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La exuberancia en el Olimpo tecnológico: ¿realidad o espejismo?

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Vivimos un momento singular en los mercados. Las grandes empresas tecnológicas (también denominadas big tech o magnificent seven) parecen flotar por encima del resto, arrastrando consigo índices enteros y generando tanta fascinación como inquietud. El término “exuberancia bursátil” –acuñado para describir el optimismo extremo con precios que se disparan más allá de lo justificable– parece encajar con lo que ocurre desde hace unos pocos años. Sin embargo, ¿es todo burbuja o hay terreno firme debajo de los precios actuales? 

Para entender hasta dónde puede ir esta carrera alcista, conviene ver qué la empuja. En primer lugar, la apuesta visionaria por la IA. Los gigantes tecnológicos están desembolsando decenas, incluso cientos de miles de millones en infraestructura de inteligencia artificial, centros de datos y modelos de lenguaje. La narrativa dominante apunta a que estamos en los albores de una nueva revolución productiva –como lo fue el motor de combustión, la electricidad o internet– y quien lidere la IA dominará buena parte de la economía. En segundo lugar, el capital fácil y la búsqueda de crecimiento. En un entorno donde los tipos de interés han sido bajos el capital busca refugios de alto rendimiento.

Las tecnológicas resultan blanco natural por su escalabilidad, márgenes crecientes, y sus enormes redes de usuarios. Muchos inversores institucionales se vuelcan hacia esas pocas empresas gigantes con expectativas de “seguir creciendo hasta el infinito”. Una elevada concentración entre un limitado número de compañías. El peso relativo de unas pocas empresas en índices como el Nasdaq es altísimo. Oracle, Nvidia, Microsoft, Amazon, Apple, Meta, etc., tienen un protagonismo que, si bien potencia las subidas, también concentra los riesgos. Y, por último, una expectativa continua frente a resultados concretos. En muchos casos, la narrativa “esta tecnología va a cambiarlo todo” predomina sobre los resultados inmediatos. Se extienden valoraciones basadas en previsiones lejanas más que cifras actuales. Eso alimenta la volatilidad. Todo dependerá de si esas promesas realmente se traducen en adopción real, ingresos y beneficios. 

¿Qué posibilidades reales hay detrás de lo que algunos llaman espuma? Lejos de ser puro castillo de naipes, algunas grandes tecnológicas sí tienen fundamentos que podrían sostener –al menos en buena parte– el fervor inversor. Por ejemplo, su gran escala y redes de usuarios. Las compañías que ya gozan de una red global (clientes, desarrolladores, ecosistemas de aplicaciones) tienen una clara ventaja competitiva para monetizar innovaciones emergentes. Por ejemplo, Microsoft o Amazon pueden insertar módulos de IA en su nube, apalancar ya su base de clientes, y reducir el riesgo de adopción. Con ello aparecen las economías de escala y los denominados efectos palanca. Una vez que se ha invertido en infraestructura costosa (chips, data centers, modelos entrenados), los costes marginales pueden bajar y las ganancias escalar más rápido si entra mucha demanda. Esa palanca funciona bien para empresas de gran tamaño. 

Asimismo, aparecen nuevas posibilidades de integración vertical y diversificación de negocios, así como de innovaciones disruptivas. Si surgen aplicaciones de IA o computación cuántica, u otras áreas emergentes donde estas empresas están invirtiendo, quienes ya están posicionados tienen ventaja. La transformación digital no se detiene: industrias enteras (salud, finanzas, logística) podrían reconfigurarse. Y por último y no menos importante la elevada liquidez y poder de mercado de las grandes tecnológicas, que les permite captar capital con relativa facilidad y le da margen para “capear tormentas”. Es decir, aunque algunas unidades no sean rentables hoy, ese tamaño le da margen para sostener inversiones hasta que maduren. 

Aunque hay fundamentos, también hay señales que nos advierten de una posible burbuja en ciertos elementos. En primer lugar, pueden surgir valoraciones extremas desligadas de proyectos actuales. Si una acción cotiza a decenas o centenas de veces su beneficio proyectado (o incluso sin ganancias), hay espacio para futuros problemas si a los inversores les entra el vértigo. Por otro lado, aparece el riesgo de una especulación significativa en torno a promesas lejanas. En ciertos casos, la narrativa tecnológica domina tanto que se subestiman los riesgos técnicos, regulatorios o de competencia. Si la IA no produce retornos tangibles rápidos, la decepción puede provocar correcciones abruptas. 

Un excesivo apalancamiento y deuda para financiar expansión puede llevar a que una subida de tipos de interés o un ciclo económico adverso puede convertir las inversiones en insostenibles. La elevada concentración del riesgo por el que tanto peso del mercado esté en pocas compañías también puede empujar a que una corrección en una de ellas pueda llevarse todo por delante. Especialmente, si estamos en ciclos imitativos con efecto manada. Estos modelos de comportamiento muestran que las burbujas suelen emerger de retroalimentaciones de imitar al vecino más que de fundamentos reales solamente. Por último, el riesgo regulatorio puede ser importante en el actual contexto, especialmente ante las radicales diferencias en las normas entre los grandes bloques (EE.UU., China y UE) La regulación de privacidad, competencia, uso de datos o impuestos podría frenar a las grandes tecnológicas. 

En otras palabras, algunas partes del sector big tech pueden estar claramente sobrevaloradas (proyectos muy especulativos, empresas sin modelo de negocio claro) y, a la vez, otras empresas grandes, con balance sólido, diversificación y ventaja competitiva, podrían sobrevivir (y hasta prosperar) incluso aunque hubiera una brusca corrección. También podría haber correcciones parciales que solamente afecten a determinadas empresas o segmentos. Lo que sí que parece claro las expectativas de crecimiento deberán terminar materializándose para sostener las valoraciones del mercado y la actual exuberancia en el Olimpo de las grandes compañías tecnológicas. 

Una versión de este artículo se publicó originalmente en el diario Cinco Días

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La renta variable no parece tener freno

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Un verano más, un año más, la renta variable estadounidense y global alcanza nuevos máximos. Ya llevamos varios años así desde la pandemia. En especial, las americanas, que con grandes empresas tecnológicas sigue marcando tendencia, más aún desde la explosión de la Inteligencia Artificial (IA). Aunque del 2 al 9 de abril, entre el anuncio de Trump de los aranceles y la declaración de la tregua comercial durante 90 días, tuvo lugar una verdadera sangría en las acciones de todo el mundo, en especial el NASDAQ. Todo eso parece ya pasado, y a pesar de los grandes conflictos geopolíticos (Gaza, Ucrania) y de las idas y venidas con los aranceles, la renta variable permanece al alza. El año 2025 está siendo testigo, una vez más, de una ola alcista en los mercados de valores globales. Índices de referencia como el S&P 500 y el Nasdaq siguen alcanzando nuevos máximos históricos. Las bolsas europeas no son ajenas a esas subidas, incluido el IBEX-35, con un comportamiento inversor muy interesante.

Se habla de que la IA (y la tecnología en general) es el factor impulsor central en el actual rally. Las BigTech, especialmente las más activas con la IA, continúan aumentando con fuerza su valor de mercado. Hay división de opiniones actualmente sobre si esta subida es o no una burbuja. Solamente el tiempo lo dirá, aunque algunos indicadores financieros de estos grandes gigantes tecnológicos parecen sustentar el optimismo. Lo que sí que parece claro es que el futuro de muchas empresas pasará por tener éxito en sus modelos productivos y de negocio con la IA, un elemento decisivo en su supervivencia a largo plazo. Desde la óptica más cortoplacista, parecer ser que las recompras de acciones por muchas empresas estadounidense, con Apple y Alphabet a la cabeza, explican parte del actual rally. Estas operaciones incrementan el beneficio por acción y apuntalan las cotizaciones. Por el lado macroeconómico, las expectativas de rebajas de tipos de interés, en particular en el caso de la Reserva Federal, alimentan el apetito inversor. Un dólar más débil y la mayor confianza del consumidor también ayudan. Los mercados nuevamente descuentan con casi total certeza un recorte de tipos para septiembre y alguna más antes del fin de año. No es la primera vez que se pronostica una bajada y no ocurre. No obstante, la macroeconómia puede sostener las ganancias en renta variable por más tiempo.

Finalmente, hay riesgos significativos en este contexto de sobreprecio. El NASDAQ cotiza a casi 30 veces las ganancias futuras. Esas valoraciones tan elevadas y la gran dependencia en solamente unas empresas, las BigTech, y de sus estrategias en IA son señales de alerta. Por otro lado, el mantenimiento sostenido del actual rally también dependerá de si la economía no da sustos tras los aranceles, si se acometen las esperadas rebajas de tipos de interés, y no empeoran las incertidumbres geopolíticas.

Este artículo se publicó originalmente en el diario La Vanguardia.

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La caída actual del Nasdaq en el contexto histórico de correcciones en los mercados de capitales

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Se empiezan a notar sobremanera las consecuencias de las agresivas medidas y anuncios económicos de la nueva Administración Trump. Los aranceles y las represalias comerciales de los países afectados generan incertidumbre y causan daños colaterales. La inversión y la economía americana se están resintiendo y se irá trasladando al resto del mundo. Pronto veremos revisiones a la baja de las predicciones macroeconómicas. Como es habitual, los mercados de capitales descuentan con rapidez lo que está pasando. Llevan nerviosos desde comienzos de 2025, sobre todo los estadounidenses: Dow Jones, y especialmente Nasdaq.

Este último ha experimentado caídas y una volatilidad significativa, reflejando la creciente preocupación sobre la posibilidad de una recesión en Estados Unidos y las implicaciones de las políticas comerciales y financieras actuales. La principal incertidumbre reside en si las correcciones financieras en las Bolsas americanas y las previsiones económicas a la baja son una cuestión de corto plazo o si están para quedarse. Si las medidas del Gobierno de Trump fueran permanentes –o incluso fueran a peor– podrían llegar a implicar tensiones constitucionales dentro de EE. UU., de consecuencias imprevisibles. En este escenario más traumático, la corrección a la baja de algunos mercados –incluida la depreciación del dólar– puede ser más significativa que la inicialmente prevista.

El Nasdaq ha tenido una corrección del 8% desde el comienzo de año, con mucha volatilidad, y con un día negro, el día 10, cuando cayó un 4%, la tercera peor pérdida en puntos de su historia. Han destacado varios acontecimientos. En primer lugar, algunas declaraciones presidenciales en la que no se descartó la posibilidad de una recesión, indicando que el país podría estar en un “periodo de transición” por las políticas económicas que se están iniciando. Tampoco ayudó que el secretario del Tesoro, Scott Bessent, calificara esta corrección como “saludable”, como una respuesta natural tras un período de euforia bursátil. Asimismo, el que Estados Unidos impusiera nuevos aranceles a socios tan importantes como Canadá y México ha generado tensiones que podrían afectar a la cadena de suministros y a la economía estadounidense en su conjunto, algo que el mercado descontó rápidamente.

El golpe se ha sentido particularmente en las empresas líderes tecnológicas. El caso más claro es el de Tesla, con una disminución del 15% en su valor el fatídico 10 de marzo, y con una corrección desde comienzo de año por encima del 30%, afectada por preocupaciones sobre la demanda de sus automóviles y la percepción pública de su CEO, Elon Musk, con responsabilidades en el Gobierno de EE UU.

Aunque algunos analistas señalan similitudes con la burbuja de las puntocom, de principios de los años 2000, otros expertos consideran que las condiciones actuales son diferentes. Entonces había una mayor especulación en torno a las empresas de tecnología e internet. El Nasdaq alcanzó su pico en marzo de 2000 y el estallido de la burbuja provocó una caída de casi el 80% durante los siguientes dos años, lo cual afectó gravemente a las economías de todo el mundo.

En la actualidad, las corporaciones tecnológicas han tenido un rally considerable que finalizó, al menos por ahora, en enero. Sin embargo, la fortaleza y solvencia propia de muchas de las big tech y de buena parte de los proyectos de futuro que auspician son más sólidas que las de aquellas puntocom. En cualquier caso, habrá que seguir muy de cerca los acontecimientos políticos en Estados Unidos y también en los desarrollos en el ámbito de la inteligencia artificial (IA), donde ha aparecido una rivalidad creciente de otras empresas (DeepSeek, por ejemplo).

A lo largo de los últimos 40 años, han existido otros episodios con notables correcciones bursátiles, aunque las razones han estado más alejadas de cambios políticos, económicos o tecnológicos. En el llamado Lunes Negro, 19 de octubre de 1987, el Dow Jones cayó un 22,6% en una jornada, en línea con otros mercados globales. Las causas incluyeron problemas con la negociación automatizada en las Bolsas y preocupaciones macroeconómicas (inflación).

Otro caso bien conocido fue la crisis financiera de 2008, por la explosión de la burbuja inmobiliaria y la crisis de las hipotecas subprime en Estados Unidos. Llevó a una grave recesión global. Los principales índices bursátiles cayeron más del 50%. Le sucedió la crisis de la deuda soberana en la eurozona, que afectó a Grecia, Portugal, Irlanda y España. El Ibex 35, por ejemplo, sufrió caídas significativas. Por último, la corrección por la pandemia de Covid-19 en 2020 llevó a una de las caídas más rápidas en la historia de los mercados. El S&P 500 cayó aproximadamente un 34% en un mes. Gracias a estímulos fiscales y monetarios sin precedentes, los mercados se recuperaron rápidamente.

En definitiva, las correcciones bursátiles han venido explicadas por numerosas causas. En la actual del Nasdaq, pesará mucho si las disrupciones políticas y económicas actuales son de corto plazo o si, por el contrario, son permanentes, llevando a un nuevo normal que agravaría el impacto en las Bolsas. También habrá que observar los mercados hermanos de renta fija, como se comprobó en la crisis de la deuda soberana. Pueden estar moviditos en Estados Unidos, e incluso los europeos. El anuncio de mayor gasto público (militar e infraestructuras) de Alemania encareció sus bonos soberanos, advirtiendo de lo que puede pasar con otros países europeos cuando anuncien mayores déficits por sus incrementos de las partidas en defensa y seguridad.

Este artículo se publicó originalmente en el diario Cinco Días

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Las bolsas de valores europeas

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Son ya varios años de comportamiento muy positivo en muchas bolsas de valores de todo el mundo. Hasta finales de 2024, las estadounidenses ganaban por goleada en desempeño comparadas con el resto, en especial con las del Viejo Continente. Y salían grandes volúmenes de capital desde la UE hacia Estados Unidos. Sin embargo, en lo que va de 2025, las bolsas europeas han mostrado un aumento mayor de su valor. El índice Stoxx Europe 600 ha registrado un alza en torno al 10%, con el IBEX-35 comportándose incluso mejor (crecimiento en torno al 15%). Los índices estadounidenses NASDAQ y Dow Jones apenas suben un 0,5 y un 2% respectivamente. Todo ello a pesar de la debilidad comparativa de la economía europea y la incertidumbre política que habían traído las recientes elecciones alemanas. Influye positivamente que se anticipen recortes adicionales en los tipos de interés por parte del BCE, lo que mejora la confianza de los inversores en la región.  En contraste, la economía estadounidense puede tener mayores problemas con las políticas comerciales y arancelarias bajo la administración de Donald Trump. Aunque está percibida como promercado, sus políticas podrían generar inflación, limitando la capacidad de la Reserva Federal para reducir los tipos de interés.  

El sector bancario europeo ha sido un motor clave en el desempeño reciente de la renta variable, experimentando un notable ascenso e impulsando al índice Stoxx 600 un 18% al alza en dos meses y logrando un rendimiento total superior al 90% en los últimos tres años. Se debe a sólidos resultados financieros y mayores márgenes en los dos últimos ejercicios, además de resultar baratos comparativamente. En particular, los bancos del sur de Europa han mostrado un excelente desempeño, con las entidades italianas y españolas liderando las ganancias.  Por su lado, el mercado estadounidense ha estado dominado por grandes empresas tecnológicas, que han tenido un rendimiento extraordinario en el pasado. Sin embargo, la concentración del mercado en unas pocas empresas genera preocupación sobre la sostenibilidad de este crecimiento y la vulnerabilidad ante posibles correcciones. La percepción de que las acciones europeas están infravaloradas en comparación con sus pares globales cunde entre los gestores de fondos.

En suma, los mejores rendimientos de las bolsas europeas en 2025 se atribuyen a una combinación de políticas monetarias favorables, un sector bancario fortalecido y una percepción de mayor valor futuro. Sin embargo. los mercados estadounidenses, desde la llegada de Trump, parecen enfrentar más desafíos, ante la amenaza de una posible guerra comercial con probables repercusiones inflacionarias, además del vértigo de los inversores ante las elevadísimas cotizaciones del NASDAQ, que les ha llevado a buscar valor en otras latitudes con precios de las acciones más bajos.   

Este artículo se publicó originalmente en el diario La Vanguardia.

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