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Casi 700.000 personas con discapacidad participan en el mercado laboral español

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Casi dos millones de personas en edad laboral (1.946.800) en España tenían en 2023 reconocido un grado de discapacidad igual o superior al 33%[1], lo que equivale al 6,2% de la población de 16 a 64 años, según datos del INE[2] (gráfico 1). A la luz de esta cifra, la actividad y el empleo de las personas con discapacidad no puede considerarse un asunto marginal ni cuando se piensa en su inclusión social ni cuando se habla del mercado laboral en su conjunto.


Se trata, de todas formas, de un colectivo muy heterogéneo, no solo en cuanto a su composición por sexo y edad, sino también respecto al tipo y el grado de discapacidad y las consecuencias que estos tienen en su integración social y laboral.  La prevalencia de la discapacidad en las edades laborales (16 a 64 años) es algo mayor entre los hombres (6,9%) que entre las mujeres (5,5%), aunque la diferencia relativa se reduce con la edad (gráfico 1). El aumento de la tasa de discapacidad con la edad es claro, probablemente asociado a procesos de deterioro de la salud, condiciones laborales, accidentes o enfermedades crónicas que se agravan. La prevalencia es del 2,7% en el grupo de 16 a 24 años, aumenta hasta el 3,3% entre los 25 y los 44 años, y alcanza casi el 10% en el tramo de 45 a 64 años.

Una parte muy sustancial de la población de 16 a 64 años con discapacidad está fuera del mercado laboral. Mientras que la tasa de actividad de las personas sin discapacidad se situaba en el 78% en 2023, en el grupo con discapacidad descendía al 35%. Las casi 700.000 personas con discapacidad laboralmente activas suponen el 2,9% del total de la población activa en España. Las diferencias en la tasa de actividad entre los colectivos con y sin discapacidad son especialmente agudas en el tramo de 45 a 64 años, en el que el descenso en la actividad afecta mucho más al primer grupo (gráfico 2).


En todo caso, es notable la heterogeneidad con respecto a la actividad entre las personas con discapacidad. La tasa de actividad de quienes tienen una discapacidad relacionada con el sistema auditivo es bastante cercana a la de la población sin discapacidad (61%), pero las discapacidades mentales e intelectuales se asocian a tasas mucho más bajas (27% y 34%) y las físicas ocupan una posición intermedia. Como cabría esperar, el grado de discapacidad también se asocia sustantiva y negativamente con la actividad, de forma tal que en el segmento con un grado del 75% o superior la tasa se sitúa en el 11% (gráfico 3).


La asociación entre los tipos o los grados de discapacidad y la actividad no es de extrañar, vista la relación entre la discapacidad y la dependencia, indicativa de limitaciones sustanciales para realizar actividades básicas o instrumentales de la vida diaria, que reducirían la disponibilidad para el empleo. La proporción de personas en situación de dependencia oficialmente reconocida alcanza al 47% de quienes tienen discapacidad intelectual, mientras que solo llega al 10% entre quienes presentan discapacidad sensorial (auditiva o visual). Entre quienes tienen un grado de incapacidad del 75% o más, el 70% está en situación de dependencia reconocida, frente al 4% de quienes se sitúan entre el 33% y el 44% (gráfico 4).


La particularidad de la integración laboral de las personas con discapacidad también queda patente en la diferencia de sus ingresos salariales con los de la población sin discapacidad. Según la operación estadística Los salarios de las personas con discapacidad del INE[3], las personas asalariadas con discapacidad perciben, en promedio, el 81% del salario anual de quienes no la tienen, con una menor distancia entre los más jóvenes (gráfico 5). La brecha es solo algo menor si se observan los salarios por hora trabajada (la cifra correspondiente es del 84%), lo que sugiere que parte de la diferencia en el salario anual se debe a un menor tiempo de trabajo. Un aspecto llamativo es que la brecha salarial de género, medida en términos del salario por hora trabajada, es menor en el colectivo con discapacidad que en la población sin discapacidad, y prácticamente desaparece en 2022 (gráfico 6).


La participación laboral y los ingresos de las personas con discapacidad continúan condicionados por una multiplicidad de obstáculos que, más allá de las limitaciones funcionales y de la situación de dependencia, tienen que ver también con factores organizativos, culturales y de accesibilidad que no siempre son insalvables. El Día Internacional de las Personas con Discapacidad, que se celebra el próximo 3 de diciembre, es una buena ocasión para recordar que apostar por su inclusión laboral es una responsabilidad de todos. Promoverla no solo favorece la inserción social de ese colectivo, sino que permite aprovechar plenamente sus capacidades, para beneficio propio y del conjunto de la sociedad.


[1] Personas
con un grado de discapacidad superior o igual al 33% y asimilados según el RD
Legislativo 1/2013.

[2] Véase la metodología de esta operación estadística aquí.

[3] Véase la metodología de esta operación estadística aquí.

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Las distintas lecturas de la tasa de actividad

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La
tasa de actividad, recogida en España por la Encuesta de Población Activa (EPA)
del Instituto Nacional de Estadística (INE), mide el porcentaje que representa
la población activa (definida como “aquellas
personas de 16 o más años que […] suministran
mano de obra para la producción de bienes y servicios o están disponibles”
para la misma) sobre el total de habitantes. La falta de un umbral o tope superior de
edad en esta definición, junto al hecho de que los organismos internacionales como
la OCDE o Eurostat publiquen datos de esta tasa para rangos de edad entre
los 15
y hasta los 64 años, han dado lugar a ciertos equívocos que
han alimentado la discusión reciente sobre esta y otras estadísticas de empleo.
Esta entrada pretende aclarar algunos matices relativos al criterio del rango
de edad empleado para el cálculo de la tasa de actividad, con el fin de
contribuir a una correcta interpretación del indicador y de su comparación a
escala internacional.

La
falta de coincidencia del límite inferior tiene su base en el artículo 6 del Estatuto de los Trabajadores, que
prohíbe “la admisión al trabajo a los menores de dieciséis años”; además, con los datos de la EPA no es
posible evaluar la tasa de actividad comenzando a los 15 años. Sin embargo, esta encuesta sí posibilita evaluar los
cambios que se producen en la tasa de actividad de imponerse, o no, un límite
superior en la edad de la población. En concreto, permite emplear un límite
superior de 64 años —que son los datos que se envían a Eurostat—, o también a
los 69 años, cálculo que puede tener cierta relevancia en un contexto en el que
se tiende a ampliar la edad efectiva de jubilación. Veremos las implicaciones
que surgen según se adopte para el análisis uno de estos umbrales o ninguno de
ellos.

La comparación internacional con datos de Eurostat (por tanto, considerando una población activa hasta los 64 años) muestra que la tasa de actividad española se sitúa muy cerca de la media europea y en una posición central respecto de las de otros grandes países de la UE (gráfico 1). Eso sí, la tasa de actividad varía sustancialmente cuando no se fija un umbral superior respecto a cuando se establece en los 64 o en los 69 años (gráfico 2). De hecho, la evolución de la tasa empleada por el INE (sin límite superior de edad) presenta una tendencia ligeramente decreciente —que se explicaría por una caída de la actividad muy intensa en las edades más avanzadas— que no se observa cuando se considera a los menores de 70 años. Finalmente, la introducción en el análisis de la variable de género permite apreciar, por ejemplo, una mayor distancia entre las diferentes tasas de actividad por grupos de edad en el caso de las mujeres (gráfico 3), o el hecho de que la brecha de género en la participación laboral es menor si se contempla una población activa hasta 69 años (8,5 puntos en 2022) que si no se establece ningún límite superior (9,9 puntos) (gráfico 4).


En definitiva, el uso de distintos umbrales sobre la edad de la población empleada en el cómputo de la tasa de actividad da acceso a diferentes perspectivas del mercado laboral, bien desde la evolución temporal, bien en relación a la brecha de género. Por ello, se debe ser consciente de la definición que se adopte para medir la tasa de actividad.

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