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La doble brecha macroeconómica con Europa

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La economía española afronta las consecuencias del conflicto en Oriente Medio en una situación más ventajosa de la que prevalece en otros países de su entorno. La inercia del ciclo expansivo, junto con la menor dependencia de los hidrocarburos, y un plus inesperado de turismo, garantizan un crecimiento del PIB relativamente vigoroso. Pero el propio dinamismo de la economía hace que el riesgo de inflación sea también mayor, y que el mix de políticas no deba coincidir con el que sería aconsejable en las otras grandes economías europeas.

Conforme se prolonga el cierre del estrecho de Ormuz, crece el temor a la estanflación en Francia y sobre todo en Alemania, donde los índices de coyuntura de abril apuntan ya a un desplome de la actividad y a un repunte acusado de los costes de producción, sobre todo en los sectores industriales que son, junto con la agricultura, los más expuestos a la rarefacción de las materias primas. Para el núcleo duro del Viejo Continente, el shock es solo de oferta: la escalada del barril de Brent y del gas redunda en una elevación de los costes de producción, pero el riesgo de un brote inflacionario propiamente dicho es reducido. Dicho de otro modo, ante una demanda renqueante, parece poco probable que se desencadene un bucle de aumentos de precios y de salarios.    

A diferencia de España, donde la subida de los precios energéticos se superpone a la persistencia de la inflación subyacente que viene observándose desde mucho antes del estallido de la guerra de Irán, contrastando con la estabilidad del resto de la eurozona. Además, la inflación subyacente nace de factores ajenos a la guerra que van a perdurar, a saber: el tirón del consumo, sustentado en el crecimiento poblacional, la recuperación de la construcción y el récord de llegada de visitantes, todo el tiempo que los aviones dispongan de queroseno —las operadoras estiman que la disponibilidad de combustible está garantizada para los próximos meses—. La consecuencia es una mayor probabilidad de traslado de la subida de los hidrocarburos y de los fertilizantes al resto de precios: las empresas que disponen de una cartera de pedidos pletórica no dudarán en repercutir todo el incremento de costes de producción a sus tarifas de venta. Existe el riesgo, por tanto, de una ampliación de la brecha de inflación que nos separa del resto de la eurozona, y un deterioro de la competitividad.     


La política monetaria no es el instrumento adecuado para contener el desliz de nuestros precios relativos. Y en todo caso, ante el shock de oferta que prevalece en la mayoría de las economías que comparten la moneda única, no parece que el BCE vaya a mover mucho sus tipos de interés.

Nos queda la política presupuestaria, instrumento que, para ser coherente con el ciclo expansivo y la necesidad de aplacar la inflación, debería mantener la senda de contención de los desequilibrios presupuestarios, en consonancia con un esfuerzo sostenido de inversión, palanca que, con el tiempo, redundará en una elevación del potencial productivo y una suavización de los cuellos de botella que tensionan los precios. Lo que esto implica concretamente es que las medidas decretadas de respuesta al conflicto en el Golfo Pérsico deberían ser compensadas, de manera parcial o gradual, con ajustes presupuestarios o tributarios. Por otra parte, la disponibilidad de fondos europeos va más allá de la duración del programa Next Generation, ya que los instrumentos anunciados por el Gobierno permitirán dilatar el gasto durante un periodo prolongado. Ahora bien, para que este paso, positivo, genere más inversión privada y traiga consigo una mejora de la productividad, será necesario perfeccionar los instrumentos.

España parece haber roto la maldición de la recesión, o la tendencia a sufrir fuertes caídas cuando los demás solo tropiezan. Algo se ha normalizado nuestro ciclo, lo cual no nos exime de las transformaciones que atraviesa la economía mundial.  

PRECIOS | El encarecimiento de las materias primas en los mercados internacionales empieza a trasladarse a la industria española. El índice de precios industriales elaborado por el INE se incrementó en marzo un 6,5%, quebrando la senda de estabilidad (en los doce meses anteriores, el indicador registró incluso un leve descenso, del 0,6%, en términos medios mensuales). Destaca la subida de los derivados de la energía y, en menor medida, de los metales basados en aluminio y de algunos productos químicos, afectados por la rarefacción del plástico y la escasez de hidrocarburos.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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La sombra alargada de la guerra en Oriente Medio

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La tregua anunciada el pasado 7 de abril aporta una luz de esperanza en un conflicto que mantiene en vilo a todo el planeta, con graves consecuencias humanas y económicas. El acuerdo es frágil, pero delata la voluntad de encontrar una salida, a diferencia de lo sucedido en el frente de Ucrania. Sería temerario, sin embargo, aventurar que el impacto económico de la contienda será transitorio e inocuo, ya que sus secuelas se percibirán todavía durante largos meses, incluso si los contendientes sellaran rápidamente un acuerdo de paz.

La capacidad productiva de la región se ha visto seriamente afectada por los ataques, comprometiendo la vuelta a la normalidad. La Agencia Internacional de la Energía ha detectado daños en hasta 75 plantas de procesamiento de hidrocarburos, complejos petroquímicos e infraestructuras portuarias. Preocupa el diagnóstico de los expertos acerca de la destrucción parcial del yacimiento de gas de Ras Laffan, el más importante de mundo: los trabajos de reparación podrían prolongarse entre tres y cinco años.  

También se complica la reapertura del estrecho de Ormuz, no solo por la imposición de peajes anunciada por Irán: ante la peligrosidad del paso por la zona, las compañías de seguros serán reacias a cubrir el transporte, o lo harán con pólizas a precios desorbitados. Para el negocio del seguro, basado en la percepción del riesgo, la incertidumbre tiene un coste elevado.

Los retrasos en las cadenas de suministro son otra secuela que no se resolverá tan rápidamente. El parón de las exportaciones de hidrocarburos, fertilizantes, productos químicos y de un amplio abanico de minerales y de componentes químicos producidos por los países del Golfo trae consigo una desorganización de los sistemas productivos. El queroseno, por ejemplo, empieza a escasear, perturbando la aviación civil. Y la lógica reacción de almacenamiento de los importadores podría agravar los fenómenos de escasez.

La histéresis de la guerra ejercerá una presión prolongada sobre los costes de producción (y, en última instancia, sobre los precios al consumo) incluso después de su resolución. La buena noticia es que, en principio, el impacto en la inflación será menos acusado que hace cuatro años. La crisis energética generada por la guerra de Ucrania coincidió con una demanda boyante, sostenida por el sobre ahorro acumulado por los hogares durante la pandemia.


En esta ocasión, la presión de la demanda es menor, incluso en una economía en expansión como la nuestra. Además, en el caso de España, la subida en escala de las energías renovables está amortiguando los efectos del encarecimiento del gas en la factura de la luz. Con todo, la escalada de los costes de producción producirá incrementos puntuales de precios, sin efectos significativos de segunda ronda. No obstante, el BCE está al acecho y querrá comprobar que las expectativas están ancladas, de modo que no es descartable que ajuste algo los tipos.

Además, un descenso prolongado de la oferta de materias primas frenará la actividad. De momento, los indicadores de coyuntura mantienen el buen tono. La afiliación sigue tirando y el PMI se mantiene en zona expansiva. Pero una cierta pérdida de capacidad de compra es inevitable.

Los Estados pueden intentar compensarla, pero se enfrentan al muro de la deuda. La española sigue en cotas que no dejan margen para ningún desliz, y lo mismo ocurre en casi todas las principales economías avanzadas. La política presupuestaria debería ser quirúrgica, centrando su actuación en los sectores más afectados y en los grupos sociales vulnerables. Entre los grandes países, solo España, Italia y Polonia han procedido a recortes generalizados de gravámenes, una medida poco eficaz y costosa, que debería desaparecer a medida que el shock de precios se diluye, conforme a lo previsto en el plan del Gobierno. Ante un conflicto bélico de consecuencias duraderas, la eficacia en el despliegue de la munición económica es clave. 

ACTIVIDAD | El índice PMI de manufacturas descendió en marzo hasta niveles consistentes con una reducción de la actividad (por debajo de 50). Aún más relevante es la valoración que realizan las empresas participantes sobre los costes y los plazos de entrega de los insumos. En este sentido, los efectos de la guerra ya se perciben en forma de un encarecimiento acusado de los precios pagados por las empresas, y de interrupciones en las cadenas de suministro. También aumenta la percepción de escasez de determinados productos, entre los que destacan los semiconductores.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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Los vaivenes del precio de la energía

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Un nuevo conflicto bélico, una nueva tensión en los precios de las materias primas y energía. En este caso, el cruento enfrentamiento entre Israel e Irán, no por esperado desde hace tiempo, ha devuelto, al menos temporalmente, la tensión al mercado del petróleo. La república persa es uno de los principales productores y como ya ha ocurrido en anteriores conflictos bélicos –como fue la guerra con Irak de la década de 1980–, los mercados se ven inmediatamente afectados ante cualquier contienda. Tras los primeros ataques israelís el precio del Brent subió más de 10 dólares, superando los 77 dólares el barril. Posteriormente se han vuelto a moderar los precios, aunque aún reflejan lógicamente cierta tensión mientras la escalada bélica continue.

Una de las características de los últimos años en los precios de la energía es la mayor resistencia de las economías importadoras cuando hay una crisis o tensión que en otras épocas del pasado. Si bien es cierto que los inicios de la guerra de Ucrania fueron un punto y aparte ya que los precios del gas, petróleo y materias primas causaron una inflación persistente que hacía décadas que no se veían y otros efectos económicos negativos –que se lo digan a Alemania–, otros conflictos en el Oriente Próximo más recientes no han causado las distorsiones que se esperaban. Muchas razones pueden explicar esa menor sensibilidad de la economía mundial a posibles impactos de la geopolítica en los mercados energéticos. Desde la crisis financiera global de 2008, los países parecen haber sabido gestionar mejor las crisis y recesiones. La pandemia fue un momento crítico en el que los países introdujeron una batería de medidas de política económica (como los ERTEs, avales públicos para el crédito y liquidez, política monetaria acomodaticia) que crearon una especie de red de seguridad, luego empleada también en la guerra de Ucrania, que ayuda a aminorar los perjuicios económicos. Asimismo, la mayor diversificación de los países importadores de petróleo –como España– en materia de fuentes de energía, sobre todo con la instalación de numerosas plantas de renovables (solar, eólica) han reducido significativamente la dependencia del petróleo y del gas. 

Un último factor es la debilidad del funcionamiento del cártel de la OPEP (Organización de los Países Exportadores de Petróleo). Muy alejado de los “éxitos” de la década de 1970, cuando las restricciones de la oferta sí que eran efectivas, ahora los acuerdos no producen los efectos deseados del cártel sobre los precios, ya que, por diferentes razones (alianzas geopolíticas, financieras), hay miembros que aumentan la oferta, como ha sido Arabia Saudí en esta ocasión, por una aparente petición de Estados Unidos. La energía seguirá dando quebraderos de cabeza –por ejemplo, por los elevados consumos que tiene en los desarrollos de la inteligencia artificial– pero sus crisis parecen gestionarse mejor.

Este artículo se publicó originalmente en el diario La Vanguardia.

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El impacto paradójico de los conflictos bélicos en la economía española

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Las tensiones geopolíticas, y su exacerbación bélica en
Oriente Medio, están teniendo un impacto sorprendente en la economía española.
Por una parte, el grueso del tejido productivo se resiente al igual que en el
resto de Europa del clima de incertidumbre que lastra la confianza y dificulta
el despegue de la inversión, clave de la prolongación de nuestro ciclo
expansivo. El repunte del precio del petróleo y del transporte marítimo que
transita por las regiones próximas a la contienda complica la senda de
desinflación, al tiempo que erosiona el poder adquisitivo.

En cambio, las turbulencias globales se acompañan de ingentes flujos de entrada de inversión internacional, por el poder de atracción de los bajos costes laborales y energéticos en relación a otras economías de nuestro entorno. Los recientes anuncios de tomas de posición en los sectores de la tecnología, de la energía y del automóvil forman parte de una tendencia de fondo, a tenor del volumen de capital extranjero que se invierte en el equipamiento de empresas españolas, sobre todo en las grandes corporaciones: en los últimos dos años, la inversión extranjera directa (excluyendo el capital financiero especulativo) alcanzó una media del 2,9% del PIB, un registro muy superior al que se observa en los otros grandes socios comunitarios. Además, España es importadora neta de capital extranjero, a diferencia de Alemania, por ejemplo, que exporta buena parte de su ahorro para equipar empresas en otros países —una insensatez para su industria, en plena reconversión—.


Es decir, los inversores internacionales razonan en clave global, y en esa comparación España no sale mal parada (las incertidumbres son similares en todo el continente, pero nosotros estamos alejados de las principales zonas de conflicto y los costes de producción son favorables). A diferencia de las empresas españolas más pequeñas, que se determinan en función de las condiciones locales y de otras variables que afectan el clima de negocios en el mercado interno. Entre estos lastres, el que más afecta la inversión es la memoria traumática de la crisis financiera, una consideración alejada de las preocupaciones de los grandes inversores internacionales.       

Esta dualidad es relevante para la política económica, en primer lugar, porque muestra que el déficit de inversión se produce sobre todo en la pequeña y mediana empresa, y no tanto en las corporaciones con capacidad de atracción de capital extranjero. A este respecto, la recién anunciada iniciativa de cofinanciación de empresas, pilotado por Cofides, es un paso en la buena dirección ya que pretende acercar los recursos a los sectores estratégicos, pudiendo en principio beneficiar a las empresas de tamaño intermedio. El volumen de recursos de este fondo (2.000 millones de euros, financiados con préstamos del Next Generation), sin embargo, parece insuficiente para paliar la sequía de la inversión. Más decisiva sería la unión financiera proyectada por Bruselas con el objetivo de facilitar la movilidad del ahorro para dinamizar la economía europea, pero el proyecto se enfrenta a la visión de países reacios a la armonización normativa y fiscal. Veremos si Mario Draghi logra suavizar las asperezas con su esperado informe de diagnóstico de la posición de Europa frente a las otras grandes potencias.           

La formulación de una senda presupuestaria a medio plazo
sería otra palanca para desatascar la inversión entre las empresas más
afectadas por las incertidumbres y que, por su tamaño, no pueden acceder a la
financiación internacional. Los Presupuestos Generales de Estado conforman el
principal instrumento de política económica, y de ellos depende la percepción
del grado de coherencia de la acción pública.

Por paradójico que pueda parecer, la volatilidad del entorno global es más perjudicial para la pyme española que para los inversores internacionales que siguen apostando por nuestro tejido productivo. Una dicotomía que tiende a acrecentarse a medida que el conflicto en Oriente Medio se perpetúa, cuando no se extiende.

INVERSIÓN EXTRANJERA | El volumen de capital extranjero invertido el año pasado en empresas españolas, o inversión directa extranjera, alcanzó los 33.000 millones de euros (según datos de balanza de pagos). Los inversores precedentes de la Unión Europea, EE. UU. y Reino Unido siguen aportando el grueso de los fondos, con algo menos del 80% del total (con información de DataInvest). Las monarquías del golfo pérsico, entre las que destaca Emiratos Árabes Unidos, representan apenas el 1,3% del total, y China el 1,4%, si bien la presencia del gigante asiático se está incrementando rápidamente.

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Geopolítica y economía

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No queda mucho para cerrar el cuarto año de esta década. Sin lugar a dudas, se trata de un periodo muy convulso y lleno de dificultades y “cisnes negros”. En marzo de 2020 una pandemia global que dejó todo tipo de huellas, también económicas. En febrero de 2022, Rusia ataca Ucrania, y comienza una guerra cruenta que sigue hoy. Más recientemente, el 7 de octubre, los terroristas de Hamas realizan una brutal cadena de atentados en Israel, que este país responde con fuerza. Se inicia una tensión geopolítica de gran magnitud. La incidencia social y económica del conflicto dependerá de si existe escalada o no a otros países (Irán, Siria entre otros). Estos próximos días serán críticos. La preocupación parece extrema, como ha dejado entrever la visita del presidente Biden a Israel esta semana. Las señales del mercado han sido de mayor tranquilidad que la prevista, con solamente impactos en la volatilidad y el precio del petróleo. Y también en los mercados de bonos soberanos pero que ya venían de un septiembre muy complicado.

Estos sobresaltos graves geopolíticos están afectando negativamente a la economía desde el final de la pandemia. Los problemas en la cadena de suministro global tras la vuelta a la normalidad tras el covid y el tirón de la demanda global tras más de un año de restricciones y confinamientos empujaron los precios hacia arriba. La inflación comenzó a ser un problema. Inicialmente se malinterpretó como transitorio. La guerra en Ucrania y su incidencia en el gas, petróleo, cereales y muchos otros productos generó inflación que luego se hizo persistente. Los bancos centrales comenzaron a reaccionar y de qué manera: fuertes y rápidas subidas de interés. Ahora que llevamos un tiempo con una inflación sustancialmente más baja que en 2022 —aunque con cierta tendencia a subir nuevamente— llega este último shock imprevisible con un potencial impacto de gran magnitud en la economía global, como ya tuvieron los anteriores choques. Hay que esperar. Estamos en el momento de mayor tensión. Quizás, si no hay escalada en unas semanas, lo peor en lo económico también puede haber pasado.

El entorno en el que ha llegado el nuevo conflicto en Oriente Medio ya era complejo por los efectos de las decisiones y anuncios de los bancos centrales (BCE, Fed) en los mercados de bonos soberanos, en particular el estadounidense. Esta semana ha sido muy movida para la deuda norteamericana, significativamente encarecida. La amenaza de una escalada bélica no ayuda. Que la inflación pueda repuntar por los precios de la energía, en un contexto de fortaleza económica en ese país, sugiere que la Fed puede seguir subiendo tipos. O al menos mantenerlos más altos bastante más tiempo de lo esperado. Turbulencias a la vista, de las que no se libraría la zona euro —con una notable desaceleración que puede ir a más según se sientan más los efectos de las subidas de tipos— y en el que el BCE también tendrá mucha tela que cortar en un entorno de tan difícil gestión.

Este artículo se publicó originalmente en el diario La Vanguardia.

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Ajustes necesarios en la respuesta a la invasión de Ucrania

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Hace poco más de un mes, el Banco Central Europeo (BCE) publicaba en su boletín mensual un análisis del impacto presupuestario de las medidas adoptadas en los países de la eurozona para hacer frente a los efectos económicos de la invasión de Ucrania. Según los cálculos de los autores, tan solo el 12% de esas rebajas impositivas e incrementos del gasto tiene por beneficiarios a los hogares vulnerables; y menos del 2% contribuirá directamente a la transición ecológica. La semana pasada, Kristalina Gueorguieva, directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), advertía de la necesidad de que las actuaciones se centren en apoyar a los más frágiles, evitando medidas generalistas que, por definición, son más costosas para los erarios europeos y acaban alimentando el proceso inflacionario.

Desafortunadamente, la probabilidad de que la necesidad de medidas compensatorias se extienda a 2023 debería hacernos reflexionar para redefinir el plan de choque. Y el párrafo anterior nos da pistas sobre cómo deberíamos hacerlo: focalizando mucho más las ayudas y apostando en mayor medida por actuaciones que sean compatibles con el impulso a los objetivos de transición energética y ecológica.

En todo caso, debemos tener claro que para afrontar el episodio inflacionario no basta con lo anterior; y que la subida de tipos de interés por parte del BCE puede ser una medicina particularmente dolorosa y no muy eficiente, en la medida en que el origen de la inflación no es un sobrecalentamiento de la economía europea y, por tanto, habrá que reducir mucho la demanda para que se note el efecto en los precios. Por eso necesitamos tres cosas más.

La primera es actuar de forma contundente sobre los mecanismos de fijación de precios de la energía, que generan resultados absurdos en la coyuntura actual. La UE debería resolverlo en lo que resta de mes. Porque no es muy inteligente mantener las reglas actuales y dejar que Rusia utilice su gas como una potente arma de guerra económica.

La segunda es la enorme importancia de alcanzar un pacto de rentas ambicioso y en un plazo breve. En tiempos de guerra, necesitamos que en el seno de los países de la UE mantengamos cohesión, paz social y solidaridad.

La tercera está íntimamente ligada a la anterior. La pandemia nos ha mostrado la importancia de la coordinación y la cooperación en momentos críticos. Desafortunadamente, estamos ante otro. Cierto que en este caso no se trata de mascarillas, distancia social y responsabilidad individual para frenar contagios. Ahora se trata de que los sectores productivos y los hogares en mejor situación financiera acepten que las ayudas vayan a otros, asuman que su pérdida de poder adquisitivo sea comparativamente mayor y que, en la medida de las posibilidades de cada uno, se hagan esfuerzos voluntarios para ayudar a los más vulnerables.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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Sin mapa en los mercados

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La inflación llevaba mucho tiempo sin nosotros hasta que retornó —y con que fuerza— en el último año. En Estados Unidos, sobre todo, hay una sangría en los mercados. Varias generaciones han crecido y vivido sin inflación significativa y sin tener evidencia de cómo se las gastan los bancos centrales para atajar esos crecimientos de precios. Por ello, una gran parte de analistas y traders, acostumbrados a mercados en alza casi permanentemente y a una gran liquidez provista por las autoridades monetarias —que siempre solventaban los problemas— se han quedado sin mapa. Si acuden a pedir consejo a otros traders más experimentados tampoco van a tener muchas alternativas. La razón es que anteriormente se producían procesos de venta acelerada de acciones o de bonos, pero no grandes caídas en los dos mercados a la vez. En esta ocasión, no hay dónde meterse.

La espita de la caída de los mercados inicialmente aconteció en Estados Unidos con la salida de los inversores de las grandes tecnológicas y Nasdaq. Se ha ido generalizando y ahora todo el mundo parece querer salir de casi todos los sectores. Ni tecnológicas, ni manufactureras, ni otras cosas. Todo a la baja. Desde una óptica financiera, existe la creencia de que los mercados han estado sostenidos de forma algo artificial. Ahora la corrección parece combinar varias caídas que tenían que haber sucedido antes. Antes de normalizar había que corregir lo que estaba inflado (tecnológicas y bonos, por ejemplo) y pasar por una amenaza de recesión en un contexto de inflación. Parte del problema también parece venir de que los mercados no se creen las expectativas de inflación de los bancos centrales. Creen que va a durar más de lo que proyectan. Hasta ahora no les había importado porque se equivocaban siempre al decir que subiría y no lo hacía. Además, creen que los bancos centrales han reaccionado tarde, incluida la Fed. Y qué decir del BCE. Ha habido que esperar a este lunes para que Christine Lagarde, su presidenta, haya sugerido dos subidas de tipos a partir de julio y la reacción inmediata del mercado no fue mala. Es crítico que los bancos centrales ganen credibilidad nuevamente en este contexto convulso, para que se vuelvan a anclar las expectativas hacia una menor inflación en los próximos meses.

Desde la óptica macroeconómica, las noticias para el futuro más cercano no son halagüeñas. La amenaza de recesión está ahí, pero no es lo único, ya que hay preocupación por una crisis alimentaria y por graves problemas energéticos el próximo invierno. Mientras permanezca, seguirá presionando los mercados a la baja. Con mucha incertidumbre adicional por las consecuencias de la guerra de Ucrania y la política covid cero de China que está aumentando la tensión en la cadena global de suministros y generando nuevas rondas de crecimientos de precios y, probablemente, recesión, incluso para el propio país asiático. Sería una gran noticia el final de ambas, que daría un respiro a la economía global y un vuelco a mejor a los mercados. Mientras tanto, seguimos sin un mapa sobre dónde y cómo invertir en los mercados.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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La industria mantenía la tendencia ascendente antes del inicio de la guerra de Ucrania

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Indice de producción industrial | FEBRERO 2022


El Índice de Producción Industrial se recuperó en febrero del moderado descenso sufrido el mes anterior, con un crecimiento del 0,9%. El índice relativo a solo manufacturas registró un ascenso del 1,4%. Por tanto, hasta el estallido de la guerra en Ucrania el sector industrial mantenía la suave tendencia ascendente iniciada el verano pasado. Si se excluye el sector del automóvil, que es el que arrastra una peor evolución, con una caída del 11% con respecto a hace un año –y que en febrero volvió a retroceder– la tendencia ascendente es más clara. Así, el índice de manufacturas excluyendo automóviles se encontraba en febrero un 6,7% por encima del nivel de hace un año, y un 3% por encima del nivel previo a la pandemia, frente a un 3,2% y un -0,2% respectivamente en el caso de las manufacturas totales.

Los sectores que han presentado un mayor dinamismo en el último año son los de confección, madera, refino de petróleo, productos informáticos e industria textil. Solo los sectores de metalurgia y automóviles presentaban tasas negativas (de las 23 divisiones sectoriales de que consta el índice de manufacturas).

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El gasto en defensa y el déficit público

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La guerra en Ucrania ha situado en un primer plano el análisis económico del gasto en defensa de los países de la Unión Europea. Presentamos dos visiones de la problemática relacionada con este tema: una —firmada por Claudia Pérez Forniésen el contexto internacional de las relaciones entre países miembros de una misma Alianza; y esta, en el marco presupuestario español y en los problemas para afrontar el déficit público.

Tanto en el ámbito privado como en el público, existen gastos con poco atractivo. Las primas de seguro para cubrir riesgos contingentes son un buen ejemplo. Reservar una parte de los ingresos familiares o cargar la cuenta de explotación de las empresas para prepararse ante sucesos que pueden no ocurrir, exige racionalidad y cálculo; u obligatoriedad por parte de un regulador. En el ámbito público, la partida que responde mejor a esta definición es la de defensa nacional. Con el agravante de que las guerras, en general, se ven lejanas y provocan rechazo y disgusto en el ciudadano mediano europeo del siglo XXI.

Los datos lo demuestran. Basta citar dos estudios. El primero, de la Fundación COTEC, sobre preferencias de gasto público en la ciudadanía, presentado en enero de 2021 (disponible en #LEC_COTEC: Preferencias de gasto público en la ciudadanía – Fundación COTEC para la Innovación). El gráfico adjunto, extraído del informe, muestra la ordenación de preferencias de ocho políticas públicas principales. Defensa y seguridad aparecen en el último lugar, con una intensidad de prelación que supera ligeramente 0,5 sobre un máximo de 5.

Representación gráfica de las preferencias de la población española sobre las ocho políticas de gasto consideradas [tomado de Cotec].

El segundo informe es la edición de marzo de 2022 del Focus on Spanish Society de Funcas, elaborado a partir de datos del CIS y de Eurostat. Las autoras muestran que, estando España en el cuartil de países de la UE-27 que gasta en defensa un menor porcentaje del PIB, el 30% de los españoles considera que se gasta demasiado. La segunda política menos apoyada sería seguridad pública, pero no llega al 10% quienes consideran que el desembolso es excesivo.

Nuestra pertenencia a la OTAN nos ha permitido un cierto comportamiento de free-rider, dejando que sea Estados Unidos el líder que asume la parte del león en gasto e intervenciones ante conflictos que, desde hacía mucho tiempo, se producían lejos de nuestro espacio de seguridad y confort. La invasión de Ucrania por Rusia ha alterado el mapa por completo. La percepción del riesgo ha cambiado y, con ello, la disposición a incrementar el gasto militar, tanto entre las elites políticas como entre los ciudadanos. 

La encuesta de 40db para El País y la Cadena SER correspondiente a abril de 2022 muestra que el 57,5% de los encuestados está muy o bastante de acuerdo con incrementar el gasto en defensa en detrimento de otras partidas.

No obstante, este giro de prioridades tiene importantes implicaciones para las cuentas públicas. El Gobierno ha anunciado que el objetivo para 2024 es llegar al 2% de PIB, cifra que los países de la OTAN se fijaron en 2014 como objetivo a diez años vista. Pero hoy España apenas alcanza el 1%. Eso quiere decir que debemos incrementar más de un punto porcentual de PIB el gasto en defensa en dos ejercicios, lo que complica aún más una consolidación fiscal tan urgente y necesaria como aplazada y orillada. 

Con un déficit estructural próximo al 5% de PIB en 2022, cargar adicionalmente los compromisos de gasto conlleva la necesidad de ajustes sustanciales en otras partidas o un fuerte incremento de la recaudación tributaria. Sin duda, la lucha contra el fraude fiscal y los análisis de rentabilidad social del gasto para detectar gasto superfluo o prescindible ayudarían. Pero me temo que van a ser claramente insuficientes dada la magnitud del reto.

El Gobierno debe afrontar pronto la tarea de fijar una senda de gastos e ingresos públicos coherente y racional, que nos permita equilibrar las cuentas públicas en un plazo razonable. Y en ese ejercicio debe aparecer de forma expresa el compromiso en defensa. A lo mejor no es posible alcanzar el 2% comprometido en dos años y hay que pedir una prórroga, atendiendo a las posibilidades económicas de un país todavía en recuperación de la pandemia y golpeado por la guerra de Ucrania. O quizá sí lo es. Pero solo cuando esta partida se integre con el resto será posible determinar la coherencia del escenario presupuestario, generando certidumbre y previsibilidad. Y ambos ingredientes son particularmente necesarios en el momento actual.

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Revisión al alza del PIB del cuarto trimestre

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Contabilidad Nacional Trimestral | 4T 2021


La economía española creció un 5,1% en 2021, lo que supone una décima más que lo avanzado en enero por el Instituto Nacional de Estadística. Este mayor crecimiento anual es debido a una revisión de los datos del primer y cuarto trimestre al alza que más que compensan la revisión a la baja del segundo.

La recuperación de la economía continuó en el último cuarto del año. No obstante, a pesar de la revisión al alza del crecimiento del PIB en este trimestre hasta el 2,2%, la economía creció con menor intensidad que en el trimestre previo. El crecimiento procedió del consumo —revisado al alza con respecto a la caída indicada en la primera estimación—, de la inversión —con una aportación revisada intensamente a la baja— y del sector exterior.

En la demanda privada, la inversión, a pesar de la revisión a la baja de su crecimiento, registró en todos sus componentes avances intertrimestrales positivos, con la única excepción de la de construcción de viviendas con un recorte del 1,5% —frente a un crecimiento del 0,4% que había adelantado el avance de enero—. El consumo privado ha sufrido una fuerte revisión al alza, desde un crecimiento negativo hasta un avance intertrimestral del 1,4%. En sentido contrario, se revisa a la baja el de las AA.PP. hasta un retroceso del 1,6%, siendo el primer trimestre con crecimiento negativo tras crecer ininterrumpidamente desde 2014 (con la excepción del cuarto trimestre de 2016). Respecto al sector exterior, se eleva el crecimiento de exportaciones e importaciones, manteniéndose la aportación conjunta al crecimiento del PIB. Las exportaciones se ven impulsadas por las de servicios, tanto las de no turismo como las de turismo. Destaca especialmente la revisión a la baja en el crecimiento de estas últimas, que pasan de situarse en el 98% respecto al nivel del último trimestre de 2019, según el avance de enero, al 86% en los datos publicados hoy.

En el cuarto trimestre de 2021, el consumo de las administraciones públicas, la inversión en bienes de equipo, las importaciones de bienes y las exportaciones de bienes y de servicios de no turismo eran los únicos componentes de la demanda que superaban el nivel prepandemia. En la oferta creció la actividad en todos los sectores, pero sin alcanzar los niveles prepandemia, salvo en el sector de AA.PP. sanidad y educación. Sorprende en este caso la construcción, que se sitúa un 13% por debajo del nivel del último cuarto de 2019.

En cuanto a la evolución en 2022 estará fuertemente condicionada por las tensiones geopolíticas derivadas de la guerra en Ucrania, la intensa elevación de precios y problemas en el suministro de materias primas.

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