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Los bancos centrales se enfrentan probablemente a otra grave tensión financiera

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En un marco global tensionado por la incertidumbre con los aranceles y, en particular, por la guerra comercial entre Estados Unidos y China, los bancos centrales, como ya ocurriera con la crisis financiera y la pandemia, vuelven a estar en el centro del escenario económico global. La Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco Central Europeo van a tener unos difíciles meses por delante. Los probables conflictos geopolíticos, a cuyos riesgos se ha referido el FMI recientemente, y las distorsiones en las cadenas globales de suministro, van a elevar el grado de exigencia. No parece tratarse aún de un momento Lehman Brothers, pero sí que tiene toda la pinta de ser peliagudo, sobre todo si las tensiones arancelarias continúan agravando el panorama financiero.

Este tipo de shock, a diferencia de una crisis financiera o una recesión convencional, tiene una naturaleza eminentemente política y externa al control directo de los bancos centrales. Algo parecido al choque de la pandemia; en este caso, una crisis sanitaria global. No obstante, las consecuencias económicas de la grave tensión arancelaria recaen de lleno en la esfera de acción de los bancos centrales. La Fed se encuentra en una encrucijada. Seguir en pausa en su estrategia para contener una inflación alimentada por factores no monetarios podría agravar la desaceleración de la inversión y la actividad económica. Sin embargo, ser complaciente bajando tipos podría minar su credibilidad y anclar expectativas de inflación al alza. Además, las crecientes tensiones políticas internas –donde algunos sectores presionan a la Fed para estabilizar la economía– ponen en peligro su independencia.

La situación no es del todo distinta en la zona euro, donde la fragilidad en el crecimiento ya es un clásico. La eurozona es más dependiente del comercio internacional que EE UU, por lo que los efectos de las tensiones arancelarias se sentirán de forma aún más intensa. La labor del BCE se complica con la fragmentación del bloque. Las diferencias en el crecimiento en los países grandes, como Alemania, Francia, Italia o España, dificultan una respuesta unificada. Subir tipos podría proteger el poder adquisitivo en el norte de Europa, pero ahogar aún más la recuperación de los países con mayor endeudamiento como Italia. Y se vienen por delante nuevos esfuerzos fiscales por el aumento del gasto en defensa y seguridad. Hoy se reúne el Consejo del BCE y se estará muy atento a su decisión. Apunta a una nueva bajada de tipos, algo que no se pronosticaba hace unas semanas.

Luego está uno de los canales más sensibles, el de los mercados financieros. Las decisiones de los bancos centrales son seguidas con atención quirúrgica por los inversores. Y ahora la situación es mucho más compleja para la Fed que para el BCE. El mercado de deuda pública estadounidense, en particular, ha mostrado una gran sensibilidad a las expectativas de inflación y a la percepción de riesgo sistémico. El mercado de treasuries –tradicionalmente considerado como el activo libre de riesgo por excelencia– ha experimentado una notable volatilidad. Que se explica, en buena parte, por la incertidumbre arancelaria y fiscal y la reducción de la demanda estructural por estos bonos. China, uno de los mayores tenedores, ha reducido gradualmente su exposición como respuesta estratégica al conflicto comercial. Este mercado ha sido testigo de aumentos inusuales en la volatilidad, caídas en la liquidez y amplios diferenciales bid-ask que han encendido las alarmas entre analistas y autoridades. Muchos miran hacia la Fed en busca de soluciones. Las herramientas convencionales –como la bajada de tipos– tienen una efectividad limitada frente a shocks de oferta como el arancelario. La confianza en la política monetaria se convierte así en un activo intangible pero crítico, cuya erosión podría desencadenar una fuga de capitales y un endurecimiento abrupto de las condiciones financieras.

No es la primera vez que se presentan tensiones de este tipo. Durante el estallido de la pandemia, el mercado de treasuries vivió uno de sus peores momentos cuando inversores institucionales comenzaron a liquidar bonos en masa para conseguir liquidez. Provocó una disfunción severa que obligó a la Fed a comprar bonos a gran escala mediante su programa de flexibilización cuantitativa (QE), que fue clave para estabilizar el sistema financiero.

Muchos abogan por que se vuelva a emplear ahora. Sin embargo, en la pandemia había una causa externa inesperada sobre la que nada se podía hacer –crisis sanitaria–, y ahora todo se debe a una combinación de decisiones voluntarias del Gobierno norteamericano y a disfuncionalidades del mercado de bonos. Rescatarlo ahora nuevamente puede generar incentivos perversos para el futuro. Se habla de otras opciones, como que la Fed podría colaborar con el Tesoro para coordinar mejor la emisión de deuda, distribuyéndola de manera menos agresiva. O fortalecer la infraestructura del mercado secundario de treasuries, incentivando la participación de creadores de mercado, o incluso habilitando un dealer de última instancia.

En suma, la Fed y el BCE se enfrentan al desafío de mantener la credibilidad, sostener la demanda interna y anclar las expectativas de inflación, todo ello en un entorno donde las decisiones políticas externas –como los aranceles– limitan enormemente sus márgenes de maniobra. Con un reto enorme además para la Fed, encontrar el equilibrio entre mantener su credibilidad frente a la inflación y evitar una disfunción financiera en la situación de los treasuries que pueda extenderse a otros mercados. Seguro que la Fed agradecería algo más de coherencia en las políticas económicas del Gobierno de su país.

Este artículo se publicó originalmente en el diario Cinco Días

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De gallinas y cisnes negros

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No es que la economía mundial y los mercados financieros estuvieran en perfecto orden de revista antes del 2 de abril, cuando el presidente Trump anunció los aranceles. Algunos hablaban aún de sobrevaloración del Nasdaq y las grandes tecnológicas, pese a la corrección desde enero. También se observaba cierta tensión en el mercado de bonos por las emisiones de deuda de los países de la UE, como consecuencia del aumento en defensa y seguridad. Y se especulaba, sin tanto nervio, sobre cuándo el BCE y la Fed bajarían los tipos de interés. Cuestiones trascendentales todas  –con su parte de drama–, pero dentro de una “normalidad” ya desaparecida.

Todo cambió desde el 2 de abril y la montaña rusa de los últimos días, incluida la tregua de 90 días concedida por EE.UU. a la imposición de los llamados “aranceles recíprocos” –los universales del 10% se mantienen– a países que no han tomado represalias y quieren negociar. Sin embargo, la contundente respuesta de China la deja fuera de ese paréntesis, lo que ha provocado inéditas réplicas arancelarias. La mayoría del resto de países –incluida la UE– que aún no habían respondido, respiran al menos por tres meses La ruptura de las reglas comerciales globales vigentes desde 1945 causó inicialmente un caos financiero, pero también dejó mella en los intercambios comerciales y en la economía real. También deteriora, pase lo que pase al final, la confianza entre países, algo difícil de construir y fácil de desmantelar.

Los mercados de renta variable fueron los primeros en arder, con pérdidas generalizadas. Se descontaba que una guerra comercial virulenta era la antesala de una recesión global y un repunte inflacionario. Paradójicamente, EE. UU. sería el más expuesto al riesgo de recesión. También sus empresas fueron las más perjudicadas, especialmente las tecnológicas –como Apple y Tesla, por su producción en China– y otras industriales, como Nike, por su exposición a Vietnam. Todo se dio la vuelta desde el miércoles tras la pausa arancelaria con rallies del Nasdaq y Dow Jones y el resto de bolsas mundiales. Los temblores hasta entonces habían contagiado ya al mercado de bonos soberanos, en especial los Treasuriesamericanos, con un proceso de ventas sin precedente, lo que, al parecer, fue uno de los motivos principales de la tregua. En todo caso, la tensión entre EE. UU. y China parece encontrarse en una especie de juego de la gallina, a ver quién cede primero. Mientras tanto, llegan noticias de cancelación de pedidos de grandes empresas (como Amazon) a China. Por ello, la economía real global, pese a la tregua, puede seguir viéndose (muy) afectada. Hemos aprendido del caos potencial de una guerra comercial y de la incertidumbre generada por EE. UU. Confiemos en no volver al precipicio, aunque con la escalada existente con China, no puede descartarse. Sería, en toda regla, un cisne negro para la economía mundial.

Este artículo se publicó originalmente en el diario La Vanguardia.

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Sage Customer Day 2025: IA, novedades y casos de éxito

6 minutos de lectura

En una nueva edición del Sage Customer Day se dieron cita numerosos clientes, pudimos conocer varios casos de éxito y descubrimos las novedades que llegarán este año. 

  • La IA acapara los avances en las soluciones Sage X3, XRT y Sales Management de cara a los próximos meses.
  • Tres compañías clientes de Sage aprovecharon la jornada para compartir sus experiencias: Europastry, Liderkit y Gerimport.

Un año más, Sage celebró el Sage Customer Day 2025. Una fecha en la que compartir análisis y experiencias con los clientes. La cita, celebrada en el espacio Rastro de Madrid, sirvió para conocer de primera mano varios casos de éxito de negocios que trabajan día a día con soluciones para medianas empresas. 

A su vez, la jornada fue el momento idóneo para que especialistas de Sage avanzasen las mejoras que llegarán próximamente. Concretamente, en Sage X3 y Sage XRT Treasury, así como en el nuevo CRM, Sage Sales Management. Y, como no podía ser de otra manera, la IA capitalizó gran parte de esas innovaciones.

CONTENIDO DEL POST

Sage

¿Qué es y para qué sirvió el Sage Customer Day? 

Como cada año, el Sage Customer Day acercó a Sage a clientes con los que lleva creciendo muchos años. Los negocios contaron sus éxitos, sus procesos, lo que más valoran de las soluciones que utilizan, lo que esperan… En esta idea se centraron los dos ponentes que abrieron la cita: 

  • Eva Martín, Enterprise Market Director: “Los clientes son nuestra vida”.
  • Carles Ransanz, Vicepresidente de Sage Medium: “El Customer Day es para conocer de primera mano experiencias de nuestros clientes que nos permitan avanzar”.

A su vez, especialistas de Sage desvelaron las novedades que llegarán a sus soluciones medium. Es decir, a los programas de gestión para medianas empresas. Por lo tanto, hablamos de Sage X3 y Sage XRT. 

Así mismo, los encargados de dar los detalles de esos próximos avances fueron; Juan Mellén, Sage XRT Presales Engineer de Sage; Fernando Merino, Sage XRT Product Manager; Marie José Miquel, Product Manager Sage X3 en Francia; y Xavier de Basto, Product Marketing Manager Sage X3. 

La IA marca el rumbo para el presente y el futuro más próximo

Como es habitual en cualquier cita en la que se habla de tecnología e innovación, la IA centró gran parte del foro. La realidad es que su rol ya es vital en la mayoría de esas mejoras, pero lo será aún más en el futuro más próximo. 

Josechu Huete, Business Development Representative, señaló que la “IA aplicada a los negocios tiene un poder transformador”. Con lo cual, no destruye, como ya se ha demostrado, puesto que” viene de atrás: Aristóteles, Boole, Darmouth, Machine Learning y Big Data…”. 

“La IA aplicada a los negocios no destruye, sino que tiene un poder transformador. No es una moda pasajera.”

En esa línea, Huete apuntó que en Sage ya integra la IA, pero siempre bajo tres pilares: control, metodología y confianza. Esto ha permitido a la compañía tener en este momento:  

  • 8 productos con IA en 7 países diferentes.
  • 17 patentes, con 4 en GenAI (IA generativa).
  • 20 millones de predicciones al día.
  • 35.000 modelos de IA que se reentrenan. 
Sage

Los cambios que están llegando… y los que se avecinan

A su vez, los expertos demostraron in situ nuevas funcionalidades con IA y usos para empresas que ya están vigentes o que llegarán en estos meses. Cambios que se traducen en ventajas concretas para usuarios de Sage X3 y Sage XRT. 

Las más destacadas las recogemos en esta tabla: 

Sage XRT Sage X3
Automatización de todo tipo de procesos, pagos y tareas. Más calidad al producto, modernización del mismo, automatización y mejor experiencia de usuario.
Conciliaciones bancarias, de tesorería y contables.  Visión 360 para los clientes y cumplimiento de la legislación de cada país.
Aprobación de pagos y firma electrónica certificada, también con controles antifraude. Integridad y seguridad de la información compartida con chatbots que contextualizan y recomiendan.
Asistentes virtuales que mejoran la comunicación interna y con bancos y proveedores. Vista 360 para los clientes. 
Mejoras en alertas, en posiciones bancarias, en transferencias entre cuentas y órdenes de pago. Conexión de Sage Copilot con la suite de Microsoft (por ejemplo, con Teams)
Optimización de la gestión de pagos en varios dispositivos. Creación de widgets e informes más precisos. 
Mejor conectividad con estándares como SWIFT, EDITRAN y SEPA. X3 Builder con asistente de IA para crear interfaces y páginas. 
Gestión de nuevos instrumentos para inversión y para financiación. Automatización de la facturación con AP Automation.

En resumen, ambas soluciones buscan automatizar procesos, optimizar recursos personales y económicos y ofrecer una mejor experiencia de usuario

Sage Sales Management, otra novedad de la jornada

Como guinda, se habló de una nueva solución CRM adquirida por Sage: Sage Sales Manager. Su director, Oscar Maciá, contó cómo esta plataforma ha sido “desarrollada por y para equipos de ventas”. 

Aquí también tiene un papel protagonista la IA, ya que las “Ventas y Marketing son las áreas donde más información se maneja”. Por eso, la inteligencia artificial es tan útil en este ámbito, ya que facilita la entrada de datos y agiliza su gestión. 

Asimismo, hizo una demostración de cómo el chatbot Sage Copilot gestiona la información para un comercial. En este aspecto, destacó que espera que “este asistente personal lo sea aún más, que sea proactivo y que nos conozca más”. 

Sage

Europastry, Gerimport y Liderkit, tres clientes satisfechos

Para dar fe de la utilidad de Sage X3 y XRT en los negocios, tres clientes compartieron su experiencia con estas soluciones: 

  • Europastry – XRT. Compañía dedicada a la alimentación (masas congeladas, bollería y dulces) con 40 años de antigüedad, presencia en 80 países, 80.000 clientes al año y 1.500 millones de euros facturados en 2024.
  • Gerimport – X3. Empresa internacional con 80.000 metros cuadrados en almacenes, que gestiona 4.000 contenedores de productos traídos de Asia y que es ejemplo de cómo digitalizar un negocio familiar y tradicional.  
  • Liderkit – X3. Negocio que, de la mano de Acoremp, da fe de que es posible transformar con éxito una empresa que se dedica a un sector convencional (exportación de carrocerías para vehículos) con un enfoque innovador. 

Otros como Balfegó o Distiplas Floors tampoco se perdieron la cita. Todos contaron cómo les ayuda Sage en su día a día y qué les aportan exactamente las funcionalidades concretas de cada solución. Además, apuntaron lo que esperan próximamente de sus software. 

En resumen, el Sage Customer Day 2025 reunió a Sage y sus clientes para compartir experiencias y próximos retos. Una jornada para celebrar éxitos compartidos y en la que poner el foco en las mejoras que se avecinan. Ahí, la IA es capital, puesto que su peso, que ya es importante, lo será todavía más. 

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El seísmo Trump y sus réplicas en España

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Además de imponer aranceles, de por sí nefastos para el comercio internacional, la política económica de Trump ha desatado un shock financiero de gran envergadura. Las conexiones financieras entre ambos lados del Atlántico son todavía más estrechas que las comerciales, por la centralidad del dólar y el peso del mercado norteamericano.  

El volumen de inversiones españolas en EE. UU. equivale al 14,7% de nuestro PIB (sumando la posición de inversión directa en el tejido productivo norteamericano, y la inversión en cartera, que incluye los bonos, acciones y otros activos financieros, a la excepción de las reservas de cambio). Esto es doce veces más de lo que exportamos cada año a EE. UU. En el caso de Alemania y Francia, la presencia inversora en EE. UU. es aún más intensa, incluso incrementándose en el último lustro. 


Es decir, EE. UU. ha logrado atraer buena parte del ahorro generado por las familias y las empresas europeas, algo que podría salirnos caro: ante unos vínculos financieros de semejante magnitud, el seísmo desatado por las políticas del presidente republicano está provocando fuertes réplicas en el Viejo Continente. Más allá del impacto directo del alza de aranceles sobre nuestras exportaciones, el espectro de la recesión –o al menos de un fuerte frenazo– que se cierne sobre la principal potencia mundial pesa sobre las expectativas de dividendos de los inversores. 

Además, miembros destacados de la nueva Administración –y en ocasiones el propio Trump-– consideran que la reindustrialización de EE. UU. pasa por una fuerte depreciación del dólar frente a las monedas de los principales competidores. Desde el regreso de Trump, la divisa norteamericana ha perdido el 10% de su valor en relación al euro. Así pues, tanto las empresas como los particulares con intereses en EE. UU., se enfrentarían a una doble pena: la que provoca el recorte anticipado de sus beneficios como consecuencia del parón económico; y la minusvalía que procede de la depreciación del valor en euros de sus inversiones. 

También surgen dudas acerca de la sostenibilidad presupuestaria, ante los fuertes recortes de impuestos anunciados por Trump y la alusión a una hipotética restructuración de la deuda. Se trataría de forzar vencimientos más largos de los bonos en circulación, para así aligerar las cargas financieras a que se enfrenta el Tesoro norteamericano en los próximos años. 

En todo caso, la acumulación de pasivos, junto con el riesgo de estanflación, han contribuido al nerviosismo de muchos inversores que han optado por vender precipitadamente títulos de deuda. El resultado es un repunte de la rentabilidad exigida por los mercados para su compra de bonos: hoy por hoy, la cotización del bono de referencia alcanza el 4,4%, frente al 2,6% de su homólogo alemán y el 3,3% del español. Y todo apunta al mantenimiento de un diferencial elevado, o prima de riesgo, por un periodo prolongado.

Es el momento de reducir la dependencia financiera frente al dólar, fortaleciendo la atractividad del euro. Además de ser la principal moneda de reserva de los bancos centrales (representando un 60% del total), el dólar también goza de una posición dominante tanto en el sistema de pagos como en las emisiones internacionales de deuda. La aceleración de la unión de capitales, el lanzamiento del euro digital y la creación de un verdadero mercado de deuda europea serían pasos importantes. A ello se añade un entorno estable marcado por el Estado de derecho y una relativa cohesión social, activos cada vez más preciados.     

En lo inmediato, sin embargo, Wall Street sigue siendo el epicentro del ciclo financiero mundial. Un ciclo que ahora genera incertidumbres para la inversión productiva, agravando los efectos del proteccionismo sobre las exportaciones. La economía española, aunque menos expuesta que otros países de nuestro entorno, no se librará de un seísmo anunciado.   

INVERSIÓN | EE. UU. es el principal destino no comunitario de las inversiones españolas en el exterior. En 2024, la posición de inversión financiera en ese país ascendió a 116.800 millones de euros (sumando el valor de los bonos, acciones y otros activos financieros en cartera del sector privado español). Esto es más de la mitad del total de inversiones españolas en cartera realizadas fuera de la Unión Europea. La inversión no financiera en EE UU alcanzó un volumen similar (117.800 millones), lo que equivale al 21% del total de inversión directa española acometida fuera de la UE.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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El pesimismo y el futuro de la natalidad

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La caída de los nacimientos es un fenómeno global y, por ello, resulta más difícil explicar sus causas. Si bien el contexto local importa para entender diferencias marginales entre países con niveles comparables de renta, el hecho de que, en todos los países desarrollados, y en muchos de renta media, se observen ya descensos sostenidos en el número de nacimientos sugiere que las explicaciones tienen un carácter más amplio. Según parece, las causas a las que se ha aludido habitualmente no explican la magnitud de esta transformación demográfica: ya no es verdad que las mujeres tengan menos hijos en los países más ricos o en los que hay una mayor participación laboral femenina. La entrevista del Financial Times a la demógrafa finlandesa Anne Rotkirch el año pasado reflejó bien el sentir de muchos analistas: “The strange thing with fertility is nobody really knows what’s going on.” Muchos demógrafos se están rindiendo a la idea de que un cambio “cultural” ha impregnado de pesimismo a quienes hoy podrían tener hijos y no los tienen, así como a quienes tienen menos de los que desearían.

Recientemente, el CIS ha publicado los resultados de una encuesta (Estudio 3475 sobre Fecundidad, Familia e Infancia) que permite observar cómo quienes aún están en edad de tener (más) hijos son más pesimistas que los mayores a la hora de valorar cómo algunos problemas sociales inciden en su comportamiento reproductivo. Pongamos un par de ejemplos. 

El precio de la vivienda es, en la actualidad, uno de los grandes obstáculos en la transición a la vida adulta. En la encuesta, esta preocupación es muy mayoritaria en todos los grupos de edad: entre el 85 y el 90% de los encuestados afirma estar muy o bastante preocupado por el precio de la vivienda en España. Pero jóvenes y mayores valoran de forma distinta el impacto de este problema en su fecundidad: el 69% de los menores de 45 años sin hijos cree que el precio de la vivienda explica en alguna medida su infecundidad. Entre los mayores de esa edad, solo lo ven así el 36%. Asimismo, entre los que han tenido menos hijos de los deseados, el 47% de los menores de 45 años lo atribuyen, en parte, al precio de la vivienda, frente al 26% de mayores de esa edad. Dada la evolución del precio de la vivienda en los últimos años, no se puede decir que estos resultados sean sorprendentes, pero no por ello deja de ser interesante que el acceso a la vivienda se valore como más limitante de la fecundidad propia cuanto más joven sea el encuestado (gráfico 1). 


Fijémonos ahora en un aspecto menos concreto de la realidad: las perspectivas de las generaciones futuras. De nuevo, este asunto genera una preocupación similar entre jóvenes y mayores: en ambos grupos son muy pocos los que no reconocen este problema. Pero, también aquí, son los menores de 45 años quienes estiman que el temor hacia el futuro limita o ha limitado más su fecundidad. Entre quienes no tienen hijos, el 49% de los más jóvenes y el 31% de los mayores identifican las malas perspectivas de las generaciones futuras como una explicación para no tener hijos (gráfico 2). Entre los que sí los tienen, pero habrían deseado tener más, el 43% creen que las malas perspectivas de futuro lo explican, algo que solo declara el 25% de los mayores. Se observa, además, que el 60% de las mujeres de 30 años sin descendientes, frente al 45% de las que han alcanzado la edad de 50 años, reconocen que la idea de que las perspectivas de las generaciones futuras estén comprometidas  como una causa de su infecundidad.


Es cierto que estos datos no permiten comparar las respuestas de los jóvenes de ahora con lo que habrían dicho a su edad quienes hoy son mayores, pero todo apunta a que este pesimismo no se debe al momento del ciclo vital en el que se responde a la encuesta, sino al contexto temporal en el que se contesta. Aunque las explicaciones netamente culturales suelen reflejar una baja exigencia intelectual, todo parece indicar que los más jóvenes perciben hoy el futuro con más pesimismo, y que esto explica, al menos en parte, las caídas en los nacimientos que registran casi todos los países del mundo. Un último dato que avala la hipótesis del cambio cultural: existen indicios en países como España, Suecia o Estados Unidos, de que número ideal de hijos que desearían las mujeres más jóvenes ya se sitúa por debajo de los 2,1, la tasa de reemplazo que mantendría constante la población.  

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Alemania, año 2025. Hacia una GroKo vigilada (I)

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Suena a banda de rock o a monstruo de cuento infantil, pero GroKo es el acrónimo de Grosse Koalition (“gran coalición”). Esta expresión, que forma parte del repertorio político coloquial de los ciudadanos alemanes, hace referencia a los gobiernos formados, conjuntamente, por la CDU/CSU y el SPD. La primera GroKo entre cristianodemócratas y socialdemócratas gobernó en los años sesenta del pasado siglo, en la antigua República Federal de Alemania; las tres siguientes, ya en la unificada, durante la “era Merkel”. 

Hacia una quinta GroKo –liderada por los cristianodemócratas, como las cuatro anteriores– se encaminan las negociaciones que mantienen los dirigentes de la CDU/CSU y el SPD desde las elecciones federales del pasado 23 de febrero y cuya primera fase se plasmó en el breve documento que trazó las líneas maestras del “giro económico” (Wirtschaftswende). Tras obtener el respaldo de las dos cámaras del Parlamento alemán a las reformas constitucionales que suspenden condicionadamente el “freno de la deuda”, se crearon 16 grupos de trabajo con miembros de ambas formaciones que elaboraron otros tantos documentos. Buena parte de estos recogen propuestas consensuadas, pero algunos han dejado asuntos abiertos para la siguiente fase de negociación, circunscrita a un grupo integrado por 10 representantes de alto nivel de la CDU/CSU y 9 del SPD.

La discreción impuesta a los negociadores no ha impedido que se filtren desacuerdos, bastante más amables que agrios. Al margen de algunos temas que suscitan particular interés mediático, como los posibles cambios respecto a la producción y el consumo de cannabis o a las generosas subvenciones de las “bombas de calor” eléctricas, las cuestiones más espinosas afectan a la política migratoria y la tributaria.

La disputa migratoria se concreta principalmente en los derechos de los solicitantes de asilo. La CDU/CSU defiende la expulsión, previo informe a los países vecinos, de aquellos refugiados a quienes se les denieguen las solicitudes de asilo, mientras que el SPD reivindica más garantías legales y sociales para quienes buscan protección internacional, coordinando las actuaciones en esta materia con los Estados miembros y la Comisión Europea. En todo caso, los negociadores se declaran “proinmigración regulada”, lo que necesariamente traerá consigo un aumento de la “población con antecedentes inmigrantes” (es decir, aquella nacida con nacionalidad distinta de la alemana o que cuenta con algún progenitor que carece de ella), situada hoy en 24,9 millones (30% de la población residente en Alemania). Esta posición también la defienden las organizaciones empresariales y sindicales para combatir la escasez de trabajadores (sobre todo, en los ámbitos de la ingeniería, la sanidad, la educación y los cuidados), que el Instituto de la Economía Alemana (IW) ha estimado en más de 728.000 hasta 2027. 

En cuestiones tributarias, tanto la CDU/CSU como el SPD se declaran contrarios a aumentar los impuestos, pero mientras los cristianodemócratas proponen descargar fiscalmente a las empresas, los socialdemócratas insisten en medidas selectivas contra los más ricos, como el aumento del tipo impositivo máximo y la reintroducción del impuesto sobre el patrimonio, suprimido en 1997. 

A medida que se acerca la Pascua, fecha inicialmente prevista para presentar el acuerdo de coalición, se intensifica la presión sobre los negociadores. “Minuciosidad antes que celeridad”, responden ellos, a menudo, recurriendo a una máxima idiosincrásicamente alemana. Sentar las bases de un gobierno de coalición estable, internamente cohesionado y externamente percibido como sólido y consistente lleva su tiempo. Pero la sociedad da signos de creciente impaciencia: la intención de voto a la CDU/CSU ha caído en casi cuatro puntos respecto a los resultados electorales, mientras que, a su derecha, Alternativa para Alemania (AfD) gana apoyos, hasta casi borrar la ventaja de los cristianodemócratas.

Con todo, la presión más organizada y articulada proviene del sector empresarial. El pasado 2 de abril, el mismo día en que Trump anunciaba la nueva política arancelaria de Estados Unidos, 100 asociaciones del mundo de la industria y el comercio firmaron la “Declaración de la economía alemana sobre las negociaciones de coalición”. En ella demandan a los negociadores más “ambición” reformista; en concreto, una reducción de la presión fiscal sobre las empresas (del actual 30% a un máximo de 25%), una reforma de la seguridad social y la simplificación de esos requisitos burocráticos de información y documentación que, según análisis recientes, ocasionan costes estimados en cerca de 150.000 millones de euros anuales, afectando particularmente a las pequeñas y medianas empresas, al Mittelstand (que estaría dedicando alrededor del 20% de su trabajo a satisfacer tales exigencias burocráticas)[1].

Hace algo más de medio siglo, el célebre economista alemán Albert O. Hirschmann distinguió dos tipos de respuestas al deterioro de las condiciones del entorno: la “voz” y la “salida”[2]. Los empresarios alemanes han optado por la primera, señalizando así que, aunque no vean alternativa razonable a la GroKo, también frente a ella van a ejercer su responsabilidad in vigilando.


[1] Informes elaborados por los think tank económicos Ifo e Institut für Mittelstandsforschunghttps://www.ifo.de/pressemitteilung/2024-11-14/buerokratie-deutschland-kostet-jaehrlich-146-milliarden-euro y https://www.ifm-bonn.org/presse/pressemitteilungen/meldung/buerokratiekosten-belasten-kleinere-unternehmen-im-industriellen-mittelstand-erheblich.

[2] Albert O. Hirschmann (1970). Exit, Voice and Loyalty. Responses to Decline in Firms, Organizations and States. Cambridge (MA): Harvard University Press.

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De lo colectivo a lo personal: la preocupación por la sanidad tras la pandemia

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Durante los peores meses de la pandemia de COVID-19, el sistema sanitario ocupó un lugar central en las conversaciones cotidianas, las noticias y las decisiones políticas. En aquellos difíciles meses, la sociedad pudo valorar con especial claridad la necesidad de contar con una sanidad eficiente, accesible y capaz de responder a emergencias colectivas. También la población española demostró entonces una notable confianza en el sistema sanitario: según datos de la Encuesta Funcas sobre el Coronavirus, en la semana previa a la declaración del estado de alarma alrededor de ocho de cada diez entrevistados aseguraban que la sanidad española estaba mejor o igual preparada que la de otros países del entorno para hacer frente a la crisis. Tras cinco años, cabe preguntarse si las circunstancias excepcionales que se vivieron entonces han dejado alguna huella en la preocupación por la sanidad y la valoración que la sociedad española hace ella.

Los datos de opinión pública apuntan a que, para una parte importante de la población, la sanidad sigue siendo un asunto prioritario. Que los ciudadanos perciben el sistema sanitario como una cuestión que les afecta directamente se hace evidente al comparar sus respuestas sobre los principales problemas del país con las referidas a los que les afectan personalmente. En marzo de 2025, un 12% de los españoles entrevistados por el CIS señalan espontáneamente la sanidad como uno de los tres principales problemas de España (gráfico 1). Sin embargo, preguntados por los problemas sociales que les afectan de forma personal, la cifra correspondiente asciende al 21%. Se trata, de hecho, del tercer problema personal más citado, solo por detrás de los problemas de índole económica (31%) y la vivienda (22%).

La evolución de este indicador ofrece algunas pistas sobre los potenciales efectos a largo plazo de la pandemia en la percepción social del sistema sanitario. En 2019, el 15% de los entrevistados mencionaban la sanidad como uno de los tres principales problemas de España, una cifra muy cercana al 16% de entrevistados que la citaban entre los problemas que les afectaban personalmente (gráfico 1). La cercanía entre las dos cifras se mantuvo hasta el primer trimestre de 2022, incluso cuando a mediados de 2021 los dos indicadores aumentaron notablemente, reflejando una creciente centralidad de la sanidad entre las preocupaciones colectivas e individuales. Conviene tener en cuenta que entre abril de 2020 y los primeros meses de mayo de 2022 la elevada presencia de menciones al coronavirus como principal problema desplazó parcialmente las citas al resto de cuestiones, incluida la sanidad.


A partir de mediados de 2022, las menciones a la sanidad como uno de los tres principales problemas del país comenzaron a descender, mientras que las que lo identifican como un problema personal se mantuvieron más estables y en niveles relativamente altos durante ese año, lo que condujo a una separación de las series. De hecho, aunque también experimentaron cierto descenso a partir de 2023, en marzo de 2025 aún más del 20% de los entrevistados señala la sanidad como uno de los problemas sociales que les afecta personalmente, una cifra muy superior a la media del 16% de 2019. Esta divergencia entre la evolución de las dos series —problemas del país y problemas personales— sugiere que la experiencia cotidiana con el sistema sanitario sigue siendo una fuente importante de preocupación individual.

En todo caso, se observan diferencias significativas según algunas variables sociodemográficas (gráfico 2). En marzo de 2025 las mujeres mencionan la sanidad con mayor frecuencia que los hombres: un 26% frente a un 16%, lo que apunta a una percepción más intensa de los problemas vinculados al cuidado y la atención médica. También se identifica un patrón claro según la edad: las personas entre 45 y 64 años, que suelen estar implicadas simultáneamente en el cuidado de generaciones mayores y en el seguimiento de su propia salud, son quienes con mayor frecuencia mencionan la sanidad como un problema que les afecta, incluso más que quienes ya han superado la edad de jubilación. En cuanto a la autoubicación ideológica, la preocupación por la sanidad es mayor entre quienes se sitúan en la izquierda y el centro del espectro político.


Ahora bien, si la preocupación personal por la sanidad se ha mantenido alta, el cambio más acusado se observa en la valoración del sistema sanitario público. Según los datos de las encuestas de Opinión Pública y Política Fiscal, entre 2020 y 2024 el porcentaje de personas que se declaraban muy o bastante satisfechas con la asistencia sanitaria pública disminuyó del 67% al 46%, siendo la caída más pronunciada de los distintos servicios públicos evaluados (gráfico 3). Al mismo tiempo, los datos de la encuesta del CIS sobre Actitudes hacia el Estado de Bienestar de noviembre de 2024 revelan que una mayoría abrumadora de la población cree que la sanidad debería recibir más recuros. Es, de hecho, el servicio público para el que más ciudadanos opinan así, un 93%, frente al 83% que lo declara sobre la educación, o el 73% en el caso de las pensiones (gráfico 4). 


En definitiva, aunque la pandemia haya quedado atrás, no lo ha hecho la preocupación por la sanidad. Lo que antes podía percibirse como un problema general del país, ahora se experimenta más frecuentemente como una cuestión que afecta de forma directa a las personas. Las consecuencias de la crisis sanitaria pueden haberse plasmado en la manera en que la ciudadanía valora —y también cuestiona— el sistema sanitario, así como en sus expectativas de que se le dedique un mayor esfuerzo. En el marco del Día Mundial de la Salud, que se celebra cada 7 de abril, conviene recordar que el funcionamiento del sistema sanitario tiene implicaciones directas en el bienestar social y que hoy, más que antes, muchas personas son plenamente conscientes de cómo sus vidas están directamente condicionadas por el estado y la capacidad del sistema. 

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La guerra comercial vista desde España

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Las medidas arancelarias decretadas por la Casa Blanca en el autoproclamado día de la “liberación” marcan un antes y un después para el orden económico mundial. EE. UU., principal artífice del sistema multilateral institucionalizado tras la segunda guerra mundial, ha operado un giro estratégico hacia el aislacionismo con consecuencias relevantes para nuestra economía. 

Un análisis superficial (y engañoso) apuntaría a un impacto limitado: las exportaciones hacia EE UU rondan el 1,1% del PIB, de modo que la aplicación de un arancel del 20% solo provocaría una leve desaceleración de una economía española hasta ahora boyante. El paralelismo con los aranceles impuestos al sector agrícola español en 2018 durante el primer mandato de Trump avalaría esta visión optimista: entonces las ventas en EE. UU. cayeron, sin desaparecer, y en un par de años se compensaron con el acceso a nuevos mercados, conforme al llamado efecto desvío. 

En esta ocasión las cosas son más complicadas. En primer lugar, porque muchas empresas no exportan directamente a EE. UU., pero sí aportan suministros a la industria exportadora europea, caso, por ejemplo, del sector de componentes del automóvil. Por tanto, el impacto de las restricciones comerciales es mayor de lo que aparece a primera vista. 


Ampliando el foco un poco más, el efecto desvío que amortiguó el alza de aranceles de 2018 depende de que otros mercados estén en condiciones de absorber rápidamente las pérdidas de ventas realizadas en EE. UU. Pero esto no será fácil ya que la guerra arancelaria iniciada por Washington es global. Y, tras un periodo de negociación –que en el caso de los aranceles recíprocos se cierra el miércoles, con pocos visos de alterar el aislacionismo–, cada país va a anunciar represalias, ahondando en la guerra comercial.  

De manera general, parece que la incertidumbre forma parte del arsenal político del presidente republicano, probablemente con el objetivo de atraer inversión o repatriar industrias. Nada de esto se está produciendo, a tenor del desplome de la confianza, que apunta a un parón de la primera potencia mundial y un repunte de los precios como consecuencia de la escalada tarifaria. Lejos de celebrar el día de la liberación, las bolsas acumulan los números rojos. 

La historia económica muestra que cuando EE. UU. se enfría, el resto del mundo estornuda, ante la rapidez con que los capitales se mueven a través del planeta. Las incertidumbres transatlánticas pesarán en nuestra inversión empresarial, la variable más sensible a los cambios de percepción. Recordemos que la inversión en bienes de equipo guarda una relación estrecha con las exportaciones. En todo caso, no es buena señal que el miedo se apodere de los mercados, con una huida hacia activos seguros como el oro, el franco suizo o los bonos públicos

Pese a todo, Washington no retrocede en su empeño proteccionista. Para compensar las presiones recesivas que se vislumbran, el ejecutivo podría adelantar los recortes de impuestos prometidos en campaña. No podrá financiarlos reduciendo el gasto, ya que el plan Doge de Elon Musk ha generado mucho descontento social y poco ahorro. La recaudación procedente de las tarifas aduaneras aportará recursos, pero no será suficiente, de modo que el déficit está abocado a dispararse. El descenso del rendimiento del bono norteamericano es un fenómeno puntual que se revertirá a medida que la política fiscal se vaya configurando. 

Europa no ha desvelado todavía sus represalias, dando una última oportunidad a la negociación. Entre tanto, urge buscar nuevos socios comerciales o pactos de no agresión, a semejanza del que acaban de sellar China, Japón y Corea del sur. Además, tanto en España como en el resto de Europa, se espera un shock saludable de integración y de inversión cuyos efectos, sin embargo, tardarán en materializarse. En lo inmediato, la coyuntura se moverá con al compás del vaivén proteccionista. 

AYUDAS | El plan de ayudas a los sectores más afectados por las medidas arancelarias se inspira de la experiencia exitosa de la pandemia y añade un incentivo para la búsqueda de nuevos mercados. Más del 10% de las exportaciones totales de equipos generadores de fuerza, grasas y aceites, buques, vino y ciertos productos químicos se destinan a dicho mercado. Sin embargo, el impacto de las tensiones comerciales desborda el sector exterior, pudiendo incrementar la incertidumbre y perjudicar la inversión, y las industrias de bienes de equipo y de componentes del automóvil. 

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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Desregulación en la UE

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Por las buenas y por las malas. Europa afronta una simplificación burocrática. Algunos incluso se atreven a llamarla desregulación, lo que es algo prematuro. Por las buenas, porque así lo recomendaban, entre una amplia batería de medidas de largo alcance para aumentar la productividad, los sesudos y certeros informes de Enrico Letta y Mario Draghi sobre el mercado único y la competitividad de la UE. Y por las malas, porque desde Estados Unidos han llegado vientos de disrupción con la nueva Administración Trump, también en materia de desregulación, que, según en que escenarios, podría dejar muy “tocada” la competitividad europea. La Comisión Europea ha puesto encima de la mesa una de sus prioridades más ambiciosas para la próxima legislatura: una profunda simplificación burocrática —desregulación incluida— que transforme la manera en la que se legisla, gestiona y se relaciona la UE con sus ciudadanos y empresas. En palabras de Ursula von der Leyen, “una Unión Europea más eficaz, menos burocrática y más centrada en los resultados” (menos papeles, mejor desempeño).

Son numerosos los estudios que concluyen que la burocracia europea —diseñada para garantizar transparencia, legalidad y equidad— ha crecido excesivamente en las dos últimas décadas. Empresas de todo tamaño, especialmente pymes, denuncian que los costes derivados del cumplimiento normativo suponen un freno a la innovación y al crecimiento. Las entidades financieras europeas han visto crecer exponencialmente las regulaciones y normas que le obligan en los últimos 15 años. Desde hace años, la Comisión viene promoviendo el lema “legislar mejor” (better regulation). Ahora aspira a que se produzca una aplicación más decidida de ese principio. Bruselas planea revisar cientos de normas obsoletas, duplicadas o excesivamente complejas para eliminar cargas administrativas innecesarias, digitalizar procedimientos y reforzar la proporcionalidad de la regulación en función del tamaño de las organizaciones afectadas. Se contempla la creación de un marco regulatorio “aligerado” para las pymes, con excepciones y plazos más amplios, la promoción de la legislación por objetivos en lugar de normativas con excesivo detalle, la eliminación automática de normas que no hayan demostrado su utilidad y una mayor coordinación digital entre administraciones nacionales y europeas, para evitar solapamientos administrativos.

Los esfuerzos de la Comisión apuntan también a un cambio de cultura administrativa, con una mentalidad orientada al servicio público. El proceso enfrenta riesgos y resistencias. Por ello, se debe acometer con inteligencia y mano izquierda. Por ello, la agenda debe ser ambiciosa, ya que probablemente algunas partes se desnaturalizarán en el proceso de aprobación dentro de la UE. No queda otra, si Europa quiere tener una regulación segura pero también que estimule fuertemente la innovación y el crecimiento.

Este artículo se publicó originalmente en el diario La Vanguardia.

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Deuda europea mancomunada, ilusión y realidad

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La Unión Europea multiplica las iniciativas, rompiendo un tabú tras otro. Para España y otros Estados miembros que se enfrentan a una concatenación de prórrogas presupuestarias o un parón legislativo, Bruselas se ha erigido en el principal protagonista de la política económica, liderando la respuesta a la guerra comercial desatada por Trump, anunciando un programa masivo de rearme y prometiendo un fondo europeo para la innovación con la ambición de rivalizar con las otras grandes potencias. 

El marco propuesto por la Comisión para el próximo periodo presupuestario menciona la palabra inversión dieciocho veces y la defensa doce, mientras que no se encuentra ninguna referencia a las sacrosantas reglas fiscales. Otra prueba de la voluntad de cambio: el texto alude a los niveles de deuda europea en una sola ocasión. Incluso la unión financiera, un proyecto que llevaba lustros encallado en los meandros bruselenses, podría empezar a ver la luz en los próximos tiempos, con grandes beneficios potenciales para una economía competitiva como la española. Todo ello prefigura un giro copernicano de estrategia, dejando atrás las rencillas entre las economías frugales del norte y otras, tradicionalmente favorables a una mayor integración. 

Una vez liberada del corsé ideológico, la política fiscal europea se enfrenta, en primer lugar, al desafío de cómo ensanchar su margen de acción. Los recursos disponibles a nivel comunitario apenas alcanzan el 1,2% del PIB de la UE. Por comparación, en EE UU el gobierno federal dispone del 15% del PIB en recursos tributarios y otros ingresos. La estrechez fiscal de las instituciones europeas explica que se haya tenido que recurrir al endeudamiento para financiar el programa Next Generation. Las emisiones de deuda se han disparado desde la pandemia (quebrando de facto el tabú de los eurobonos), de modo que hoy por hoy los pasivos totales ascienden a 650.000 millones, más del triple del total de recursos propios disponibles (por comparación, en España la ratio de deuda sobre ingresos públicos es de 2,5 y en Italia 2,9). La deuda escalará hasta 1 billón de euros en 2026, según las previsiones de la Comisión. 


Los mercados parecen dispuestos a financiarla, a tenor de la excelente calificación de las agencias de rating. Aún así, un fuerte incremento de las cargas financieras es inevitable en los próximos años, entrañando un riesgo de expulsión de otros gastos y evidenciando la necesidad de reforzar los recursos propios comunitarios 

Y ahí es donde aparece una nueva línea divisoria. Algunos Estados, generalmente los más endeudados como el nuestro, proponen que sea Bruselas la que asuma la factura emitiendo nueva deuda conjunta o creando nuevos impuestos. Los nórdicos no ven con buen ojo que Bruselas gane más capacidad tributaria o eleve las transferencias que recibe de los Estados. Prefieren acelerar las inversiones utilizando el margen de maniobra que permite su saneada posición fiscal. Por razones simétricas, ambas visiones están condicionadas por el punto de partida, lo mismo que ocurre con nuestras comunidades autónomas. 

Ante el riesgo de fragmentación, convendría examinar la eficacia relativa de las administraciones nacionales versus la europea: otro gran desafío, por sus dimensiones políticas. En su informe, Draghi considera que el nudo gordiano del declive europeo en innovación y competitividad se encuentra en la falta de una acción común. Por extensión, el esfuerzo en seguridad debería afrontarse en buena medida de manera compartida, ya que reviste las características de un bien público europeo. Todo ello justificaría un aumento de las aportaciones de las haciendas públicas nacionales en beneficio de la hacienda comunitaria: por razones de eficacia y coherencia con los objetivos comunes, los Estados miembros deberían ceder más recursos a la hacienda comunitaria, fortalecer su base tributaria; o al menos deberían comprometerse a hacerlo en el futuro, el recurso a la deuda siendo la solución de transición. El “que pague Bruselas” es una ilusión, porque Europa somos todos.

COSTE FINANCIERO | Contrariamente a una percepción generalizada, el tipo de interés que soporta la emisión de deuda mancomunada es ligeramente superior al que se aplica a la deuda española. En la última subasta, los bonos europeos con vencimiento a cinco años se colocaron a un tipo de interés del 2,80%, cuatro puntos básicos por encima de su equivalente español. En los tramos más largos, se mantiene el diferencial ligeramente favorable a la deuda española sobre la europea. Como tal, el recurso a la deuda mancomunada no entraña una ventaja en términos de costes financieros en el caso de España. 

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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