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Limitada satisfacción con el funcionamiento de la democracia en España

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La democracia mantiene su vigencia como el sistema político preferido por los españoles. En abril de 2025, una encuesta del CIS revelaba que el 79% de los entrevistados consideraba que la democracia es siempre preferible a cualquier otra forma de gobierno[1]. Sin embargo, otros resultados de la misma encuesta apuntan a una limitada satisfacción con «la manera en que funciona la democracia en España». Apenas el 44% expresaba satisfacción, en distintos grados, con el funcionamiento de la democracia: un 21% afirmaba sentirse muy o bastante satisfecho y un 24% decía estar algo satisfecho, frente a un 55% que se declaraba poco o nada satisfecho. La distancia entre la adhesión a la democracia como forma de gobierno y la satisfacción con su desempeño sugiere lo limitado de la confianza en gran parte de las principales instituciones y, sobre todo, en su capacidad de dar respuestas eficaces a los problemas del país. 

Además, los datos comparativos sitúan a España entre los países de la Unión Europea con menores porcentajes de satisfechos con el funcionamiento de la democracia en sus respectivos países. Según una encuesta del Parlamento Europeo de la pasada primavera, apenas un 45% de los entrevistados se declara muy o bastante satisfecho con cómo funciona la democracia en España, frente a un 52% que dicen sentirse poco o nada satisfechos[2]. La proporción española de satisfechos contrasta con el 87% de Suecia o el 67% de Alemania, y sitúa a España por debajo de países como Italia (56%) o Francia (54%). La media de la UE27 se encuentra en el 61%, claramente por encima del dato español (gráfico 1).


La relativamente limitada satisfacción con el funcionamiento de la democracia en España parece transversal de unos grupos demográficos a otros. Ni la edad ni el género ni el nivel educativo marcan grandes contrastes: hombres y mujeres muestran el mismo porcentaje de satisfechos (45%), y las diferencias por edad son reducidas, al igual que sucede en los cuatro países de la UE que nos sirven de comparación (gráfico 2). 


Lo que sí se asocia con la satisfacción con el funcionamiento de la democracia en España es la autoubicación ideológica de los entrevistados, aunque las diferencias no son grandes en la mayoría de los segmentos ideológicos. Entre quienes se sitúan a la izquierda, el porcentaje de satisfechos supera hoy el 55%, mientras que en el centro y el centro-derecha apenas rebasa el 40%. La única diferencia notable se da con las las posiciones más a la derecha, en las que el porcentaje de satisfechos se queda en un 18%. En el resto de países europeos analizados no se aprecia el mismo patrón. En Italia, los niveles de satisfacción son bastante homogéneos a lo largo del espectro ideológico, con variaciones mínimas y un ligero descenso en los extremos. En Francia, la menor satisfacción en las posiciones extremas es bastante clara, mientras que en Alemania la caída se produce de forma progresiva desde el centro-izquierda hasta la derecha. En Suecia, finalmente, la satisfacción con la democracia es muy alta y además lo es de forma transversal, con porcentajes superiores al 80% en cualquier posición ideológica. La diversidad que reflejan todos estos casos apunta a que a influencia de la posición ideológica en el juicio sobre el funcionamiento de la democracia debe de depender mucho del contexto económico y político, y, quizás, de la cultura política tradicional de cada país.

La comparación de estos resultados con los de Eurobarómetros de 2006 y 2015, dos momentos de expansión económica, pero con distintos gobiernos en el poder, nos recuerda que la orientación ideológica del partido en el poder influye en la valoración de los encuestados, pero no siempre en la misma medida. En 2006, gobernando el PSOE, vivíamos un ciclo expansivo intenso y de larga duración, acompañado de niveles de satisfacción tan altos que apenas diferenciaban a los españoles según su ideología, aunque la satisfacción era algo menor en la derecha. En 2015, gobernando el PP, vivíamos una incipiente recuperación tras una de las crisis más duras y prolongadas de nuestra historia reciente, de tal modo que la satisfacción con la democracia seguía en niveles relativamente bajos, aún más, y apreciablemente, entre los entrevistados de izquierdas. Estos son los que más parecen responder al color político del gobierno, pues su nivel actual de satisfacción, bajo un gobierno del PSOE, es, con diferencia, el más elevado (gráfico 3). 


La serie histórica de los datos españoles refleja que los niveles de satisfacción con el funcionamiento de la democracia han tendido a subir o bajar según la fase del ciclo económico. Sin embargo, la última recuperación económica no ha redundado en niveles especialmente altos de satisfacción, por lo que sigue observándose una caída clara desde principios de siglo.


El Día Internacional de la Democracia, que se celebra el 15 de septiembre,  invita a plantear la paradoja española entre la preferencia por la democracia como forma de gobierno y la limitada satisfacción con su aplicación práctica. La transversalidad que muestran los datos sugiere que nos hallamos ante un desafío estructural: no se trata de contentar a un colectivo concreto, sino de convencer a la población en su conjunto a través de una mejora en la confianza, muy probablemente con resultados sustantivos (mejora del nivel de vida), pero no solo. En caso contrario, la limitada satisfacción podría alimentar la desafección y erosionar la legitimidad del sistema a largo plazo.


[1] Pregunta: “¿Cuál de las siguientes frases refleja mejor su opinión sobre la democracia? La democracia es preferible a cualquier forma de gobierno; en algunas circunstancias, un gobierno autoritario es preferible a un sistema democrático ; para personas como yo, da igual un gobierno que otro.”

Estudio 3497, Calidad de la democracia (III). Población residente, de 18 años o más. 

[2] Se trata de un Eurobarómetro. La muestra de los Eurobarómetros es representativa de la población residente de 15 años o más y cuya nacionalidad sea una de las de los 27 Estados miembro. 

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El poder transformador de las instituciones

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El premio Nobel de Economía 2024, otorgado a Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A. Robinson, llega en un momento crítico para la evolución de la sociedad y economía mundial. En un momento de fuerte desapego social. El reconocimiento a su trabajo sobre el papel fundamental de las instituciones en la prosperidad de las naciones no podría ser más relevante en un contexto global donde el escepticismo hacia las estructuras tradicionales de poder e influencia crece. Si algo nos enseñan estos tres economistas es que, lejos de ser meros mecanismos burocráticos, las instituciones son los cimientos sobre los que se construyen sociedades prósperas y equitativas, o bien, se perpetúan estructuras de pobreza y desigualdad.

Sus trabajos destacan que la riqueza o la pobreza de un país dependen tanto de la geografía, los recursos naturales o la cultura, como del tipo de instituciones que se desarrollan y, con frecuencia, se imponen. Sus investigaciones nos recuerdan que los momentos clave de la historia —particularmente el colonialismo— introdujeron sistemas que determinarían el destino de naciones enteras. Países que recibieron instituciones inclusivas, que fomentaron la participación política y el acceso a oportunidades, hoy son más prósperos. Mientras que otros, cuyas instituciones fueron extractivas y explotadoras, aún luchan por romper el ciclo de pobreza.

Este mensaje resuena de manera poderosa hoy, cuando el vínculo entre ciudadanos e instituciones es cada vez más frágil. Muchas personas observan las instituciones -que van de gobiernos a organismos internacionales- como entes lejanos y ajenos, ineficaces o, incluso, corruptos. Sin embargo, los laureados con este Nobel nos recuerdan que son estas mismas instituciones —cuando funcionan de manera inclusiva y justa— las que pueden cambiar el rumbo de las sociedades. El reto actual no es rechazar las instituciones, sino transformarlas para que sirvan mejor a los intereses colectivos.

En su libro Por qué fracasan los países, Acemoglu y Robinson profundizan en esta idea. Las sociedades que logran construir instituciones que protegen los derechos individuales, garantizan la competencia económica y promueven la innovación, tienden a prosperar. Esto cobra especial importancia en un momento en el que la tecnología, el cambio climático y las tensiones geopolíticas requieren respuestas institucionales sólidas y flexibles y adaptativas que guíen a las naciones hacia un futuro más justo y sostenible. El conocido término de “élites extractivas” surge de la citada obra, que son aquellas que se apartan de la obtención del bien común y dedican sus esfuerzos a su propio bienestar y al del grupo al que pertenecen.

La labor de estos tres economistas es tanto académica como eminentemente práctica. Ofrece un espejo en el que mirar para comprender por qué algunas naciones han logrado prosperar y otras no. En sus investigaciones, queda claro que la clave no está en buscar atajos, sino en redoblar los esfuerzos por fortalecer las instituciones. En tiempos en que parece prevalecer la desconfianza, su trabajo nos recuerdan que el verdadero cambio no se logra desde la destrucción, sino desde la mejora y el refuerzo de las estructuras que sostienen a las sociedades.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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