolidada”, toda vez que más de la mitad (56%) de los nacidos en el extranjero llegaron al país hace 10 o más años (la proporción se aproxima a dos terceras partes en La Rioja, Galicia y Murcia) (Gráfico 5). 


Lo cierto es que, a pesar de las oscilaciones marcadas por el ciclo económico y la pandemia, desde 2000 España recibe, año tras año, flujos migratorios de tamaño sustancial. Incluso en el año de menor recepción de inmigrantes (2013), la cifra anual de nuevos residentes nacidos en el extranjero no ha bajado de 300.000 (Gráfico 6). En 2020, y a pesar de las restricciones a la movilidad internacional, establecieron una nueva residencia en España casi medio millón de personas nacidas en el extranjero. En 2021 lo hicieron más de 600.000. La mayor parte de los inmigrantes establecen su primera residencia en Cataluña (22,6%), Madrid (18,3%), Comunidad Valenciana (14,5%) y Andalucía (14,4%) (Gráfico 7). 


A la inmigración se le atribuye habitualmente una importancia crucial en países que, como el nuestro, afrontan un proceso de “envejecimiento” de la población como consecuencia del aumento de la esperanza de vida y de la baja natalidad. En efecto, la inmigración se considera a menudo como uno de los factores clave para mantener la solidaridad intergeneracional en un contexto demográfico en el que el tamaño de las generaciones de personas mayores fuera del mercado laboral aumenta año a año. Llama por ello la atención la ausencia de un debate público acerca de esta cuestión en España. Sirva de ilustración de este inexistente debate una evidencia fácilmente contrastable: de las casi 350 hojas en las que ha quedado plasmado el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, presentado por el Gobierno en el otoño de 2020 y aprobado por la Comisión Europea en junio de 2021, solo en cinco se puede leer una frase en la que aparezca una palabra con el lexema “migr”1. Y ninguna de esas frases aporta información sobre las líneas de actuación política ante una evolución de flujos de entradas netas a España que, hasta 2050, podrían alcanzar una media anual de 330.000 personas (según las previsiones demográficas de la AIRef) o un total acumulado de alrededor de 4 millones (entre 2022 y 2051, según las proyecciones demográficas del INE). Aun cuando formular predicciones sobre el futuro de los flujos migratorios a un destino concreto entraña una dificultad notable, puesto que las cifras de migrantes dependen de diversos factores económicos y políticos tanto en los países de origen como de destino, caben pocas dudas de que la inmigración va a ser el factor decisivo en la evolución de la población española durante las próximas décadas. 

1 Descontando las tres ocasiones en las que aparece citado el Ministerio de Inclusión, Seguridad Socialy Migraciones.

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Esto es lo que los clientes esperan de ti en materia de sostenibilidad

En este post te contamos cómo pueden aumentar su valor las organizaciones que cuidan del medio ambiente. ¿Cómo influye la sostenibilidad en las empresas?

  • El índice Kantar Sustainability muestra que el valor de las marcas sostenibles se ha incrementado en un 30%.
  • Los clientes demandan a las empresas una mejor gestión de los residuos y el cuidado de la biodiversidad.

La sostenibilidad en las empresas tiene premio: la confianza del cliente y el incremento del valor de la compañía. Al menos, así se refleja en el último índice Kantar Sustainability BrandZ, donde se advierte que las marcas más sostenibles han incrementado su valor en un 31% con respecto a 2021.

¡TUITÉALO! Descubre todo lo que los clientes esperan de tu empresa en materia de sostenibilidad.

La sostenibilidad en las empresas, una responsabilidad

La mayoría de los consumidores opina que es responsabilidad de las empresas tratar de resolver el cambio climático. En concreto, así lo ve el 67% de los consumidores, que opinan que las empresas tienen una gran responsabilidad en materia de sostenibilidad debido a la influencia que ejercen en el territorio.

Hay un 61% de los clientes que piensa que debería existir una certificación clara que explique los beneficios ambientales o éticos de los productos. Según indican, si existiera este tipo de certificados, le influiría a la hora de realizar la compra. Aun así, un 57% de los usuarios sí que afirma que es difícil saber qué productos son buenos o malos a nivel ético o de medio ambiente.

Cambios en sostenibilidad que demandan los consumidores

Las empresas deben tener presente dónde y cómo pueden actuar en materia de sostenibilidad. Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) proporcionan a las empresas, en función de su sector de actividad, una oportunidad para realizar los cambios que demandan los consumidores.

En la actualidad, más de la mitad de los consumidores reconoce haber dejado de adquirir productos y servicios debido a su impacto con el medio ambiente o por la generación de residuos. Se trata de un 5% más que el año anterior. La cifra aumenta hasta el 73% cuando se trata de consumidores comprometidos por la sostenibilidad.

Muchos clientes afirman que las empresas deben exponer los beneficios ambientales o éticos de sus productos.

Reducción de residuos

Para los consumidores, algunos de los aspectos que deben mejorar las empresas en materia de sostenibilidad son: el sobre embalaje de los productos, el consumo excesivo y los residuos, de acuerdo con lo que se refleja en el índice Kantar Sustainability.

De hecho, los consumidores creen que las marcas deberían evitar la generación excesiva de residuos y el derroche. Además, deben adoptar una mentalidad que tenga en cuenta la economía circular.

Descarbonización

El informe también incide en la preocupación de la sociedad por la descarbonización. Según se advierte, existe un sentido de responsabilidad compartida, pero opinan que las empresas y las marcas tienen el deber de mostrar un liderazgo en este sentido y ser proactivas.

Así, más de la mitad de las personas quiere que las marcas prioricen la reducción de las emisiones de carbono en su negocio y cadena de suministro. El 43 % quiere que las marcas se comprometan con planes que cumplan con los objetivos de carbono neto cero.

Por otra parte, el 61% de las empresas hace hincapié en la necesidad de usar energía renovable. Se trata de un tema relevante para muchas marcas: de los 38 sectores cubiertos en el estudio, 15 tienen la mayor asociación con la huella de carbono y las emisiones de gases de efecto invernadero que llevan al calentamiento global.

Cuidado de la biodiversidad

No hay que olvidar que hay sectores de actividad que influyen directamente en la biodiversidad. En este sentido, más de la mitad de la población encuestada menciona como prioritario desempeñar un papel activo en devolver las tierras a su estado natural. Recomiendan no utilizar productos nocivos que puedan afectar a la tierra ni métodos agrícolas nocivos, además de detener las aguas residuales sin tratar y la escorrentía industrial en los sistemas de agua.

Algunos de los sectores más caracterizados por su influencia en la biodiversidad son las empresas de productos lácteos, cárnicos, café y té, frutas y hortalizas o alimentos para mascotas.

Aun así, hay otros sectores como los detergentes para ropa, los productos de limpieza, el lujo, el mobiliario, los viajes, el petróleo y el gas, que también están conectados con la biodiversidad y pueden influir en ella de una forma negativa.  

Cada vez son más los clientes que demandan a las empresas cuidar el medio ambiente. Es mejor ser sostenible y emplear buenas prácticas en este sentido a arriesgarse a perder un cliente. Además, el beneficio es doble: se ayuda al medio ambiente y se obtienen beneficios empresariales.

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La economía de la salud pública en España (V). El gasto público desde un prisma internacional

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Con este artículo finaliza la serie publicada en este blog (IIIIIIIV) sobre el análisis de la Economía de los servicios de salud pública en España. Su objetivo es contribuir a explicar por qué los servicios de salud pública – especialmente la vigilancia epidemiológica – a pesar de su importancia crítica, se han revelado muy insuficientes para responder a la crisis sanitaria generada por la COVID-19. Los datos de gasto público en prevención y salud pública (GPSP) parecen ratificar la penuria de recursos. En esta ocasión vamos a analizar cómo estaba situada España en comparación con otros países europeos a este respecto desde 2002 y hasta 2020, primer año de la pandemia de la COVID 19 y último del que se dispone de datos.

Las principales observaciones son las siguientes:

  • Esta comparación se ve dificultada por la discrepancia importante entre la estimación del GPPSP de la Estadística de Gasto Sanitario Público (EGSP) y la del propio Sistema de Cuentas de Salud (SCS) español (y consecuentemente también con los datos OCDE)[1]. No cabe duda de que debemos elegir como estimación más ajustada la del SCS español, con todas sus limitaciones, por la propia naturaleza de los gastos que incluye, por responder a las normas estadísticas internacionales, y porque coincide con los datos de la OCDE que nos permite hacer comparaciones internacionales.
  • En el periodo examinado 2002-2020 existe una notable dispersión del GPSP entre países. En el gráfico 1 aparece la nube de puntos representativos de las parejas de valores PIB y GPSP, que también permite apreciar su evolución temporal.


  • Como se ve en los gráficos 2, 3 y 4, Alemania, Italia y Finlandia (también Holanda, no representada) forman un pelotón de cabeza por encima de la media de la Zona Euro en las tres variables: gasto monetario agregado público (de las administraciones públicas), por persona, real; peso relativo en porcentaje sobre el PIB y peso relativo en porcentaje sobre el total del gasto público corriente en sanidad. Alemania (y Holanda) gastan en euros por persona sistemáticamente alrededor de seis-siete veces lo que gastan los países más rezagados como Portugal (o Grecia no recogida en los gráficos) y tres veces en términos del PIB y del gasto corriente. En los años previos la pandemia Italia les llegó a superar, claramente en términos relativos. Estas coincidencias en las tres variables son relevantes porque significan una opción de política de salud clara. Francia destaca por su bajo nivel, sobre todo en términos relativos. Como se ve en los gráficos, y cabía esperar, la crisis de la COVID ha determinado un aumento notable del GPPSP en todos los países, pero especialmente en España (y en Holanda). En 2020 España ha adelantado a Finlandia en el peso relativo sobre el PIB.


  • Se comprueba que la evolución de estos gastos en España, creciente antes de la crisis 2008-2012, se quebró y no se había recuperado aún en 2019. Esto contrasta con el aumento en algunos países como Italia, Alemania o Finlandia. España, en 2019, en términos monetarios por persona gastaba casi tres veces menos que Alemania (49 versus 140,3 €) y aproximadamente la mitad que Italia (105,5 €) y estaba algo por debajo de la media de los países euro (58,5 €)[2] (separándose más en los años previos a la pandemia). Esta inferioridad respecto del pelotón de cabeza y de la media se mantiene en 2020 a pesar de nuestro aumento del gasto. En relación al PIB y al gasto corriente España estaba también retrasada respecto del grupo destacado, pero ligeramente por encima o en la media.  En 2020, con la pandemia, hemos superado dicha media en ambas variables. Llama la atención nuestro avance relativo en GPPSP respecto del gasto corriente, que puede reflejar un aumento del gasto en vacunas, pero un estancamiento del gasto en el sistema sanitario en su conjunto.
  • No ha sido posible detallar los Programas de vigilancia epidemiológica y control de riesgos y enfermedades (HC 6.5 del SHA 2011) y en Preparación para programas de respuesta ante desastres y emergencias (HC 6.6 del SHA 2011) para España, ya que estos datos únicamente están disponibles para Bélgica y Francia.

En resumen, esta simple comparación internacional parece ratificar la penuria de recursos que nuestro país dedicaba a salud pública antes de la pandemia, aunque otros países europeos estaban aún peor. Resulta claro que esta área del gasto público debería gozar de mayor prioridad cuando todavía seguimos afectados por la pandemia de la COVID-19 y no se descarta que puedan sobrevenir otras en el futuro.

En la actualidad hay algunos síntomas de reacción de nuestras administraciones. El “Plan de recuperación, transformación y resiliencia” en su “Componente 18. Renovación y ampliación de las capacidades del sistema nacional de salud” menciona esta prioridad[3] y existe un proyecto de creación de una Agencia Estatal de Salud Pública. Pero no está claro que estos proyectos sean suficientes. En todo caso, debería planificarse un gasto público óptimo para esta función, de importancia crucial para la salud y altísimos retornos económicos. Un ejemplo es el ejercicio realizado sobre necesidades de “rastreadores” para la detección de casos COVID, efectuado por el Grupo de Trabajo Multidisciplinar del Ministerio de Ciencia y Tecnología

También hay que reiterar que los problemas de metodología estadística que afectan a la estimación de estos gastos son muy importantes y no son independientes de las insuficiencias graves que todavía tiene el aparato de información de nuestro Sistema Nacional de Salud. Debemos hacer un gran esfuerzo de mejora de estas estadísticas, dedicándoles los recursos necesarios. Son un instrumento de seguimiento, análisis y planificación imprescindible para dar respuesta adecuada a las enfermedades transmisibles y no transmisibles que nos van a seguir afectando.


[1] En valores absolutos para 2019 (agregado nacional) frente a los 823 millones de euros de la EGSP, el SCS español estima 2.438. En términos por persona las cantidades son 17,4 y 51 euros respectivamente. Es decir, casi tres veces más. La discrepancia es debida a la distinta metodología empleada por las tres fuentes de información. La EGSP no se ajusta al Sistema de Cuentas de Salud de la OCDE-OMS-EUROSTAT (SHA) y contabiliza algunas partidas de forma diferente. En cambio, el SCS español incluye correctamente gastos que según el SHA son de Prevención y Salud Pública.

[2] En los artículos anteriores, la media de los países se cifraba en 66,4€ (2019). Esta diferencia es debida a la actualización continua de los datos de los últimos años que tiene la base de datos de la OCDE (en este caso datos del 2020 y 2021, aunque estos últimos no completos). Cuando se incorporan los datos de los años más recientes son estimaciones que se acaban actualizando en un periodo de 2-3 años cuando los países disponen de la información ya validada. Por eso ha cambiado la estimación de la media, porque hay datos del 2017, 2018 y 2019 que se han actualizado para los diferentes países.

[3] Los Presupuestos Generales del Estado 2022 prevén 37,9 millones de euros para aumentar las capacidades de respuesta ante futuras crisis sanitarias, como el desarrollo de un Sistema de Información de Vigilancia de Salud Pública o el Equipamiento tecnológico del nuevo Centro Estatal de Salud Pública.

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Por qué no es lo mismo un impuesto a los beneficios de la banca que a los supermercados

El Gobierno ha lanzado un nuevo globo sonda sobre la posibilidad de crear un cheque extraordinario de entre 200 y 300 euros para que las familias más vulnerables puedan hacer frente a la inflación que se ha visto en general y en particular en los supermercados, ya que el cheque estaría destinado a la compra de entre 20 y 30 productos básicos.

La medida, que en sí no está mal, dependiendo de sus detalles, tiene un escollo: quiere financiarse con un impuesto extraordinario a las cadenas de supermercados. Y como la medida viene de UP, parece que Hacienda no tenía noticias de la posible medida, así que todavía es muy incipiente.

Cheque extraordinario, ¿buena medida?

En general es cierto que las familias más desfavorecidas están teniendo un impacto de la inflación muy fuerte. Hay muchas familias con presupuestos muy ajustados y la subida de precios ha descolocado todo. Es el deber de la sociedad, a través del Estado, ayudar a estas personas para que no se hundan en la miseria.

Sin embargo la serie de medidas que se impulsan, como el bono social energético o este cheque supermercado, siempre finalistas, van tapando agujeros por aquí y por allá, llegan siempre tarde y quizá no se ajusten a las necesidades de los que lo están pasando mal.

Siempre es mejor una ayuda económica directa y que cada cual lo use donde mejor le venga. Por ejemplo se podría generalizar el IMV, aumentar su cuantía o simplemente agilizar su tramitación para que las familias que están en una urgencia reciban apoyo económico.

Los impuestos finalistas: una mala idea

Pero la otra pata de la medida es la financiación. Y aquí estos impuestos finalistas (quito de aquí para dar allí) son una mala idea. ¿Por qué un sector concreto tiene que pagar las carencias de las familias? El pacto social que tenemos es que los que más ganan pagan más impuestos, y luego el Estado redistribuye.

Por tanto si esta medida es muy cara y es necesario elevar impuestos, que se haga, pero no de una forma específica en un sector concreto. Porque aunque parezca que este tipo de medidas no tiene impacto en el público en general al final alimenta la subida de precios, ya que las empresas tienden a repercutir sus costes.

El caso de los supermercados: nada que ver con la banca

Y en este caso concreto se habla de un impuesto específico a los supermercados. El caso recuerda al impuesto especial a la banca. Y el caso de los supermercados no tiene nada que ver con el de la banca.

La banca, que por cierto lleva lustros arrastrándose debido a los tipos bajos, está empezando a ver cómo sus beneficios despuntan debido a la subida de tipos. Y yo sin creer en este tipo de impuestos específicos al menos veo donde rascar y cierta justificación moral (se dieron muchas ayudas en la crisis del 2007-2012).

Pero el caso de los supermercados es diferente: los precios a los que venden sus productos se han incrementado, sí, pero no así sus márgentes. El márgen de la mayor cadena de supermercados de España, Mercadona, no llega al 3%. Y el de la segunda, Carrefour, no llega al 4%. Un impuesto extraordinario se comería la totalidad de los beneficios. ¿De verdad tienen que pagar esto quienes están sufriendo en sus propias carnes el incremento de los precios? No me parece justificado.

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