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El IPRI apunta al aumento de las presiones inflacionistas tras el inicio del conflicto en Oriente Próximo

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Evolución histórica desde 2000 a 2025

El índice de precios industriales (IPRI) informa de la evolución de los precios de los bienes industriales a la salida de fábrica, a lo largo de toda la cadena de producción, es decir, tanto de bienes destinados a consumo final como de bienes intermedios, productos semielaborados o bienes de capital, por lo que es un indicador de las presiones inflacionistas por el lado de la oferta o de los costes.

En la evolución histórica de este indicador se aprecian tres etapas (gráfico de la izquierda). En la primera, desde el año 2000 hasta 2012, tuvo lugar un crecimiento intenso, del 45,4%, superior al registrado por la media de la eurozona, lo que apunta a una pérdida de competitividad. En una segunda etapa, desde 2012 hasta 2019, el índice mantuvo una notable estabilidad, tanto en España como en general en el conjunto de la eurozona. Finalmente, en el último periodo, desde 2019, los precios industriales crecieron con vigor hasta 2022, para después bajar levemente en 2023 y 2024, y mantenerse relativamente estables en 2025, patrón muy similar al del resto de la eurozona, con un crecimiento acumulado al final del periodo con respecto a 2019 del 41,3%, por encima de la media europea.


No obstante, en esta última etapa, a diferencia de lo sucedido en la primera, el peor desempeño del IPRI en España procedió de tan solo cinco de las 24 ramas que integran las manufacturas –productos derivados del petróleo, otros equipos de transporte, papel, bebidas y alimentación–, lo que matiza la conclusión en cuanto a pérdida de competitividad que podría extraerse en una primera lectura.

Evolución desde el inicio del conflicto en Oriente Próximo

La tendencia ligeramente descendente que venía registrando el índice desde 2022 se ha visto truncada por el estallido del conflicto en Oriente Próximo. Desde ese momento, los precios industriales han iniciado una trayectoria fuertemente alcista, debido al encarecimiento de los productos energéticos, de las materias primas y de otros bienes intermedios como consecuencia de la interrupción de las cadenas de suministro por el bloqueo del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz.

Así, en el caso de España, este índice ha pasado de registrar una tasa de crecimiento de -7,1% en febrero al 3,1% en marzo, intensificándose, hasta el 8,4% en abril, por encima de la media de la eurozona (gráfico de la derecha). El repunte se observa en prácticamente todos los componentes del índice, siendo además el diferencial con respecto a la media europea desfavorable para España en la mayoría de ellos.

Cabe destacar el fuerte crecimiento de los precios en el sector de derivados de petróleo, cuya tasa interanual en abril se situó en el 70,1%. También la rama de electricidad y gas, que alcanzó una tasa del 5,8%, desde un -28,1% en febrero. En cuanto a la industria de la alimentación, su tasa ascendió desde un -0,2% hasta un 0,5%.

Esta evolución reciente pone de manifiesto la existencia de presiones inflacionistas generalizadas por el lado de la oferta, derivadas del aumento de costes. Además, estas son mayores en España que en la media de la eurozona, lo que, de mantenerse, como sucedió en etapas anteriores, podría implicar una pérdida de competitividad. También es interesante mencionar la evolución de este indicador concretamente en la industria de la alimentación, por su potencial impacto en la cesta de la compra de los consumidores: aunque su subida es más contenida, también apunta a un aumento de las presiones inflacionistas en el sector, que en algún momento pueden acabar trasladándose a los precios finales al consumo.

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La reaparición de la inflación

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Todo tiene su precio o su lado oscuro, y el momento expansivo
que atraviesa la economía española no escapa a esta lógica. El repunte de la
inflación que se observa desde la primavera, junto con su efecto de
amplificación de la brecha con los países que comparten la moneda única,
reflejan tanto las fuerzas como las debilidades de nuestro modelo de
crecimiento. 

El IPC está avanzando a tasas superiores al 3%, aproximadamente un punto por encima de la media de la eurozona. Los componentes que más contribuyen a este diferencial desfavorable para España son los servicios, la energía y los alimentos frescos, es decir, una amplia gama de productos. El carácter generalizado de las tensiones traduce la intensidad del tirón de la demanda, que se deriva en parte del potente shock demográfico que insufla dinamismo en nuestra economía, y que no tiene parangón entre las grandes economías europeas.


El aumento poblacional sustenta la bonanza macroeconómica, pero también impulsa el consumo de los hogares, componente que crece a tasas que duplican las del conjunto de la eurozona. Las empresas reaccionan al auge del gasto de los consumidores aumentando la producción, pero también ajustan sus tarifas de venta, al menos en los sectores que pueden hacerlo porque operan al abrigo de la competencia y con poca capacidad productiva disponible, teniendo en cuenta el déficit de inversión arrastrado en el último lustro.

Por ejemplo, la electricidad y la sanidad privada, con un
IPC que escala a un ritmo de doble dígito, tienen en común la pujanza de la
demanda en un contexto de oferta cuasi rígida. Una circunstancia agravante, en
el caso de los servicios, es que disponen de más holgura para ajustar sus
precios que la industria, cuyos márgenes están constreñidos por una competencia
internacional feroz. Esto explica otra brecha, la doméstica, que nace de la
persistencia de las presiones inflacionarias en los servicios, con un IPC que se
incrementó un 3,6% en octubre en términos interanuales, contrastando con el
cuasi inexistente avance de los precios industriales, un escaso 0,8%. 

Los alimentos frescos son otro componente inflacionario, con
gran transcendencia en la percepción ciudadana. En este caso, los factores
internos, es decir, la fortaleza del consumo y el menor grado de competencia
que prevalece en la cadena de distribución, conviven con fenómenos globales,
como la demanda asiática, aupada por una clase media cada más numerosa y que
tiende a aproximar sus pautas de consumo a las de estas latitudes (caso del
café o de la carne, por ejemplo).    

El repunte de la inflación entraña dos consecuencias: por
una parte, la pérdida de poder adquisitivo de los hogares, que se produce
cuando las remuneraciones no se ajustan a la misma velocidad que los precios; y,
por otra parte, el deterioro de la competitividad de las empresas que encarecen
sus productos en relación a sus competidores, o comprimen sus márgenes para así
mantener la cuota de mercado –caso, este último, de las ramas industriales más
expuestas a las inclemencias de la competencia internacional–. Estos impactos,
además, se convierten en fuerzas antagónicas cuando los salarios y los márgenes
compiten por recuperar terreno. 

El riesgo es todavía limitado, pero se visibilizará si persiste el diferencial de inflación con respecto a los competidores más directos. En cierto modo, la reactivación de la inflación es inherente a un modelo de crecimiento como el español que se sustenta principalmente en la incorporación de nueva fuerza laboral, y subsidiariamente en el despliegue de la productividad. Un modelo que se caracteriza también por la debilidad de la inversión, limitando la capacidad de respuesta del tejido productivo al aumento de la demanda. El camino pasa precisamente por desatascar la inversión privada, y abordar las posiciones de oligopolio que restringen la competencia. En lo inmediato, nos asomamos a nuevos desvíos del IPC.           

IPC | La reaparición de las tensiones inflacionistas desde la primavera se debe en parte a factores transitorios, como el fin de los subsidios al transporte público o la instauración de una tasa para financiar la recogida de basuras. También ha contribuido la normalización del IVA y de otros impuestos que se habían reducido para aplacar el impacto de la crisis energética surgida tras el estallido de la guerra en Ucrania. El efecto combinado de estas medidas, sin embargo, es limitado, además de puntual. Incluso descontándolo, la tendencia alcista del IPC se mantiene.     

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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ipri-de-enero:-las-presiones-inflacionistas-por-el-lado-de-la-oferta-siguen-al-alza

IPRI de enero: las presiones inflacionistas por el lado de la oferta siguen al alza

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Índice de precios industriales | ENERO 2022

El índice de precios industriales (IPRI) refleja los precios a salida de fábrica de los bienes industriales de todas las categorías y a lo largo de toda la cadena de producción (es decir, tanto de bienes de consumo como de bienes intermedios, productos semielaborados o bienes de capital). Este índice, que desde hace varios meses ya se encontraba en máximos históricos, elevó su tasa de crecimiento en enero hasta el 35,7%. Los productos energéticos situaron el crecimiento de sus precios en el 91,4%. Si excluimos estos, los precios del resto de bienes industriales no energéticos situaron su tasa de crecimiento en el 12%, el nivel más elevado desde 1984.

Este índice puede considerarse un indicador de la evolución de los costes de producción en el sector industrial, y la trayectoria fuertemente ascendente que mantiene desde el pasado mes de marzo refleja el incremento que han sufrido estos como consecuencia del encarecimiento de las materias primas, de los productos energéticos, del transporte marítimo, así como de determinados componentes de la cadena de producción que han subido de precio como consecuencia de los cuellos de botella. 

Entre los productos industriales que más se han encarecido se encuentran la energía eólica (266,8%) y térmica (198,3%), fertilizantes (128%), comercio de gas (113%), refino de petróleo (56,5%), seguidos de productos en las fases iniciales de la cadena de producción, como productos básicos de hierro y acero, laminación en frío, otros productos básicos de química orgánica, etc. También cabe destacar el aluminio, que presenta un aumento interanual de sus precios del 45%, y productos relacionados con la alimentación, como fabricación de aceite de oliva, pastas alimenticias, margarinas o productos de molinería, todos ellos con tasas de crecimiento de los precios superiores al 20%.

Estos resultados ponen, por tanto, de manifiesto la persistencia, e incluso intensificación, en enero, de grandes tensiones inflacionistas por el lado de los costes de producción, de una magnitud insólita desde hace décadas, cuya transmisión hacia los precios finales al consumo aún ha sido limitada —ha alcanzado mayor intensidad en los productos alimenticios, pero hasta el momento el traslado hacia otros bienes y servicios ha sido más contenido—. 

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