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El modelo exportador español

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El sector exterior está aportando un saludable balón de oxígeno, propulsando la economía española por encima de los niveles de actividad previos a la pandemia. Ahora la incógnita es si ese pulmón se mantendrá pese a la desaceleración que se percibe en nuestros principales mercados de exportación.

Sin el impulso exterior, el PIB se situaría todavía un 2,5% por debajo del umbral fetiche de la era precovid, como consecuencia principalmente de la anemia del consumo privado, lastrado por la erosión de poder adquisitivo sufrida por los hogares. Entre los factores de demanda nacional, solo se salva el consumo público y, en menor medida, la inversión en equipo.

El panorama interno contrasta con el dinamismo de las exportaciones de bienes y servicios: hoy por hoy los clientes extranjeros compran más de 4 de cada 10 euros que se generan en España, en fuerte alza frente a 2019 y casi el doble que antes de la crisis financiera. Estamos por tanto asistiendo a la aceleración del proceso de internacionalización de nuestra economía. Como, por otra parte, las importaciones crecen a un menor ritmo, el resultado es una aportación positiva al crecimiento del PIB, más que compensando la debilidad de la demanda que emana de los sectores residentes.


La normalización del turismo es de gran ayuda, pero el tirón no procede solo del “sol y playa”. También cabe señalar el auge de los servicios no turísticos (30% desde finales de 2019 en términos reales, es decir descontando la inflación), y en menor medida de las exportaciones de mercancías (5,5%). Detrás de estas referencias está el mercado europeo, como lo evidencia el creciente superávit de los intercambios con la UE, más que triplicado desde 2019. Gracias a estos excedentes, hemos podido afrontar cómodamente el encarecimiento de la factura de las importaciones energéticas.

Otro potente factor es la inversión internacional en nuestro tejido productivo (la llamada inversión directa extranjera). Según datos armonizados de la OCDE, España es el país de la eurozona que más inversión directa recibe, después de Francia. Además, la entrada de capital productivo se ha casi duplicado en relación a 2019 (84%), un logro en un contexto de inversión en decline a nivel global (-27%). La inversión procede sobre todo de otros países europeos, de manera similar a lo que ocurre con las exportaciones. Todo ello configura la profundización del mercado único y una relocalización en nuestro país de las cadenas de producción de algunos sectores. Es prematuro determinar si se trata de un cambio estructural como consecuencia de la desglobalización, o bien de un fenómeno pasajero.

Pero no habrá que esperar mucho tiempo para saberlo: la economía europea está dando señales inquietantes de desaceleración, poniendo a prueba el pulmón exterior. Los indicadores de gestores de compra de la eurozona han dado un vuelco inesperado, lo que sería consistente con una cierta contracción de la actividad en este inicio de verano, especialmente en la industria. En España, los datos más recientes de ventas de grandes empresas y de afiliación a la Seguridad Social, con una primera quincena de junio sorprendentemente en negativo en términos desestacionalizados, también apuntan a un menor dinamismo. Las subidas de tipos de interés están provocando una reducción de la demanda a través de toda la eurozona, como lo muestra el inquietante descenso de los préstamos bancarios de nueva concesión. Nos asomamos por tanto a una segunda parte del año menos boyante.

Con todo, los hechos evidencian el buen posicionamiento competitivo de nuestro aparato productivo, algo que habrá que cuidar ya que necesitamos un excedente externo tanto para mantener la senda de crecimiento a corto plazo, como para aprovechar el proceso de reducción de riesgos, que redunda en un acercamiento de la producción a los lugares de consumo. El tiempo dirá si este fenómeno de reducción de riesgos, o de-risking, resulta beneficioso para la economía española. De momento, las sensaciones son positivas.

PIB | El crecimiento del PIB del primer trimestre ha sido revisado al alza, desde un 0,5% inicialmente publicado hasta un 0,6%. También se ha revisado al alza una décima la tasa de crecimiento del cuarto trimestre de 2022, hasta el 0,5%. Estas dos revisiones implican que en el primer trimestre de este año se alcanzó el nivel real de PIB del cuarto trimestre de 2019 (lo supera en apenas un 0,07%). Entre los países de la UE, solo Alemania y República Checa se sitúan por debajo de ese umbral (-0,5% y -1%, respectivamente).

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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La transición digital y ecológica: un doble déficit

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Además de los shocks macroeconómicos generados por la inflación y el ajuste monetario, la economía afronta un doble cambio estructural: el giro en la globalización provocado por las tensiones geopolíticas, y la revolución de las tecnologías digital y ecológica. De momento, el modelo productivo español parece inmune a ambas transformaciones en términos agregados, a tenor del superávit de nuestros intercambios con el exterior —superior al 1% del PIB en 2022, pese al encarecimiento de la energía—. Este hito se explica, al menos en parte, por los reducidos costes laborales de las empresas españolas en relación a sus principales competidores.

Sin embargo, este resultado global no debería eclipsar una tendencia subyacente, a saber, el creciente déficit de nuestros intercambios tecnológicos, revelador de una debilidad estructural que, de no corregirse, pondrá en peligro el excedente del total de intercambios con el exterior. Durante los últimos años las importaciones de los bienes más representativos de la transición digital —teléfonos móviles y sus componentes, ordenadores y convertidores con electrónica de potencia— se han incrementado a un ritmo muy superior al de las ventas en el exterior. La consecuencia es que el desequilibrio digital que ya existía antes de la pandemia se ha agravado, hasta alcanzar cerca de 10.000 millones.

De manera similar y tal vez más preocupante habida cuenta de nuestra ventaja comparativa en recursos renovables, nuestros intercambios de tecnología ecológica —aproximada aquí por el comercio internacional de paneles fotovoltaicos, coches eléctricos y baterías de litio— se caracterizan por un importante y creciente déficit. La brecha se ha acrecentado hasta rozar los 7.200 millones. Con todo, la balanza total de la doble transición digital y ecológica arroja un agujero de 17.200 millones, casi 7.000 millones más que en 2019.


Bien es cierto que otros sectores compensan el deterioro (de ahí el mantenimiento del superávit a nivel agregado). Destaca el auge internacional de la industria del medicamento, que encadena los excedentes en sus intercambios con el extranjero. Este podría ser uno de los sectores más favorecidos por el proceso de relocalización de las cadenas de suministro, en respuesta a un mundo más polarizado que requiere de una mayor seguridad en el abastecimiento de productos esenciales. Los servicios no turísticos también mejoran su presencia en el exterior, paliando la cuasi desaparición del turismo durante la pandemia, y de esa manera contribuyendo notablemente al resultado de conjunto. Disponemos, por tanto, de sólidos factores de adaptación ante la nueva era de la globalización.

Pero a la larga no está claro que estos factores puedan compensar el creciente déficit tecnológico. Por ejemplo, es evidente que una mutación industrial hacia el vehículo eléctrico es imprescindible para preservar la aportación del sector automotriz a la economía del país. Otro caso es el de los paneles solares, cuya producción en nuestro territorio ayudaría a poner en valor los recursos renovales.

En todo caso, el desequilibrio del comercio tecnológico es revelador de algunas vulnerabilidades en nuestra capacidad de adaptación a las transformaciones digital y ecológica. Porque en esta gran mutación pierden peso los costes laborales como factor de competitividad. Y escalan los “intangibles” como la capacidad de innovación, la atracción de talento, la calidad del capital humano y la modernización de la organización del trabajo, así como la previsibilidad del entorno en el que operan las empresas, estimulando sus inversiones.

Los EE UU lo han entendido, desplegando un arsenal de incentivos de corte abiertamente proteccionista. Europa debe encontrar su propio camino dentro de una visión inspirada por el multilateralismo, pero acorde con los tiempos geopolíticos que corren y la necesidad de no quedarse atrás en la transición tecnológica. Nuestra economía dispone de activos naturales, especialmente en lo que atañe a la energía, y de los recursos europeos del Next Generation. El déficit tecnológico evidencia el camino que queda por recorrer para potenciarlos.

SALDO EXTERNO | Los datos de Aduanas hasta febrero apuntan a una reducción del déficit del comercio exterior de bienes, hasta 10.800 millones de euros (frente a 6.400 un año antes). Esta mejora obedece al abaratamiento de la factura de las importaciones energéticas y a la mejora del saldo de los intercambios de productos químicos, medicamentos y semi-manufacturas como el hierro y el acero. A la inversa, el superávit del comercio exterior de automóviles se ha reducido, mientras que en el caso de la maquinaria de oficina y telecomunicaciones, el déficit se ha agravado.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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El sector exterior en la postpandemia

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Una de las transformaciones
estructurales más profundas que ha registrado la economía española en su
historia económica reciente ha sido el aumento del peso de las exportaciones
sobre el PIB que tuvo lugar a partir del estallido de la crisis de 2008. Las exportaciones
de bienes pasaron de representar en torno al 17% del PIB en los años anteriores
a la Gran Recesión a un 24% justo antes de la pandemia, aumentando la cuota de
mercado de las exportaciones españolas sobre las mundiales. También las
exportaciones de servicios no turísticos crecieron a un ritmo intenso durante
dicho periodo, incrementando su peso en el PIB desde un 4,7% a un 6,6%. Si a
eso se le añaden las exportaciones de servicios turísticos, tenemos que las
exportaciones en su conjunto aumentaron su peso sobre el PIB en nueve puntos
porcentuales hasta el 35%. El peso de las importaciones, en contraste, se
mantuvo sin apenas cambios en torno al 32% del PIB.

Gracias a ello, nuestra balanza comercial,
históricamente deficitaria, pasó a registrar superávit de forma ininterrumpida ya
desde 2011. De los tres componentes del sector exterior mencionados, solo la
balanza de bienes presentó déficit a partir de dicho año, debido a la factura
energética, ya que la balanza no energética mostró superávit hasta 2016
–después, un pequeño saldo negativo–.

El saldo positivo se ha mantenido incluso en contextos tan adversos como el de la pandemia, cuando se desplomaron los ingresos por turismo, uno de los tradicionales sostenes de nuestra balanza de pagos. También durante la crisis energética sufrida el pasado año, con los precios de las importaciones de gas y petróleo disparados. Durante todo este periodo, el excedente de la balanza comercial se ha mantenido en torno al 1,5% del PIB, aunque con cambios en su composición: el déficit comercial de bienes sufrió un profundo deterioro, que fue contrarrestado por el incremento del superávit de servicios, tanto turísticos como no turísticos.

De entre todos estos componentes,
merecen una mención especial las exportaciones de servicios no turísticos. Si
durante la gran recesión de 2008 a 2013 la nota brillante procedió de las
exportaciones de bienes, en la convulsa etapa postpandemia han sido las de
servicios no turísticos las que han experimentado un auténtico despegue. Su
crecimiento en términos reales entre 2019 y 2022 fue del 20%, acelerando significativamente
su ritmo medio anual con respecto al registrado en la etapa de 2013 a 2019, que
ya fue muy dinámico, y elevando su peso sobre el PIB hasta el 7,6%. Mientras, las
importaciones solo aumentaron un 4,4%. Esta evolución pone de manifiesto el
desarrollo de una importante fortaleza competitiva en los servicios
exportables, fundamentalmente servicios a empresas y transporte.

Con respecto a las exportaciones
de bienes, su crecimiento en términos reales en el periodo postpandemia ha sido
menos impresionante, un 3,6%, una cifra discreta en comparación con el
incremento del 6,8% de las exportaciones mundiales –hemos perdido algo de cuota
de mercado– y con el 8% de las exportaciones de la eurozona. Teniendo en cuenta
que el PIB en 2022 aún no había recuperado el nivel de 2019, esto significa que
el peso de las exportaciones de bienes ha seguido aumentando, pero las importaciones
de bienes han crecido más, de modo que en este caso no se ha producido una
mejora neta. Además, la relación real de intercambio ha sufrido un importante deterioro,
derivado del mayor incremento de los precios de las importaciones que de las exportaciones.
Este último factor explica por sí solo casi las dos terceras partes del mencionado
aumento del déficit comercial de bienes.

Finalmente, en lo que se refiere a la balanza de los servicios turísticos, cabe señalar que el superávit de 2022 superó al de 2019, debido a que los ingresos procedentes de la llegada de turistas prácticamente ya se han recuperado, mientras que los pagos por los viajes de residentes en España al exterior aún no lo han hecho. Dicha recuperación de ingresos se debe en parte a la inflación, puesto que en términos reales el consumo de los turistas aún no ha alcanzado el nivel prepandemia.

En suma, nuevamente en una situación de crisis las buenas noticias para la economía española han procedido del sector exterior, esta vez de los servicios exportables. El comportamiento más modesto de la parte de los bienes no es preocupante por el momento, aunque debemos estar atentos: no podemos permitirnos perder ni un centímetro del terreno ganado durante toda una década.

Este artículo se publicó originalmente en el diario Expansión.

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